DANKE SHÖN (CUENTO DE SERGUÉI ALEXÉIEV)
En una calle berlinesa se detuvo una cocina de campaña. Acababan de terminar los combates en los alrededores y hasta las piedras conservaban aún el calor de las explosiones.
Los soldados se aproximaron a comer. El rancho era sabroso después del combate y los hombres comían con apetito.
El sargento Yúrchenko cocinaba, el cocinero, andaba muy atareado. Los soldados elogiaban lacomida y Yúrchenko se sentía en la gloria.
- ¿Quién quiere más?
- Échame otro poco -le pidió el cabo Ziuzin.
Así lo hizo Yúrchenko y volvió a su ajetreo en la cocina. De pronto, le pareció que alguien lo estaba mirando. Se volvió y, efectivamente, comprobó que en la puerta de un edificio cercano había un pequeñito que miraba ansiosamente a la cocina y a Ziuzin.
Comprendiendo que el niño estaba hambriento, el sargento lo llamó.
- A ver, ven aquí.
El niño se aproximó a la cocina de campaña.
- ¡Vaya, no tiene nada de tímido! -exclamó el cabo Ziuzin.
Yúrchenko llenó de comida una escudilla y se la dio.
- Danke schön (Gracias) -pronunció el niño. Tomó la escudilla y corrió hacia la puerta.
Alguien le gritó:
- No te vayas a tragar la escudilla. ¡Acuérdate de devolverla!
- Se ve que está hambriento -dijo el cabo Ziuzin.
Pasaron diez minutos y el chico volvió, con la escudilla y un plato. Devolvió la primera y se quedó mirando desolado el plato.
- ¿Quieres más?
- Bitte, für Schwester -respondió.
- Está pidiendo para su hermanita -explicó alguien.
- Pues bien, llévale a tu hermanita -sonrió Yúrchenko.
El cocinero llenó de comida el plato.
-Danke schön -le dijo el niño y otra vez desapareció por la puerta del edificio cercano.
Pasaron otros diez minutos y regresó con el mismo plato:
- Bitte, für Mutter (Por favor para mamá).
Los soldados se echaron a reír:
- ¡Vaya qué chico tan listo!
También le dieron comida para su madre.
Ese niño fue el primero. Pronto, todo un grupo de pequeños rodeaba la cocina de campaña. Se detuvieron a unos cuantos pasos, mirando las escudillas, la cocina, la comida.
Los soldados seguían comiendo, pero, bajo las ansiosas miradas de los niños, la comida les parecía amarga.
Se miraron entre sí. Ziuzin contempló a Yúrchenko. Este, a Ziuzin.
- ¡Acérquense! -les gritó Yúrchenko.
Eso no más esperaban los niños para correr hacia la cocina.
- ¡No se amontonen! ¡No se amontonen! -ordenó Ziuzin y les dio escudillas, formándolos en fila. Al recibir la comida, cada niño cedía:
- Danke schön!
Se veía que estaban hambrientos, pues comían con ansias.
De pronto, sobre aquel lugar rugió un avión. Los soldados miraron hacia arriba y comprobaron que era un avión nazi.
-¡Corran! ¡Váyanse a casa! -gritó el cabo Ziuzin, apartando de la cocina a los niños.
Pero éstos no le hicieron caso, pues les daba lástima dejar la comida.
- ¡Largo de aquí! -volvió a gritar el cabo.
El avión se lanzó en picada, se desprendió una bomba.
Los niños corrieron en distintas direcciones. Pero Ziuzin no corrió, se quedó solo cerca de la cocina. La bomba estalló. La cocina y el cabo desparecieron. Sólo quedó la comida, que, como si estuviera viva, se deslizó entre las piedras, por la calle silenciosa.
La Cheka ha extraído este cuento del libro Cuentos de la historia de Rusia. Moscú: Editorial Ráduga, 1976.