UN DÍA DE INVIERNO (CUENTO DE M. PRILEZHÁEVA)
Ocurrió esto hace mucho tiempo, en el siglo pasado. En San Petesburgo.
Así se llamaba Leningrado en tiempos de los zares. Vladímir Ilich vivía entonces en San Petesburgo.
Un día de invierno, Vladímir Ilich fue a la fábrica Putílov. Un ingeniero conocido transmitió a la administración que un científico deseaba familizarizarse con la organización del trabajo en la empresa.
Un escribiente extendió en las oficinas el pase:
“Se autoriza al señor V.I. Uliánov para que visite los locales de la fábrica”. Vladímir Ilich dio las gracias al escribiente y, con el pase aquel, entró en el recinto de la fábrica, en la que había multitud de talleres. A Vladímir Ilich le gustaron las máquinas y las instalaciones de la empresa. También le gustó la destreza de los obreros. Pero le pareció que sus rostros estaban muy demacrados.
- El alumbrado es deficiente, y por eso parecen todos tísicos -le explicó un capataz.
La tarde invernal estaba ya muy avanzada. En el taller de laminado, en el que se encontraba en aquellos instantes Vladímir Ilich, ardían unas lámparas de petróleo, colgadas del techo con unos ganchos de hierro. Su mortecina luz hacía que, efectivamente, todos los rostros parecieran grises, como enfermos. El capataz mostraba y explicaba gustosamente al visitante lo que se hacía en su taller, pues había tomado a Vladímir Ilich por un alto funcionario. Todo marchaba bien, pero, al final, tuvo lugar un contratiempo.
- ¿Qué es esto? -preguntó riguroso el capataz a un joven obrero de ojos redondos como los de una lechuza.
El obrero estaba colocando con unas tenazas una barra de acero en el tren de laminado y, al mismo tiempo, comía a dos carrillos un enorme pedazo de pan de centeno.
- ¿Qué es esto? -repitió con voz todavía dura el capataz.
- El hambre aguza el ingenio -respondió, riéndose, el obrero.
- ¡Déjate de bromas! ¿No sabes con quién estás hablando?
El obrero se puso muy serio y dijo:
- Mira, capataz, ve a donde ibas…
El capataz arrugó también el ceño.
- ¿Me faltas al respeto? Pues te pondré una multa.
El capataz se alejó, pisando fuerte. Vladímir Ilich le siguió. En un cuartucho que hacía las veces de despacho, el capataz sacó del cajón de su mesa la cartilla de cuentas del obrero, para apuntarle la multa.
- Deje que le eche una mirada -le pidió Vladímir Ilich.
- ¡Hem, hem!... -carraspeó al leer el horario de trabajo en el taller de laminado y en los demás de la fábrica: “Jornada laboral, doce horas. Sin descanso. A los obreros se les prohíbe ir a casa a comer”.
- ¿Cómo van a trabajar, si no comen? -preguntó, asombrado, Vladímir Ilich.
- Se traen la comida de casa.
- Pero usted lo ha reñido porque comía pan.
- ¡Que no me falte al respeto! -gruñó el capataz. Había comprendido que aquel extraño visitante estaba en contra de que se multase al obrero.
“¡Bum-bum-bum!”, atronó la barra de hielo que colgaba en el taller a guisa de campana. En todo el recinto fabril sonaron largamente unas trompetas, anunciando: ¡Dejad el trabajo! ¡El turno del día ha terminado!”
- ¡Eh, Fiódor! -llamó el capataz al obrero a quien había querido multar-. Te perdono la multa. Da las gracias a este señor.
El obrero ni volvió la cabeza.
- ¡Malcriado! ¡No se puede tener consideración con estos malcriados! -gruñó furioso el capataz.
- La gente hambrienta y cansada no está para cortesías -Vladímir Ilich sonrióse irónico.
Salió de la fábrica mezclado con cientos de obreros. Al cabo de una hora, en una calleja de la ciudad, debía reunirse con un círculo de obreros de la Putílov. Allí esperaban a Vladímir Ilich, mejor dicho, esperaban a Fiódor Petróvich…
Al atardecer arreció el frío. Un cortante viento hería las mejillas. Vladímir Ilich se levantó el cuello del abrigo.
“La gente trabaja turnos de doce horas, sin descanso para comida, y aún la multan encima. ¡Vaya vida!, pensaba Vladímir Ilich.
Llegó a la casa donde se reunía el círculo. Un obrero conocido le recibió en el zaguán.
- ¡Da las gracias al señor! -decía en una habitación una voz sarcástica-. El señor ese se marchó, y mañana me meterán otra multa.
“Están discutiendo lo que ha ocurrido hoy”, se dijo Vladímir Ilich.
- Es muy posible que le metan la multa, sin ninguna razón para ello -observó, entrando rápidamente en la habitación.
Había unos quince hombres sentados en la mesa. Quien hablaba era aquel joven obrero llamado Fiódor, de ojos de lechuza.
- ¡Muy buenas, tocayo! -dijo sonriente Lenin-. Yo me llamo Fiódor Petróvich.
- Hermanos, éste es el señor que visitó hoy la fábrica -dijo Fiódor, y se levantó.
En la habitación se hizo el silencio. Y Vladímir Ilich vio que las miradas de algunos eran sombrías. Pero aquello, lejos de apenarle, le agradó.
- Está bien, camaradas, que sean ustedes prudentes -dijo Vladímir Ilich, con su voz levemente tartajosa-. Usted, camarada Fiódor, ha calado bien en la esencia: el “señor visitante” se marcha, pero el capataz y el patrono quedan. Y seguirán multando a la gente.
Los obreros escuchaban atentos a Vladímir Ilich, pues les hablaba de su vida y de su futuro. Fiódor se había sentado en el banco, sin hacer ruido, y miraba fijamente a su “tocayo”.
- ¿Cómo debemos luchar? -dijo el “tocayo”, Fiódor Petróvich-. Agrupados en una organización. Es la única forma.
“¡Cierto! Uno solo no puede con los capitalistas. Debemos luchar juntos”, pensaba Fiódor, sintiéndose alegre y dispuesto a todo. Mientras, Fiódor Petróvich seguía hablando, y los obreros asentían. Estuvieron hasta las tantas de la noche discutiendo el programa de lucha contra el zar y contra los patronos.
Cuando la reunión de círculo hubo terminado, Fiódor dijo a su “tocayo”:
- Yo le acompañaré.
Sus redondos ojos de lechuza brillaban alegres: la reunión con Fiódor Petróvich había sido muy interesante.
Pero Fiódor Petróvich se opuso:
- No debe acompañarme. Somos revolucionarios. ¿Y si nos descubre en la calle un espía? Podemos caer los dos de golpe. Nos marcharemos uno por uno. Hay que observar la conspiración, camarada tocayo. ¿Qué es la conspiración? Hacer las cosas en secreto. Ocultarse de la policía, de los patronos y de los capataces, para que no sepan nada de nuestra organización. ¿Estamos?
Dichas estas palabras, amenazó a Fiódor con el dedo. En broma, claro. Pero también en serio.
Salieron de la casa uno por uno. Primero, los obreros, y, luego, Fiódor Petróvich. Habréis adivinado, claro, que Vladímir Ilich se llamaba Fiódor Petróvich por razones conspirativas, cuando iba a enseñar a los obreros lo que era la lucha revolucionaria.
Vladímir Ilich salió a la calle y aspiró placentero el frío aire. Estaba contento de que los obreros le hubieran escuchado con tan ávido interés. Y resolvió escribir para todos los obreros un artículo acerca de las multas y la lucha contra los capitalistas.
Vladímir Ilich iba por la calle pensando en el artículo aquel, los pensamientos se agolpaban en su mente, y vio de pronto… La noche era clara. El viento arrastraba por el cielo blancas nubes. La luna, amarilla, buceaba en los velajes, alumbrando cada arbolillo y cada banco en la solitaria calle… Vladímir Ilich advirtió que, por la acera opuesta, caminaba un hombre. Se ocultaba el hombre aquel en la negra sombra de las casas y las vallas. Vladímir Ilich aparentó que no había descubierto al espía y siguió caminando tranquilamente, pero con mayor rapidez. Se oyó el traqueteo del tranvía de sangre en la carretera de Peterhof. Vladímir Ilich apretó el paso. ¡Bravo! ¡Había logrado tomar el tranvía! Pero el espía también había montado. Al entrar en el vagón, Vladímir Ilich lo miró fugazmente: gafas de cristales ahumados y bigote negro. Vladímir Ilich se sentó delante, junto a la salida, se levantó el cuello del abrigo y se puso a cavilar qué debería hacer para burlar a su perseguidor. Para llegar a casa le faltaba todavía mucho. Vladímir Ilich fingió que se había dormido. Abatió la cabeza. El tranvía se mecía y Vladímir Ilich oscilaba a uno y otro lado. Pensaba en cómo arreglárselas para escapar. Las ventanillas del vagón estaban cubiertas de hielo, y no se veía por dónde pasaba el tranvía. Detrás de Vladímir Ilich, dos asientos más allá, iba sentado el espía de gafas con cristales ahumados y bigote negro.
“Me apearé a tres paradas de casa. Lo principal, ahora, es no pasar de largo”. Vladímir Ilich se reclinó sobre la ventanilla, como si estuviera durmiendo, y se puso a echar el aliento sobre el cristal. Podía pedir al cobrador que anunciara las paradas. Pero eso sería peligroso. Como tartajeaba, su voz no pasaría desapercibida. Y no podía descubrirse al espía. Había que observar las reglas de la conspiración.
Vladímir Ilich logró derretir un poquito el hielo del cristal. Y miraba de reojo. Pronto llegarían. Muy pronto. A la parada siguiente debería apearse… Habían llegado. El tranvía se detuvo.
- ¿Se apea alguien? -preguntó el cobrado.
Nadie. Toldos callaban. Y Vladímir Ilich callaba también, el corazón latiéndole tumultuoso. Los caballos arrancaron, el tranvía echó a rodar, y, entonces, Vladímir Ilich se levantó apresuradamente y saltó a tierra. Corrió hacia un patio con dos salidas. Conocía aquel pato, lo había estudiado por si acaso. Corría, y a sus espaldas sonaba el traqueteo del tranvía y gritos. Entró en el patio y miró atrás por un instante. El tranvía se detuvo, el espía se apeó de un salto y miró a derecha e izquierda: en la calle, oscura, con todas las ventajas sin luz, no había un alma. El tranvía se marchó.
Vladímir Ilich cruzó el patio aquel, salió a otra calle y llegó sin tropiezo alguno a su casa. La patrona dormía ya. Vladímir Ilich se metió de puntillas en la cocina, calentó el té en un infiernillo y sacó de la alacena un pedazo de pan. Tenía mucha hambre.
“Así, pues, ¿dónde nos hemos detenido, camaradas? -pensaba Vladímir Ilich, mientras tomaba el té caliente con pan-. ¡He dejado al espía con un palmo de narices! -se rió-. Nos detuvimos en…”
Vladímir Ilich puso los ojos en la ventana. El frío había dibujado en los cristales sus caprichosos arabescos.
“Nadie nos emancipará, nosotros mismos debemos conquistar nuestra libertad”, pensaba Vladímir Ilich, mirando, los ojos entornados, las fabulosas flores blancas con azulencos destellos.
La Cheka ha extraído este cuento del libro Hogueras del Comp. Anatoli Mitiáev. Moscú: Editorial Progreso, 1972.