Una lluvia intensa y contaminada colorea los barrios bajos de la Ciudad Capital.
Kilómetros de edificios desordenados, en forma de hongos y arboles esconden las nubes.
Miles de pasillos, calles y avenidas, atraviesan la ciudad de forma perpendicular.
Los barrios más peligrosos comienzan cuando la avenida principal comienza a descender hacia zonas que jamás vieron un rayo de luz natural.
La fuerte lluvia provocó que la mayoría de los comerciantes guarden desesperadamente sus precarios locales ubicadas en las angostas veredas.
Observando con la rapidez de un ave, va uno de los tantos niños que aprovechan un descuido.
Y así fue.
Agarró una bolsa de mano repleta de piedras y comenzó a esquivar y a descender rápidamente por calle, como si de un monte se tratará.
El niño de unos 12 años, vestido completamente de negro con su cara tapada y alpargatas, ya estaba cantando victoria a las pocas cuadras.
Pero un drone lo estaba siguiendo, un drone trasparente y silencioso, camuflado como un camaleón.
El niño doblo en un pasillo oscuro con desechos y abrió la bolsa, era un buen botín.
Pero el drone estaba espaldas a él y proyecto un holograma de una persona uniformada.
Luego el holograma se transformó en alguien real.
- Te voy a reventar – Dijo el uniformado con una cansada sonrisa.
El niño dejo de respirar del susto y una celda redonda holográfica electrificada lo cerco completamente.
El uniformado saco una botella, el olor a nafta era nauseabundo y el niño empezó a temblar.
Le saco la bolsita de piedras y empezó a buscar un encendedor.
Roció al niño, prendió el encendedor y acerco la llama con frialdad.
Las llamas crecieron violentamente y todo el cuerpo del niño estaba en llamas.
Pero pronto se disiparon y el niño solo sintió un fuerte ardor en todo el cuerpo.
A los pocos segundos ya no había ardor ni el menor rastro de quemaduras.
- Estas piedrecitas de mujercitas me sirven – Dijo el uniformado observándolas y mientras el niño vomitaba de nervios.
- Yo lo veo todo, en estos puestos no podes jugar más, más abajo en los bajos fondos sí, no me importa.
La celda holográfica desapareció gradualmente y el uniformado agarro una piedrecita amarilla del tamaño de un grano de arroz y la dejo en un bolsillo al niño, para luego desaparecer.
El niño deambulo atónito y en shock por los pasillos hasta que encontró una cañería rota que formaba varios charcos.
La usó como una ducha para limpiarse la pegajosa falsa nafta, mientras escuchaba a unos gatos recién nacidos que maullaban desesperados a unos pocos metros.
Estaban en un contenedor de basura completamente abandonados, como él.