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–Caos, destrucción, nacimiento, vida –

La bestia ancestral gritaba frenético al niño que con miedo escuchaba atento.

–Ustedes seres incrédulos creen saberlo todo, pero ni siquiera se conocen así mismos. – miró al pequeño que agachó la mirada –Responde niño ¿Quién eres tú?

–Mi nombre es Marco

–¿Eso es quien eres? ¿Acaso te defines por un nombre?

–¡No! Marco es el nombre que mis padres me dieron al nacer. No es quién soy.

–Entonces ¿¡Quién eres!? –gritó– ¡No eres más que alguien que fue creado a imagen y semejanza de alguien más! ¿Qué sabes tú de la vida? ¡Nada! TÚ no sabes nada.
Apuntó hacia una burbuja en el aire y le hiso ver en ella el mal que habían creado. Y con más calma continuó:

–¿Acaso vez lo que los tuyos hicieron? La tierra mi vieja amiga, alguna vez vistió de azul y verde. Vistió de vida, de luz, de ciclos, de alegría… ¡Y mírala ahora! Ustedes parásitos la enfermaron hasta destrozarla. Era cuestión de tiempo para que se defendiera

–Pero no todos somos iguales –interrumpió Marco– hay quienes cuidaban de ella.

–Pero no bastó.

La bestia miró su reflejo en una burbuja y tras un incomodo silencio continuó:

–¿Sabes porque te traje hasta aquí?

–No realmente.

–Todos tenemos un destino. El mío llegará a su fin pronto. Y conmigo la tierra tomara una decisión. Tu deber es estar aquí, donde moran las burbujas del tiempo y hacer con ellas lo mismo que yo he hecho durante siglos. Ver y juzgar.

–No entiendo –dijo el niño casi llorando.

–La Tierra es caos, destrucción, nacimiento, vida. Es todo y nada. Es lo que ustedes le hicieron a ella y lo que ella les enseñó.

Una burbuja se acercó a uno de los gigantescos ojos del ente ancestral y dijo:

–La decisión de la Madre Tierra ya ha sido tomada... Es perdonar a sus hijos e hijas. Pero antes deben de ser castigados. –miró al pequeño y con una voz más suave le dijo– Tu deber pequeño es, de ahora en adelante, vigilar y castigar a quien la lastime. Tu serás el viento, el agua, la vida, el fuego, el hielo, serás la oscuridad y la luz, serás la vida y la muerte misma para todos aquellos que no hayan entendido bien su castigo.

El pequeño miro al suelo y negó con la cabeza. Lloriqueó, pero cuando abrió la boca para decir una palabra se dio cuenta de que ya se había ido. Rió del pánico, lloró, pataleó, gritó y entendió que por más berrinche que hiciera le tocaba a él ser el destino.



¡Espero que les haya gustado leerlo tanto como a mi al escribirlo!
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