Hace muchos años tuve un sueño, un sueño maravilloso, pero en cuanto lo narré a los demás, solo me tomaron por tonto, por un pobre ridículo.
Sucedió que en cierta parte de mi vida llegó a darme todo lo mismo, todo me resultaba indiferente y, junto con ello, se había afianzado firmemente en mi mente el convertirme en un cero absoluto. No me peleaba con la gente, tampoco les contradecía pues sabía que pronto todo dejaría de existir. Todo cambió cuando conocí la verdad. ¡Qué difícil le resulta a uno conocer la verdad!
Sucedió en un tarde lúgubre, el más lógrebo de los atardeceres que te puedas imaginar. Mientras caminaba a casa, vi a un parapléjico que pedía limosna, era inevitable pasar a su lado. Al caminar, en frente de él, lo ignoré por completo, ¿qué me importa un discapacitado si en unas horas más seré un cero absoluto?, fue en ése entonces cuando el limosnero me tomó la parte baja de mi pantalón tal como aquella mujer que tocó los flequillos inferiores de la ropa de Cristo. Aquel sujeto, taciturno y decaído, me dijo a media voz: "Señor, disculpe la molestia, tiene usted una moneda que pueda darme", mirando al sujeto y el tarrito que me estiraba con la mano, aparté la mirada y proporcioné un fuerte zapatazo en el suelo, como si quisiera espantar a un perro callejero. El sujeto me soltó de inmediato y agachó la mirada mientras yo ya me apartaba a metros de distancia.
Llegué a casa con un terrible dolor de estómago, me dolía la cabeza y me sentía sin fuerzas. Pero eso no era lo que más me molestaba, sino qué el estar triste. Me preguntaba: ¿por qué siento esta compasión si en realidad todo debería darme lo mismo?. Sabía que aquel sujeto no era un falso limosnero de los que abusan de la compasión de quienes lo miran, aquel sujeto era un antiguo compañero de trabajo de mi padre quien sufrió un accidente. Me comporté de una forma tan indiferente, tan brutal, que me espíritu mismo se avergonzó de mi alma.
Es aquí cuando no entendí como a mí, quien sería un cero absoluto en un par de horas, podía sentir compasión de los demás, y si le hubiese entregado una moneda de forma mecánica, de hacerlo por hacerlo, ¿qué tanto lograría?, ¿hacerlo vivir un día más para que mañana siga pidiendo limosna?
Fue en éste punto cuando desperté. Es increíble como los sueños puedes anular la realidad como si nunca hubiese existido y crear un mundo nuevo en nuestros pensamientos. Pero para sorpresa mía, conozco a un joven parapléjico llamado Joaquín, quien si quiere ir a alguien sitio, lo tienen que montar en una especie de minita carreta y alguien arrastrarlo. O si quiere ir a algún sitio, la única forma de moverlo es en las carretas para que pueda disfrutar de los hermosos paisajes a los pies de las montañas del Cáucaso, pero siempre en la carreta a no ser que sus padres lo lleven en brazos a orillas de un río y así tocar el agua.
¿Qué puedo hacer por él? Si bien no necesita dinero, ¿qué podría hacer por él?
"¡Dios santo!." Una idea, como proveniente del cielo, llegó a mi mente. “!Hoy mismo comenzaré mi proyecto¡, lo llamaré Silla de Ruedas".
Sucedió que en cierta parte de mi vida llegó a darme todo lo mismo, todo me resultaba indiferente y, junto con ello, se había afianzado firmemente en mi mente el convertirme en un cero absoluto. No me peleaba con la gente, tampoco les contradecía pues sabía que pronto todo dejaría de existir. Todo cambió cuando conocí la verdad. ¡Qué difícil le resulta a uno conocer la verdad!
Sucedió en un tarde lúgubre, el más lógrebo de los atardeceres que te puedas imaginar. Mientras caminaba a casa, vi a un parapléjico que pedía limosna, era inevitable pasar a su lado. Al caminar, en frente de él, lo ignoré por completo, ¿qué me importa un discapacitado si en unas horas más seré un cero absoluto?, fue en ése entonces cuando el limosnero me tomó la parte baja de mi pantalón tal como aquella mujer que tocó los flequillos inferiores de la ropa de Cristo. Aquel sujeto, taciturno y decaído, me dijo a media voz: "Señor, disculpe la molestia, tiene usted una moneda que pueda darme", mirando al sujeto y el tarrito que me estiraba con la mano, aparté la mirada y proporcioné un fuerte zapatazo en el suelo, como si quisiera espantar a un perro callejero. El sujeto me soltó de inmediato y agachó la mirada mientras yo ya me apartaba a metros de distancia.
Llegué a casa con un terrible dolor de estómago, me dolía la cabeza y me sentía sin fuerzas. Pero eso no era lo que más me molestaba, sino qué el estar triste. Me preguntaba: ¿por qué siento esta compasión si en realidad todo debería darme lo mismo?. Sabía que aquel sujeto no era un falso limosnero de los que abusan de la compasión de quienes lo miran, aquel sujeto era un antiguo compañero de trabajo de mi padre quien sufrió un accidente. Me comporté de una forma tan indiferente, tan brutal, que me espíritu mismo se avergonzó de mi alma.
Es aquí cuando no entendí como a mí, quien sería un cero absoluto en un par de horas, podía sentir compasión de los demás, y si le hubiese entregado una moneda de forma mecánica, de hacerlo por hacerlo, ¿qué tanto lograría?, ¿hacerlo vivir un día más para que mañana siga pidiendo limosna?
Fue en éste punto cuando desperté. Es increíble como los sueños puedes anular la realidad como si nunca hubiese existido y crear un mundo nuevo en nuestros pensamientos. Pero para sorpresa mía, conozco a un joven parapléjico llamado Joaquín, quien si quiere ir a alguien sitio, lo tienen que montar en una especie de minita carreta y alguien arrastrarlo. O si quiere ir a algún sitio, la única forma de moverlo es en las carretas para que pueda disfrutar de los hermosos paisajes a los pies de las montañas del Cáucaso, pero siempre en la carreta a no ser que sus padres lo lleven en brazos a orillas de un río y así tocar el agua.
¿Qué puedo hacer por él? Si bien no necesita dinero, ¿qué podría hacer por él?
"¡Dios santo!." Una idea, como proveniente del cielo, llegó a mi mente. “!Hoy mismo comenzaré mi proyecto¡, lo llamaré Silla de Ruedas".
Tributo a "El sueño de un hombre ridículo" de Fiódor Dostoyevski