Análisis:
Cuando se habla del cine contemporáneo argentino, nunca puede faltar la obra maestra de Bruno Stagnaro y Adrián Caetano: “Pizza, birra, faso”, estrenada el 15 de enero de 1998. Protagonizada por el difunto actor Héctor Anglada, junto a Pamela Jordán, Jorge Sesán, Alejandro Pous y Walter Díaz, fue ganadora de cerca de diez premios, entre ellos Mejor Película y Mejor Guión (Cóndor de Plata, Gramado Film Festival), Mejor Revelación Masculina (Héctor Anglada, Cóndor de Plata) y Mejor Ópera Prima (Cóndor de Plata). Filmada en formato 16 mm (restaurada en 4K gracias al apoyo del plan de recuperación de películas argentinas, Recuperar), con su definición un poco borrosa, su aspecto sucio y desprolijo, sus escenas frenéticas y sus planos inigualables, su sonido rudimentario y estridente, un guión excepcional con diálogos inigualables (algunos a lo Quentin Tarantino), junto a un despliegue fantástico de actores de casi nulo renombre, esta película logró marcar un punto de inflexión en el cine nacional junto a otros largometrajes, como Historias Breves. Estamos hablando el movimiento Nuevo Cine Argentino, que llegó para quedarse.
Este filme es quizás el ejemplo más honesto y auténtico que el cine argentino concibió en toda su trayectoria respecto a la cruda realidad de la delincuencia. Es un paradigma de todo lo que conlleva la bajeza moral y económica de la cultura del crimen y la marginalidad, abordando temáticas tales como las necesidades, la inseguridad, la facilidad del “choreo”, los complots de ese submundo, los abusos por parte de la justicia y los excesos, entre muchísimas otras. Y todo esto sucede con una naturalidad que hiela la sangre. Pero la historia se queda en un segundo plano cuando se quiere analizar el porqué de todas las situaciones que convergen en la hora y media de cinta.
Haciendo alusión a un clima político de decadencia que no se muestra explícito, sino que se mueve en las sombras de la trama principal, es evidente como la Argentina del filme se encuentra en un momento de gran declive social y económico. La escena en que el Cordobés (el personaje principal de la obra), junto a Pablo y Megabóm deciden “mecherear” en la fila de desocupados fingiendo una pelea puede pasar sin pena ni gloria, pero analizando el contexto en el que se da el robo: la falta de empleo y la necesidad de recurrir a una “fila de desocupados”, más todos los acontecimientos que irán surgiendo en paralelo, dan a la audiencia una idea cuanto menos clara, un pantallazo general subyacente, del futuro que se vislumbra y la época en que se ambienta la historia: el menemismo todavía en pie. El contexto histórico se transforma en un elemento indispensable para comprender la totalidad de todos los eventos, así como el mismo Buenos Aires. Lo impresionante es que no sólo se refleja el pasado entre escena y escena, sino que también el presente. Esta genialidad sorprende, ya que desde 1998 hasta la actualidad, habiendo pasado ya veinte años del estreno, parece no haber cambiado nada respecto a un tema ya mencionado, que es el abuso de poder por parte de la justicia. Es decir, ¿el futuro repite al pasado? La escena en que un uniformado logra recibir una coima por parte de Rubén y nuestros personajes retrata una realidad que aún se encuentra latente e irremediable, sin importar el paso del tiempo ni la corrosión moral y ética que conlleva todo lo mencionado.
Partiendo desde la premisa inicial, no se intenta justificar el accionar de los personajes, mucho menos concientizar a la audiencia sobre lo ruín de la delincuencia, o glorificar ni enaltecer esa actividad inmoral. Pero sí presenta una cuestión cuanto menos atípica, que existe y se ve en la actualidad, así como hace 20 años atrás: el robo como un trabajo. Este elemento es ilustrado magistralmente por parte de la producción, transformando un guión excepcional en una película que hasta el día de hoy se recuerda. El Cordobés, Pablo, Frula y Megabóm no son héroes ni esperan serlo (es necesario recordar la escena en que Frula y el Cordobés roban al Rengo sus pocas recaudaciones); al contrario, son los villanos, son las consecuencias directas de realidad social decadente a la que se ve sometido el que menos tiene, asumiendo que la manera más rápida de poder sobrevivir en el Buenos Aires catastrófico que se muestra, es recurriendo a la delincuencia. Sin importar qué, ya que mientras la filosofía de “Mientras haya pizza, birra y faso” se cumpla, nuestros personajes se encontrarán aparentemente satisfechos, pues todo será soportable.
Pero no todo es injusticia y marginalidad, la historia de amor entre el Cordobés y Sandra puede parecer poco común a simple vista: una chica de escasos recursos y su pareja delincuente, pero esta es una teatralización veraz de lo que suele ser moneda corriente. Respecto a esto, el modo de vida de los personajes se ve constantemente puesto en riesgo gracias a Sandra, quien está embarazada. Desde promesas rotas (por parte del Cordobés) hasta ignorancia y desinterés por el embarazo (Sandra pidiendo un faso al salir de la comisaría), la relación de los personajes es un carrusel de emociones, y desde lo trágico hasta lo cliché, es digna de reconocimiento. Partiendo desde lo típico, la escena en que el Cordobés trepa al balcón de Sandra luego de tirar piedras a su ventana podría parecer otra copia descarada de Romeo y Julieta, pero ni siquiera atisba a serlo. El toque magistral que le da la ambientación “argentinizada” (el léxico utilizado en los diálogos junto a estos en sí, más las actuaciones) nos demuestra que estamos en presencia de una total antítesis de la pareja de Shakespeare.
Un problema evidente respecto al personaje de Sandra, al igual que Frula o Megabóm, es que no posee un desarrollo eficiente a la hora de comprender las razones por las cuales es como es, su trasfondo. La relación con su padre o su historia con su pareja, por ejemplo, quedan implícitas, sin llegar a concretar ideas claras y necesarias para lograr empatizar con lo que se muestra en la actuación extraordinaria de Pamela Jordán. A pesar de esto, es evidente que su personaje es quien más condiciones morales posee, mostrándose en varias ocasiones en contra de la labor de sus amigos; especialmente del Cordobés, a quien hace prometer que no volverá a robar y que buscará un trabajo decente, poniendo como condición su presencia y la del bebé en camino. Esta promesa, evidentemente, no se cumple, siendo la detonante de los acontecimientos finales, los últimos veinte minuto de cinta, que son sin lugar a dudas uno de los mejores cierres del cine contemporáneo argentino. Cuando el asalto a la bailanta comienza, una vorágine de sentimientos aborda a la audiencia: se está llevando a cabo un robo, que quizás sea el último para el Cordobés (ya que luego huirá a Montevideo con Sandra), pero sin importar lo ruín, se logra empatizar con los personajes, aunque no lo suficiente. Y ese, sin lugar a dudas, es el mayor desacierto del filme. A pesar de que nos conmueve la muerte del Cordobés, con Sandra partiendo a una mejor vida, no sucede lo mismo con la muerte de Frula, o la golpiza a Megabóm. Estas escenas simplemente nos impactan por la crudeza en la que concluyen los acontecimientos. Aun así, esto no opaca la magnificencia del despliegue de talentos que conforma a la obra. Detalles como la “jerarquía marginal”, entre otros que a simple vista pueden pasar desapercibidos, son los que ayudan a crear un trasfondo y significado mucho más profundo en la película; para entender esta jerarquía es necesario recordar la fugaz escena donde el Cordobés y Pablo comen pizzas en Ugi’s, y dejan los restos en un plato. Podría pensarse que los personajes se encuentran en la base, en lo más bajo de esta pirámide jerárquica, pero no: alguien come los restos del plato. Pormenores como estos, con su perspicacia, sencillez y crudeza, son los que dieron escuela a sus directores, definiendo el estilo y la estética de su cine. Además de, evidentemente, la ambientación musical de la obra. Por ejemplo, ¿quién no recuerda “Mil promesas” o “La última birra”?, canciones que inmortalizaron a la banda sonora. Y, ¿quién no conoce hoy en día a Adrián Caetano? Siendo director de películas como “Un oso rojo” y “Crónica de una fuga”, y de series como “El marginal”. En perspectiva del éxito, es imprescindible tener presente que “Pizza, birra, faso” fue su ópera prima, su debut junto al entrañable Bruno Stagnaro.
Adrián Caetano
Bruno Stagnaro
Cuando se habla del cine contemporáneo argentino, nunca puede faltar la obra maestra de Bruno Stagnaro y Adrián Caetano: “Pizza, birra, faso”, estrenada el 15 de enero de 1998. Protagonizada por el difunto actor Héctor Anglada, junto a Pamela Jordán, Jorge Sesán, Alejandro Pous y Walter Díaz, fue ganadora de cerca de diez premios, entre ellos Mejor Película y Mejor Guión (Cóndor de Plata, Gramado Film Festival), Mejor Revelación Masculina (Héctor Anglada, Cóndor de Plata) y Mejor Ópera Prima (Cóndor de Plata). Filmada en formato 16 mm (restaurada en 4K gracias al apoyo del plan de recuperación de películas argentinas, Recuperar), con su definición un poco borrosa, su aspecto sucio y desprolijo, sus escenas frenéticas y sus planos inigualables, su sonido rudimentario y estridente, un guión excepcional con diálogos inigualables (algunos a lo Quentin Tarantino), junto a un despliegue fantástico de actores de casi nulo renombre, esta película logró marcar un punto de inflexión en el cine nacional junto a otros largometrajes, como Historias Breves. Estamos hablando el movimiento Nuevo Cine Argentino, que llegó para quedarse.
Este filme es quizás el ejemplo más honesto y auténtico que el cine argentino concibió en toda su trayectoria respecto a la cruda realidad de la delincuencia. Es un paradigma de todo lo que conlleva la bajeza moral y económica de la cultura del crimen y la marginalidad, abordando temáticas tales como las necesidades, la inseguridad, la facilidad del “choreo”, los complots de ese submundo, los abusos por parte de la justicia y los excesos, entre muchísimas otras. Y todo esto sucede con una naturalidad que hiela la sangre. Pero la historia se queda en un segundo plano cuando se quiere analizar el porqué de todas las situaciones que convergen en la hora y media de cinta.
Haciendo alusión a un clima político de decadencia que no se muestra explícito, sino que se mueve en las sombras de la trama principal, es evidente como la Argentina del filme se encuentra en un momento de gran declive social y económico. La escena en que el Cordobés (el personaje principal de la obra), junto a Pablo y Megabóm deciden “mecherear” en la fila de desocupados fingiendo una pelea puede pasar sin pena ni gloria, pero analizando el contexto en el que se da el robo: la falta de empleo y la necesidad de recurrir a una “fila de desocupados”, más todos los acontecimientos que irán surgiendo en paralelo, dan a la audiencia una idea cuanto menos clara, un pantallazo general subyacente, del futuro que se vislumbra y la época en que se ambienta la historia: el menemismo todavía en pie. El contexto histórico se transforma en un elemento indispensable para comprender la totalidad de todos los eventos, así como el mismo Buenos Aires. Lo impresionante es que no sólo se refleja el pasado entre escena y escena, sino que también el presente. Esta genialidad sorprende, ya que desde 1998 hasta la actualidad, habiendo pasado ya veinte años del estreno, parece no haber cambiado nada respecto a un tema ya mencionado, que es el abuso de poder por parte de la justicia. Es decir, ¿el futuro repite al pasado? La escena en que un uniformado logra recibir una coima por parte de Rubén y nuestros personajes retrata una realidad que aún se encuentra latente e irremediable, sin importar el paso del tiempo ni la corrosión moral y ética que conlleva todo lo mencionado.
Partiendo desde la premisa inicial, no se intenta justificar el accionar de los personajes, mucho menos concientizar a la audiencia sobre lo ruín de la delincuencia, o glorificar ni enaltecer esa actividad inmoral. Pero sí presenta una cuestión cuanto menos atípica, que existe y se ve en la actualidad, así como hace 20 años atrás: el robo como un trabajo. Este elemento es ilustrado magistralmente por parte de la producción, transformando un guión excepcional en una película que hasta el día de hoy se recuerda. El Cordobés, Pablo, Frula y Megabóm no son héroes ni esperan serlo (es necesario recordar la escena en que Frula y el Cordobés roban al Rengo sus pocas recaudaciones); al contrario, son los villanos, son las consecuencias directas de realidad social decadente a la que se ve sometido el que menos tiene, asumiendo que la manera más rápida de poder sobrevivir en el Buenos Aires catastrófico que se muestra, es recurriendo a la delincuencia. Sin importar qué, ya que mientras la filosofía de “Mientras haya pizza, birra y faso” se cumpla, nuestros personajes se encontrarán aparentemente satisfechos, pues todo será soportable.
Pero no todo es injusticia y marginalidad, la historia de amor entre el Cordobés y Sandra puede parecer poco común a simple vista: una chica de escasos recursos y su pareja delincuente, pero esta es una teatralización veraz de lo que suele ser moneda corriente. Respecto a esto, el modo de vida de los personajes se ve constantemente puesto en riesgo gracias a Sandra, quien está embarazada. Desde promesas rotas (por parte del Cordobés) hasta ignorancia y desinterés por el embarazo (Sandra pidiendo un faso al salir de la comisaría), la relación de los personajes es un carrusel de emociones, y desde lo trágico hasta lo cliché, es digna de reconocimiento. Partiendo desde lo típico, la escena en que el Cordobés trepa al balcón de Sandra luego de tirar piedras a su ventana podría parecer otra copia descarada de Romeo y Julieta, pero ni siquiera atisba a serlo. El toque magistral que le da la ambientación “argentinizada” (el léxico utilizado en los diálogos junto a estos en sí, más las actuaciones) nos demuestra que estamos en presencia de una total antítesis de la pareja de Shakespeare.
Un problema evidente respecto al personaje de Sandra, al igual que Frula o Megabóm, es que no posee un desarrollo eficiente a la hora de comprender las razones por las cuales es como es, su trasfondo. La relación con su padre o su historia con su pareja, por ejemplo, quedan implícitas, sin llegar a concretar ideas claras y necesarias para lograr empatizar con lo que se muestra en la actuación extraordinaria de Pamela Jordán. A pesar de esto, es evidente que su personaje es quien más condiciones morales posee, mostrándose en varias ocasiones en contra de la labor de sus amigos; especialmente del Cordobés, a quien hace prometer que no volverá a robar y que buscará un trabajo decente, poniendo como condición su presencia y la del bebé en camino. Esta promesa, evidentemente, no se cumple, siendo la detonante de los acontecimientos finales, los últimos veinte minuto de cinta, que son sin lugar a dudas uno de los mejores cierres del cine contemporáneo argentino. Cuando el asalto a la bailanta comienza, una vorágine de sentimientos aborda a la audiencia: se está llevando a cabo un robo, que quizás sea el último para el Cordobés (ya que luego huirá a Montevideo con Sandra), pero sin importar lo ruín, se logra empatizar con los personajes, aunque no lo suficiente. Y ese, sin lugar a dudas, es el mayor desacierto del filme. A pesar de que nos conmueve la muerte del Cordobés, con Sandra partiendo a una mejor vida, no sucede lo mismo con la muerte de Frula, o la golpiza a Megabóm. Estas escenas simplemente nos impactan por la crudeza en la que concluyen los acontecimientos. Aun así, esto no opaca la magnificencia del despliegue de talentos que conforma a la obra. Detalles como la “jerarquía marginal”, entre otros que a simple vista pueden pasar desapercibidos, son los que ayudan a crear un trasfondo y significado mucho más profundo en la película; para entender esta jerarquía es necesario recordar la fugaz escena donde el Cordobés y Pablo comen pizzas en Ugi’s, y dejan los restos en un plato. Podría pensarse que los personajes se encuentran en la base, en lo más bajo de esta pirámide jerárquica, pero no: alguien come los restos del plato. Pormenores como estos, con su perspicacia, sencillez y crudeza, son los que dieron escuela a sus directores, definiendo el estilo y la estética de su cine. Además de, evidentemente, la ambientación musical de la obra. Por ejemplo, ¿quién no recuerda “Mil promesas” o “La última birra”?, canciones que inmortalizaron a la banda sonora. Y, ¿quién no conoce hoy en día a Adrián Caetano? Siendo director de películas como “Un oso rojo” y “Crónica de una fuga”, y de series como “El marginal”. En perspectiva del éxito, es imprescindible tener presente que “Pizza, birra, faso” fue su ópera prima, su debut junto al entrañable Bruno Stagnaro.
Adrián Caetano
Bruno Stagnaro