InicioArteEl pacto
EL PACTO


El Pacto


Los días de escuela, para la mayoría de los jóvenes, no suelen ser siempre los más agradables. Sobre todo cuando el verano deja caer toda su pestilencia propia de la estación y la mañana se pierde en las bastas divagaciones de un sexagenario profesor que, lejos de estar en sus mejores días, también espera con ansias el final de la jornada. Pero, aún a pesar del sopor que conlleva el madrugar contra toda voluntad alguna y el tedio ya convertido en algo totalmente rutinario, existe una razón por la que todo joven, en algún momento de su corta adolescencia, desea con todo ímpetu el madrugar para someterse voluntariamente a aquel tedio de ir al colegio e intentar entender los pensamientos de algún loco profesor sexagenario en medio de toda esa pestilencia veraniega. Eso sólo ocurre cuando existe el amor.

Amor que no era ajeno a Guillermo Serrizuela, quien prefería abstraerse de aquellas clases matutinas leyendo libros de divulgación cientifica, cosa que sus pares difícilmente podían llegar a entender.

—"El desorden siempre aumenta con el paso del tiempo." —leía Guillermo en voz baja mientras esperaba ansioso el sonido estridente de la campana.

—En diez minutos salimos —Dijo Emanuel, su fiel compañero de pupitre, casi como leyendo los pensamientos de su amigo—. ¿Que hacemos despues?

Las típicas reuniones a la salida del colegio se hacían, casi como un ritual, todos los días. Momento aquel donde los jóvenes se reunían entre ellos para celebrar sin ningún tipo de efusión alguna que eran libres. Que tenían, en el mejor de los casos, treinta minutos donde no había ningún tipo de supervisión adulta. Donde podían hacer lo que quisieran, aún sabiendo que tenían todo un mundo de prohibiciones por delante. Pero Guillermo no tenía treinta minutos, ni una hora o dos. Tenía toda la tarde libre para estar con Abril. El joven lo había planeado todo. Había ordenado sus tareas, postergado sus reuniones y, como la mentira se le daba bien, con un par de palabras concisas había convencido a su madre de que ese lunes tenía clases hasta tarde y que luego tenia que acompañar a un amigo hasta el medico.

—No iré con ustedes —Pronunció Guillermo mientras cerraba el libro y lo guardaba entre sus cosas—. Hoy debo verme con Abril.

Su compañero, claramente molesto, lo miró de reojo mientras preparaba todo un arsenal de insultos cuando, a lo lejos, se escuchó un fuerte estridor. De un momento para otro todo el salón se transformó en un mar de chicas y chicos ansiosos por llegar a la puerta. Los mismos, cual estampida de elefantes y encabezados por aquel profesor sexagenario, dejaban caos y destrucción a su paso. Eufóricos por la libertad que les había brindado el reloj y de la cual solo se interponía aquella puerta donde ahora se amontonaban y chillaban como ganado saliendo del corral.

—Vas a venir con nosotros o...—Refunfuñó Emanuel mientras se volteaba en dirección a donde se encontraba el pupitre de su amigo, pero ahi Guillermo ya no estaba.

—¡Mierda! Se fueron todos. —Exclamó con un aire de resignación, mientras apurado guardaba sus cosas en la mochila.

Guillermo, mientras tanto, había saltado a través de una ventana, evitado así todo el caos e incluso el protocolo mismo de salida, el cual obligaba a todas aquellas fieras salvajes que venían en estampida a, una vez llegadas a la puerta de salida del colegio, marchar fina y elegantemente hasta la vía publica. Donde nuevamente reinaba el descontrol juvenil.

No obstante, aún con todo el tiempo que había ganado, caminaba a paso apurado por las apretadas calles de su ciudad. Las personas pululaban en plena hora pico y, no muy lejos a la imagen de los adolescentes escapando de sus quehaceres, los adultos también se desesperaban por salir de sus trabajos y llegar a sus casas en una vorágine de gente corriendo por alcanzar los diversos transportes públicos. En medio de toda la multitud y el vapor penetrante Guillermo ojeaba su reloj de muñeca. Sabía que tenia que estar en la plaza, el punto elegido para el encuentro, a las una de la tarde. Cruzó una avenida muy concurrida de su ciudad donde los conductores temblaban dentro de sus automóviles, producto de las vibraciones mismas del motor, mientras esperaban que la luz del semáforo diera el verde tan esperado. Algunos no soportaban tan brutal espera y aceleraban aún con el semáforo en rojo. Lo cual le conllevó a Guillermo un susto casi de muerte al verse flanqueado por un par de vehículos infractores, pero el joven ya estaba acostumbrado y los pudo sortear con cierta agilidad. No obstante su corazon ahora latía a mil revoluciones y el sudor comenzaba a opacar, poco a poco, el exquisito aroma del fino perfume que había elegido para la ocasión. De momento le pareció que la mixtura de olores producidas era un tanto desagradable. Pero nada más lejos de la realidad, pensó que todos los jóvenes de su edad debían oler igual.

El paso apurado de Guillermo se había convertido en un leve trote y, mientras esquivaba a los transeúntes, se topó, totalmente por descuido, con un famélico perro que, a su ley, dormía en medio de la acera. El joven trastabilló y no pudo evitar pisar la larga cola del canino, el cual se giró sobre su cuerpo como serpiente en posición de contra ataque y, abriendo sus fauces, masticó una o dos veces la pierna de Guillermo. Hubiera sido un caso terrible a no ser por todas las piezas dentales que le faltaban al viejo perro, aún así sintió un poco de dolor y guardose las ganas de insultar al pobre animal que, desentendiéndose rápidamente de la situación, volvía a dormir enroscado en si.

Finalmente, un poco rengo y todo sudado, llegó al punto de encuentro. Un gran árbol perennifolio, también conocido como "siempre verde", el cual se encontraba en el centro de la gran y concurrida plaza de la ciudad. Allí el joven, ansioso y todo alterado por el trajín que le había deparado el viaje, sabia que llegaba tarde. Daban las una y cuarto de la tarde y ahí no había nadie. Guillermo, jadeante, notó como una fina capa de sudor le caía sobre la frente, la cual atinó a limpiar con la manga derecha de su camisa blanca. Miró a su alrededor en busca de la fina silueta de Abril, pero no la vió. Giró la cabeza y se distrajo donde un grupo de niños jugaban bajo el cuidado de sus madres. Y se sintió triste. Quizás por el hecho de haberle mentido a su madre. Quizás porque su madre ya no tenía madre y él había perdido hacía poco una abuela. Le fue imposible no evocar recuerdos de su niñez, donde aquella abuela madre lo había mimado y querido tanto. También sintió culpa, porque creía, muy dentro suyo, que no le había llegado a agradecer lo suficiente. Mientras miraba absorto aquella imagen de los niños jugar sintió un pequeño golpe en la nuca. Rápidamente volvió en si y se volteó, todavía un poco distraído.

—Llegué tarde, ¡perdón!

—Ni siquiera lo noté.— Dijo Guillermo queriendo ocultar que había sido él el que, hasta hacía unos minutos, era el preocupado por la puntualidad.

—Es que... siempre a la salida nos reunimos todas las chicas del salón fuera del colegio. A pasar un poco el rato. Ya sabes, entre amigas.

—Ah...«Emanuel me va a matar cuando se entere», pensó Guillermo, pero rápidamente volvió su atención hacia ella —. Y bien... ¿No piensas saludarme?

Abril sonrió y mientras se aferraba de la camisa de Guillermo se puso en puntas de pie para darle un tierno beso en los labios. A Guillermo se le paralizaba el mundo cuando Abril lo besaba. Podía sentir como la ciudad se volvía muda y sólo existía ella. Sus labios húmedos y suaves le recordaban algún viejo vestigio de la infancia, donde había sido feliz. Puso sus grandes manos sobre la cintura de Abril y le pareció estar agarrando un ángel tembloroso que moría de frió en medio del calor del verano. Los finos tobillos de la joven se cansaron y el beso termino de manera tan espontanea como había comenzado.

—¿Como está tu brazo? —Preguntó Guillermo, al recordar que Abril se había caído en alguna de sus clases de danza.

—Muy bien, va mejorando. El tajo no fue muy profundo pero igual me salió mucha sangre —Dijo la joven con tono de tristeza, mientras agachaba la cabeza—. Mira, todavia tengo de un color rojizo la herida.

—Ya veo, tu piel es tan delicada que pareciese que el mismo viento la podría lastimar.

—En fin... ¿A donde iremos? —Dijo ella, un poco curiosa.

—Preparé todo para que podamos estar la tarde entera juntos, tengo en mente un...

—Pero yo no pedí permiso hasta muy tarde, solo puedo una hora más.

Guillermo encogió los hombros. Se sintió un poco decepcionado pero la entendió. Ella era unos años menor que él y no gozaba de ciertas libertades que él si tenía. A demás, conocía bastante bien a Abril y sabía que sería incapaz de mentirle a él o a su madre. Así que si ella decía una hora, era porque tenia una hora.

—Tenía pensado ir a un pequeño parque que queda un poco alejado del centro de la ciudad, ahí tendremos tranquilidad...

—Vamos —Dijo ella.

La siesta había dado paso a un panorama totalmente distinto al vivido una hora antes. Las calles estaban mas vacías, los automóviles no abundaban tanto. Incluso la mayoría de los jóvenes comenzaban a emprender la partida hacia sus casas. Luego de haber completado con éxito el ritual de compañerismo propio de las salidas del colegio. Guillermo y Abril caminaron de la mano un par de cuadras mientras charlaban sobre de la vida. Para él, no había cosa mas hermosa que sentir el tacto de la piel de Abril. Su calor, su pulso. La suavidad de su piel tersa le trasmitía calma y un deseo extraño e incomprensible, propio de la adolescencia.

—¡Son hermosas! —Dijo Abril mientras se detuvo a contemplar un enorme rosedal que adornaba la entrada de una modesta casa.

—Si las cortas se mueren... están tan vivas como nosotros dos.

—No quería cortarlas, sólo me gusta verlas. No entiendo por qué tienen que tener espinas.

— Es un método de defensa. Y el que sean tan bellas, una estrategia para que las tengan en cuenta.

—Atraen, pero se defienden.

—Así es —Dijo Guillermo mientras se sentaba sobre las escaleras del pórtico de aquella modesta casa. Ella hizo lo mismo y él apoyó su cabeza sobre las piernas de la joven. Quedó así un momento mirándola a los ojos. Contempló su belleza y se admiró del motivo de tenerla ahí con él. Pensó en lo triste y analítico que solía ser a veces. Y en lo alegre y llena de gracia que ella era siempre. Continuó perdido en sus profundos ojos marrones. Su piel blanca y sus labios rojos. Y su largo pelo cayendo sobre sus hombros. Ella dibujo una sonrisa y él le devolvió otra. Ella lo amaba y él a ella también.

—¿Te imaginas el día que tengamos un hijo? —Dijo él con total inocencia.

—Sería hermoso e inteligente como su padre —Rió ella mientras le acariciaba la cara.

—Y alegre como su madre —Completó Guillermo mientras sonreía de pura felicidad.

—Te amo —Dijo ella.

—Quiero que estemos juntos por siempre —susurró Guillermo mientras se ponía de pie—. Tengo una idea.

—¿Que se te ocurrió ahora? — Abril sonrió esperando escuchar cual sería la siguiente ocurrencia de Guillermo.

—Una vez, en uno de mis viajes conocí a una gitana. La cual me habló del amor y me contó historias de su tierra natal. Una de las cosas que me contó fue que existe un pacto, un método que sirve para unir a dos personas para toda la vida.

—Cuéntame mas... —Dijo Abril totalmente sumida en la curiosidad.

—Se llama pacto de sangre. Consiste en unir tu sangre con la mía y jurarnos amor eterno. Así, por la gracia de los viejos dioses del destino, dos personas quedan unidas por el resto de sus vidas —Dijo intentando sonar lo mas fantástico posible.

—Tu no crees en dioses Guillermo, eres ateo. —Dijo la joven con cierto tono de reproche.

—Si, es verdad. No creo en nada. Pero a la vez creo en vos y en nuestro amor.

La joven se ruborizó y aproximó su cabeza para darle un beso. No entendía muy bien lo que Guillermo quería hacer pero comprendió que era algo importante para él. A demás, quería matar el aburrimiento de alguna manera.

—¿Como se hace? — Dijo ella.

—Así... —Guillermo volteó y miró el rosedal que tenía a su lado. Cortó una larga espina y se la mostró a Abril.

—La mataste...

—No, es sólo una espina. Con esto me pincharé el dedo y luego tu harás lo mismo. Después uniremos nuestra sangre y así el pacto estará completo —Dijo Guillermo cada vez mas seguro de sus palabras.

—Hmm.... ¿Me tengo que pinchar? ¿Y si duele?

—No dolerá. Mira, lo haré yo primero.

Guillermo agarró la espina con los dedos indice y pulgar de la mano derecha y se la incrustó en la blanca yema de su dedo pulgar izquierdo. Hizo un poco de presión y la sangre comenzó a brotar lentamente en un fino hilo escarlata que, por acción de la gravedad, empezó a deslizarse por la palma de su mano.

—Te vas a ensuciar la camisa, pon la mano hacia abajo —Le ordenó Abril un poco sorprendida.

La sangre comenzó a caer al suelo y por la inclinación de la acera terminaba por desembocar en el cordón de la calle, donde corría el agua saliente de las casas.

—Tu turno —Dijo Guillermo mientras le brillaban los ojos de una manera extraña. Como cuando todo en tu vida ocurre de la manera adecuada. Como cuando estas a punto de hacer algo que te va a hacer extremadamente feliz.

— Si, ahí voy.... — Abril tomó la espina con sus delicados dedos e intentó lo mismo que Guillermo. Hizo presión en su débil dedo izquierdo. Mas la sangre no brotó.

—Lo estas haciendo bien...

—No, no puedo —Dijo ella con un tono de resignación—. Me da cosa, hazlo tu.

Guillermo asintió con la cabeza en señal de aprobación y sostuvo la espina con su mano derecha. Mientras todavia tenia la izquierda un poco apartada y de la cual la sangre seguía brotando y cayendo al suelo. Ahora, el fino hilo escarlata que había en el piso se había hecho mas grueso y el agua que corría junto al cordón de la calle ya se tornaba con un tinte levemente rojizo.

—No tengas miedo, cierra los ojos — Dijo él. Ella obedeció.

El joven incrustó la espina en el dedo pulgar de Abril. Lo presionó con fuerza. La espina se hundió y la piel se puso tensa. Mas la sangre no brotó. Guillermo, atónito, hizo aún mas fuerza. Pero la espina seguía sin romper capilar alguno. En su rostro se dibujó la preocupación.

Siguió intentando durante varios minutos, la espina, cual puñal, se incrustaba una y otra vez en el dedo de Abril. Intentó pinchar otros dedos, la palma misma e incluso rascó la herida que la joven tenia en el brazo. Mas la sangre no brotó. Ella, con los ojos aún cerrados, parecía sumida en un sueño de calma. Él, comenzó a sumirse en la desesperación.

«¡¿Por qué no puedo hacer el pacto con ella?!» , pensó.

Presionó mas fuerte la espina y ésta terminó por romperse. Abajo, un rió de sangre corría por la acera hasta la calle y el agua que junto al cordón pasaba ya no era agua si no puro liquido escarlata. Entonces lo comprendió todo. Comprendió todo lo que podría haber sido. Se vio a él y a Abril caminando de la mano con un hijo que ganas tendrían. También se vio solo, triste, volviendo a sus libros y de grande mientras escribía algún tonto poema que Abril nunca leería. La vio a ella acariciando la rubia cabeza de un niño, feliz, junto a un padre que no sería él. Se vio a él mismo gritándole y lastimándola. La vio llorar y luego ser feliz. La vio crecer y se vio a él envejecer en plenas tardes de lluvia, lleno de pena y remordimientos. Levantó la vista hacia el rosedal y vio a un hermoso cuervo, con las alas tan negras como la obsidiana, el cual lo observaba atónito con un brillo extraño en los ojos.

Nuevamente, Abril lo hizo volver de su abstracción.

—Al final no me salió sangre. Lo intentaremos otro día. Ahora tengo que irme, se me hace tarde.

Dijo la joven, mientras le daba un tierno beso en los labios.

—Estoy segura de que, algún día, le contaremos todo esto a nuestros hijos —Le susurró al oído mientras agarraba sus libros y se disponía a partir. No sin antes acercarse al rosedal y cortar una rosa, la cual olió y puso entre sus pertenencias.

Por su parte, Guillermo sacó un pañuelo que tenía en el bolsillo y cubrió su dedo ensangrentado. Con la mirada perdida se quedó sentando durante horas en aquel pórtico hasta que cayó la tarde y se dispuso regresar a su casa. Atrás suyo, algunos curiosos se acercaban a ver el rió de sangre que, ahora también, corría por la calle.




Este contenido es de creación original por el usuario LincolnV.
Esta obra se encuentra bajo licencia Creative Commons (CC BY-NC-ND 3.0)

cuento
Datos archivados del Taringa! original
10puntos
204visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
2visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

L
LincolnV🇦🇷
Usuario
Puntos0
Posts7
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.