InicioArteGesualdo: La música del diablo
Imaginemos la escena.
La ventana de un palazzo italiano que da un parque que mira a los campos de Venosa. Un infante está colgado de manera que asegure una asfixia lenta, que durará unos insoportables dos días. El niño ya no grita, no tiene fuerzas, o hasta él se ha dado cuenta que no hallará ninguna piedad.
El responsable de la atrocidad no es otro que su padre, que lo ha declarado ilegítimo, el Príncipe de Venosa, Carlo Gesualdo.


Pero hay algo peor. En el parque sobre el que cuelga el niño, hay cinco personas que cantan una música extraña, como nunca nadie ha escuchado en la tierra. Es un arreglo inexplicable a cinco voces sobre un poema que habla de aceptar la muerte. El autor de la música es el mismo Gesualdo.



Gesualdo: La música del diablo


¿Genio o loco?


Gesualdo, como compositor, sigue siendo un personaje incómodo. Por siglos, en los comentarios de gente como J. Burney su música es un ejemplo de desorden, disonancias e intervalos impropios, monstruosos, frutos de una mente sanguinaria y desequilibrada. Para otros como Stravinsky y Aldous Huxley es un genio que se anticipó cuatro siglos a la atonalidad y el siglo XX.
Todos los que admiramos a Gesualdo solemos caer en la opinión de los segundos, pero no resulta tan fácil. La música no es un camino teleológico destinado a llegar a una gran gloria futura, en la que algunos visionarios se “anticipan”. Gesualdo era un compositor de fines del siglo XVI y principios del siglo XVII, no del siglo XX. El género en el que plasmó sus innovaciones es el madrigal, y la forma más antigua del madrigal, el madrigal polifónico y sin acompañamiento, distinto al más moderno compuesto por arias y pasajes instrumentales que Monteverdi exploró en sus últimas colecciones.
Gesualdo era un genio y un desequilibrado. Sólo un genio puede idear sus intervalos y armonías adulteradas, que están a punto de tirarle la puerta encima a Wagner. Pero quizás eso sea fruto también de su imaginación alucinada.





Hay que tratar de separar al artista de su obra, siempre creemos, así nos podemos ahorrar el disgusto de encontrar en una pieza o cuadro que nos conmueve los rastros de una persona miserable. Pero es imposible separar al Gesualdo hombre, al Gesualdo monstruo, al Gesualdo genio, de su obra.
Era un hombre que conocía todas las tendencias musicales del momento, estaba familiarizado por el trabajo de Monteverdi en Mantúa (el de sus primeros libros de madrigales, del tipo polifónico que prefería Gesualdo) y de otros a lo largo de Italia.
Su formación musical tiene que haber sido rica y dedicada, porque la locura sola no construye genios.
Y sin embargo, en el patio de su Palazzo, bajo el niño en su interminable agonía, hay gente que canta una obra de Gesualdo, para coronar su obra más terrible, y ambas vertientes de la misma persona se diputan la verdadera razón de su inmortalidad: su música o su raid sanguinario. Yo creo que van de la mano.



personajes




De amor, locura y muerte


Gesualdo nació el ocho de Marzo de 1566 y la verdad es que no se sabe demasiado de su infancia ni educación, y es inútil buscar las razones que un psicoanalista del siglo XX tanto necesitaría para definir su enfermedad. Estaba enfermo, y era heredero de un linaje largo de enfermos con título nobiliario, los Príncipes de Venosa. Entre sus antepasados estaba nada menos que el Papa Pío IV, abuelo de su madre. Pero Gesualdo era además un genio musical. Para llegar a manifestarlo, tendría que desatar toda la furia de su locura antes.






Carlo Gesualdo se casó con una de las mujeres más bellas de su época, y una de las más libres, Donna Maria d’Avalos, la hija del Marqués de Pescara.
María habrá sabido que Carlo, el apasionado músico que le cantaba canciones de amor con el laúd, era un hombre posesivo y celoso, pero nunca pudo imaginar hasta cuánto. Ella mantenía una relación secreta con Fabricio Carafa, de sangre noble. Nunca se podrá saber cuándo ni cómo Gesualdo se enteró de la relación, pero lo que hizo quedó en la Historia.


arte


El 16 de Octubre de 1590, Carlo Gesualdo y dos amigos van de caza. María y Fabricio se encuentran en la residencia que el Príncipe y la Princesa tienen en Nápoles. Sin embargo, Gesualdo les acaba de tender una trampa. Nunca fue a cazar, espero atento que Fabricio llegara a la casa. Con sus amigos, y armados de espadas y dagas, Gesualdo entra a la residencia y encuentra a los amantes en pleno adulterio. Los amigos se encargan de Fabricio, pero Gesualdo pide que le dejen a Doña María.
Se dice que Gesualdo deformó a su mujer de tantas puñaladas. Luego de terminar la faena, los asesinos bajan las escaleras, pero escuchan que Gesualdo ha dado la vuelta y ha subido al dormitorio nuevamente. Lo encuentran gritando “todavía no está muerta”, y doblando la cantidad de puñaladas en el cuerpo inerte. Se dice que hasta los dos asesinos sintieron miedo ante la mirada del Príncipe.
Gesualdo volvería a distribuir una nueva ronda de puñaladas en el cuerpo. Al final, hace que cuelguen a la pareja apuñalada en la puerta de la residencia, goteando sangre y con las tripas por fuera. Eso sí, dejan un cartel explicando la razón del asesinato.

Gesualdo nunca responderá en la tierra por su crimen. Es de una familia poderosa, de un linaje Papal. La Iglesia mira a otro lado. Y Gesualdo también, mira hacia los terrenos de su familia a las afueras de Nápoles, hacia el Palazzo en que duerme el niño que ha tenido con María.




macabro



Resonancias en el futuro


No hay ninguna evidencia de si el estilo musical de los madrigales y piezas religiosas de Gesualdo comenzaron ese día, bajo el cuerpo asfixiado de su hijo. No se sabe si la locura asesina despertó ese estilo comparable a lo que los manieristas hicieron en pintura. Si Monteverdi es, metafóricamente, un Caravaggio, Gesualdo y sus armonías adulteradas es lo que los cuerpos sometidos a tormento pictórico de Pontormo y los otros.
Sus arreglos a cinco voces parten del mismo lugar que los de Monteverdi u Orlando de Lassus, pero sus líneas vocales se retuercen, se acercan otra hasta líneas insoportables de dolor cromático, de intervalos adulterados como las cinco voces hubieran leído mal el pentagrama, pero el arte, el talento de Gesualdo rápidamente descarta la posibilidad, y reorganiza las cosas hasta sembrar algo parecido a un orden en el desequilibrio, la neurosis armónica de alguien que conoce las playas soleadas del compositor de moda, Luca Marencio, pero las pervierte a fuerza de talento y pericia. Gesualdo es un loco, pero también un genio que mata las tradiciones con el mismo desenfreno sistemático con el que mata seres humanos.


historia del arte





Valoración en el siglo XX


Y ahí está el pasaje de Aldous Huxley, en “Las puertas de la percepción”:


“El Concierto para Piano en Do Menor de Mozart fue interrumpido después del primer movimiento y reemplazado por los discos de unos madrigales de Gesualdo. - Esas voces... -comenté con agrado-. Esas voces... son una especie de puente que devuelve al mundo humano.
Y continuaron siendo un puente hasta cantando la más alarmantemente cromática de las composiciones del príncipe loco. A lo largo de las desiguales frases de los madrigales, la música siguió su curso, sin atenerse a la misma clave en dos compases seguidos. En Gesualdo, ese fantástico personaje de un melodrama de Webster, la desintegración psicológica había exagerado y llevado al extremo una tendencia inherente a la música modal, como opuesta a la plenamente tónica: Las obras resultantes sonaban como si hubieran sido escritas por el posterior Schoenberg.
-Y sin embargo... -me sentí obligado a decir, mientras escuchaba estos extraños productos de una psicosis de la Contrarreforma trabajando sobre una tardía forma artística medieval- sin embargo, no importa que esté totalmente en pedazos. Todo está desorganizado. Pero cada fragmento individual está en orden, es un representante de un Orden Superior. El Orden Superior prevalece hasta en la desintegración. La totalidad está presente hasta en los pedazos rotos. Más claramente presente tal vez que en una obra completamente coherente. Por lo menos, no se nos crea una sensación de falsa seguridad con un orden meramente humano, meramente fabricado. Por ello, en cierto sentido, la desintegración puede tener sus ventajas. Aunque, desde luego, es peligroso, terriblemente peligroso... “



Manierismo



Y está las adaptaciones a orquesta que hizo Stravinsky de algunos sus madrigales, Monumentum pro Gesualdo, 1960 y sus viajes para conocer la casa en Venosa, y la campaña para obtener dinero para instalar un monumento, físico además del musical, para que el Príncipe sea profeta en su tierra.
Está Cortázar, que en Clone usa como estructura del cuento la Ofrenda Musical de Bach y la figura de Gesualdo, que toman y retoman los personajes, es el Thema Regiem sobre el que Bach construyó su Ofrenda para Federico el Grande.
Y está Herzog, y su genial… ¿documental? “Muerte a cinco voces”.





¿Redención?



Es Gesualdo, el hombre que luego de masacrar a su esposa y a su hijo sufre un episodio maníaco que lo lleva durante una semana sin sueño y de labor frenética a desmontar él sólo toda la cuesta frondosa que se opone entre su Palazzo y Nápoles, lugar dónde nunca más volvió a crecer nada.
Y lo que sigue es, aunque parezca increíble, el arrepentimiento. Sí, Gesualdo es muy religioso. Entre sus madrigales en que musicaliza a poetas como Torcuato Tasso, también compone obras sagradas igual de manieristas, esperando algún perdón.
Durante los veintitrés años que siguen a los asesinatos, Gesualdo se encierra para escribir su música desencajada, tan genial como delirante. Publica seis libros de madrigales, los últimos dos, los más extremos que producirá la música del siglo XVII.
En el año 1613, Gesualdo es encontrado muerto en las catacumbas de su palacio, desnudo y desangrado por las heridas que le infligieron unos sirvientes con cadenas y látigos revestidos de clavos. Durante todos esos años se había sometido a esos rituales de contrición buscando que se apiadaran de su alma. En los mismos, cinco personas cantaban al ritmo de los golpes y la sangre salpicada, una armonía tan extraña que no se anticipó a ningún futuro, existió y existe fuera de su tiempo y todos los tiempos, en la asfixia espiritual de un hombre demasiado genial para estar cuerdo.



Por Mariano Díaz Barbosa


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