Tres pinceladas de rojo, dos pinceladas de amarillo, una pincelada de blanco. Las seis juntas crean la ilusión del naranja a los ojos del espectador. El cielo estuvo raro ésta mañana, había tintes naranjas y rosa en una nube deformada cual nebulosa, y la luna estaba perfectamente redonda. Una simetría casi tenebrosa. Su resplandor me cegó por minutos, y olvidé que debía hacer, mas no quién soy. O quién creo ser. No lo sé. Sólo puedo asegurar, que ya no miro ni veo las cosas como antes. Ahora sólo puedo ver belleza. Veo colores e imagino qué pinceladas tuvo que dar aquel artista que creó el mundo para que día tras día yo tenga el privilegio de ver tal magnificencia. Pero a pesar de que ahora puedo ver colores y belleza, sigo viendo negros vacíos y repugnantes escenas. Y lo cierto es, que no dejo de pensar que tuve días más brillantes, donde la cálida brisa de verano me besaba la piel. Ahora, me siento cual gigante egoísta, viviendo en un constante invierno.
Dicen que la vida pasa frente a tus ojos en el momento en que has de morir, y lo cierto es que vengo rememorando imágenes pasadas desde hace un largo tiempo, por lo que afirmo, mi venideramente cercana muerte. Recuerdo mis días en el Instituto de Arte, recuerdo mis días de adolescente, pero sobretodo, recuerdo mis días como montañista. Recuerdo el invierno del noventa y ocho. Recuerdo tal desgracia. Éramos cinco compañeros con el sueño de escalar el Everest, sin más, con la esperanza de ser un George Mallory en nuestras mentes, evitando la parte de la muerte. Duras ráfagas de viento y copos de nieve espectrales golpeaban nuestros rostros de manera inclemente, con cada paso parecía que nuestro cuerpo iba dejando órganos atrás y los ataques de pánico eran recurrentes. Siempre he dicho que el clima en la montaña y en el mar son cruelmente magníficos, y lo puedo afirmar. El frío nos quitaba las ganas de hablar, de respirar, de soñar. Mas nuestro sueño seguía allí, persistente, y era lo único que hacía nuestros pies moverse. Paso tras paso, contábamos en nuestra mente, esperando el paso que indicara la cima, cuando de pronto, una avalancha nos empujo vilmente y mis ojos se cerraron, y mi conciencia se apagó. Desde ese día usé mi pasión, mi arte, como un escape de las execrables imágenes oníricas que me acompañan en las noches sobre cuevas gélidas y oscuras. Lo cual, es desconcertante, retorcido y contradictorio, puesto que le doy vida a mis mayores desasosiegos. No hay que nombrar o dar vida a lo que más se ama o a lo que más se teme, puesto que ya no serían amores o miedos, serían realidades. ¡Qué consuelo egoísta el pensar que todos podrían ver lo que yo, y no estaría tan solo! De igual manera, no más.
Ciento ochenta mil clavos, treinta mil tablas de pino. El carpintero se quedó atolondrado cuando le pedí tales materiales, me preguntó para qué quería tantas maderas y tantos clavos y, si acaso pensaba, yo solo construir un nuevo local. Sonreí neciamente y le dije que tenía trabajo que hacer. Ahora, mientras todos duermen, mi trabajo aflora, estoy demasiado cansado, pero debo seguir, debo seguir intentando imitar la torre de Babel, debo seguir y seguir, sin parar, ya que quizá algún día logre mi cometido, debo construir una gran escalera que llegue hasta las puertas del cielo, donde, al fin, podré preguntarle a Dios, por qué me ignora.
Dicen que la vida pasa frente a tus ojos en el momento en que has de morir, y lo cierto es que vengo rememorando imágenes pasadas desde hace un largo tiempo, por lo que afirmo, mi venideramente cercana muerte. Recuerdo mis días en el Instituto de Arte, recuerdo mis días de adolescente, pero sobretodo, recuerdo mis días como montañista. Recuerdo el invierno del noventa y ocho. Recuerdo tal desgracia. Éramos cinco compañeros con el sueño de escalar el Everest, sin más, con la esperanza de ser un George Mallory en nuestras mentes, evitando la parte de la muerte. Duras ráfagas de viento y copos de nieve espectrales golpeaban nuestros rostros de manera inclemente, con cada paso parecía que nuestro cuerpo iba dejando órganos atrás y los ataques de pánico eran recurrentes. Siempre he dicho que el clima en la montaña y en el mar son cruelmente magníficos, y lo puedo afirmar. El frío nos quitaba las ganas de hablar, de respirar, de soñar. Mas nuestro sueño seguía allí, persistente, y era lo único que hacía nuestros pies moverse. Paso tras paso, contábamos en nuestra mente, esperando el paso que indicara la cima, cuando de pronto, una avalancha nos empujo vilmente y mis ojos se cerraron, y mi conciencia se apagó. Desde ese día usé mi pasión, mi arte, como un escape de las execrables imágenes oníricas que me acompañan en las noches sobre cuevas gélidas y oscuras. Lo cual, es desconcertante, retorcido y contradictorio, puesto que le doy vida a mis mayores desasosiegos. No hay que nombrar o dar vida a lo que más se ama o a lo que más se teme, puesto que ya no serían amores o miedos, serían realidades. ¡Qué consuelo egoísta el pensar que todos podrían ver lo que yo, y no estaría tan solo! De igual manera, no más.
Ciento ochenta mil clavos, treinta mil tablas de pino. El carpintero se quedó atolondrado cuando le pedí tales materiales, me preguntó para qué quería tantas maderas y tantos clavos y, si acaso pensaba, yo solo construir un nuevo local. Sonreí neciamente y le dije que tenía trabajo que hacer. Ahora, mientras todos duermen, mi trabajo aflora, estoy demasiado cansado, pero debo seguir, debo seguir intentando imitar la torre de Babel, debo seguir y seguir, sin parar, ya que quizá algún día logre mi cometido, debo construir una gran escalera que llegue hasta las puertas del cielo, donde, al fin, podré preguntarle a Dios, por qué me ignora.