La pieza del fondo ya estaba lista a la espera del próximo inquilino. Las manos chapuceras del encargado del conventillo Don Rossano di Rosso, habían retocado el color verde de las paredes y arreglado la puerta que, caída, no se dejaba cerrar. El cobro puntual del alquiler era la tarea que mejor desempeñaba el encargado. Además, se especializaba en chismes, que dejaba correr entre los vecinos y plantando la trifulca, se escapaba del problema escondido tras un perfil irritante y enojoso. Este carácter lo llevo al liderazgo del lugar, pero se ablandaba como un flan ante la presencia gloriosa de las mellizas Wolf. Para Rossano di Rosso, todo lo que venia de a par en las mellizas era bendito y angelical. El acento alemán sonaba aun fuerte en sus labios, pero los ojos claros y la picardía con que se expresaban amortiguaban cualquier dureza. A Don Rossano di Rosso se le subían los colores cuando a dúo le daban los buenos días en la cocina común. Las mellizas Wolf coqueteaban con sus largas piernas claras, casi traslucidas, que dejaban al encargado pálido y sin aliento. Pasaba por todos los estados y matices cuando por las noches, se dormía imaginando las manos suaves de las Mellizas tomar sus manos y llevárselas a sus escotes descubriendo todo su potencial y por fin así, morir sin aire, sofocado entre esos corazones calientes. Las mellizas Wolf, cuchicheaban a escondidas entre risitas y con malicia al ver a Rossano desearlas tanto y sin disimulo.
En la última pieza al final del pasillo vivía, hacia ya bastante tiempo Jan, el sensible Jan. Luego de una decena de años existiendo en la negrura de una celda, había llegado al conventillo para empezar una nueva vida. Su cara continuamente portaba una sonrisa amigable, una mueca casi inocente. De ningún modo alzaba la voz y sus palabras, siempre consideradas y oportunas, parecían salidas de una enciclopedia. Cuentan los pasillos del lugar, que con esa misma sonrisa y con las palabras justas despidió para siempre con siete puñaladas al polaco que quiso quedarse con su mujer. Se murmuraba también, que enterró una puñalada por cada encuentro clandestino con su hembra, que arrepentida, le confesó desconsolada sus fugas de amor.
Ese día llegaría por fin el nuevo habitante. Kristóbal llego en medio de los gritos de los pibes jugando al gallito ciego, las mujeres cotilleando por los rincones de la galería superior, todo esto regado por el olor a puchero que saltaba de la cocina y las mellizas Wolf paseando por el patio sus escotes repletos. Apenas cruzo la puerta principal, las mellizas con sus manos rápidas intentaron vestir sus febriles pechos, y al unísono, como acostumbraban, descargaron a coro con sus bocas resueltas el saludo._ Ave María Purísima!, _Sin pecado concebida-, respondió el joven, enfundado en aquella túnica negra y estrujando un gran crucifijo en su mano derecha, como solicitándole al Señor piedad! compasión! ante la presencia de las deleitables mellizas.. Recién enviado de España para fusionarse entre la muchedumbre, y bañar entre los más pobres todo el amor de Dios, el Cura Kristóbal salía del convento para instalarse en un conventillo. Nadie esperaba esta presencia que trajo al inquilinato miradas de soslayo y rumores de romances prohibidos, apasionadas plegarias de madrugada, ruegos nocturnos de rodillas y risitas traviesas. El espíritu del conventillo se preparaba para espiar una nueva y rica historia de amor.
Silvana
29/04/2011
En la última pieza al final del pasillo vivía, hacia ya bastante tiempo Jan, el sensible Jan. Luego de una decena de años existiendo en la negrura de una celda, había llegado al conventillo para empezar una nueva vida. Su cara continuamente portaba una sonrisa amigable, una mueca casi inocente. De ningún modo alzaba la voz y sus palabras, siempre consideradas y oportunas, parecían salidas de una enciclopedia. Cuentan los pasillos del lugar, que con esa misma sonrisa y con las palabras justas despidió para siempre con siete puñaladas al polaco que quiso quedarse con su mujer. Se murmuraba también, que enterró una puñalada por cada encuentro clandestino con su hembra, que arrepentida, le confesó desconsolada sus fugas de amor.
Ese día llegaría por fin el nuevo habitante. Kristóbal llego en medio de los gritos de los pibes jugando al gallito ciego, las mujeres cotilleando por los rincones de la galería superior, todo esto regado por el olor a puchero que saltaba de la cocina y las mellizas Wolf paseando por el patio sus escotes repletos. Apenas cruzo la puerta principal, las mellizas con sus manos rápidas intentaron vestir sus febriles pechos, y al unísono, como acostumbraban, descargaron a coro con sus bocas resueltas el saludo._ Ave María Purísima!, _Sin pecado concebida-, respondió el joven, enfundado en aquella túnica negra y estrujando un gran crucifijo en su mano derecha, como solicitándole al Señor piedad! compasión! ante la presencia de las deleitables mellizas.. Recién enviado de España para fusionarse entre la muchedumbre, y bañar entre los más pobres todo el amor de Dios, el Cura Kristóbal salía del convento para instalarse en un conventillo. Nadie esperaba esta presencia que trajo al inquilinato miradas de soslayo y rumores de romances prohibidos, apasionadas plegarias de madrugada, ruegos nocturnos de rodillas y risitas traviesas. El espíritu del conventillo se preparaba para espiar una nueva y rica historia de amor.
Silvana
29/04/2011