InicioArteUn Cuent-hito"La puerta de hierro"
La puerta de hierro. -Yo era un sordo candidato a la paz aburrida, caminando por las calles de una ciudad eléctrica que me dejaba mucho que desear, a pesar de su cosmopolita fachada y su gente posmoderna. Cansado de la inapetencia, un día me lancé por los aires y caí a tus pies, llenos de arena carioca, en la isla del capitán merced, temerario abastecedor exonerado de los penales del mundo por ser jodidamente torcido en todo. Exiliado a miles de kilómetros de cualquier civilización se encontraba este ser gritando a la multitud: beban, beban del elixir que les traigo, pues ninguna pena será suficiente para redimir semejante júbilo, inhalen de la histeria encantadora que nos congoja en esta noche cálida, pues no será suficiente, nunca para rebalsar la copa del crepúsculo carioca. Les recuerdo dijo... (Y se sintió un silencio poético) "Esta es la isla del placer, y del placer nuestras peores miserias serán puestas en escena". No era diferente a lo que estaba acostumbrado, a lo que venía viviendo, la única diferencia era que un tipo te la escupía en la cara. Decidí alejarme, caminar por la playa iluminada en luna llena, ardiente, llena de secretos turbios, ella lo había visto todo, mas nunca dijo nada. Todo lo escondía en su lado oscuro, todo lo que no quería que se viera, como vos, como yo, como todos. Todo seguía igual, nada lograba sorprenderme, yo también lo había visto todo... ó casi todo. Así me alejé del bullicio y las mandíbulas excitadas de los legionarios, donde ya se podía oír el sonido del silencio. Otra vez estaba en busca de lo que estaba escapando, pero esta vez no estaba solo, había un perro sucio y relamido crujiendo maxilares, echando espuma por el hocico, ¡listo a morderme! tan vanidoso de si mismo que poco importaba mi pasado, el también lo había visto todo, y aquí la diferencia. Mi sonrisa daba tregua, mientras me preguntaba: ¿Qué hay que hacer en estos casos? ¿Acaso acudir a los instintos naturales que nos libran de lo aprendido y la subjetiva decisión humana por lo general incorrecta? ¡No! Pensé rápidamente... Si soy un hombre de ciencia que ha investigado y aprendido la filosofía de la naturaleza y al hombre en ella. ¿Por que he de acudir a un impulso hedonista solo para satisfacer mi yo-interior? Bueno, eso es lo que hice, saqué la petaca de mi bolsillo, le ofrecí un trago y un par de líneas, de la más pura obviamente... obra literaria. De hecho logré que aceptara, y me invitó a cruzar la puerta de hierro que se levantaba ante mis ojos y el mundo, osando de su belleza, del arte milenario que forjaban sus curvas irreverentes, aún para un mundo tan sofisticado y lleno de pseudo-tecnócratas. ¡Manicomio impensado! ¡Trasgresión sin límites! ¡Que locura estoy perpetuando! Mi corazón latiendo a tropezones dejaba escapar un botón y una oportunidad para ser la presa-manjar de las bestias, que sin poder verlas… podía imaginar. Ya en el interior del tugurio mis pupilas se dilataron y empezaron a divisar las alimañas-habitantes de un mundo cruel sin precedentes en la historia, desde que los franceses hayan inventado el amor cortés en el 1210. Un hombre robusto, sentado de espaldas en la barra que se encontraba a mi izquierda, respiraba con dificultad y se podía sentir el pulso de su sangre golpear como un ariete su yugular. Sentía el peso de su alma caer sobre mis hombros, arrastrarlos por los pasillos viciados de lujuria, sexo animal desenfrenado y tabaco negro picante. Las nenas bohemias ofreciendo un trago de mi bolsillo y su servicio tibio, frío y profesional. Mi mente estaba confundida, intranquila, perseguida de una imaginación escalofriante, espetada por voces de almas divagantes, que no descansan en paz desde el Big Bang. Sumido en la piel de forastero, me lance hacia al abismo observando claramente como se relamía por verme sufrir, alimentarse de mi entereza humana, corromperla y masticarla hasta el añico como un caníbal hambriento. Con el pulso temblando encargué una ginebra dos hielos y me senté en uno de los extremos de la barra, a tres taburetes del hombre de mis tinieblas. La luz de las mesas de pool iluminaba tenuemente a través del humo espeso del cigarrillo que actuaba de velo en los rostros mutilados de las momias que circundaban el antro. El ventilador giraba lentamente que hasta se podían contar las vueltas, emitiendo un chillido irritante, casi imperceptible en su origen, haciendo la carga más pesada y los tragos más largos y desabridos. Nunca antes me había sentido así, no sabía si era lo que buscaba, pero era nuevo, inédito, insólito, original, como el primer beso de una mujer. Me sentía flotando, inseguro y placentero al mismo tiempo, bebiendo en la cresta de una ola de hormonas, una nueva experiencia para vibrar en los límites de la realidad, y después... mutación. El hombre sentado ahí, sin mover una ceja, sus gordos dedos abrazando la botella de licor sirviendo hasta rebosar el vaso, tomando como una fiera el ultimo trago, una y otra vez. Pasó un tiempo y todo seguía igual, mirando de reojo al hombre de la barra me quede hipnotizado viendo su rostro magullado y sereno. Sin darme aviso, el bárbaro giro el rostro clavándome sus ojos hundidos en ojeras, traspasando como un rayo los últimos gramos de mi ego, impugnado desde el primer momento que atravesé la puerta de hierro. La situación se puso tensa, ambos tomamos un trago, encendimos un cigarro, y el hombre me dijo: "Ya estas preparado para vivir en la pureza del hombre real, libre y lejos de las obscenas miserables ambiciones del homo sapiens, bienvenido al infierno mi querido amigo". Katinguero
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