TREGUAS
I
Sensato como el abuelo contemplando la puesta del sol; de un atardecer embadurnado, del oleaje de ideas que vuelven y se van. Mi libros y el olor a tierra, salpicada por mares de playas vírgenes, por la fuerza de mis sobrinos que sudan murmullos divinos: Nada hay fijo en la fugaz vida de este mundo ¡ni el dolor ni la alegría! (Schopenhauer). Las pestañas pesan como riscos; un etéreo suspiro, y el aroma santurrón de la pereza que retoza a mi lado, me palmea y me invita a soñar.
II
Tras los peñascos, el canto de las ninfas tensa mis cabellos. Camino en la estrechez de calles subsumidas por el hastío, espectros sin guía que trepan rascacielos: anhelando perdones, tragando trozos de su carne muerta. Despierto en el seco otoño; el café emparchando muecas, los acordes difusos de mi hermano mientras avivo mis manos por el vívido calor de mi aliento. Las eras se suceden en alternos universos y, morigerados por el tiempo, se estampan en páginas de manuales como retratos amarillos, como ecos de frases inentendibles.
III
Naufrago en las aguas caídas de tus ojos; el viento mece las imágenes de infancia que retengo tercamente, ¿El río sin orillas? (Saer). La ribera recibe mis viejos pecados: la gula por el júbilo, la ira del destierro, la soberbia de respirar un aire ajeno, extraño. La razón no es más que la pesadilla del soñador.
Marvel Aguilera
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