Estaba decidido, y la claridad de la idea me tranquilizó a tal punto que suspiré. Tuve un escalofrío y sonreí. La rejilla, ese maldito trapo húmedo, gris y pegajoso, fue el colmo. Lo había dejado sobre la mesa, entre migas y una servilleta de papel arrugada. Hacía un tiempo que no lo hacía, por unos días pensé que la desagradable costumbre había sido corregida, pero no. En otra situación, mi reacción habría sido distinta. Pero esa vez, esa noche, sonreí. —Ay, perdón —dijo acercándose a la mesa—. Ya la saco. Musité algo y me fui a la pieza. Estaba harto. Podrido. Desesperado. Sin embargo, mi reacción había sido sonreír y un escalofrío intenso, relajante. Claramente, la idea era la correcta. Iba a matarla. Pero no porque después de cenar haya dejado la rejilla húmeda y olorosa en la mesa. Eso era un detalle en comparación a las prendas de ropa tiradas por toda la casa, a los cúmulos de polvo y pelusa que anidaban en los rincones, a los platos que podían estar dos días sin ser lavados. Para mi madre las acciones higiénicas y de orden podían esperar, pero su visita a la peluquería o sus uñas pintadas eran costumbres que se cumplían a rajatabla. Y yo, un pibe de veintinueve años que nunca había podido irse de casa, quedaba relegado a sufrir la indiferencia de esa mujer para con su casa. Pero eso terminaría en los próximos días. O meses. En mi habitación (mi limpia y ordenada habitación), planeé todo. No podía usar objetos cortantes o una pistola, porque habría sangre y salpicones para limpiar. Tampoco golpearla en la cabeza, corría el mismo riesgo. Pensé en veneno, pero lo cierto es que no sabía mucho, y si fallaba en la dosis o en la droga ella podía terminar con convulsiones y vomitando, lo cual me daría el trabajo de limpiar y encima, tal vez, no muriera (al menos inmediatamente). Empujarla por la escalera o por el balcón también eran opciones descartables: podía resultar en simples huesos rotos y no mucho más, con el consabido y posible charco de sangre. Entonces apareció una solución un tanto impráctica, tal vez extraña, pero que me daba la seguridad de no manchar nada y, al mismo tiempo, hacer pasar las cosas como un accidente. Iba a romperle el cuello. Un movimiento rápido, desde atrás, y todo terminaría en menos de lo que se repasa una mesa. Sin embargo, para un pibe de un metro sesenta y cinco, setenta y ocho kilos, brazos fofos, y la condición atlética de un perro muerto, las cosas podían ser difíciles. Mi madre no era gorda, pero sí alta y robusta, condiciones que yo no había heredado ni siquiera de cerca. Podía fallar, podía ser que en lugar de romperle el cuello tan solo le diera un leve tirón y no mucho más. Después tendría que explicar mi actitud, cosa que no veía muy viable. Tuve que renunciar a algunas horas de videojuegos, al paseo por las redes sociales y a la moderación, pero era todo por una causa mayor. Así fue como empecé el gimnasio y cambié mi dieta. Además, agregué clases de krav maga para aprender algunos movimientos que me ayudaran a atacarla. Aprendí a asfixiar con las piernas y a empujar el tabique de una persona hacia su cerebro, pero a lo que más presté atención fue a fortalecer mis brazos. A los seis meses los tenía musculosos, con los bíceps marcados y presionando las remeras hasta estirarlas. También había bajado un poco la panza. Mi madre, ni enterada. Ella seguía en su mundo: trabajar de más en una mercería, cenas a base de congelados, y programas de televisión estúpidos. Perfecto, me dije. Esa tarde, mi última en el gimnasio (ya estaba harto del ambiente insípido basado en calzas y metrosexuales depilados), era La Tarde. A esa hora ella miraba un programa de chimentos o algo así. Me acercaría por detrás, haría mi movimiento y asunto resuelto. El cuello tronaría y el cuerpo de mi madre, laxo, quedaría ideal para dejar al pie de la escalera. Después, todo era llamar una ambulancia y actuar un poco. Sin embargo, lo que me encontré esa tarde era algo imposible de entender. Entrar a mi casa era abrir la puerta a otra dimensión. Un mundo limpio y claro, ordenado y hermoso. La casa estaba reluciente. La ropa de mi madre que usualmente se repartía entre el sillón, las sillas y el piso, ahora estaba en un perchero o, en su defecto, debería estar en el ropero de su habitación. —No, no —me dijo antes que diera un paso más—. Sacate las zapatillas así no ensuciás el piso. El piso, un parqué que siempre parecía raspar por la tierra acumulada, se sintió liso y suave al tacto de mis pies. Busqué en los rincones, pero no encontré ni una mota de polvo, ninguna de esas pelotitas de pelusa que revoloteaban por la casa. Suspiré y sentí un escalofrío, pero este fue de miedo. —Limpiaste —dije sin mucha convicción. Ella frunció el ceño, extrañada. —Sí, obvio. ¿Por? Parecía sorprendida de verdad. Yo no podía decir mucho, y me limité a mirar la casa mientras la caminaba con pasos cortos. Llegué a la cocina y las hornallas brillaban, la mesada reflejaba el sol, y la bacha tenía una fina capa de agua. No había ni un plato sucio. Sin embargo, en la mesa, como un centro de mesa deforme y grotesco, estaba la rejilla. Parecía más sucia que nunca, una bola de tela gris con motas y migas pegadas, de seguro oliendo a agua estancada y detergente viejo. Ah no. Mis pensamientos volvieron todos juntos. Giré, sintiendo otra vez el escalofrío de la decisión, pensando que esa mujer no podía ser más atrevida, y me encontré con su cara sonriente. —Te pensás que soy boluda, pendejo. Y una hoja aserrada, un Tramontina tan viejo y sucio que me hubiera hecho vomitar de haberlo visto, penetró en mi estómago. —No laburás, no hacés un carajo más que jugar videojuegos y pelotudear en Internet, y encima me querés matar. —Me puso una mano en la nuca y agregó—: Dios mío, que poco se puede hacer por los hijos. Bajé la mirada y un charco de sangre comenzaba a formarse a mis pies. Lloré, quise gritar, y mi madre sacó el cuchillo de un tirón. Lo último que recuerdo es su sonrisa mientras me lo acercaba al cuello.
Datos archivados del Taringa! original
592puntos
1,177visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
8visitas
0comentarios
Dar puntos: