En Cuba ese terror se desparrama, y gimen los esclavos: a veces de placer, otras de rabia. ¿Quién fuiste, poeta de las altas maldiciones, cofrade del tiempo sin tiempo, Parsifal anclado en este mundo?. En Cuba los dìas disparan, arman barricadas de último momento; se desgranan en sangres ajenas y propias, para hacer el gran festìn de las divagaciones, junto con la carne que se pudre, al sol, hasta que levanten el suceso de la única certidumbre, hasta que publiquen subversiones derrotadas, hasta que exhalen el aire a podredumbre que rebasa aquella isla, con sus enamorados pendiendo de la soga, y la gracia divina tanteando en el silencio. Reinaldo; el extranjero en todos lados; el odio hacia los látigos y a toda servidumbre. ¿Quieres compartirnos ese juego que giraba siempre en tus pupilas? ¿Quieres compartirnos ese fuego que quemaba viva tu esperanza? Sólo hay una patria; donde volveremos: pues pertenecemos a la nada con su cuenco hambriento de vacío.
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