Cuando venía en dirección a mi domicilio, casualmente me tope con un hombre ebrío, dormido en la calle. Como estaba totalmente perdido en el medio de la calle, pensé de pronto que conforme pasaran las horas podrían robarle sus zapatos o hacerle algún daño, además de que sentí una especie de tristeza y lástima al verlo dormir en medio de la calle, completamente borracho, así que lo desperté y le dije: Amigo, he venido a rescatarte, ven conmigo, te voy a llevar a tu casa. El borracho no quería pararse, pero ante mi insistencia, reaccionó y dijo: Voy. Sí? Si, si voy contigo, llévame.
Arrastrándolo, lo fui conduciendo y metiendole ideas, hice volverlo en si y reaccionar. Hablandole racional y lucidamente fui haciendole retomar cierta lucidez.
Cuando llegamos de pronto a una señora que vendía comida y ella ya cerrando su puesto de venta, le pedí comida para mi amigo, nos brindó papas con ají, en grandes proporciones, le pedí un plato más para mí, puesto que yo también tenía hambre, mi castillo estaba demasiado lejos y estoy hastiado del caviar.
La señora amablemente nos obsequio unos panes, aunque tenían un poco de hongos y eran rancios eran sabrosos. Y a buen hambre no hay pan duro.
Metí los panes a la fuerza en el bolsillo de mi borracho y sin más dilación lo conduje hacia una casa donde podría abrigarse, así que cuando ví unos arbustos le dije: He ahí tu casa.
Está perfecta dijo el borracho.
Pero no sabía como meterse, así que lo agarré y de alguna manera lo metí entre aquellos arbustos con la mayor delicadeza brutal posible y le dije: arrecochinate y duermete.
Gracias, dijo él mientras se escabullia en el lugar más oscuro de aquellos arbustos.