Lo nuevo de Stephen King: Todo oscuro sin estrellasCuatro novelas cortas sumamente sorprendentes y enormemente impactantes.1922: Wilfred Leland Jones mató a su mujer y escondió su cadáver en un viejo pozo. El remordimiento le persigue día a día.Camionero grande: Tess es escritora. Una mañana, mientras conducía, pincha una rueda y se ve obligada a aceptar la ayuda de un hombre fornido que conduce una furgoneta y que la violará repetidamente hasta darla por muerta.Una extensión justa: Streeter tiene cáncer. Un día conoce a Elvid, quien le ofrece una extraña «extensión de vida» a cambio del 15% de todo el dinero que gane en quinze años.Un buen matrimonio: Darcy y Bob llevan veinticinco años casados. Llevan una vida tranquila, algo aburrida. Todo cambiará cuando Darcy descubra que su esposo es un asesino en serie.1922 Parte 2a otros—. Si se le desata un poco la lengua, puede que hasta descubramos si ya ha fornicado con Shannon..., una brujilla, pero tiene un bonito pelo, eso se lo concedo.—Antes tómate otro vasito —sugirió él Hombre Maquinador.Se tomó otros dos, y con eso vació la botella. (La primera.) Para entonces cantaba «Avalon» con su mejor voz de juglar, y le bailaban los ojos al mejor estilo juglar. Inspiraba lástima verla así, y mayor lástima aún escucharla.Entré en la cocina a por la segunda botella de vino, y juzgué adecuado el momento para llamar a Henry. Aunque, como ya he expuesto, no albergaba grandes esperanzas. Solo podría ha¬cerlo si él accedía a ser mi cómplice voluntario, y en el fondo de mi corazón presentía que se acobardaría cuando se agotaran las palabras y se acercara la hora de la verdad. Si así ocurriera, nos limitaríamos a meterla en la cama. Por la mañana le diría que había cambiado de idea respecto a vender la tierra de mi padre.Llegó Henry, y nada en su rostro pálido y afligido ofrecía un hálito de éxito.—Padre, no creo que pueda —susurró—. Es mamá.—Si no puedes, no puedes —dije, y en estas palabras nada se adivinaba del Hombre Maquinador. Estaba resignado; lo que hubiera de ser, sería—. En cualquier caso, ella es feliz por prime¬ra vez en meses. Borracha, pero feliz.—¿No solo achispada? ¿Está borracha?—No te extrañe; salirse con la suya es lo único que la hace feliz. Digo yo que catorce años con ella es tiempo suficiente para haber aprendido eso.Frunciendo el ceño, ladeó la cabeza en dirección el porche cuando la mujer que le había alumbrado se lanzó a una discor¬dante pero textual interpretación de «Dirty McGee». Henry arrugó la frente en respuesta a esta balada de taberna, quizá de¬bido al estribillo («Ella deseaba ayudarle a que se la metiera / Pues McGee la Sucia de nuevo era»), o más probablemente por la manera en que arrastraba las palabras. Henry había hecho voto de abstinencia en un campamento de las Juventudes Metodistas, celebrado el año anterior durante el fin de semana del Día del Trabajo. Yo, por el contrario, me complací en su conmoción. Cuando los adolescentes no están girando como ve¬letas ante un fuerte viento, son tan rígidos como los puritanos.—Quiere que nos acompañes y tomes un vaso de vino.—Padre, sabe que prometí al Señor que nunca bebería.—Tendrás que arreglártelas con ella. Quiere celebrarlo. Vamos a vender y mudarnos a Omaha.- 11 -—¡No!—Bueno..., veremos. Realmente depende de ti, hijo. Sal al porche.Su madre, alegre, se irguió al instante, le rodeó con sus bra¬zos por la cintura, le estrechó fuertemente contra su cuerpo, y le cubrió el rostro de extravagantes besos. De olor desagradable, por la mueca que esgrimió el chico. El Hombre Maquinador, entretanto, rellenó el váso de ella, que volvía a estar vacío.—¡Por fin todos juntos! ¡Mis hombres entran en razón! —Alzó su vaso para brindar, y derramó una buena cantidad de líquido sobre el busto. Se echó a reír y me guiñó un ojo—. Si eres bueno, Wilf, después podrás lamerlo de la ropa.Henry la miró con confusa aversión mientras su madre se dejaba caer en la mecedora, se subía la falda, y se la colocaba en¬tre las piernas. Arlette vio su semblante y rió.—No hace falta ser tan remilgado. Te he visto con Shannon Cotterie. Una brujilla, pero tiene un pelo bonito y buena figu¬ra. —Se bebió el resto del vino y eructó—. Si no la has mano¬seado ya es que eres tonto. Pero más vale que tengas cuidado. Con catorce no se es demasiado joven para casarse. Aquí en el centro, con catorce hasta podrías casarte con tu prima. —Soltó2 6 otra carcajada y alargó el vaso. Le serví más vino de la segunda botella.—Padre, ya ha bebido bastante —dijo Henry con el tono de reproche de un párroco. Por encima de nuestras cabezas, las pri¬meras estrellas se hicieron visibles, parpadeando sobre las vastas llanuras que había amado toda mi vida.—Oh, no sé —discrepé—. In vino veritas. Eso decía Plinio el Viejo... en uno de esos libros de los que tu madre siempre se está burlando.—El arado en la mano todo el día, la nariz metida en un libro toda la noche —dijo Arlette—. Menos cuando me mete otra cosa a mí.—¡Madre!—¡Madre! —se mofó ella, luego alzó el vaso en dirección a la granja de Harían Cotterie, aunque se hallaba demasiado lejos para divisar las luces. Ahora que el maíz estaba crecido, no las habríamos vislumbrado ni aunque distara un par de kilómetros menos. Cuando el verano se cierne sobre Nebraska, cada granja es un barco que navega en un inmenso océano verde—. Por Shannon Cotterie y sus nuevas tetitas, y si mi hijo no sabe de qué color son sus pezones, es que es un poco lerdo.Mi hijo no respondió a la provocación, pero lo que pude apreciar en su rostro ensombrecido regocijó al Hombre Maqui¬nados- 12 -Ella se volvió hacia Henry, le asió por el brazo, y vertió el vino sobre su muñeca. Haciendo caso omiso a su maullido de disgusto, mirándole a la cara con repentina severidad, dijo:—Pero cuando estéis retozando en el maizal o detrás del es¬tablo, procura no follártela. —Cerró la mano libre en un puño, extendió el dedo medio, y luego lo usó para palparse, descri¬biendo un círculo alrededor de su entrepierna: muslo izquierdo, muslo derecho, vientre, ombligo, vientre, y de vuelta al muslo izquierdo—. Explora cuanto gustes, y frótate con tu Johnny Mac hasta que se ponga contento y escupa, pero mantente fuera del hogar a menos que quieras quedar pillado de por vida, igual que tu mamaíta y tu papaíto.Henry se levantó y se marchó sin mediar palabra, y no le culpo. Había sido un espectáculo de extrema vulgaridad, inclu¬so para Arlette. Debió presenciar ante sus ojos la transmutación de su madre (una mujer difícil, pero a veces afectuosa) en una maloliente madame de burdel que está instruyendo a un joven cliente todavía verde. Esto ya era bastante malo de por sí, pero mi hijo trataba con dulzura a la chica de los Cotterie, y eso lo empeoraba. Los muchachos no pueden evitar sino poner a sus primeros amores en un pedestal, y si alguien se presenta y escu¬pe en el altar... incluso si ese alguien resulta ser la propia madre de uno...Oí débilmente que su puerta se cerraba de un golpe. Y un débil aunque perceptible sollozo.—Has herido sus sentimientos —le reproché.Arlette expresó la opinión de que los sentimientos, al igual que 1ajusticia, eran el último recurso de los peleles. Luego alargó su vaso. Lo llené, consciente de que por la mañana no recordaría ninguna de sus palabras (siempre suponiendo que aún continua¬ra allí para saludar a un nuevo día), y que lo negaría, con vehe¬mencia, si se lo mencionara. Ya la había visto en tal estado de embriaguez anteriormente, pero no desde hacía años.Dimos buena cuenta de la segunda botella (más bien ella, en singular) y la mitad de la tercera antes de que su barbilla se des¬plomara sobre la pechera manchada de vino y empezara a ron¬car. A través de su así constreñida garganta, aquellos ronquidos resonaban como el gruñido de un perro malhumorado.Le pasé el brazo alrededor de los hombros, enganché la mano bajo su axila, y la puse en pie de un tirón. Protestó en su¬surros y me abofeteó flojamente con una mano hedionda.—Dégame en pá. Quiero igm5a dormí.—Y eso vas a hacer —indiqué—. Pero en tu cama, no aquí en el porche.- 13 -La guié a través de la salita, ella se tambaleaba y roncaba, con un ojo cerrado y el otro abierto con mirada adormilada. La puerta de Henry se abrió. Se quedó plantado en el umbral, con rostro inexpresivo y mucho más viejo de lo que correspondía a su edad. Asintió hacia mí. Una sola inclinación de cabeza, pero que me dijo todo cuanto necesitaba saber.La acosté en la cama, le quité los zapatos, y la dejé allí ron¬cando con las piernas extendidas y una mano oscilando fuera del colchón. Volví a la salita y encontré a Henry de pie junto a la radio que había comprado el año anterior por insistencia de Arlette.—No tiene derecho a decir esas cosas de Shannon —musitó.—Pero seguirá diciéndolas —observé yo—. Así es ella, así la hizo el Señor.—Y no tiene derecho a apartarme de Shannon.—Eso también lo hará —le dije—. Si se lo permitimos.—¿No podría..., padre, no podría usted conseguir su propio abogado?—¿Crees que algún abogado cuyos servicios pudiera contra¬tar con el poco dinero que tengo en el banco podría hacer frente a los abogados que Farrington nos echaría encima? Ellos lo ma¬nejan todo en el condado de Hemingford; yo no manejo nada salvo una hoz para cortar heno. Quieren esas cuarenta hectáreas y ella está empeñada en que las tengan. Esta es la única manera, pero te necesito. ¿Me ayudarás?No pronunció palabra durante un buen rato. Agachó la ca¬beza y advertí las lágrimas que caían de sus ojos y goteaban en la alfombra. Entonces susurró:—Sí. Pero si tengo que mirar... no estoy seguro de que pueda...—Hay una forma en la que puedes ayudar sin tener que mi¬rar. Ve al cobertizo y trae un saco de arpillera.Obedeció. Entré en la cocina y cogí su cuchillo más afilado. Cuando Henry regresó con el saco, su rostro palideció al verlo.—¿Tiene que ser con eso? ¿No puede... con una almo¬hada...?—Sería demasiado lento y demasiado doloroso —contes¬té—. Forcejearía.Lo aceptó como si yo hubiera matado a una docena de muje¬res antes que a mi esposa y supiera de lo que hablaba. Pero no era así. Únicamente sabía que en todos mis medio planes (mis fantasías para deshacerme de ella, en otras palabras) siempre imaginé el cuchillo que en ese instante sostenía en la mano. Por tanto sería con el cuchillo. El cuchillo o nada.Permanecimos allí, a la luz de las lámparas de queroseno (en Hemingford Home no habría otra electricidad que la propor¬cionada por generadores hasta 1928), mirándonos el uno al otro, el gran silencio nocturno que existe en el centro de todo quebra¬do únicamente por el feo - 14 -sonido de sus ronquidos. Y aún concu¬rría una tercera presencia en aquella estancia: la ineluctable vo¬luntad de Arlette, que existía aparte de la mujer (creí intuirla entonces; ahora, ocho años más tarde, estoy seguro). Esta es una historia de fantasmas, pero el fantasma se hallaba entre nosotros antes de que la mujer a la que pertenecía muriera.—De acuerdo, padre... Nosotros... la enviaremos al Cielo. —El rostro de Henry se iluminó ante ese pensamiento. Qué ho¬rrible se me antoja ahora, especialmente al evocar cómo acabó.—Será rápido —aseguré. De niño y de adulto había degolla¬do a cientos de cerdos, y así lo creía. Pero me equivocaba.Lo narraré rápido. En las noches de insomnio, que son muchas, lo visualizo una y otra vez, cada contorsión y cada tos y cada gota de sangre, en exquisita lentitud, así que permítame que lo narre rápido.Entramos en el dormitorio, yo delante con el cuchillo de car¬nicero en la mano, mi hijo con el saco de arpillera. Andábamos de puntillas, pero bien podríamos haber estado tocando címba¬los y aun así no la hubiéramos despertado. Le hice una seña a Henry para que se quedara a mi derecha, junto a su cabeza. Ahora oíamos, además de los ronquidos, el tictac del reloj des¬pertador de su mesilla de noche, y me vino a la mente un pensa¬miento curioso: nosotros éramos como médicos atendiendo a un paciente importante en el lecho de muerte. Pero me consta que, por norma, los médicos en tal situación no tiemblan presos del miedo y la culpa.Por favor, que no haya mucha sangre, pensé. Que se quede toda en la saca. Todavía mejor, que mi hijo se eche atrás ahora, en el último minuto.Pero Henry no se echó atrás. Qüizá creyó que le odiaría si lo hacía; quizá se rindió a la idea de que ella iría al Cielo; quizá es¬taba recordando ese obsceno dedo corazón, trazando un círculo alrededor de su entrepierna. No lo sé. Solo sé que murmuró «Adiós, mamá» y le enfundó la cabeza en el saco.Arlette resopló con un gruñido e intentó revolverse. Yo pre¬tendía meter la mano en el saco para ejecutar mi trabajo, pero el chico se vio obligado a empujar con fuerza para sujetarla, y no fui capaz. Vi que su nariz moldeaba en la arpillera una forma semejante a la aleta de un tiburón. Vi también la expresión de pánico despuntando en el rostro de mi hijo, y supe que no resis¬tiría por mucho tiempo.Apoyé una rodilla en la cama y una mano sobre su hombro. Luego rajé la arpillera y la garganta debajo. Profirió un grito y entonces empezó a sacudirse seriamente. La sangre brotó a tra¬vés de la abertura en el tejido. Sus manos se alzaron y azotaron el aire. Henry se retiró de la cama con un alarido, trastabillando, y entonces yo intenté sujetarla. Arlette tiró del saco - 15 -chorreante y le acuchillé las manos, cortándole tres dedos hasta el hueso. Volvió a chillar, un sonido tan fino y agudo como una esquirla de hielo, y la mano cayó sobre el cubrecama y empezó a temblar. Otra cuchillada sangrante en la arpillera, y otra, y otra. Cinco cortes en total efectué antes de que me apartara de un empujón con la mano sana; luego desgarró la tela que le cubría la cara. No pudo desprenderse por completo del saco, enganchado en el pelo, y así lo lucía como una crespina.Le había rebanado el cuello con las dos primeras cuchilladas, la primera tan profunda que expuso a la vista el cartílago de la tráquea. Con las dos últimas le grabé la mejilla y la boca; el últi¬mo corte era tan profundo que esgrimía la sonrisa de un payaso. Se extendía de oreja a oreja y exhibía toda la dentadura. Dejó escapar un rugido gutural, ahogado, el sonido que podría emitir un león a la hora del almuerzo. La sangre manaba de su garganta y fluía hasta los pies del cubrecama. Recuerdo haber pensado que tenía la apariencia del vino cuando Arlette alzó su vaso hacia la última luz del día.Intentó levantarse de la cama. Al principio me dejó anonada¬do, y entonces me enfurecí. Me había estado fastidiando todos los días de nuestro matrimonio, y seguía fastidiándome incluso ahora, en nuestro sangriento divorcio. Pero ¿qué otra cosa debe¬ría haber esperado?—¡Oh, padre, deténgala! —aulló Henry—. ¡Deténgala, oh, padre, por el amor de Dios, deténgala!Me abalancé sobre ella como un amante fogoso y la abatí sobre la almohada bañada en sangre. De las profundidades de su garganta destrozada surgieron más gruñidos discordantes. Los ojos rodaban en las órbitas, derramando lágrimas. Enrosqué la mano en su pelo, le eché la cabeza hacia atrás, y le rebané la gar¬ganta una vez más. Luego rasgué el cubrecama que sobresalía por mi lado y le envolví la cabeza, capturando todo menos el primer latido de su yugular. Mi cara recibió esa rociada, y enton¬ces la sangre caliente empezó a gotearme de la barbilla, la nariz y las cejas.Detrás de mí, los aullidos de Henry cesaron. Me volví y vi que Dios se había apiadado de mi hijo (suponiendo que Él no hubiera vuelto el rostro al ver en lo que andábamos metidos): se había desmayado. Mi mujer se retorcía ahora más débilmente. Por fin yació inmóvil... pero yo permanecí sobre ella, presio¬nando con el cubrecama, ahora empapado de sangre. Me recor¬dé que con Arlette nada había sido fácil jamás. Y acerté. Después de treinta segundos (según marcó el despertador de latón que había comprado por catálogo), sufrió otra convul¬sión, arqueando la espalda tan vigorosamente que casi me derri-bó. Móntala, vaquero, pensé. O tal vez lo - 16 -pronuncié en voz alta. No me acuerdo, que Dios me asista. De todo lo demás sí, pero no de eso.Se apaciguó. Conté otros treinta segundos de latón, y des¬pués treinta más, por precaución. En el suelo, Henry se agitó y gruñó. Empezó a incorporarse, luego pareció pensarlo mejor. Se arrastró hasta el rincón más alejado de la habitación y se acurru¬có hecho un ovillo.—¿Henry? —llamé.Nada procedente de la forma enroscada en el rincón.—Henry, está muerta. Está muerta y necesito ayuda.Nada todavía.—Henry, ya es demasiado tarde para echarse atrás. El acto está consumado. Si no quieres ir a prisión... y que tu padre vaya a la silla eléctrica..., ponte en pie y ayúdame.Se acercó a la cama tambaleándose. El pelo le caía sobre los ojos; relucían a través de los mechones apelmazados por el sudor como los ojos de un animal oculto entre los arbustos. Se lamía los labios repetidamente.—No pises la sangre. Tenemos mucha porquería que lim¬piar, más de la que hubiera deseado, pero podemos encargarnos de ello. Eso si no la esparcimos por toda la casa, claro.—¿Tengo que mirarla? Padre, ¿tengo que mirarla?—No. Ninguno de los dos.La volteamos, convirtiendo el cubrecama en su sudario. En ese instante comprendí que no podríamos sacarla de la casa de esa manera; en mis medio planes y fantasías no había visualizado más que un discreto hilo de sangre estropeando el cubrecama en el lugar que cubría su garganta degollada (su garganta limpia¬mente degollada). No había previsto, ni siquiera considerado, la realidad: la colcha blanca era de un púrpura negruzco en la habi¬tación en penumbra, rezumando sangre igual que una esponja hinchada rezumaría agua.Había un edredón en el armario. No pude reprimir el breve pensamiento de lo que diría mi madre si viera el uso que le estaba dando a ese regalo de bodas que había sido bordado con amor. Lo desplegué en el suelo. Depositamos a Arlette encima y luego la enrollamos.—Deprisa —le apremié'—. Antes de que esto también em¬piece a gotear. No..., espera..., ve a por una lámpara.Estuvo fuera tanto tiempo que empecé a temer que hubiera huido. Entonces vi la luz oscilando en el corto pasillo entre su dormitorio y el que compartíamos Arlette y yo. El que habíamos compartido. Pude ver las lágrimas cayendo por su rostro céreo.—Ponía en la cómoda.- 17 -Dejó la lámpara al lado del libro que yo había estado leyen¬do. Calle mayor, de Sinclair Lewis. Nunca lo terminé; nunca pensé ni siquiera en terminarlo. A la luz de la lámpara señalé las salpicaduras de sangre en el suelo, y el charco junto a la cama.—Hay más escurriéndose del edredón —observó—. Si hu¬biera sabido cuánta sangre tenía...Sacudí mi almohada para quitar la funda y la ceñí sobre el extremo del edredón como un calcetín sobre una espinilla san¬grante.—Agárrala por los pies —le indiqué—. Ahora tenemos que hacer bien esta parte. Y no te vuelvas a desmayar, Henry, por¬que no puedo hacerlo yo solo.—Ojalá haya sido un sueño —dijo, pero se agachó y pasó los brazos por debajo del edredón—. ¿Cree que esto podría ser un sueño, padre?—Dentro de un año, cuando todo esto haya quedado atrás, pensaremos que lo ha sido. —Una parte de mí verdaderamente lo creía—. Rápido, ya. Antes de que la funda de la almohada empiece a gotear. O el resto del edredón.Cargamos con ella por el pasillo, por la salita y a través de la puerta delantera como hombres que transportan una pieza de mobiliario envuelta en una manta de mudanzas. Una vez que descendimos los escalones del porche respiré un poco más ali¬viado; la sangre en el patio podía ocultarse con facilidad.Henry guardó la compostura hasta que doblamos la esquina del establo y apareció a la vista el viejo pozo. Estaba cercado por estacas con el propósito de que nadie pisara por accidente la tapa de madera que lo cubría. Bajo la luz de las estrellas, aquellos ma¬deros ofrecían un aspecto lúgubre y horrendo, y al verlos, Henry profirió un grito ahogado.—Eso no es tumba para una ma... mad... —fue todo cuanto logró decir, y entonces cayó desmayado en la maleza que crecía junto al establo. De repente me encontré yo solo cargando con el peso muerto de mi esposa asesinada. Me planteé soltar el grotesco fardo (cuya envoltura estaba ahora retorcida y de donde asomaba la mano acuchillada) el tiempo suficiente para reanimarle. Decidí que sería más piadoso que se quedara allí tumbado. Arrastré a Arlette hasta el pozo, la deposité en el sue¬lo, y levanté la tapa de madera. Mientras la apoyaba contra dos de las estacas, el pozo exhaló en mi cara: un hedor a agua estan¬cada y hierbas podridas. Libré una batalla contra mi gañote y perdí. Aferrándome a dos de las estacas para mantener el equili¬brio, me doblé por la cintura y vomité la cena y el poco vino que había bebido. Se produjo un sonido resonante al chocar con el agua turbia del fondo. Aquel sonido, como el pensamiento de Móntala, vaquero, ha permanecido al alcance de la mano de mi memoria durante los últimos - 18 -ocho años. Me despertaré en mitad de la noche con el eco en mi mente y sentiré las astillas de las es¬tacas clavarse en las palmas de mis manos mientras me agarro firmemente a ellas como si me fuera la vida en el empeño.Retrocedí apartándome del pozo y tropecé con el fardo que contenía a Arlette. Caí al suelo. La mano acuchillada quedó a centímetros de mis ojos. La introduje en el edredón y la acari¬cié, como para reconfortarla. Henry aún yacía entre los hierbajos con la cabeza apoyada en un brazo. Parecía un muchacho dur¬miendo tras una extenuante jornada durante la temporada de co¬secha. En el firmamento brillaban Jas estrellas, miles, decenas de miles. Reconocí las constelaciones (Orion, Casiopea, la Osa Ma¬yor y la Menor) que mi padre me enseñara. En la distancia, Rex, el perro de los Cotterie, ladró una sola vez y luego calló. Esta no¬che no acabará nunca, recuerdo que pensé. Y era cierto. En todas las cuestiones que importan, nunca acabó.Levanté en brazos el fardo, y entonces dio una sacudida es- pasmódica.Me quedé paralizado, aguantando la respiración a pesar de los latidos atronadores de mi corazón. No es posible que haya sentido eso, pensé. Esperé a que se repitiera. O quizá a que su mano asomara sigilosamente del edredón y tratara de asirme la muñeca con sus dedos acuchillados.No sucedió nada. Lo había imaginado. Seguramente debía de ser eso. Y así la arrojé en el pozo. Vi que el edredón se desen¬redaba por el extremo que no estaba sujeto por la funda de la almohada, y entonces se oyó el plaf. Mucho más fuerte que el producido por mi vómito, además, vino acompañado de un acuoso impacto. Ya sabía que la profundidad del agua no era mucha, pero había confiado en que bastara para cubrirla. Aquel ruido me confirmó que no.Una estruendosa sirena de carcajadas comenzó a sonar a mi espalda, un sonido tan cercano a la demencia que me puso la carne de gallina desde el culo hasta la nuca. Henry se había des¬pertado y reincorporado. No, mucho más que eso. Corría y brincaba detrás de los establos de las vacas, saludando con la mano al cielo salpicado de estrellas, y reía.—¡Mamá al pozo va y me da igual! —canturreaba—. ¡Mamá al pozo va y me da igual, porque mi señor ya no estáaaLe alcancé con tres grandes zancadas y lo abofeteé con todas mis fuerzas, dejándole sangrientas marcas de dedos en una ater¬ciopelada mejilla que todavía no había sentido el roce de una navaja.—¡Cállate! ¡Te van a oír! Te... Idiota, ya has vuelto a alertar a ese maldito perro.Rex ladró una, dos, tres veces. Después silencio. Aguardamos, yo asiendo a Henry por los hombros, escuchando con la cabeza ladeada. El - 19 -sudor me corría por la nuca. Rex ladró una vez más, luego desistió. Si alguno de los Cotterie se levantaba, pensaría que le había estado ladrando a un mapache. O en eso confiaba.—Entra en la casa —le sugerí—. Lo peor ya ha pasado.—¿De verdad, padre? —Me miraba con solemnidad—. ¿De verdad?—Sí. ¿Estás bien? ¿Te vas a volver a desmayar?—¿Me he desmayado? —Sí.—Estoy bien. No..., no sé por qué me reía de esa manera. Estaba confuso. Supongo que por el alivio. ¡Se acabó!Se le escapó una risita y se tapó la boca con las manos, como un niño que sin darse cuenta ha dicho una palabra fea delante de su abuela.—Sí —asentí—. Se acabó. Nos quedaremos aquí. Tu madre se ha ido a Saint Louis..., o a lo mejor era Chicago..., pero noso¬tros nos quedaremos aquí.—¿Ella...? —Desvió la mirada hacia el pozo y la tapa apoya¬da contra tres de aquellas estacas que de algún modo presenta¬ban tan lúgubre aspecto bajo la luz de las estrellas.—Sí, Hank, se ha ido. —Su madre detestaba oír que le llama¬ra Hank, lo consideraba un nombre común, pero ahora ya no había nada que pudiera hacer al respecto—. Nos ha abandona¬do. Y claro que lo lamentamos, pero entretanto la faena no espe¬ra. Ni la escuela.—Y podré seguir siendo... amigo de Shannon.—Por supuesto —dije, y con el ojo de mi mente vi el dedo medio de Arlette toqueteándose alrededor de la entrepierna en un círculo lascivo—. Claro que sí. Pero si alguna vez sientes la necesidad de confesarte con Shannon...Una expresión de terror despuntó en su rostro.—¡Nunca jamás!—Eso es lo que piensas ahora, y me alegro. Pero si algún día te acuciara la necesidad, recuerda esto: ella huiría de ti.—Vaya si lo haría —musitó.—Ahora entra en la casa y coge los dos barreños de la des¬pensa. Un par de lecheras del establo tampoco estarían de más. Llénalos con la bomba de la cocina y saca espuma con ese jabón que guarda bajo el fregadero.—¿Debería poner a calentar agua?Oí a mi madre decir: «Agua fría para la sangre, Wilf. Acuér¬date».—No hace falta —respondí—. Estaré allí en cuanto coloque en su sitio la tapa del pozo.Empezó a dar media vuelta, entonces me asió del brazo. Tenía las manos terriblemente frías.- 20 -Continura.... PARTE 1Unete a Nuestra comunidadNo Olviden De Votar Nuestra Web: Y Darle Click en el Voton +1 De Googlever pelicula , cuevana, Tags,dead silence, silencio desde el mal, Español Online, divx, xvid
Stephen King: Todo oscuro sin estrellas - Parte 2
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