No hay que temer a la muerte
Luciana Brescacin
Dos accidentados... fallecen.
Los sobreviven, como a muchos otros, personas que tienen algo en común: la pérdida de un ser querido y el dolor de una ausencia incolmable.
La muerte ayer se acercó a ellos, hoy les toca a otros, mañana a muchos más. La muerte es toda una realidad temida, una incógnita para el hombre y, para muchos, el fin de todo.
Hoy no se quiere hablar de la muerte, aunque sea una certeza absoluta, como lo es la vida misma.
Sin embargo, desde el primer momento de su vida, el hombre nace con la muerte a cuestas. Desde que nace, empieza a morir poco a poco.
La muerte está adherida a las personas como la piel a su cuerpo y, aunque busquemos olvidarla, aunque nos ríamos de ella, aunque luchemos con todas nuestras fuerzas para vencerla, en algún momento se presenta y nos toca de cerca en un pariente, en un amigo, en un conocido o en nuestra propia vida.
En ese momento reaccionamos y cabe preguntarnos cómo sería nuestra actitud:
- Quienes viven de frente a la muerte -sobrellevando una larga o fatal enfermedad- y tienen tiempo para prepararse, algunas veces reaccionan con serenidad y tranquilidad.
El tiempo y la visión de la muerte desde la perspectiva de la fe, dan fortaleza para aceptar una realidad inevitable y ayudan a evitar la amargura de un dolor sin sentido.
- Cuando la muerte se presenta de manera cruel es difícil de aceptar, y si no se aprende a aceptarla, el dolor y el rencor se convierten en amargura.
Reconocer la riqueza recibida durante el tiempo de convivencia con el ser querido puede ayudar, así como tratar de darle un sentido a la vida para evitar transmitir rencor a nuestro alrededor.
- A otros, la muerte los deja en la soledad y en la tristeza, que ocasiona morir en vida si no se reacciona, si no se olvida, se empieza a luchar y a vivir.
Cada caso y circunstancia en las que se manifiesta la muerte pueden ser una elección para los que vivimos. Para aceptar una realidad inevitable, como lo es la muerte, es preciso encontrar su sentido.
Por ello la muerte es una invitación a buscar el sentido transcendente de esta vida. De esta manera se podrá vivir de cara a ella sin temerla ni tener necesidad de ridiculizarla.
La muerte es una invitación para aprovechar la única oportunidad que se nos ha dado: la vida. Vivir de cara a la muerte significa esforzarse para dejar una huella positiva en aquellos con los que convivimos y en las obras que hacemos.
Si cada mañana al levantarnos supiéramos que hoy es el último día de nuestra vida, lo viviríamos plenamente, dejaríamos esa huella y daríamos lo mejor de nosotros.
Nadie aprecia lo que tiene hasta que lo pierde, dice el refrán. Pero esto sucede porque no pensamos que realmente un día podemos perderlo.
Para evitarlo, es necesario pensar en la pérdida inevitable de la vida por la llegada de la muerte. Si lo hacemos y no perdemos de vista la muerte, será más fácil apreciar la vida y vivirla a plenitud.