Buenos dias gente de taringa,les traigo la quinta parte de enigmas y misterios que espero les guste. Combustiones humanas espontáneas. Combustiones espontáneas, el fuego de la muerte. El mundo del misterio es tan amplio, variado y sorprendente que de no ser por el frío documento que generalmente da fe de los hechos, es comprensible que en determinadas ocasiones los sucesos sean considerados argumentos más propios de una novela de ficción que de casos reales… 5 de diciembre de 1966. Coudersport, Pennsylvania. El doctor Irving Bentley era respetado por su vecindad. Hombre de pocas palabras, rictus serio y conversación amena, gozaba del privilegio de contar con muchos y buenos amigos. Nadie hubiera deseado daño alguno para el viejo médico. Al menos nadie conocido… La calle bullía de vida. El Sol derretía levemente los finos copos de nieve caídos durante la madrugada. Eran tiempos de bonanza económica, una circunstancia que agradecían los comerciantes de la pequeña localidad, que veían entusiasmados como sus establecimientos se llenaban de posibles compradores. No en vano la Navidad estaba cercana, y los adornos multicolores, abetos y regalos desaparecían de las tiendas a un ritmo inusual. Don Gosnell aceleró el paso. El joven había ingresado meses atrás en la compañía de gas de la ciudad y deseaba causar una buena impresión a sus superiores. Además, si finalizaba la tarea con rapidez aún tendría tiempo para realizar alguna compra que otra. “Maldita sea, como pesa la condenada”. La bolsa que permanecía asida a su hombro comenzaba a causarle demasiadas molestias. Dichas eventualidades se disiparon al torcer la esquina. Allí estaba la vieja y enorme casa de piedra, una construcción victoriana de finales del XIX, y a la postre su última visita del día: el hogar del doctor Bentley. Lentamente cogió el pomo de la puerta, empujándolo con fuerza. Un sonido seco recorrió el interior del inmueble, suficientemente fuerte como para que su cliente se diera por aludido. Nadie contestó. Gosnell comenzó a impacientarse. “No hay que dejarse llevar por los nervios”, pensó a la vez que el llamador de plomo golpeaba la superficie de madera. De nuevo no hubo respuesta. En un arrebato de ira, el muchacho desplazó la puerta hacia el interior, mostrando la oscuridad sombría que reinaba en el salón recibidor. “Por Dios, que peste”. Un olor nauseabundo escapó al exterior. El miedo se apoderó del muchacho. La fina capa de humo azulado que invadía el ambiente agudizó los sentidos de éste, temeroso de que se hubiera producido un escape. Sin embargo el desagradable hedor nada tenía que ver con el gas. Tras recorrer las diferentes estancias de la casa llegó al dormitorio del doctor. “Señor Bentley, ¿está usted ahí?”. El silencio, entrecortado por el tañer de las campanas de la iglesia cercana, más parecía una advertencia de que no continuara indagando. En la habitación la neblina se espesaba más que en cualquier otro lugar. Con cautela anduvo despacio y penetró en el cuarto de baño. El suelo estaba abierto. Las tuberías habían quedado al descubierto tras ser atacadas por un agresivo incendio. Que extraño; el foco del mismo no se adivinaba por ningún lado. ¿Qué había provocado las llamas? La respuesta no tardó en llegar. En un rincón, casi imperceptible a los ojos del recién llegado, había un montón de cenizas, y junto a éstas, una pierna maltrecha del médico. Inexplicablemente sucumbió ante un fuego que únicamente se cebó con su cuerpo, dejando como fiel testimonio de la catástrofe el miembro chamuscado del anciano, una horrible visión que Gosnell jamás pudo olvidar… CHE, el castigo divino Castigo divino, enfermedad desconocida o simplemente maldición, de la combustión humana espontánea únicamente se tiene la certeza de que se produce cuándo quiere, pillando desprevenidos a todos los que de un modo u otro son testigos directos del suceso. La situación es como sigue: una persona, como ustedes o como yo, repentinamente comienza a sentir que algo no funciona. En ese momento se produce la combustión del cuerpo, algo similar a una llama de origen desconocido que aparentemente nace en el interior de la víctima, acabando en cuestión de segundos con el infortunado. ¿Es selectivo el fenómeno, o tan sólo “ataca” a personas que poseen determinadas características que los hacen ser propensos a ello? A mediados del siglo XIX, dado que la medicina ortodoxa no aceptaba supersticiones de esta índole, en cierta medida atosigada por una Iglesia que desde la noche de los tiempos ha cuestionado y poco menos que satanizado este tipo de sucesos, recurrió a una explicación tan simple como estúpida: sin lugar a dudas, y si analizábamos los cuerpos acosados por el fuego maldito, es probable que el estudio forense desvelara la rotunda conclusión de que los finados, o eran alcohólicos, o fumadores empedernidos. Para que hablar cuando se daban los dos elementos… Las pruebas sobre cadáveres calcinados eran una constante, y así, en el año 1965, el doctor John Gee, a la sazón médico interno del Departamento de Medicina Forense de la Universidad de Leeds, dictaminó, tras efectuar sus propias indagaciones, que la ignición de determinadas muestras de tejido adiposo se producía cuando se colocaba una corriente de aire, que en definitiva, propiciaba la expansión del fuego. Ello sin embargo no explicaba la extrema prontitud con la que ardían los cuerpos, que en ocasiones, observando la posición en la que se hallaban, denotaban que ni tan siquiera habían sido conscientes de su propia muerte. Además, la energía calórica liberada por las víctimas en el instante preciso del incendio jamás hubiera sido alcanzable en circunstancias normales. Es decir, cuando un ser humano, especialmente si éste aún permanece con sus constantes vitales a pleno rendimiento, sufre quemaduras en su anatomía, por muy graves que sean es casi imposible que afecten a órganos internos. En conclusión: quemar un organismo humano vivo resulta a todas luces hartamente complicado, y mucho menos si estamos hablando de que la combustión se produce en pocos segundos. Sirva como ejemplo ilustrativo la tesis mantenida por el doctor Wilton Krogman, antropólogo forense de la universidad norteamericana del estado de Pennsylvania y gran estudioso de la CHE, quien asegura que sus trabajos sobre el polémico asunto le han llevado a analizar los cuerpos consumidos por las llamas en crematorios, determinando que para que ésto suceda es necesaria una fuente de calor superior a los ¡mil grados centígrados!, y aún así, los huesos no padecerían los efectos devastadores del fuego. El cristal se derrite Uno de los casos más representativos tuvo lugar en la localidad francesa de Arcis-sur-Aude, en el caluroso mes de junio de 1971. Un vecino de la localidad, León Eveille, fue hallado muerto, cruelmente incinerado en el interior de su vehículo. Sus articulaciones, o lo que quedaba de ellas, no estaban agarrotadas. No en vano, si hubo algo que sorprendió a los agentes de la ley tras levantar el cadáver es que éste no parecía haber sufrido daño alguno, más bien era como si la muerte le hubiera sorprendido en mitad de un plácido sueño. La combustión llegó a tal punto que los cristales del coche se derritieron. Es importante destacar este punto ya que para que el vidrio pase de su estado habitual a líquido, al menos debe de estar bajo la acción intensa de más de un millar de grados centígrados. Pese a las evidencias, la ciencia, en especial hace algo más de un siglo se negaba a ser partícipe de algo que consideraban formaba parte de la creencia, siendo imposible aplicar sobre el asunto el tan manido método científico, tal y como lo conocemos desde el siglo XVI. Uno de estos sabios eruditos que con mayor fruición atacó a los defensores –pocos, todo hay que decirlo– de la CHE fue el célebre químico Justus von Liebig, quien justificaba los extraños casos afirmando que se debían a la mente calenturienta de personas ignorantes, que a expensas de dar con una desconocida explicación física, preferían incluir el tema entre los márgenes de un universo paranatural y ficticio. El intento por aportar conclusiones relativamente convincentes llevó a algunos científicos a promover la idea de que la causa de dichas combustiones podría tener su génesis en un misterioso gas que se formaba en el interior del cuerpo, y que una vez entraba en contacto con el oxígeno, generaba tal cantidad de calor que provocaba la ignición. En el libro Medicina forense y toxicología, editado en 1914 y escrito por los doctores Mann y Brend, se pretendía argumentar la existencia de dicho elemento, aportando casos y testimonios similares en los que la acción de esta sustancia acababa con la vida de seres humanos, que fallecían carbonizados. El componente común de algunos sucesos era sorprendente: los cuerpos aparecían hinchados, y al horadar con finas agujas las partes más inflamadas se liberaba un gas que al contacto con el oxígeno gestaba pequeñas llamas de tonos azulados. La hipótesis era atractiva, pero carente de elementos que avalaran su definitiva aceptación. La mente implacable de Liebig rondaba cualquier nueva teoría, y en este particular no iba a hacer una excepción. Por consiguiente, lo primero que tenían que demostrar era la existencia del agresivo gas, cosa que jamás ocurrió. La formación de fosfágenos en el tejido muscular también fue esgrimida por los idealistas defensores del macabro fenómeno. Si esta acumulación se producía en la endodermis en cantidades desorbitadas, podría causar una combustión instantánea, siempre y cuando el tejido subcutáneo entrara en contacto con una fuente de calor lo suficientemente importante como para provocar la ignición. En definitiva estaban peleando contra molinos de viento; las combustiones espontáneas continuaban y cada vez era más difícil hallar una explicación, especialmente para los fenómenos concomitantes que se derivaban de las mismas. Un último ejemplo. En el año 1905 el diario Hull Daily Mail abrió su portada con la muerte de la anciana señora Elisabeth Clark, que por aquellas fechas se encontraba ingresada en el Hospital Hull. De sus compañeros de estancia tan sólo la separaba un viejo biombo, pero nadie se percató de lo sucedido. No hubo lamentos, ni movimiento de la enferma, ni tan siquiera las blancas sábanas ardieron. La infeliz mujer, víctima de un gran shock, desconcertada, no supo explicar a los médicos lo ocurrido, falleciendo días más tarde. No es mi intención la de relatar innumerables sucesos de CHE ocurridos en los últimos doscientos años. Sería demasiado fácil, y demasiado morboso. Baste reflejar que boletines del prestigio del British Medical Journal dedicaron tiempo y elevadas sumas económicas para compilar, estudiar y explicar los aspectos más ignotos de los enigmáticos fallecimientos. La única conclusión que podemos sacar al respecto es que nuestro propio organismo en contadas ocasiones se enfrenta a nosotros, acabando con “su” propia existencia. No hay pruebas, ni rastros de combustible, ni causas aparentes… Absolutamente nada. Y es que una vez más nos hemos de rendir ante la evidencia de que el cuerpo humano es el mayor enigma al que cada día nos enfrentamos… El enigma de los fuegos de Laroya Un misterio ardiente A mediados del siglo pasado, unos misteriosos fuegos asolaron durante varias semanas una pequeña zona de la provincia de Almería. Combustiones espontáneas que, día y noche, atormentaron y en algunos casos chamuscaron a los vecinos de Laroya. Creo que podríamos decir, sin miedo a equivocarnos, que los misteriosos fuegos de Laroya siguen siendo hoy en día uno de los expedientes por resolver que tiene España. A pesar de que cuando todo ocurrió, el Gobierno tomó cartas en el asunto, ningún científico ni investigador pudo sacar nada en claro. Laroya es una pequeña población andaluza de la provincia de Almería que se encuentra en la sierra de los Filabres a 8 kilómetros de Máchale. Todo ocurrió el día 16 de junio de 1945 sobre las cinco de la tarde. El ambiente en la población era extraño, ya que había una densa niebla, poco habitual en esas fechas, y en todas partes se respiraba una especie de olor a azufre o algo similar. La niña de catorce años María Martínez Martínez, vecina de la población, jugaba por el cortijo Pitango y, según los testimonios, pudo ver una especie de bola de color azulada “como bajar del cielo” y que prendió el mandil que llevaba puesto. El impresionante susto de la niña la hizo reaccionar y de inmediato apagó las llamas que por su cuerpo se estaban extendiendo. Los jornaleros qu trabajaban en el cortijo, alertados por los gritos de la pequeña, fueron en su ayuda. No daban crédito ante tal asombroso fenómeno. Pero más tarde se percataron de que también a la misma hora de lo ocurrido, en la ladera contigua de la montaña, y concretamente en el cortijo Franco, comenzaron a arder de manera similar – de forma inexplicable – unos capazos y unos montones de trigo, que además estaba verde. En ambos casos, el fuego se inició sin ninguna causa. los habitantes de Laroya estaban completamente atemorizados, pues, al no poder entender la situación, temían que volviese a producirse e incendiara a alguien más. Y así fue, al poco volvía a producirse otro extraño fuego inexplicable, y luego otro, y así muchos otros conatos que aparecían por doquier, hasta que esa misteriosa niebla “pululante” en el lugar se levantó, cosa que ocurrió a eso de las once de la noche. Cuando todo se calmó, hubo una reunión de vecinos en la que acordaron realizar una batida por la zona, pues todo apuntaba a que algún pirómano estaba por el lugar haciendo de las suyas. Con candiles, lucernas y farolillos fueron a buscar por entre la maleza y algunos recovecos para identificar al posible causante. Pero su búsqueda resultó del todo infructuosa. A la mañana siguiente, atemorizados, los vecinos de Laroya corrieron al retén de la Guardia Civil de Macael para advertirles de lo que estaba ocurriendo y pedirles “ayuda urgente”. De este modo, y comandados por el cabo Santos, partieron veloces cuatro guardias al galope con sus caballos por el rudo camino de los Filabres en dirección a Laroya. Según un testimonio, nada más llegar al pueblo, mientras estaban entrevistándose con un vecino, pudieron ver con sus propios ojos cómo la chaqueta de un agente, que había dejado colgada en una percha, ardía sin remedio. Igual ocurrió con una escoba, con una silla y otros utensilios que estaban por allí. Incluso vieron cómo una pobre gallina que andaba picoteando el suelo comenzaba a arder de manera espontánea. El cabo Santos les pidió paciencia aunque los vecinos le dijeron que no podían perder tiempo: “¡Se nos quema todo!”, y en ese momento, en el cortijo de Estella, con los guardias presentes como testigos, observaron todos el fuego extenderse por la techumbre de la casa, la cuadra, la despensa y hasta los embutidos que allí tenía almacenados. Los miembros de la Benemérita decidieron informar rápidamente de lo que estaba sucediendo al gobernador civil, y éste dio la orden de enviar de inmediato a especialistas a la población para que averiguasen qué estaba ocurriendo en Laroya. De ese modo llegaron al pueblo el ingeniero Rodríguez Navarro (jefe del Observatorio Meteorológico) y otro ingeniero de la Jefatura de Minas de la zona. Estuvieron investigando durante varios días, pero los incendios se repitieron una y otra vez. El día 23 de ese mismo mes, ellos mismos presenciaron un incendio espontáneo en el cortijo Fuente del Sax, propiedad de Silverio Sánchez Martín. El día siguiente sería uno de los de mayor actividad. Se produjeron nuevos incendios en el cortijo del Cerrajero y en el de Gabriel Martínez, que causaron muchos daños materiales, sobre todo, de utensilios y ropas. Según las declaraciones de la época era “como si aquellos fuegos tuvieran vida propia, como si actuasen de manera inteligente”. Durante ese día se produjeron más de cien fuegos inexplicables en diferentes lugares. Durante dos semanas hubo más de trescientos fuegos espontáneos en toda la zona. El mismo cura de la aldea pasaba mañana, tarde y noche tocando las campanas, “avisando a fuego”, ya que cuando parecía que se extinguía un incendio, se declaraba otro en otro lugar. Los diarios de la época reflejaron los hechos ocurridos en la población de Laroya y, como consecuencia, curiosos de todas partes acudieron a la localidad para ver los misteriosos fuegos o para ayudar en caso de necesidad. Tras analizar los detalles, los ingenieros que estudiaban el caso plantearon varias hipótesis. Sobre todo, se centraban en un hecho ocurrido en Almería durante el mes de noviembre de 1741, donde según las crónicas, una nube impulsada por un fuerte viento del este se desplazó hasta las montañas que coronan la capital. De repente dejó caer una lluvia de “chispas”, que prendieron fuego a muchos lugares del campo, e incluso a una escuadra inglesa, comandada por M. de Court, que estaba en el puerto de Almería. Dicho fenómeno fue asociado al cercano volcán italiano Etna, que tras un fuerte viento depositó una especie de carga en una nube que se trasladó hasta nuestro país. Los ingenieros comprobaron que las horas de acción de tales fenómenso de 1741 coincidían con la de los fuegos de Laroya. El informe de los resultados firmados por el ingeniero don José Cubillo, detallaba cómo se establecieron varias hipótesis para demostrar la naturaleza de los misteriosos fuegos. Según éste, se pensó en bolsas de gas contenidas en el aire, fenómenos atmosféricos puntuales tipo rayo-bola, concentraciones inflamables de materia o gases, y muchas otras causas, pero todas las hipótesis fueron desechadas poco a poco por los propios analistas, pues no encontraban argumentos que los sostuvieran. Incluso, al igual que en 1741, se especuló con que pudieran ser las propias cenizas del volcán Etna, pero nuevamente esta explicación fue descartada. También se descartó la hipótesis, especialmente reseñada, de la actuación humana como productora de las combustiones espontáneas, pues había numerosos testigos y pruebas que corroborasen la espontaneidad de los fuegos. Los científicos salieron del pueblo tal como habían venido, sin una clara explicación. Fue entonces cuando las más ancianas del lugar comenzaron a difundir por el pueblo el rumor de que se trataba de una maldición muy antigua. Según parece, hacía muchos años un moro llamado Jamá fue acusado de hereje y ajusticiado por la Inquisición en la aldea de Laroy y, mientras ardía en la hoguera, juró venganza eterna al pueblo por haberlo delatado. Por otro lado, también había quien relacionaba todos estos hechos con el mismísimo diablo, sobre todo porque muchos decían que, acompañando a los fuegos, se respiraba un extraño olor a azufre que se propagaba por el lugar. Uno de los testimonios más interesantes del que también la prensa se hizo eco fue que muchos de los testigos decían haber visto, cierto día de extrema actividad misterios, “una especia de niño o “algo así”, como un esqueleto suspendido en el aire, envuelto en fuego y del que se desprendía luz y fuego”. Dado que el fenómeno siguió produciéndose, el Gobierno tomó la decisión de enviar de nuevo a varios expertos para intentar dar una explicación al insólito prodigio. Y así, el sábado 7 de julio lelgaron al pueblo un químico y un fotógrafo, quienes, nada más hacer acto de presencia, fueron testigos de la actuación del fuego en el cortijo Pitango, justo cuando el sol estaba en lo más alto. El miércoles día 11 llegaron a Laroya más especialistas, en este caso del Instituto Geológico Minero. Eran el ingeniero Carlos Ortí junto con el señor Cubillo, que fueron quienes elaboraron el informe preliminar, días atrás. También llegó con ellos un especialista del Instituto Geográfico, lo llamaban De Miguel, e iba con el doctor López Azcona, del Instituto Geofísico del consejo Superior de Investigaciones Científicas. Días después, por parte del Servicio Meteorológico del Ministerio de Defensa, llegaron a Laroya el teniente coronel y meteorólogo Morán Samaniegos y su ayudante, el señor Sierra Silva. Mientras estaba en el cortijo Pitango observando la situación, el propio Samaniegos vio cómo incomprensiblemente ardía su capa. Del mismo modo, los instrumentos de medición del ingeniero José Cubillo, quien estaba depositándolos en cierto lugar para tomar datos, fueron completamente calcinados de manera espontánea y ante sus propios ojos. Los fuegos siguieron produciéndose, y los “supercientíficos” enviados por el Gobierno sólo sabían hacer una cosa: “Echarse las manos a la cabeza”. Cierto día, mientras estaban tomando datos y concentrados plenamente en sus aparatos, vieron que en el cortijo Pitango se declaraba espontáneamente un fuego que calcinó 30 kilos de harina que habían en una caldera. Muchos de los investigadores comenzaron a asustarse pues ni comprendían ni controlaban la naturaleza de los fenómenos. No tenían hipótesis científicas para esclarecer el asunto, no sabían qué ocurría y, por ello, optaron por desistir en sus empeño y abandonar la investigación sin datos concluyentes. Tras esto, el Gobierno terminó por silenciar el sorprendente hecho. Quizá no interesaba políticamente más publicidad de los misteriosos fuegos de Laroya porque no tenían explicación. Según las investigaciones realizadas y los testimonios recogidos por Alberto Cerezuela Rodríguez, y que refleja en la magnífica obra Enigmas y leyendas de Almería, los fuegos, además de presentar una especie de “inteligencia”, tenían predilección por colores claros o blancos. Casi todas las cosas que en un principio ardían espontáneamente eran claras: el delantal de María, la gallina, las ropas,etc. A pesar de esto, luego, con la virulencia de la actuación, comenzaron a arder cosas mucho más oscuras, como, por ejemplo, la chaqueta del guardia civil. Otro detalle interesante que cabe tener en cuenta es que, antes de producirse los incendios, en el lugar había una “claridad luminosa” extrema, que muchos definen como una especie de humo o niebla. Cuando ardían los objetos, desprendían un olor muy intenso a azufre, petróleo o algo similar. Y con respecto a esto, la mayor parte de los testigos no percibieron el olor antes de estallar el fuego, sino después, cuando el objeto ya estaba ardiendo. También cabe destacar una característica curiosa: casi todos los objetos que ardían estaban situados a una cierta altura del suelo, aislados eléctricamente; objetos colgados en perchas, ropas en armarios, etc. Cuando se iba a apagar un fuego, si se le echaba agua, éste tomaba más virulencia – tal como ocurre con fuegos producidos por combustibles–, y la mejor forma de apagarlos era con una manta e incluso, a veces, con la propia mano. Posteriormente, cuando el silencio reinaba y nadie se acordaba ya de los fuegos, ocurrió un hecho muy significativo y digno de mención. En el pueblo comenzaron a encontrarse restos de petróleo que, muy probablemente y tal como las investigaciones de la Guardia Civil demostraron, alguien había puesto ahí. Parece ser que María, la Niña de los Fuegos confesó: “Lo hice para que volviesen los hombres entendidos y que acabasen con los fuegos”. Según la muchacha, no soportaba sentirse culpable de aquellos fuegos, pues a causa de la prensa, de los comentarios de vecinos, del apodo que le habían sacado, Niña de los Fuegos, y de que todo empezó con ella misma, la joven pensó que había sido la causante de tan terrible maldición al pueblo. Según sabemos, mucho tiempo después, la Niña de los Fuegos se suicidó ingiriendo sosa caústica. Dicen que desde aquello que vivió convencida de que estaba posída por algo diabólico, y aunque su suicidio aparentemente no tuviese a que ver con el caso, psicológicamente podría haber tenido algún trauma que derivó en su suicidio. También de su hermana mayor se cuenta que se quitó la vida arrojándose por un precipicio cercano. Y, de igual modo, su hermano José Martínez se ahorcó dentro del propio cortijo Pitango. Como diría cualquiera en la época: una maldición. Una de las personas que vivieron estos extraños episodios declaró muchos años después:”Los científicos no explicaron nada. Todos tuvimos la sensación, y más con el tiempo, d que se nos ocultaba algo. “No era normal que nadie nos diese una explicación, la Guardia Civil ordenó callar a todo el mundo. A veces nos llegaba algún periódico, y veíamos como ya se había dejado de hablar del asunto, pero aquí lo sufrimos durante dos meses más. Aquel fuego aparecía de día, de noche… con llamas que flotaban en las habitaciones. Había mucho miedo. Estábamos aterrados, se lo juro. Yo era tan sólo una niña, pero ¡como me acuerdo del sonido de las campanas tocando “a fuego” para avisar que ya había aparecido otro, y otro! Aún recuerdo a las niñas quemadas, como María Martínez o Mari Molina, a las que se les prendió el vestido y estuvieron a punto de abrasarse vivas. Aquello era una cosa invisible. Casi todos creíamos que se venía encima el fin del mundo. Entiéndame… ¡Es que nadie nos explicaba nada!”. A pesar de que nadie hizo mucho caso al tema de la maldición del moro Jamá, que según algunos de los habitantes de Laroya podría haber tenido algo podría haber tenido algo que ver, Pedro Amorós se molestó en consultar algunos libros y textos sobre los procesos inquisitoriales de la zona, y no, no encontró a ningún moro llamado Jamá. Sólo halló un proceso del año 1561 relacionado con ese tipo de acusación de Macael y fue el de Juan de Benavides:”Porque está relajado y dixo que era señal de Mahoma y del Cielo y que aquella era buena y mejor que la de la Cruz, enviose preso con secuestro de bienes”. Y a pesar de que el Santo Oficio en esa época y, sobre todo, en esta zona tan influida por la cultura musulmana sólo buscaba recaudación, pudo ser muy probable que dicho personaje acabase relajado, es decir, quemado en algún lugar. También pudo ocurrir que tras llevárselo, jurase venganza y, aunque no hayamos encontrado su nombre, no implica que no existiese, ya que muchas veces a estas personas se las conocía por los apodos, y quién sabe si éste podría ser el famoso moro Jamá… El enigma de Oliver Thomas La desaparición de Oliver Thomas. ¿Aves raptoras? El 24 de diciembre de 1909 la familia Thomas se preparaba para disfrutar un año más de una entrañable celebración. Durante todo el día los miembros de esta familia de granjeros del pequeño pueblo de Brecon, situado en Gales (Reino Unido), habían estado preparando la gran fiesta que, como cada año, reuniría a la familia y a varios amigos y vecinos. Todo parecía ideal para disfrutar de una noche de alegría en la que el espíritu de la Navidad lo impregnaba todo. Incluso el clima parecía querer unirse a la celebración, pues acababa de nevar y el campo estaba cubierto con una capa de nieve que convertía el paisaje en una postal. Al comenzar la cena todo era perfecto. El guiso de la señora Thomas impregnaba el ambiente con un olor apetitoso, demostrando una vez más que era una excelente cocinera. Los niños jugaban y esperaban el momento de los regalos y los mayores conversaban animadamente. Nada hacía presagiar que algo acechaba a aquella gente, que el misterio se iba a materializar de forma trágica rompiendo para siempre la familia. Gritos de socorro La velada fue avanzando en medio de una conversación agradable. El cabeza de familia, Owen Thomas, era un excelente anfitrión, como había demostrado en anteriores ocasiones, y de su hospitalidad disfrutaban esa noche el comisario del pueblo, el veterinario y el pastor de una localidad vecina, todos acompañados de sus familias. En total eran quince personas. La fiesta avanzaba y la señora Thomas se percató de que se estaba acabando el agua. No había problema, a apenas unos metros de distancia de la casa tenían un pozo y solo había que ir con un cubo a sacar un poco de agua. Como los mayores estaban en medio de una agradable charla, decidió pedir a su hijo Oliver que saliese un momento a buscar agua al pozo. Una decisión que la pobre mujer lamentaría toda su vida. Oliver tenía once años, había ido en multitud de ocasiones a por agua al pozo y no le importaba demasiado dejar durante unos instantes el cálido ambiente que proporcionaba el hogar encendido. Afuera hacía frío, pero había acabado de nevar y se veían ya las primeras estrellas. El niño se calzó unas pesadas botas y, protegido con una bufanda que amorosamente le había colocado su madre, salió resuelto con un balde en la mano. Solo habían pasado unos instantes –después dirían los que se quedaron en la casa que apenas fueron diez segundos– cuando todos se estremecieron al oír un alarido del pequeño. Fue un grito penetrante, más que nada de sorpresa, que inmediatamente después fue seguido por llamadas de auxilio. “¡Socorro, se me llevan!”, llegó a decir Oliver. Todos los presentes salieron corriendo hacia la puerta. Owen Thomas cogió su fusil, que colgaba de la chimenea, mientras exclamaba: “¡Un lobo!”. ¿Era posible que ese gran depredador hubiese atacado al muchacho? El veterinario, el pastor, otro granjero invitado… todos salieron portando armas, palos y una linterna. Pero en el exterior no estaba el pequeño, no había nadie. Pudieron seguir el rastro que el niño había dejado en la nieve: unas pisadas que se interrumpían bruscamente, como si hubiese desaparecido sin dejar rastro o algo lo hubiese alzado para llevárselo volando. Durante unos segundos, que parecieron eternos, cundió el desconcierto, pero aún quedaba algo que les helaría la sangre. Todos pudieron escuchar claramente de nuevo los gritos de Oliver, que, para sorpresa general, venían de encima de sus cabezas: “¡Socorro, me han cogido! ¡Socorro!”, le oyeron gritar. Todos los que lo estaban buscando quedaron anonadados. Miraban hacia el negro cielo, pero no eran capaces de ver nada. Ninguna pista, ningún indicio que les mostrase dónde se encontraba el niño y qué era lo que le estaba llevando hacia el cielo. Pidieron al chico que les indicase dónde estaba, pero el pequeño Oliver ya no dijo nada coherente, solo chillaba. Unos gritos de terror que pudieron oír durante casi un minuto los desesperados familiares y amigos, un tiempo eterno de impotencia en el que, para su desconsuelo, la voz del pequeño se fue volviendo cada vez más tenue, como si fuese subiendo y estuviese cada vez más lejos. Algo incomprensible había sucedido. Alguien había arrancado a Oliver del suelo y se lo había llevado volando. Aun después de la desaparición, y en medio del desconcierto, varios de los asistentes siguieron buscando con la lámpara alguna pista. Pudieron constatar que las huellas del muchacho sobre la nieve parecían normales, pero se interrumpían bruscamente a unos 20 m de la casa. A 2 m de las últimas huellas se encontraba el cubo, como si el niño lo hubiese soltado desde una cierta altura. El resto de la noche siguieron dando vueltas, llamándolo, intentando descubrir entre las tinieblas alguna pista que explicase el suceso. Hipótesis descartadas Al amanecer llegaron unos policías de Brecon, que registraron con detalle toda la casa, los alrededores y el pozo, al que bajaron. Pero no encontraron ninguna pista, nada que pudiese explicar qué le había pasado al pequeño y, sobre todo, dónde estaba. La única explicación que parecía plausible era que algo se lo había llevado volando. Pero ¿qué ave hay en el País de Gales capaz de levantar el vuelo con un niño de 11 años entre sus garras? Ninguna, ni la mayor águila podría hacerlo. Los aviones también quedan descartados, pues en 1909 la aviación todavía estaba poco desarrollada y, sobre todo, el ruido del motor sería claramente reconocible. Un silencioso planeador tampoco parece ser la solución, pues la ausencia de un sonido que le delatase no evitaría la posibilidad de maniobrar para capturar al niño y levantar el vuelo permaneciendo casi un minuto encima de la casa. Un globo habría sido difícil de maniobrar y, además, habría sido visto a la luz de las estrellas que brillaban en el firmamento. El caso del pequeño Oliver, secuestrado por algo que bajó del cielo en la Nochebuena, quedó finalmente archivado como pendiente de solución. Es uno más de los que están a la espera de ser resueltos, algo en lo que casi un siglo después muy pocos confían. La gran cantidad de testigos, entre los que se encontraban personas de reconocida reputación, permite descartar que la extraña historia de la desaparición del niño fuese algún tipo de engaño, una mentira urdida para ocultar tal vez algún crimen. La falta de una solución al misterio de la desaparición de Oliver Thomas no evitó que en los años siguientes los niños de aquella zona viviesen la víspera de la Navidad con una mezcla de sentimientos contrapuestos. Era una fiesta de alegría, con regalos para los pequeños, pero sabían que algo inexplicable se había llevado volando al pobre Oliver. Tal vez algo había bajado del cielo, pero en lugar de traerle regalos se lo había llevado para nunca volver a ser visto. “Santa Claus es bueno y trae regalos, pero ¿existe algún ser malo que viene volando en la Nochebuena para llevarse a niños?”, preguntaban los pequeños de la zona a sus padres. “No, hijo –les respondían estos–, solo hay un anciano bondadoso que llega con regalos en un trineo tirado por renos mágicos.” Pero por las noches, sobre todo durante la víspera de la Navidad, los padres que pronunciaban estas tranquilizadoras palabras no perdían de vista a sus hijos en ningún momento. Sabían que si algo inexplicable se había dado cita una Nochebuena, podría volver a por otro niño. Ave gigante o monstruo de otra dimensión Oliver Thomas Y Su Madre Durante casi cien años han sido muchos los intentos de explicar lo que le ocurrió a Oliver Thomas. Desde un primer momento se barajó la posibilidad de que lo capturase algún tipo de pájaro. En 1977 muchos se acordaron de este misterioso caso después de que se conociese el ataque de dos misteriosas aves negras a un niño de diez años llamado Marlon Lowe. El suceso tuvo lugar en Michigan (EE.UU) y no acabó trágicamente porque su madre intervino rápidamente y arrebató a su hijo de las garras de los animales cuando ya se estaban llevando por el aire al pequeño. Casos similares han ocurrido en diversos lugares del mundo y en buena parte continúan siendo un misterio, pues según los testigos no se trata de aves conocidas. En ocasiones se ha especulado que podría tratarse de algún superviviente de los teratórnidos, unos parientes del cóndor de los Andes que vivieron hasta hace unos 10.000 años en Norteamérica. Pero esas especies no se conocen en Europa. A veces las descripciones de las criaturas son aún mas extrañas, pues parecen reptiles alados como los que vivían en la época de los dinosaurios. Otra hipótesis recuerda que, según diversas tradiciones, durante momentos determinados del año, como la víspera de Navidad, de Todos los Santos o de San Juan, los límites de nuestro mundo parecen quedar mas difusos, siendo posible que salten hasta nuestra realidad entidades que normalmente no viven entre nosotros. Entidades que forman parte del mundo de monstruos como el chupacabras, el diablo de Jersey o el demonio de Dover y que han sido vistas en diversas ocasiones y lugares. Las enigmáticas mutilaciones del “Depredador de Taco”. Las matanzas de Taco 29 de abril de 1979. Barrio de Taco, La Laguna, Tenerife (España) El encargado de seguridad de una fábrica de materiales de construcción descubre – según su parte – al as 11.00 horas, que un perro pastor alemán que custodia el almacén yace muerto en el suelo. Parece haber arrancado la cadena. No hay rastro de sangre. Ni huellas. Ni nada que indique por qué ha fallecido. Cuando se efectuaron los pertinentes análisis saltó la sorpresa. El cuerpo del perro no contenía ni una gota de sangre en su interior. Algo o alguien parecía habérsela succionado a través de dos pequeños orificios que se localizaron en su costado. Además, de su cuerpo habían desaparecido el corazón y el hígado. Con tan macabro hallazgo comenzaba una extraña odisea que tuvo en vilo a la localidad durante tres semanas. En primera instancia, la investigación del caso corrió a cargo de la Policía Municipal de La Laguna. Posteriormente, y ante la gravedad de los hechos, la Jefatura Superior de la Policía Nacional prosiguió con las investigaciones. La Guardia Civil también participó en las diligencias. Mientras tanto, el gobierno insular siguió de cerca todo lo que acontecía. Tras aquel primer episodio se produjo otro. Fue en el mismo lugar, en la misma fábrica. Ocurrió cuatro días después. La víctima, nuevamente, fue un pastor alemán. La muerte del segundo animal fue similar a la primera: en el interior del cuerpo del perro no quedaba ni gota de sangre. En la necropsia realizada a la víctima no se encontró nada, salvo un par de orificios en la piel. Tampoco había huellas, ni rastros de pelea, ni ninguna pista que sirviera a los investigadores para esclarecer lo sucedido. Empezaron a barajarse las primeras hipótesis una vez que se descartó la muerte natural. Se habló de sectas, de animales extraños, y se habló, por supuesto, de las enigmáticas mutilaciones de ganado que ocurrían en aquellos años en Estados Unidos y que, a todas luces, eran inexplicables mediante formulaciones lógicas. Al otro lado del Atlántico hablaban de OVNIS, de experimentos secretos… Los días pasaron. Y el 14 de mayo volvió a ocurrir algo extraño. Fue a pocos kilómetros de Taco. Esta vez, el escenario de la muerte de otro animal fue el barrio de Guamasa. Allí se encontró un cerdo muerto. Tampoco apareció en condiciones normales, porque, nuevamente, la sangre del animal había sido succionada. En su interior no había vísceras. La psicosis se extendió… Posteriormente, aparecieron cabras muertas en circunstancias igualmente extrañas. Un informe policial contenía la misma conclusión a la que habían llegado los veterinarios en la necropsia del animal. No había causa razonable para la muerte. Y, otra vez, el cuerpo del animal estaba exangüe. Dicho expediente, además, hacía alusión a la tesis de la presencia de una secta. Sin embargo, el seguimiento de esa pista no condujo a ninguna solución. Los servicios especializados en veterinaria del cabildo insular destacaron que se tratara de una muerte provocada por otros animales. Según el informe que realizaron, las características de los fallecimientos denotaban la existencia de una mano de inteligencia mayor que la de cualquier depredador. El problema era que la policía no encontró indicios que condujeran a un culpable. Más bien al contrario. Todo parecía cosa de “fantasmas”. Las autoridades se encontraron en un callejón sin salida, tal como revelaban los informes policiales. Pese a ello, y con objeto de calmar a la población de la zona, Muñoz Yeberes, el jefe de prensa de la Jefatura Superior de Policía, explicó que quizá unos extraños roedores pudieran haber provocado las muertes. Sin embargo, acabó confesando ante los medios de comunicación que los agentes no habían encontrado explicación para los crímenes. Siguieron produciéndose los casos, pero el interés de la prensa decreció. Pese a ello, el misterioso agente hizo de nuevo aparición en octubre. En esta nueva ocasión, ocho cabras aparecieron muertas en Taco. Se repitieron los mismos parámetros de los anteriores casos. La necropsia fue efectuada por el Laboratorio Regional Agrario, cuyo director, Joaquín Quillós, en su informe hacía alusión a la utilización de instrumental técnico sofisticado para ejecutar la “agresión”. Pero Quillós no pudo resolver el misterio. Un misterio al que jamás se encontró explicación… Las pirámides de China ¿Pensabais que la pirámide de Giza era la más grande del mundo? A finales de la II Guerra Mundial el piloto de la US Air Force James Gaussman realizaba una misión de abastecimiento de víveres y provisiones a fuerzas del ejército chino. Pero el motor de su aparato empezó a tener problemas mecánicos que aconsejaron regresar a su base en Assam (Norte de la India). Para mayor seguridad y tras corregir el rumbo, el avión de James Gaussman hizo el viaje de regreso a baja altitud. Después de sobrepasar la ciudad de Xi’an y con rumbo Sur-Oeste, apareció ante su vista una gigantesca pirámide. Gaussman no salía de su asombro, y tras hacer varias pasadas sobre la pirámide tomó varias fotografías que, junto a un detallado informe, entregó a sus superiores nada más llegar a la base aérea de Assam. Este incidente quedó olvidado en los archivos de las fuerzas aéreas americanas. Cuarenta años después volvieron a salir a la luz pública gracias al escritor australiano Brian Crowley, que publicó una de las fotografías de Gaussman en uno de sus libros. Pero no era el primer incidente de esta clase que se producía por parte de pilotos sobre el espacio aéreo de China, ni tampoco el último. En marzo de 1.947, finalizada la contienda mundial, el diario New York Times hacía referencia a un avistamiento efectuado por el Coronel Maurice Sheehan desde su avión, en el cual y siempre según las declaraciones del militar, llegó a sobrevolar una gigantesca pirámide que alcanzaría los 300 metros de altitud, siendo cada uno de sus lados de 450 metros. De ser cierta esta información nos hallaríamos ante la mayor pirámide del mundo, destronando por K.O. a la mismísima Gran Pirámide de Giza en Egipto con sus 147 metros de altura y los 320 metros de cada uno de sus lados, 202.500 metros cuadrados de superficie de la pirámide china contra los 52.900 metros cuadrados de la Gran Pirámide egipcia. Existen numerosas denuncias de la presencia de pirámides sobre territorio chino realizadas por numerosos pilotos, e incluso fotografías realizadas más recientemente por satélites espías americanos. Pero las autoridades chinas siempre han negado incomprensiblemente la existencia de estos monumentos. A comienzos del siglo XX, diferentes exploradores y comerciantes como los alemanes Frederick Schroeder y Oscar Maman dieron testimonio de la presencia de no una, sino numerosas pirámides alrededor de la ciudad de Xi’an, haciendo especial hincapié en una de ellas, una construcción colosal que al igual que el testimonio del piloto norteamericano Maurice Sheehan, alcanzaba los 300 metros de altitud y algo más de 400 metros de lado. Según información recogida de algunos de sus acompañantes nativos, esta construcción tenía más de 5.000 años. Poco después Segalen, otro explorador alemán, alcanzó en 1.913 la que al parecer fue la Pirámide del Emperador Shi Huang-ti, el mítico Emperador Amarillo. En su diario anotó que la pirámide alcanzaba los 48 metros de altura y cada uno de sus lados tenía 350 metros. Del mismo modo constató la presencia de otras muchas pirámides más, algunas de enorme tamaño y de una antigüedad imposible de calcular. A pesar de toda negativa del gobierno chino a que se investigue la presencia de estas pirámides, existe suficiente documentación histórica que conduce a la posibilidad de que algunas de estas construcciones fuesen realizadas durante el siglo III a.C. y más concretamente durante el período de reinado de Shi Huang-Ti de la Dinastía Qin (259-210 a.C.). De este personaje de leyenda, apodado el Emperador Amarillo, se ha escrito todo tipo de historias y fantasías. Pero lo que sí es cierto es que durante su gobierno, iniciado a la temprana edad de 13 años, fueron realizadas las mayores y más importantes construcciones de la historia de China. A él le debemos la edificación de la Gran Muralla China o el Ejército de Terracota desenterrado en su mausoleo, compuesto por 8.000 estatuas humanas, cada una con sus rasgos propios y docenas de caballos y carros descubiertos en 1.974. Pero tal vez una de sus más espectaculares obras fue la que describe el historiador chino Sseuma Ts’ien (135-85 a.C.). En ella empleó a 700.000 trabajadores en la construcción bajo una gran pirámide en el Monte Lishan de su tumba, cerca del mausoleo donde fue descubierto el Ejercito de Terracota. Bajo la pirámide, cientos de metros de galerías y pasillos repletos de los más increíbles tesoros rodeaban la cámara funeraria del emperador. Ordenó posteriormente recubrir toda la construcción de tierra y colocar plantas sobre ella para poder camuflarla como una elevación natural del terreno. Según Sseuma Ts’ien la pirámide alcanzaba los 48 metros (los mismos que Segalen dejó anotados en su diario en 1.913). El inicio de la historia imperial china data del año 2197 a.c , con la dinastia “hia”. Se sabe que antes de eso china estaba regido por una especie de sistema feudal, (época de la cual tampoco se tiene mucha información), pero desde ese punto en el tiempo hacia atrás no se sabe prácticamente nada…la única fuente de información que hay al respecto son las leyendas del folklore chino, que nos hablan de soberanos maravillosos y poderosos reinos mucho antes de los emperadores, situados en fechas que la ciencia oficial tacha de fantasiosas… A principios de los 80 una expedición inglesa se adentro furtivamente a la zona de Xiang restringida por el gobierno con el fin de realizar análisis a la pirámide…se tomaron muestras del suelo y se descubrió una entrada tapada por una enorme losa cubierta de tierra y pasto…pero el hallazgo mas sorprendente lo hallaron en una excavación realizada en uno de los costados de la pirámide; de la fosa extrajeron una daga cubierta de herrumbre. Días mas tarde en el Museo de Londres la daga fue cuidadosamente analizada…los análisis arrojaron una fecha de ¡8.000 años de antigüedad sobre el objeto! En 1990 una expedición buscaba fósiles de dinosaurios en una zona cercana a una pirámide. De pronto dieron con un antiguo cofre deteriorado por los siglos…en el interior hallaron una vieja tela, esta envolvía un objeto de metal…era una especie de cetro finamente labrado, y aunque parecía muy antiguo la herrumbre que lo cubría era muy poca, la analizarlo junto con la tela y el cofre y todos dieron una antigüedad entre 10.000 y 8.000 años de antigüedad. Además no se pudo identificar el metal del que estaba forjado el cetro…habían dado con un material desconocido por la ciencia moderna… Parte 1 Parte 2 Parte 3 Parte 4
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