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Anecdotario Borgeano

OfftopicFecha desconocida
[size=18]En principio tienen si biografía y bibliografía disponible en este post:





este post sólo es un anecdotario de lo poco que pude recopilar.


pero vaya mi reconocimiento a quien tan bien parados nos dejó como uno de los más brillantes escritores de la historia universal





pequeñas anécdotas:



[b]por Amalia Ugo de Ruiz Díaz

Sin pretensión de escritora, ni profesional ni habitual y al correr de los recuerdos, quisiera contarles anécdotas que aún no han sido apuntadas. Hombre inteligentísimo, irónico, fino, perspicaz y talentoso, Jorge Luis Borges siempre dio, da y dará qué hablar. Conozco varias anécdotas de su vida por Ruiz Díaz pero en dos oportunidades estuve presente. No sé si las contaré en riguroso orden cronológico, debido a las chanzas de Borges, ya que después, algunas aparecieron en "De jardines ajenos" de Bioy Casares.

En 1956 fue designado Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Cuyo. Fue su primer doctorado. Llegó a Mendoza en tren, en compañía de su madre, Leonor Acevedo. Esa mañana lo esperábamos, junto a varios escritores locales, en la estación San Martín.

-¡Maestro!- le dijeron. Y tras los saludos, le preguntaron qué estaba escribiendo.

-En el tren era difícil dictarle a madre -dijo-; pero he pensado algunas coplas, esas que parecen de todos y que ya debieran estar escritas.

Le rogaron que recitara alguna y Borges primero separó suavemente a su madre diciéndole: "Vaya para allá, madre, por favor". Entonces dijo:

"Hay en medio de la plaza

del pueblo de Pehuajó

un letrerito que dice

la p.....que...... "

Al estilo payada, Ruiz Díaz agregó: "Una plaza y un ombú hay en el pueblo de Pando y un perrito negro y blanco que te va a sacar ca....... Las risas distendieron los ánimos y se produjo el acercamiento cordial que quedaba trunco frente a Borges, debido a su respetada y temida intelectualidad. De allí fuimos al Instituto de Lenguas y Literaturas Modernas -así se llamaba entonces- en calle 9 de Julio. Dos alumnas -Magda Castelvi y Marta Gómez- buscaban algo en el fichero y al volverse, vieron a Borges. -¡Profesor Borges! -exclamaron efusivas y emocionadas.

Al atardecer, realizaron el acto académico en el Decanato de la Facultad de Filosofía y Letras. Tras la parte protocolar, Borges agradeció: -¡Qué bueno! -dijo, acariciando el tubo que contenía el diploma-. ¿Así vienen los diplomas? ¡Cómo se van a divertir mis sobrinos! ¡Muchas gracias! Hoy por la mañana, unos colegas que fueron a recibirme a la estación, me dijeron ¡Maestro!. Y yo no soy maestro. Después, en el Instituto de Ruiz Díaz, unas alumnas me dijeron ¡Profesor!. Y yo no soy profesor. Y ahora me dan una mención universitaria. ¡Qué carrera rápida que he hecho!. Voy a decirle a mis amigos que no pierdan el tiempo en Buenos Aires y que se vengan sin tardanza a Mendoza.



Estudiantes pobres

Por los años '60 -entonces las universidades eran prósperas- fuimos a Buenos Aires con el profesor Adolfo Ruiz Díaz y con su adjunto, profesor Dennis Cardozo. Eramos unos siete u ocho que íbamos para ver una muestra de pintura nacional, conocer el Museo Nacional de Bellas Artes, recorrer librerías y visitar los monumentos escultóricos importantes. Era obligatoria una visita a la Biblioteca Nacional y conocer a Borges, su director. ¡Qué placer fue conocerlo! Sereno, reconcentrado, palpando a su paso el lomo de los libros.

Después, ya sentado, nos dijo que no había placer más noble que leer. ¡Lean, muchachos!, lean, lean siempre y mucho. Lean por placer. Los profesores de literatura tienen la mala costumbre de analizar tanto un poema, una prosa, una obra de teatro, que la pierden de vista. ¡La destrozan, diría yo! ¡No hagan eso cuando enseñen!. Inciten, propaguen, disfruten.

La entrevista había terminado. Teníamos entradas (regaladas) para ir al Colón a ver "Carmina Burana", con orquesta, ballet, coro y solistas de ese teatro, dirigidos por el maestro Emilio Martini.

-¡Antonio! -dijo Borges-, ¿qué pueden tomar estos muchachos para ir al Colón?. Que los deje cerca, ¿eh?, colectivo, ¡por supuesto!. Son estudiantes. Son pobres.

A propósito de Antonio, recuerdo otra ocasión, también en la Biblioteca, con otra gente. Sonó el teléfono. Atendió, se asomó a la puerta y dijo: "¡Antonio!, ¡teléfono!"

Cuando terminó de atender, su madre le dijo disgustada: "Georgie: ¿cómo llamás al portero cuando estás con gente? ¡Caramba!

-Madre: era la novia -dijo Borges.

Aquella noche, después de la espléndida versión de "Carmina Burana", con los ecos y los consejos en la voz de Borges, fuimos a sentarnos -no sé por qué- a la plaza Constitución, casi mudos y felices.

Al año siguiente, una nueva promoción de compañeros emprendió la misma hazaña. Esta vez lo encontraron caminando por Florida. Fueron a un bar y conversaron de cosas diversas. Una alumna, emocionada, le dijo:

-Estoy leyendo un libro de poemas suyos.

-¿Sí?, ¿cuál?

-A ver (estaba muy nerviosa), no me acuerdo.

-¡Ah!, ¿se acuerda del poema?

-¡Ay!, tampoco.

-Pero entonces escribí el libro ideal: ¡la página en blanco!

A pesar de los nervios y el sofocón de la alumna, todos recordaban que Borges no había sido agresivo sino que se divirtió con sus sarcasmos y hasta fue tierno en las respuestas.




Zapatos literarios

Durante un viaje de Ruiz Díaz a Buenos Aires, encontró a Borges caminando por Florida y conversaron un rato.

B: -¡Qué suerte que lo encuentro! ¿Qué piensa hacer ahora?

R.D.:- Voy a comprarme zapatos en "Los Angelitos".

B: -Lo acompaño. Es triste ir solo a comprar zapatos. ¡A mí me da miedo!

Ya en el negocio, Ruiz Díaz comenzó a probarse zapatos.

B: -Camine, camine; que no le duelan. ¡Es horrible sentirse ajustado!

Mientras el vendeder busca y muestra varios modelos, ellos hacen comentarios sobre "La Iliada". El vendedor, caja de zapatos en mano, escucha con extrañeza. B: -¿Se acuerda de aquella traducción en latín? R.D.: -Siempre recuerdo la traducción francesa de...

El diálogo erudito dura unos minutos y el vendedor, oficioso, comenta: "Parece que a los señores les gusta la literatura. B: No; solamente cuando compramos zapatos.



El inventor de Borges

En setiembre de 1984 hubo un congreso de literatura en San Juan. Ruiz Díaz y yo fuimos invitados. Al bajar del escenario del Teatro Sarmiento, nos acercamos y cuando Ruiz Díaz le dio la mano, Borges giró la cabeza a izquierda y derecha y dijo: "¡Aquí está el hombre que me inventó!". (Se refería, como algunos saben, al libro que Ruiz Díaz escribió sobre su obra en 1955).

La primera jornada fue larga. Teatro Sarmiento. Nueve de la mañana. Luego, almuerzo en una bodega alejada de la ciudad. Larga espera para el almuerzo. A las seis, acto en el bellísimo Auditorium. A continuación, una exposición de pintura. Por último, regreso al hotel. Borges, invitado de honor, había participado de todo y recibido el Doctor Honoris Causa de manos de Alfonsín. Había llegado a las ocho de la mañana y el almuerzo fue lindísimo pero la larga espera de debió a las decenas de preguntas sobre los más variados temas. Las respuestas, por supuesto, siempre lúcidas, muy pensadas y con aire divertido.

En el hotel comimos junto a Borges. ¡Qué noche! El maestro y Ruiz Díaz se pusieron a imaginar una antología de los diez poemas más importantes de toda la literatura. Que Homero, qué Góngora, que Darío, que Lope. Un tiroteo de versos cruzaba la mesa: en griego, en latín, en inglés, en francés. Manuela Mur, que se había acercado, dijo: "¡Qué monstruos! ¡No tener un grabador!".

Borges, que iba a comer liviano y a acostarse temprano porque "mañana madrugo de nuevo", comió liviano pero se quedó hasta la una de la mañana. Lo acompañé a su cuarto. Había elegido la parte más pequeña de la suite, que conoció durante unos minutos. Al llegar, revisó nuevamente los elementos con sus manos. Colgó el bastón en el cajón de la mesa de luz, entreabierto y dijo: "Para el lado de la pared, para no tropezarme". Puso a la mano su ropa de dormir y me preguntó: "¿Estará mal que no me bañe?" Le respondí que si yo tuviera que levantarme a las seis, me iría a dormir sin bañarme. Entonces, muy divertido, me dijo: "Gracias; usted lava mi conciencia".

Le di un beso y me despedí, sabiendo que difícilmente pudiera acompañarlo otra vez. Murió el 14 de junio de 1986 y Ruíz Díaz el 6 de junio de 1988.







Un joven poeta se acerca a Borges en la calle. Deja en manos del escritor su primer libro.Borges agradece y le pregunta cuál es el título. "Con la patria adentro", responde el joven. -"Pero qué incomodidad, amigo, qué incomodidad".


El escritor argentino Héctor Bianciotti recuerda una de las tantas salidas elegantes de Borges, cuando le incomodaban los halagos de la gente: Ocurre en París, en un estudio de televisión.
-"¿Usted se da cuenta de que es uno de los grandes escritores del siglo?", lo interrogan.
-"Es que este", _evalúa Borges, "ha sido un siglo muy mediocre".




Una mañana de octubre de 1967, Borges está al frente de su clase de literatura inglesa.
Un estudiante entra y lo interrumpe para anunciar la muerte del Che Guevara y la inmediata suspensión de las clases para rendirle un homenaje. Borges contesta que el homenaje seguramente puede esperar. Clima tenso. El estudiante insiste: "Tiene que ser ahora y usted se va". Borges no se resigna y grita: "No me voy nada. Y si usted es tan guapo, venga a sacarme del escritorio". El estudiante amenaza con cortar la luz. "He tomado la precaución", retruca Borges, "de ser ciego esperando este momento".



A principios de la década de los setenta, el escritor y psicoanalista Germán García invita a la Argentina a Daniel Sibony, matemático y psicoanalista francés. Sibony quiere conocer a Borges. Al encontrarse, el francés le pregunta en qué idioma desea hablar. "Hablemos en francés", propone Borges, y justifica: "Dicen que la lengua francesa es tan perfecta que no necesita escritores. A la inversa, dicen que el castellano es una lengua que se desespera de su propia debilidad y necesita producir cada tanto un Góngora, un Quevedo, un Cervantes".



Una revista de actualidad reúne a Borges con el director técnico César Luis Menotti. "Qué raro, ¿no? Un hombre inteligente y se empeña en hablar de fútbol todo el tiempo", comenta Borges más tarde.


En 1983, un periodista de La Nación pide a Borges su opinión sobre la Guerra de Malvinas. "Absurda", define Borges. "Estoy triste, muy triste. Mandaron a esos pobres muchachos de veinte años a morir al sur. Tener veinte años y pelear contra soldados veteranos es algo atroz, inconcebible. Solamente en el crucero General Belgrano murieron cientos. Claro que los
militares dirán que al lado de los desaparecidos esa cifra no es nada, pero no creo que les convenga ese argumento. No, no les va a convenir..."




El 10 de marzo de 1978, en la Feria del Libro, Borges se cruza con un escritor al que quiere y respeta: Manuel Mujica Lainez. Se abrazan e inician una conve! rsación que es interrumpida una y otra vez por los cazadores compulsivos de firmas. "A veces", se queja Borges, "pienso que cuando me muera mis libros más cotizados serán aquellos que no lleven mi autógrafo."


En 1975, a los 99 años, muere Leonor Acevedo de Borges, madre del escritor.
En el velorio, una mujer da el pésame a Borges y comenta: "Peeero... pobre Leonorcita, morirse tan poquito antes de cumplir los 100 años. Si hubiera esperado un poquito más...". Borges le dice: "Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal".




Borges firma ejemplares en una librería del Centro. Un joven se acerca con Ficciones y le dice: "Maestro, usted es inmortal". Borges le contesta: "Vamos, hombre. No hay por qué ser tan pesimista".


Roma, 1981. Conferencia de prensa en un hotel de la Via Veneto. Además de periodistas, están presentes Bernardo Bertolucci y Franco María Ricci. Borges, inspirado, destila ingenio. Llega la última pregunta. "¿A qué atribuye que todavía no le hayan otorgado el Premio Nobel de Literatura?". "A la sabiduría sueca".


En una entrevista, en Roma, un periodista trataba de poner en aprietos a Jorge Luis Borges. Como no lo lograba, finalmente probó con algo que le pareció más provocativo: "¿En su país todavía hay caníbales?" "Ya no - contestó aquél-, nos los comimos a todos."



En ese tipo de situaciones, la respuesta a la que apelaba Borges tenía el objetivo de desactivar aprestos polémicos por los que nunca tuvo el menor apasionamiento. Provocaba hilaridad hasta en el confrontador.


Pero el anecdotario borgeano -el más rico y variado de cuantas personalidades uno recuerde- está también hecho de observaciones, ocurrencias y comentarios de singular agudeza. En ese temperamento, el escritor no rehuía incluso el tener que vérselas con temas difíciles: en plena Guerra de las Malvinas, opinó que "la Argentina e Inglaterra parecen dos pelados peleándose por un peine" y que "las islas habría que regalárselas a Bolivia para que tenga salida al mar".


Aquí va una porción de anécdotas con el sello de Borges, que han trascendido como si fueran parte inseparable de su "otro" perfil:



Propuesta. Cuenta Héctor Yanover que durante una reunión de la SADE sobre la situación de la literatura argentina, Córdoba Iturburu, que la presidía, inquirió a los gritos: "¿Y qué vamos a hacer por nuestros jóvenes poetas?"
Desde el fondo llegó otro grito, éste de Borges: "¡Disuadirlos!"




Newton. En la pausa de un acto cultural, el novelista Oscar Hermes Villordo acompañó a Borges al baño, situado en un primer piso al que se llegaba por una empinada escalera de madera. Cuando volvían, Villordo notó que Borges descendía los escalones demasiado rápido y, temiendo lo peor, le preguntó:"¿No deberíamos ir más despacio?" "Pero no soy yo - aclaró Borges -, es Newton."


Mala junta. Borges charla con Antonio Carrizo, en un bar. Por la radio del local se anuncia un tango con letra de León Benarós, amigo de Borges. El locutor propone escucharlo y el escritor acepta. Cuando el tango termina, Carrizo le pregunta qué le pareció. Borges mueve la cabeza y dictamina, muy preocupado: "Esto le pasa a Benarós por juntarse con peronistas".



Borges conjetural . El poeta Eduardo González Lanuza, uno de los introductores del ultraísmo en la Argentina y gran amigo de Borges, descubre a éste en Florida y Corrientes, solo, con su bastón, esperando para poder cruzar. Lo toca y le dice: "Borges, soy González Lanuza". El vuelve la cabeza y, después de unos segundos, contesta: "Es probable".


Desconcertado. En Maipú y Tucumán, un grupo de adictos a Isabel Perón descubre a Borges y lo sigue unos metros, insultándolo. Al ingresar en su casa, un periodista le pregunta cómo se siente. "Medio desorientado - manifiesta-. Se me acercó una mujer vociferando: ¡Inculto! ¡Ignorante! "




Jorge Luis Borges fue, según María Kodama, un profesor de literatura "excelente" que no aplazaba nunca a sus alumnos. "Le interesaba que leyeran la obra, la entendieran y le contaran sus opiniones. No le importaba que repitieran cuándo había nacido o fallecido el autor, si había viajado o no y tantos otros datos", contó ayer Kodama a un grupo de chicos de de la Escuela N° 26 Adolfo van Gelderen, en Palermo.

"¡Qué maestro!", exclamó uno de los chicos cuando Kodama contó que a Borges le gustaba la música de los Rolling Stones, los Beatles y Pink Floyd.
(Clarín) 2006.







Trabajo que comparte el usuario NEORYU:

Conversación en la Calle Maipú

Sorprendente intercambio entre Jorge Luis Borges y Abel Posse es recreado después de dos décadas por el Embajador de Argentina en el Perú.

Hace veinte años, el escritor Abel Posse (actual Embajador de la República Argentina en el Perú) sostuvo un diálogo con Jorge Luis Borges en el mítico departamento de la calle Maipú, Buenos Aires. En este año de conmemoraciones por el centenario de su nacimiento, la entrevista de Posse pinta de cuerpo entero la genialidad, sapiencia e ironía del autor de "Ficciones". La política, el amor, la muerte y todas las preocupaciones borgianas desfilan ante el lector en un texto esclarecedor cargado de no pocas sorpresas.

Escribe ABEL POSSE


CUANDO llegué se estaba terminando de afeitar. Lo hacía con una máquina eléctrica que él llamaba la navaja (y me explicó: "Al fin de cuentas se trata de varias navajitas que giran, ¿no?).
Le hice una reflexión sobre su edad y me dijo:

B: No, nada de hablar de la edad. Es insignificante. Además, fíjese, no soy más que una víctima del sistema métrico decimal. Según él cumplo ochenta años. Se les hubiese ocurrido contar cada doce o cada catorce unidades yo ahora podría tener una edad decorosa, sesenta años digamos...
P: Usted cumple con una tradición de familia, la longevidad.
B: Sí, es cierto. He estado pensando que la longevidad es una forma de insomnio.
P: Pero sería el único insomnio en que se rehúye el sueño reparador. El insomne normal lo único que desea es dormir. En cambio nadie quiere morir...
B: No. Los longevos más bien queremos morir. Mi madre siempre me decía: "¿Viste? Otro día: todavía no me he muerto". Si a mí me dijesen que me muero esta noche sería tanta la alegría que a lo mejor no me muero.
P: Vengo de España y muchos amigos me comentaron algunos de sus juicios sobre la literatura española, a muchos le cayeron mal...
B: ¿ Por qué? No creo haber dicho nada malo. La literatura española...Trataré de decirlo cortésmente: empieza espléndidamente con los Romances que son realmente lindísimos. Luego vienen escritores realmente admirables como Fray Luis de León que para mí sigue siendo el mejor poeta castellano. Y San Juan de la Cruz. Y así llegamos al Quijote que creo que es un libro realmente inagotable, sobre todo la segunda parte. Pero después ocurre algo que ya se nota en dos hombres de genio como lo son Quevedo y Góngora: todo se torna rígido. Uno tiene la impresión de que ya no hay caras sino máscaras. La culminación de este fenómeno se da en Baltasar Gracián donde no se siente ninguna pasión ni sensibilidad. Luego tenemos el siglo XVIII, muy pobre. Y el movimiento romántico donde España sirve para inspirar a todo el mundo menos a los españoles. Solamente queda Bécquer: una réplica débil del primer Heine...
P: ¿Y Saavedra Fajardo ?
B: Es un gran escritor, justamente me lo estaban leyendo en estos días.
P: Un pariente cercano suyo, un gran estilista.
B: Gracias, haré lo posible por ser digno del parentesco...Luego de este panorama general ocurre un hecho que creo que no se debe ocultar: cuando todo se renueva sobre todo por influencia de Francia (la obra de Hugo, de Verlaine, de Poe. Poe también nos llegaba de Francia porque entonces Francia era la forma para que se puedan comunicar dos países americanos) esa renovación se hace desde este lado del Atlántico y no desde España. Si Ud. piensa en Rubén Darío, en Jaimes Freyre, en Lugones; son poetas no inferiores y ciertamente anteriores a los Machado y a Juan Ramón Jiménez.
P: ¿Y en la prosa?
B: Yo quisiera mencionar el nombre de un renovador que tal vez va a molestar a los españoles: Groussac. Alfonso Reyes me dijo: Groussac, que era francés, me enseñó cómo debe escribirse en castellano.
P: Muchos dicen ahora eso de usted. Creo que García Márquez lo ha dicho.
B: Gracias. Espero que alguien pueda enseñarme a mí a escribir bien...
P: ¿Y la generación del 98? ¿Qué diría de Azorín?
B: No me gusta. Evaristo Carriego decía que escribía estilo "pan rallado" ¿querría decir que Azorín escribía sin unidad?
P: Sin embargo es un creador de lenguaje. Tiene una gran fuerza estilística: domina el arte de crear un clima o una intimidad, con muy pocos elementos.¿Y Valle Inclán?
B: Me parece que era un guarango. Una vulgaridad
P: ¿No le encuentra ningún valor literario?
B: No. Me parece de mal gusto. Como persona debió ser muy desagradable.
P: ¿Y Unamuno?
B: Unamuno sí, aunque nunca me pude explicar bien ese deseo de inmortalidad que tenía. Más notable que su obra es su hábito de pensar continuamente, fue un pensador notable. A quien recuerdo con particular afecto es a Baroja. Se lo quiere más a él que a su obra. Es al revés de lo que pasa con Shakespeare: todos recordamos Hamlet y casi no nos interesa el hombre que lo escribió.
P: A mí me parece que Ud. fue un poco injusto con García Lorca cuando lo calificó de "andaluz profesional". En España encontré gente enojada con usted. ¿Tampoco le interesó el teatro de él?
B: Vi "Yerma" y me pareció mala. Nunca me interesó García Lorca, pero no me gustaría que alguien crea que tengo algo en contra de los andaluces. Yo hubiera querido ser andaluz. Pero recapitulando, yo creo que nosotros le dimos más a España que España a Hispanoamérica a partir de Darío.
P: Pero habría que andar con cuidado, Borges. La gran literatura hispanoamericana, sobre todo los prosistas actuales, existen porque se han refinado en la gran poesía española.
B: No, no creo. Creo que tienen más bien influencia francesa.
P: Eso tal vez en las letras argentinas, pero mire en la literatura cubana: Lezama Lima, Carpentier, Sarduy.
B: No los he leído. Pero pensando en lo que me había dicho, yo creo que nadie debe enojarse por lo que dije sobre Calderón. Mire Calderón era un payador o, si se quiere, una superstición de los alemanes.
P: En su lista no recordó a Garcilaso...
B: Muy bueno, extraordinario. Pero fíjese que venía de la poética italiana, de Petrarca; los mismos españoles lo consideraron exótico. Aunque, si uno los compara, Garcilaso nos parece más fuerte, más grande. En esa época los idiomas importantes eran el español y el italiano. El inglés era un idioma raro, como sería el danés hoy. Esas importaciones de formas, como en el caso de Garcilaso, eran frecuentes. Saavedra Fajardo, por ejemplo, viene de los latinos, de la estructura de la frase latina. Mire qué maravillosa esta frase de Saavedra cuando habla de los escoceses: "El tribunal de sus iras y de sus venganzas es la espada". (Borges recita):
"Corrientes aguas puras cristalinas" Qué maravilla, ¿no? Aunque algunas veces en Hispanoamérica la tradición española se torna un peligro. Fíjese que cuando estuve en Colombia, un señor que era poeta, para elogiarme, me dijo: "Qué bien se lo ve, señor Borges, redondo y colorado como un queso". Terrible pasión por la metáfora, ¿no? Y una influencia de la métrica de Garcilaso:
"Corrientes aguas puras cristalinas. Redondo y colorado como un queso..."
P: Volviendo al tema de sus críticas a la literatura española, nuestra literatura, me parece que muchas cosas que Ud. dijo interesaron porque muchos tienen la sospecha de que gran parte de ella es aburrida.
B: Claro. Tiene lo muy bueno y lo mucho de aburrido. Antes, en las primeras décadas del siglo, ocupaba un lugar de segunda, cuando la importante era la francesa, la inglesa, la alemana. A mí me contó Manuel Gálvez que fue una vez a verlo a Lugones y Lugones le dijo: "¿Para qué lee Ud. Iiteratura española? Es como si Ud. se dedicara a la literatura búlgara. Lea la gran literatura y olvídese de esas piezas de museo de la literatura española, búlgara, etc."
P: Creo Borges que Ud. estará de acuerdo en que a pesar del mucho aburrimiento hay dos momentos inobjetables: la grandeza del Quijote, culminación de la nobleza literaria; y la poesía mística, San Juan, Fray Luis. Sólo esos dos momentos la ponen por encima, en cuanto a genialidad, de la literatura francesa, por ejemplo...
B: Sí. Y a pesar de Sancho.
P: ¿Por qué?
B: Lugones decía que el contrapunto entre los dos personajes era innecesario, fácil. En "Martín Fierro" elogiaba que los dos gauchos, Cruz y Fierro, no viviesen en contrapunto. Pero estoy de acuerdo con lo que dijo. Y ya que estamos hablando de Iiteratura española no quisiera olvidar a dos amigos míos que fueron entre ellos enemigos personales: a Ramón Gómez de la Serna y a Cansinos Assens. Dos hombres de genio aunque completamente distintos, uno un erudito, el otro un gran artista. Gómez de la Serna fue un extraordinario literato y quedará en las letras. Buenos Aires le hizo mal. Yo creo que hubiera sido un gran poeta. Las "greguerías" le anularon muchas posibilidades: si uno se acostumbra a pensar en forma tan atomizada termina atomizado. Se disgregó en greguerías.
P: ¿Un caso parecido tal vez al de Macedonio Fernández?: un buen escritor con poca obra.
B: Macedonio no quedará. A Macedonio sólo lo pueden apreciar los que le oyeron contar sus cosas... Quisiera decir que para mí Marcelino Menéndez y Pelayo es un gran poeta injustamente olvidado. Un gran poeta, mire este verso:
"La náyade en el agua de la fuente..."
P: Tal vez su fama de erudito, su gran erudición, ocultó ante la gente su realidad de poeta...
B: Sí, eso pasa. Ahora me acuerdo una cosa que decía Macedonio Fernández y que yo quiero suscribir totalmente; decía que los españoles y los hispanoamericanos deberíamos llamarnos "La familia de Cervantes". Sería difícil unirnos todos diciendo "la familia de Quevedo", a pesar de su grandeza de literato. En cambio, si decimos "la familia de Cervantes" no creo que encontremos ningún opositor...
Dardos Borgianos

¿Cómo califica a
García Lorca?: "Un andaluz
profesional".

¿Cuál
es su impresión
de Valle Inclán?:
"Una
vulgaridad".

¿Valora a
Unamuno?:
"No me explico
su deseo
de inmortalidad".

LA POLITICA. EL PREMIO NOBEL




P: Usted en Europa, donde he vivido seis años, es quizás el escritor más respetado, más hondamente respetado, y leído a pesar de no ser un escritor comercial. A veces pensé que Ud. era el escritor que les hubiera gustado tener a los franceses o a los alemanes: un escritor vinculado a sus culturas, producto de una cultura. En este sentido no lo ven a Ud. como latinoamericano. Lo quieren como a un autor que les pertenece de pleno derecho.
B: Tal vez. Pero hay un lugar donde ciertamente no piensan así.
P: ¿Dónde?
B: En Estocolmo (y Borges ríe). Qué raro que yo que soy uno de los pocos que reparó, quiere y escribió sobre Escandinavia, me sienta rechazado por ella. Me interesó esa región desde que mi padre me regaló una versión inglesa de las "Volksunga Saga". Me gustó tanto que después le pedí una Mitología Escandinava. Ud. mismo me trajo de un viaje a Islandia la "Saga de Grete", en idioma original, cuando yo estudiaba islandés antiguo....Pero fíjese que yo sabía que me jugaba el Premio Nobel cuando fui a Chile y el presidente ¿cómo se llama?
P: Pinochet.
B: Sí, Pinochet, me entregó la condecoración. Yo quiero mucho a Chile y entendí que me condecoraba la Nación chilena, mis lectores chilenos, no los generales.
P: En Europa, yo leí eso en Italia, algunos lo calificaron de profascista.
B: Yo siempre fui antifascista; en los tiempos del nazismo, cuando había tantos fascistas y nazis en Buenos Aires, yo condené a Mussolini y a Hitler cuando muchos no hablaban. En aquellos tiempos prologué el libro "Mester de Judería" de Grimberg.
P: ¿Y con el peronismo?
B: Yo estuve en contra del peronismo justamente porque era liberticida y de raíz fascista. Fíjese que Perón me persiguió porque yo era "democrático", como se decía entonces. Jamás porque yo hubiese sido antiobrero o cosa parecida. Puso presa a mi madre y a mi hermana. No me pudo perdonar que cuando estaba en Norteamérica y me preguntaron por Perón, yo hubiese contestado: "No me interesan los millonarios". Ni que cuando me preguntaron por su mujer yo hubiese respondido: "Tampoco me interesan las prostitutas".
P: Claro, más bien difícil que lo pudieran pasar por alto.
B: Pero no entiendo cómo me pueden calificar de fascista. Yo nunca dije que los gobiernos militares fueran los mejores o cosa parecida. Dije que dado el caos producido en Argentina durante el gobierno de Isabel Perón, era lo único que podía suceder. Todos sabemos que es así. Yo opino. La gente quiere suponer que soy un indiferente o que habito en una "torre de marfil". Nunca hubo tal cosa, es totalmente falso. Durante el peronismo todos sabían que yo era opositor. Nunca ataqué al sindicalismo sino a los sindicalistas ladrones (y nadie duda que lo eran).
P: ¿Usted se considera democrático?
B: No sé.
P: Digo democrático tal como se entiende en la sociedad liberal.
B: En ese sentido sí, creo firmemente. En cuanto a la democracia estricta, como simple legitimación de las mayorías, puede llegar al desastre: vea el caso de Hitler. Un escritor francés decía: "Una minoría puede tener razón; una mayoría nunca la tiene". Creo que fue Ferrer que dijo "La democracia es el caos provisto de urnas electorales" (le pido que publique esta frase tan justa)
.


EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE



P: A usted, que respeta tanto a Schopenhauer me gustaría preguntarle sobre el amor, las mujeres, la muerte, como en el título de su libro.
B: Sobre las mujeres puedo decir que están y estuvieron siempre muy presentes en mí. Yo pienso tanto en las mujeres que trato de no pensar en ellas cuando escribo. Pero sin embargo están presentes. Diría también que siempre hay una mujer única que sin embargo no ha sido siempre la misma.
P: Es una idea más bien platoniana.
B: En cuanto a la noción de arquetipo sí. Pero esa mujer es real aunque múltiple. En mi obra poética hay muchos versos de amor, pero la gente prefirió creer que yo tendría algún reparo en estos temas. No es así, al contrario.
P: Tal vez eso ocurra porque usted no quiso llevar a su obra sus experiencias personales. Tampoco usted ha hablado de ellas en público, en ese sentido es usted muy "british".
B: Creo que sí. Usted sabe que en Inglaterra si uno le decía a una mujer que era linda, se indignaba. Era un improcedente "personal remark" y uno no tenía derecho a hacer eso. Uno sólo tiene derecho a hablar de temas impersonales, generales.
P: Pero los argentinos no somos así. Somos más bien impúdicos en ese sentido.
B: Claro. Y además las mujeres esperan que les digan que son bonitas. Es casi al revés. Pero no participo de ese estilo. Fíjese que tengo amigos a quienes nunca hice ese tipo de confidencias, ni ellos a mí: Macedonio Fernández, Bioy Casares, Manuel Peyrou.
P: ¿Y la muerte?
B: ¿La muerte?: la única esperanza que me queda. Pero morir de cuerpo y alma como mi padre, tal como lo escribí en el soneto dedicado a él:
Te hemos visto morir enteramente la gran alma y el cuerpo...
P: Usted, desde el punto de vista religioso, no tiene necesidad de agregarle ninguna metafísica al hecho de la muerte, ¿no?
B: Claro que no. Sólo espero cesar. Yo no soy importante: no merezco ni el cielo ni el infierno. Mejor pasar desapercibido. ¡Imagínese si después de todo esto hay encima un juicio!
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