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Juego sin nombre

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Hola gente, lo que viene a continuación es un cuento mio. Espero que guste y se aceptan comentarios. Sin más, Juego sin nombre:

Como tantas otras noches, Federico se despidió de su novia y empezó a caminar las ocho cuadras que lo separaban de su casa. Era de madrugada, su hora preferida para vivir, pensar, disfrutar y soñar, mientras el resto del mundo sólo duerme.
Hacía varios días que un pensamiento lo ocupaba. Se planteaba –no sin razón- qué sentido tenía vivir tantos años la misma mierda de hasta ahora. Qué país le habían dejado. Qué futuro tenía si todos los días serían tan monótonos como éste y el anterior y el anterior. Por qué tenía que resignarse, como todos, a ser tan mediocre de convencerse que “la vida es así”, sin más cuestionamientos.
Pero esa noche, un recuerdo acompañó su viaje. La imagen del momento en que su teléfono sonó para traerle la trágica noticia, hace ya varios años.

Federico vivió una infancia soñada en su Nárada natal, un pueblo tranquilo, en algún lugar de la Pampa Húmeda.
Sus padres tenían un almacén que aseguraba los ingresos suficientes para formar parte de la castigada clase media. Nunca le faltó nada, sobre todo si de afectos se trata: Mamá, Papá, la Nona Chocha, Carina –su hermana menor- y su vecino Don Pedro, formaban la nómina –casi en ese orden- de los grandes afectos de su infancia.
Don Pedro vivía al lado. Era uno de esos viejos de corazón enorme, con la palabra “NO” inexistente en su diccionario. Sobre todo si se trataba de SU FEDE.
Desde que nació la nueva “mascota” del barrio, se adoptaron mutuamente: Don Pedro, como el nieto que nunca tuvo y Fede, como el abuelo que nunca conoció. Pero más.
Lo instruyó desde pequeño en el sano hábito del mate. Le enseñó cómo hacerse querer, sin más esfuerzo que el de transitar la vida siguiendo sus principios. Lo formó a su semejanza y Fede, gustoso, se dejó formar.

Después de la escuela, cada día la merienda obligada estaba en la casa vecina. Nunca faltaron los bizcochos de chicharrón y las charlas que tanto disfrutaban.
También jugaban. A los chicos les gusta, y los viejos hablan el mismo idioma. Se pasaban largas horas practicando un juego sin nombre, que sólo ellos disfrutaban, pues ningún otro ser en el mundo conocía.
Todo comenzó en alguna de las tantas conversaciones, cuando Fede era muy niño aún.

Era una de esas tardes mágicas que el cielo tanto mezquina. Las nubes cubrían todo, sin dar ventaja al sol, y una leve brisa fresca atenuaba el sutil calor de la tarde –firme presagio de lluvia-.
Estaban sentados en el patio. Hacía poco que Fede había sido ascendido a “Cebador de Mates” y se estaba perfeccionando en el oficio.
Esa tarde, Don Pedro le contó una historia de su infancia. Le habló sobre un juego que él practicaba, y que Fede se empeñó en aprender los días que se sucedieron.
Le llevó un tiempo convencer a Don Pedro que le enseñe el juego. El improvisado maestro hizo lo posible para que Fede desista, hasta comprender que no existe milagro en el mundo que pueda con la curiosidad irritante de un niño.
Entonces le explicó todo: -“¿Ves aquel limón?”, le dijo señalando el limonero, “tenés que hacer que se caiga al suelo, solamente con mirarlo”.
“¿Y cómo hago?”, respondió Fede.

El clima y la magia de aquel día cuando el juego comenzó volvió a repetirse tiempo después.
Las tardes que transcurrieron hasta ese momento, lo encontraban a Fede con la vista clavada en el limón, mientras charlaba o guardaba grandes silencios en pos de ganar el juego, que había perdido desde el primer día.
Su perseverancia iba menguando y probablemente ese día hubiese llegado a su fin.
Se sentó de frente al limonero en el banquito que Don Pedro le había hecho con su nombre tallado, y se quedó. Estaba enojado pensando que su “abuelo” le había mentido, pero no podía aceptarlo.
El viento era cada vez más fuerte y se acercaba la hora de volver a casa. Don Pedro estaba sentado unos metros detrás de Fede, tan tieso como él, pero su desazón era aún mayor al ver que las ilusiones del niño se desvanecían con la tarde. Y todo por su culpa.
Todo en Fede se inundó de bronca y la garganta se le cerró. Su corazón empezó a latir con más fuerza, más que nunca, y el ardor en la vista lo obligo a cerrar los ojos. Sintió la lágrima correr por su rostro y apretó con más fuerza los párpados.
Pasó un instante, un momento de esos indefinidos por la razón, pero eternos para el corazón. Abrió sus ojitos, que seguían clavados en el limón inmóvil. Fue un momento de desazón interminable, que duró sólo un segundo, porque el limón se soltó.

Pasaron algunos años más de juego feliz. Fede lo aprendió a la perfección y ya casi nunca perdía: el mundo se comportaba a su antojo, con sólo una mirada y la magia de creer que la magia es real.
Todo fue y pasó, hasta que la escuela secundaria lo recibió hambrienta. A duras penas lograron enseñarle a desaprender todo: a dejar de jugar, a dejar de creer, a “crecer” para llegar a ser un adulto, como las buenas costumbres mandan.
Los dos se seguían queriendo tanto como siempre –eso nunca cambió-, pero ya nunca jugaron.
Fede creció más aún y la ciudad –donde continúa la educación, “donde hay futuro”- lo vio llegar.
La gran distancia que ahora lo separaba de su gente no impidió que sigan en contacto. El teléfono los encontraba cada semana. Fede nunca colgó sin antes hablar con Don Pedro, que siempre estaba a la hora convenida pegado al teléfono de sus vecinos.

Era ya el segundo agosto de Fede en la ciudad. Estaba sentado en la terraza de la pensión donde vivía, disfrutando un rato de soledad en compañía del mate.
Dejó todo en el suelo y cerró los ojos. Una suave brisa fresca le rozó la cara y lentamente alzó la vista al cielo. Era el mismo cielo, la misma brisa… la misma tarde en que aprendió a jugar.
Habían pasado varios años y aún así recordó todo, cada detalle. Se sumergió en ese dulce instante. Deseó poder quedarse siempre ahí, pero su teléfono sonó y le arrancó todo de un tirón.
Su abuelo del alma lo había dejado.
Recordó cada momento juntos en ese segundo de impotencia que dura la desesperación de saber que el corazón se rompe y no hay nada que hacer para evitarlo, más que llorar hasta no poder más.

Todo eso recordó esa noche, en esas ocho cuadras que transitó hasta su casa. Recordó eso, y se sintió traicionado. Por primera vez dudó que todo haya sucedido, que la magia haya existido alguna vez.
Olvidó que los hombres no lloran y las lágrimas empezaron a caer. Agachó la cabeza y aceleró el paso, sintiendo toda la bronca de aquella vieja tarde en que su primer limón cayó.
Descargó toda su ira pateando una piedra que salió disparada hacia la vidriera de una tienda cerrada. Siguió la trayectoria con la vista, como si todo transcurriera en cámara lenta. Cuando la piedra llegó, traspasó el vidrio sin romperlo, como si fuera de aire.
Siguió caminando sin darse vuelta. Decidió creer lo que vio. Necesitaba creer lo que vio.
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