PORSCHE 911, CHICHE VENDO
Un cuento de Ronald Hansen Extraído de la revista Parabrisas Febrero 1987
Mañana lluviosa de fin de semana en una quinta. A falta de pileta, whisky va, whisky viene, mientras las mujeres preparan milanesas en la cocina. El “Pato” recordaba su experiencia en Miami como “reventa” y como un maldito Porsche 911 volvió a sus manos el día de su cumpleaños…
Tirame otro whiscacho, dale…-dijo el Pato.
Afuera llovía cualquier cantidad. Lo habíamos invitado al Pato y a su susodicha a la quinta para pasar el fin de semana haciendo pileta, pero el tiempo nos jugó una mala pasada. Llovió y llovió.
Al mediodía del domingo estaban las mujeres cuchicheando en la cocina (nunca entenderé por qué, para hacer cuatro milanesas y una ensalada de frutas, las mujeres tienen que pasarse tres horas hablando en susurros) mientras mirábamos llover y tomábamos un whisky en el living.
Yo hojeaba una revista de autos.
-Porsche 911-dije- modelo viejito y sin embargo mantiene su línea.
-No me hablés del 911-dijo el Pato-
Intuí una anécdota y le di otro whisky.
-Había ido a parar con mis huesos a Miami-contó el Pato- y no tuve mejor idea que poner una playa de autos usados cerca del aeropuerto. Quise aprovechar la gran cantidad de latinoamericanos que hay por ahí y le puse “Gaucho Cars”.
-¿Vendiste?
-Algo vendí, pero aprendí lo que tarde o temprano aprende todo vendedor de autos.
-¿O sea?
-Mirá, nosotros hablamos mal del vendedor de autos. Que es un mentiroso vocacional, que vendería hasta la madre, etc, etc. Pero, ¿sabés cuál es el más macaneador de todos?
-¿Cuál?
-El particular que le vende el auto al reventa. “Si jefe le aseguro que es de primera mano… Lo manejaba yo solo… Iba a trabajar todos los días en colectivo y el auto salía los sábados y domingos… Créame, usted puede venderlo sin tocarle nada”.
Vos lo comprás, lo estacionás y en cuanto se enfrió, ya no te arranca más. Claro, el motor no quiere saber mas nada, el embrague está metal con metal, la carrocería hace más ruido que la Escola Do Zamba y del tren delantero ni hablemos…
El Pato hizo crujir entre sus dientes una papa frita salada y continuó.
-Vos tenés que tratar de vender ese auto y encima sacarle alguna ganancia.
-¿Te pasó con un Porsche 911?
-Peor. Cometí el error más grave del reventa… o sea querer quedarme con el auto. Pasó lo siguiente:
Un día me cae un quía a la agencia. Tenía un Porsche 911 azul marino. De afuera, una pinturita.
El tipo resultó ser uruguayo. Hacía años que estaba en los United Estates y había puesto un restaurante en Fort Lauderdale. Le fue bien y se compró ese Porsche que ahora quería vender para comprarse otra cosa. Yo no se… todos los uruguayos que uno conoce son tipos macanudos, no te podés hacer idea de un uruguayo chanta. Pero éste era chanta… ¡Y qué chanta! No se, debe ser el único… Salimos a dar una vuelta. El auto andaba muy bien. Si yo lo hubiera vendido ipsopucho, le traspasaba el problema a otro.
Pero no, decidí quedármelo. Mirá-le dije al uruguayo-“me prometés por tu mamá que este auto anda bien”
El chantísimo besaba los dedos en cruz y juraba cualquier cosa.
-¿Y?
-Bueno, aunque nunca pasé de las 5000 rpm, a las dos mil millas el auto me saca una biela por el costado. Gran desesperación. Encontrar un mecánico… Florida no es como California, allá está lleno de autos importados, pero en Florida, no tantos. Encontré un mecánico Porsche que te faja como si fuera un mecánico Girard-Perregaux. Armamos el auto. Contraje la deuda externa para pagarlo y anduvo un montón durante dos mil millas. Luego, casi me saca otra biela. El mecánico no entendía nada. “¿Quién lo maneja?”-me preguntó un día- “¿Mario Andretti?”. Malhumorado, le dije la verdad, que iba a 5000 rpm, que de ahí no pasaba. Luego sabríamos la verdad. El carter tenía una rajadura y cuando el motor se calentaba, la rajadura se dilataba y el soporte de la bancada se “cruzaba”, el cojinete trabajaba en falso y literalmente explotaba.
Me lo armó de vuelta pero el auto me estaba costando más que si lo hubiese comprado nuevo. Esta vez iba a venderlo. Pero me arrepentí. Seguro, pensé que esta vez si puedo andar tranquilo (todavía no sabía nada de la rajadura).
-¿Se volvió a romper?
-Cuatro mil millas y otra biela afuera. “A tomar aire”, como dicen en un rapto de originalidad los muchachos de la radio. Por poco más lo quemo. Hubiese ganado plata. La macana era que de carro, de pintura, de tapizado, estaba diez puntos. La malaria era de la parte mecánica. Fui a otro mecánico, pero bien chanta. Un armenio. Había vivido en Colombia y hablaba castellano. “Mirá turco-le dije- armámelo de cualquier modo porque este clavo me lo quiero sacar de encima. Me está saliendo más caro que una Bugatti Royale”.
-Así fue, me costó un poco, pero lo vendí.
-Yo sabía que a los dos o tres meses iba a venir el comprador furioso, pero, ¿Qué le vas a hacer?
Hubo un silencio.
-Bueno-le dije- finalmente te sacaste el Porsche de encima…
-Eso es lo que vos creés…
-¿Cómo?
-Dame otro whisky-dijo, y luego continuó- Una noche salimos con un cordobés y un boliviano a jo… robar un poco en la calle ocho, la de los cubanos que viven en Miami, ¿viste?
-La conozco, ahí no se habla inglés ni por broma.
-Correcto. Fuimos a la ocho, pasamos de largo en dos o tres boliches muy rascas y al final encontramos uno un poco más decente. Te la hago corta. El mujeraje era bastante bueno, chicas independientes, pero no eran locas, venían a divertirse un rato, como nosotros. Al final quedé prendido con una cubana que le había disparado a Fidelito. “Vos sos una gusana”, aludiendo la forma en que Fidel Castro trataba a sus opositores y ella se mataba de risa.
-El asunto con la cubana anduvo muy bien. Pronto descubrí que Silvia, así se llamaba, no era ninguna tirada.
El padre le había transferido un barco lleno de dólares antes de largarse de Cuba y la familia vivía en un caserón cerca de donde están los delfines, ¿viste? Llegaba la fecha de mi cumpleaños y el asunto con Silvia iba fenómeno. Hasta el viejo cubano logró deshacerse de su ancestral desconfianza para con todos los argentinos.
-Un día la flaca me dice:”Quiero hacerte un regalo de cumpleaños”.
-“Un beso”, le dije galantemente.
-“No seas zopenco, chico, un regalo bueno…”.
-“Un libro sobre automovilismo”.
-“No, algo más importante”.
-“Mirá, hay un cronógrafo Heuer que… bueno dejame pensarlo”.
-A los dos o tres días, la encuentro a Silvia cuchicheando con Martín, el cordobés. Se sonrojó y se rió cuando me vio.
Llega el día de mi cumpleaños. Oigo un ruido a escape, me parecía conocido.
En eso entra Silvia, me da un enorme beso y me dice “Happy Birthday, tu regalo está ahí afuera…”.
El Pato terminó con el whisky que quedaba en el vaso y las mujeres ya nos llamaban a pasar al comedor.
-“Traé vino, Pato”, sentí decir a su mujer, la negra.
Pero el Pato no se levantó en primera instancia.
-¿Sabés qué era mi regalo? Un Porsche 911… el mismo de todos los despelotes. Yo me quería morir.
-“Te lo agradezco, mi alma, mi amor, pero ¿justo este auto?
Silvia, lloriqueando, me decía: “Y… Yo le pregunté a Martín cuál era el auto que más te gustaba y él me dijo que era el Porsche 911”...
-Claro-dijo el Pato después de un corto silencio- en La Florida no había tantos 911
Ilustración: Pedro Chiappe.
Ronald Hansen era periodista de la revista Parabrisas en esos años y de vez en cuando se destapaba con uno de estos cuentos.