ESTABA CONTENTO, EL “RUDI”
Un cuento de Ronald Hansen. Extraído revista Parabrisas- Abril 1986
¿Ciencia ficción ó realidad? Sobre una antigua y mohosa pista de Scalectric, dos autitos con motor eléctrico conducidos por pilotos de plastilina, tomaron vida propia. Eran el Mercedes de Rudi Caracciola y el Auto Unión de Rosemeyer que ya no respondían al mando del pulsador.
Sonó el teléfono.
Era Eduardo.
-¡Chantún de cuarta! ¿Qué hacés? ¿Cuánto hace que no nos vemos?
-Mil años.
-Decime, ¿y fulanito?
En diez minutos “destripamos” medio Buenos Aires. Después Eduardo me contó.
-Estoy sólo en la quinta. Mecha y los chicos están en Pinamar y yo estoy yendo todos los fines de semana. Pero ayer la llamé y le dije, “Flaca”, yo esos cuatrocientos kilómetros de ida y cuatrocientos de vuelta no me los banco más. Esta semana te hago la pera. Quinta, pileta… y descanso. ¿Tenés algo que hacer? ¿Querés venir?
Dije que si. El sábado antes del mediodía ya estaba allí, tomando vermouth con la consabida bandeja. Después comimos. Siesta, un poco de tenis, pileta y otra rueda de vermouth. Fuimos a comer a un bodegón en el pueblo.
A la mañana siguiente llovía a cántaros. El hambre me hizo levantar e ir a la cocina. Eduardo estaba haciendo tostadas.
-¡Qué día de m…!
Pusimos el televisor. Había una carrera de Codasur.
Al rato, Eduardo dijo, malhumorado, que cambiara de canal.
-Cuando ese Maldonado agarra la punta, se terminó la carrera. Poné “Polémica en el fútbol”.
Pero los autitos en la pantalla me habían reavivado un recuerdo.
-¿Te acordás cuando jugábamos al Scalectric?
Se iluminó la cara de Eduardo.
-¿Te acordás? Sabés, el tablero lo tengo todavía.
-¿y los autitos?
-Los fui regalando a los pibes… alguno debe andar por ahí todavía.
Apagamos el televisor y fuimos al galpón-bohardilla. Efectivamente, el tablero de Scalectric estaba doblado en dos, arrimado contra la pared. Eduardo siempre “tuvo guita” y cuando hacía las cosas, las hacía en grande. La pista era grandota. ¿Autitos? En una época tenía como mil.
Empezó comprándolos pero, como era muy hábil manualmente, terminó haciéndoselos él, de madera balsa. Revisando en un armario, apareció una cupé TC blanca y negra tipo Oscar Gálvez. Le faltaba una rueda.
-Andá a saber dónde está esa rueda.-dijo Eduardo.
Después una Ferrari 250 MM Testarossa bárbara…pero sin mecánica. Había una “Liebre” de Copello, entera. Y después vino el gran descubrimiento.
Cuando jóvenes, Eduardo era el hincha de Mercedes Benz y yo de Auto Unión, recordando esas homéricas carreras de los años de antes de la guerra. Tanto que, pacientemente, Eduardo se fabricó una Mercedes W 125 y un Auto Unión seis litros tipo C. Los motorizó y con esos dos coches nos dábamos como en la guerra.
Qué te digo que aparecieron los dos autos.
-Nunca los quise regalar-dijo Eduardo-, deben andar todavía… ¿Me ayudás?
Resoplando, bufando, erigimos el tablero.
-Pucha –dijo Eduardo- le falta el transformador.
Pero pronto encontramos uno parecido en un enorme armario. Lo conectamos. Probamos la Mercedes. Las rueditas empezaron a girar locamente en el aire.
-¡Funciona! ¡A ver el Auto Unión…!
Se había desoldado un cablecito pero pronto se arregló. Pusimos los autitos en la pista. Nos miramos.
Acá tengo que hacer dos digresiones.
Una, que a diferencia de la mayor parte de los modelistas, a Eduardo le gustaba “ponerle pilotos” a los autitos abiertos. Yo protestaba. Él decía que en la vida real, los autos nunca corren sin piloto. En fin, los autitos eran de él.
La otra digresión es que si bien Eduardo era el gran artífice de los modelitos, yo tenía gran habilidad para pintar los detallecitos. Los números, las calcomanías de publicidad, los tableritos…y las caras de los benditos “corredores” de Eduardo.
A regañadientes, había accedido a pintar las caritas de los pilotos de la Mercedes y el Auto Unión.
A la Mercedes le había pintado la cara redonda y el casco blanco de Rudi Caracciola, indudablemente el mejor mercedista. Al Auto Unión le pinté el rostro de Bernd Rosemeyer, ex motociclista y el único, excepto Tazio Nuvolari, que realmente hizo andar esos diabólicos monstruos de 550 HP y motor atrás. Miré otra vez las caritas que había pintado, tan serias, y recordé otros tiempos. Otra forma de vivir. Otras minas que uno tuvo.
Hicimos una carrerita. Estábamos fuera de práctica los dos, y los pulsadores-encontramos varios en un cajón- hacía años que no trabajaban. Pero al poco tiempo le encontramos la mano.
Hicimos dos ó tres carreritas para “entonarnos” y luego, Eduardo dijo:-Hacemos una en serio. Doscientas vueltas.
-Dale.
Largamos. A las siete vueltas yo me fui de pista. Perdí dos vueltas mientras acomodaba el auto. A los pocos giros le pasó lo mismo a Eduardo. A las treinta vueltas íbamos casi parejos, el Mercedes un poco más adelante.
Fue entonces que en la que vendría a ser la curva dos, tuve una sensación extraña. Yo solté un poquito pero el Auto Unión siguió y entró en la curva más rápidamente de lo que yo hubiera querido.
Zás, pensé, nos fuimos…pero el auto siguió en carrera. Yo me dije, o calculé mal la reacción o se trabó un poco el pulsador. De todos modos no tenía en ese momento tiempo para examinarlo.
Pero en la curva siguiente se repitió la misma sensación. El auto entraba más fuerte de lo que yo quería.
Después, más o menos a mitad de carrera, estornudé. Eso puede ser desastroso si uno pierde momentáneamente el control sobre el pulsador. Era en una curva y contracurva Brava, la cuatro. Teóricamente el auto tendría que haberse despistado porque con el estornudo no pude controlar el movimiento del pulgar. Pero todo anduvo perfectamente.
Demasiado perfectamente. Con una sospecha que crecía, decidí arriesgarme un poco. Aflojé deliberadamente. El Auto Unión siguió impertérrito, frenó, tomó la curva y aceleró. Presa un poco del pánico, recordé cuánto vermouth habíamos tomado antes de comer y cuantos vinos con la comida. Pero no eran tantos y yo me sentía perfectamente bien. Decidí arriesgarme. Levanté el pulgar del pulsador. Después de todo no estábamos corriendo el Gran Premio de Europa.
Ya no tenía dudas. ¡El Auto Unión corría sólo! ¡El hombrecito de plastilina, que Eduardo había confeccionado y a quien yo había pintado la cara de Rosemeyer, estaba manejando!
Lo miré a Eduardo. Él también se había percatado de algo de algo extraño. Automáticamente hacía los gestos de pulsar, pero miraba más su mano que el autito. De pronto me miró y yo en ese momento alcé el pulsante, mostrándole que yo no estaba manejando. Entonces Eduardo aflojó el pulgar también. La Mercedes siguió su ritmo.
Ya no había ninguna duda. De común acuerdo depositamos los pulsadores en el borde de la mesa.
Boquiabiertos, los ojos fijos, vimos como los dos autitos corrían entre sí. Era 1937 de nuevo. La antigua rivalidad había superado los límites de lo real, y en este circuito de miniatura, Rudolf Caracciola volvía a darle batalla a su archirival Bernd Rosemeyer.
Y además los muñequitos corrían como lo habían hecho sus verdaderas encarnaciones.
Caracciola mantenía una alta velocidad fluidamente, sin altibajos. Rosemeyer, en cambio, siempre trataba de sacar un poquito más, de arriesgarse, tal como había sido su carácter en vida.
Tanto así que en la curva dos andando por la vuelta 160, se tiró mas de lo acostumbrado y tuve la sensación de un inminente fueripista. Pero, con enorme maestría, logró dominar el monstruo y enderezarlo. A todo esto le había sacado casi 50 centímetros a la Mercedes de Caracciola.
En medio de la confusión y, para que no admitirlo, miedo, empecé a degustar de antemano una victoria, aunque en realidad, si ganaba el Auto Unión, poca era la parte que me tocaba a mi. De todos modos comprendí que tanto Eduardo como yo estábamos como hipnotizados. No podíamos movernos, no podíamos articular palabra hasta que no se terminara esta carrera un poco macabra.
Pero,¿los muñecos pararían a las doscientas vueltas? Eduardo y yo habíamos hablado de doscientas vueltas, pero ¿los muñecos lo sabían? ¿O seguirían corriendo indefinidamente? Total, no se iban a quedar sin nafta… ¿Seguirían hasta que se queme uno de los motorcitos eléctricos?
Nada de eso ocurrió. A las 198 vueltas, en cambio, se produjo un golpe de escena.
Rosemeyer, confiado ya en su triunfo, entró con la velocidad habitual sin percatarse que justo en la curva había una ceniza del cigarrillo de Eduardo. Yo vi la ceniza y grité, pero fue inútil. El Auto Unión se bandeó, sacó dos ruedas fuera del carril, y anduvo a las viboreadas mientras Rosemeyer luchaba por retomar el dominio, y la Mercedes descontaba la diferencia, pasaba al frente, y una vuelta mas tarde, ganaba la carrera.
Los dos autitos dieron una vuelta de honor, y se detuvieron ambos exactamente del otro lado de la línea de llegada. Ahí quedaron los dos, inmóviles.
Se produjo un silencio sepulcral. Después de dos o tres minutos, movidos por un raro impulso, miré a los dos “corredores”.
En la cara de Caracciola se dibujaba la felicidad. Sonreía a más no poder. Pero Rosemeyer estaba echado sobre el volante, como si estuviera llorando la derrota tan imprevista.
La cara de felicidad de Caracciola ¿habrá sido una ilusión óptica? El abatimiento de Rosemeyer, ¿sería porque el muñequito de plastilina se derritió con el calor?
No se. La cuestión es que nos quedamos impresionados.
-Que… ¿Qué te parece si nos vamos? –dijo Eduardo.
Yo asentí. Eché las dos o tres cosas en el bolso y puse en marcha el auto. Apareció Eduardo. Se había puesto los pantalones encima de los shorts. Me golpeó con los dedos en la ventanilla. Hizo un gesto como diciendo “abrime”.
-¿Que te pasa?- Pregunté extrañado- Tu auto ¿lo vas a dejar aquí?
Del susto se olvidó que había llevado su auto. Salimos juntos. Eduardo cerró el portón y antes de subir a su coche, vino hasta el mío.
-Che, -me dijo- de esto no contamos nada, ¿eh? Se van a creer que estamos locos.
-O en curda- asentí yo.
Al otro día lo llamé.
-Che, ¿volviste a la quinta?
-No, -dijo-. No volví. Y cambió de tema, apresuradamente.
Todavía deben estar ahí, la Mercedes Benz y el Auto Unión. Uno al lado del otro. Los pequeños pilotos, inmóviles.
Ilustraciones de Pedro Chiappe
Ronald Hansen era periodista de la revista Parabrisas en esos años y de vez en cuando se destapaba con uno de estos cuentos.
Se que a pocos/nadie le va a interesar, pero tengo un par más. Gracias por pasar