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Homenaje a Fuentealba - texto propio

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El Fiat encaraba hacia allá, donde se concentraba la mayoría. Habían pasado varios días de protesta y cortes de ruta, una metodología bien autóctona en el Neuquén desde aquel Cutral-Co de años atrás.

A pesar del reclamo docente -uno más en esta provincia tan rica por lo que sale de sus entrañas- había ánimos, de lucha más que nada, pero también de ser solidario, de no meter la cabeza bajo el suelo, como hacen las avestruces. Sobisch ya había arrancado su campaña un tiempo atrás. Decía que iba a cambiar al país con vaya a saber que planes "revolucionarios", aunque en el fondo no
quería saber nada con "esa" palabrita tan teñida de rojo, tan metida en el corazón de las Teresa Rodriguez, de los Darío Santillán, de los Kosteki... Decía que iba a cambiar al país, pero estaba dejando de lado el reclamo del sector que puede propender un cambio real: la educación, ni más ni menos.

Y el Fiat encaraba nomás para allá, donde estaba el grueso de los maestros neuquinos protestando. De atrás se veían tres cabecitas que iban hacia el sol, aunque sobresalía la del chofer: un tipo grandote, buenazo como el pan según quienes lo conocían. Docente de chicos y no tan chicos en una barriada pobre de una provincia tan rica como es el Neuquén. Y él, que se metía poco y nada en cuestiones gremiales, se mandaba con su 147 para donde estaba la mayoría. Se había cansado de la hipocresía de un gobierno que pretendía más poder a costa del laburo de otros y puso, como todo el resto, el grito en el cielo. No se quejaba por su sueldo magro solamente; se quejaba también de un sistema que propone falta de oportunidades como única oportunidad, cosa paradojica por cierto, aún para un docente de física y química acostumbrado a la "paradoja".

Y faltaba poco para llegar al grueso de la columna cuando arrancó la represión: brutal, asesina, criminal. El tipo que pretendía cambiar al país -Sobisch- solucionaba el reclamo a los tiros. El Fiat quedó varado, quieto, como esperando; y adentro tres tipos que querían cambiar el país de otro modo, educación por medio, decidían que hacer. No tuvieron mucho tiempo: un guardián de ese orden tan ordenado que reprime lo que se encuentra fuera de las necesidades del poder, se acercó
por la ventanilla del acompañante del Fiat que esperaba y disparó. El grandote barbudo, Carlos Fuentealba, no pudo cambiar al mundo. Murió ahi nomás, adentro del Fiat que encaraba hacia el sol, allá donde estaban la mayoría de los docentes en protesta; pero antes vió la cara de su asesino, un tal José Poblete y aseguro que lo que vió no era la cara del policía, sino un rostro con bigotes canos y parecidisima a la de aquel que quería ser presidente para "cambiar el país"...

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