Un mandato del corazón
Hace ya unos años, quedamos de acuerdo con Don Alberto de hablar extensamente de aquél tiempo, como seguramente lo había hecho en otras oportunidades. Lo ví con su ánimo entero, incapaz de rehuirle a los recuerdos, por más que estos fueran en cierta manera, aún dolorosos y eternamente suyos. Yo buscaba historias, como siempre, y la de su familia pionera movilizaba mi inquietud, y en especial un episodio muy determinado. Cada vez que pasé por aquella esquina, un "clic" me alertaba un llanto de niña, una tristeza profunda, una muerte que no fue fácil entender, una separación desgarradora que la distancia cronológica no ha podido vencer.
Juan fue el primero en llegar a la campiña, y después fueron seis generaciones que lo sucedieron hasta estos días, en su hijo llamado con el mismo nombre, luego Cristóbal, Alberto y Helmut. Hoy están Sergio, Ariel y los hijos de estos. Los Spiés, de quienes todavía se pueden descubrir aristas inéditas de la etapa colonizadora.
Los papeles oficiales no suelen hablar de sentimientos y esto quería obtener de Don Alberto. Por estos días, cuando me acerqué a su casa en el campo, su nieto Sergio me dijo que él ya era pertenencia de Dios. Entonces miré hacia los ombúes de las cuatro esquinas y supuse que el espíritu del anciano andaría por ese rincón querido, resguardado por la familia desde siempre y preservado por toda la descendencia. Allí la naturaleza juega su papel ancestral, pero no más que eso, allí no se ha edificado, ni siquiera se siembra, las matas o algunas plantas nacen, mueren y vuelven en otros brotes sin ayuda de la mano del hombre. Los animales andan en libertad dejando sus huellas lentas, donde antes estuvo la vieja casa del pionero. Y en un punto del terreno que nadie sabe con certeza cuál es, una vez fue enterrada en el fresco lecho de un sótano, la niña que un barco trajo a esta tierra. Tenía siete años y en su mente atesoraba los paisajes de su pueblo que no se borraron jamás, a pesar de haber cruzado los mares en largo viaje, casi una agonía, siendo parte de los labradores que venían con su esperanza a poblar el sur de América. La vieja Europa se desgranaba y la gente de trabajo era tentada en una aparente epopeya a colonizar campos desérticos, sumamente agrestes, que tenía sus dueños originales, despojados, echados o muertos a la hora de afincar a los extranjeros. Cosa de políticos de "mala entraña" denunciarían distintas literaturas olvidadas enseguida por viles intereses. Pero los "gringos" no sabían de estas cosas y con enormes sacrificios desmontaron y pasaron peripecias, para sacar adelante sus vidas que ya no podrían tener regreso. Todo se había gastado en el viaje a la tierra prometida, salidos los Spiés de Dihelsheim, provincia de Reihnlaessen en Alemania. El "Mármora", navío a vela, entró en el puerto de Buenos Aires con su carga de ilusiones, y después el vapor Asunción desandó el río Paraná hasta dar con Santa Fe de la Vera Cruz.
El camino hacia la colonia Esperanza no fue menos azarozo para quienes venían con la avidez de un techo y otras promesas. Algunos tuvieron que hacer sus ranchos de apuro y apenas con la altura suficiente para no andar agachados, el entramado de paja por sobre la cabeza, el caso era no estar a cielo descubierto, después Dios mediante, vendría algo mejor.
Las noches cerradas descubrían la majestuosa expresión del universo, las estrellas que a la pequeña Bárbara le habrán parecido extrañas, diferentes a las que recordaba. El abrigo de sus padres y hermanos no alcanzaron para su pedido reiterado y compungido de volver a casa. Su corazón no resistió la pena del desarraigo, no comprendió el por qué de semejante distancia aunque sus necesidades íntimas estaban aquí. Quería su paisaje de Alemania.
Una de las cuatro esquinas guarda su cuerpecito que se dejó morir por este dolor. Un poquito de su alma voló a su querencia natural, y otro quedó en su gente que sigue ahí, al lado de ese rincón que no se toca, el que todos deben custodiar intacto por un mandato del corazón.
FUENTE http://www.edicionuno.com.ar/noticias.php?idnota=5079
por José López
Hace ya unos años, quedamos de acuerdo con Don Alberto de hablar extensamente de aquél tiempo, como seguramente lo había hecho en otras oportunidades. Lo ví con su ánimo entero, incapaz de rehuirle a los recuerdos, por más que estos fueran en cierta manera, aún dolorosos y eternamente suyos. Yo buscaba historias, como siempre, y la de su familia pionera movilizaba mi inquietud, y en especial un episodio muy determinado. Cada vez que pasé por aquella esquina, un "clic" me alertaba un llanto de niña, una tristeza profunda, una muerte que no fue fácil entender, una separación desgarradora que la distancia cronológica no ha podido vencer.
Juan fue el primero en llegar a la campiña, y después fueron seis generaciones que lo sucedieron hasta estos días, en su hijo llamado con el mismo nombre, luego Cristóbal, Alberto y Helmut. Hoy están Sergio, Ariel y los hijos de estos. Los Spiés, de quienes todavía se pueden descubrir aristas inéditas de la etapa colonizadora.
Los papeles oficiales no suelen hablar de sentimientos y esto quería obtener de Don Alberto. Por estos días, cuando me acerqué a su casa en el campo, su nieto Sergio me dijo que él ya era pertenencia de Dios. Entonces miré hacia los ombúes de las cuatro esquinas y supuse que el espíritu del anciano andaría por ese rincón querido, resguardado por la familia desde siempre y preservado por toda la descendencia. Allí la naturaleza juega su papel ancestral, pero no más que eso, allí no se ha edificado, ni siquiera se siembra, las matas o algunas plantas nacen, mueren y vuelven en otros brotes sin ayuda de la mano del hombre. Los animales andan en libertad dejando sus huellas lentas, donde antes estuvo la vieja casa del pionero. Y en un punto del terreno que nadie sabe con certeza cuál es, una vez fue enterrada en el fresco lecho de un sótano, la niña que un barco trajo a esta tierra. Tenía siete años y en su mente atesoraba los paisajes de su pueblo que no se borraron jamás, a pesar de haber cruzado los mares en largo viaje, casi una agonía, siendo parte de los labradores que venían con su esperanza a poblar el sur de América. La vieja Europa se desgranaba y la gente de trabajo era tentada en una aparente epopeya a colonizar campos desérticos, sumamente agrestes, que tenía sus dueños originales, despojados, echados o muertos a la hora de afincar a los extranjeros. Cosa de políticos de "mala entraña" denunciarían distintas literaturas olvidadas enseguida por viles intereses. Pero los "gringos" no sabían de estas cosas y con enormes sacrificios desmontaron y pasaron peripecias, para sacar adelante sus vidas que ya no podrían tener regreso. Todo se había gastado en el viaje a la tierra prometida, salidos los Spiés de Dihelsheim, provincia de Reihnlaessen en Alemania. El "Mármora", navío a vela, entró en el puerto de Buenos Aires con su carga de ilusiones, y después el vapor Asunción desandó el río Paraná hasta dar con Santa Fe de la Vera Cruz.
El camino hacia la colonia Esperanza no fue menos azarozo para quienes venían con la avidez de un techo y otras promesas. Algunos tuvieron que hacer sus ranchos de apuro y apenas con la altura suficiente para no andar agachados, el entramado de paja por sobre la cabeza, el caso era no estar a cielo descubierto, después Dios mediante, vendría algo mejor.
Las noches cerradas descubrían la majestuosa expresión del universo, las estrellas que a la pequeña Bárbara le habrán parecido extrañas, diferentes a las que recordaba. El abrigo de sus padres y hermanos no alcanzaron para su pedido reiterado y compungido de volver a casa. Su corazón no resistió la pena del desarraigo, no comprendió el por qué de semejante distancia aunque sus necesidades íntimas estaban aquí. Quería su paisaje de Alemania.
Una de las cuatro esquinas guarda su cuerpecito que se dejó morir por este dolor. Un poquito de su alma voló a su querencia natural, y otro quedó en su gente que sigue ahí, al lado de ese rincón que no se toca, el que todos deben custodiar intacto por un mandato del corazón.
FUENTE http://www.edicionuno.com.ar/noticias.php?idnota=5079
por José López