Gobernar es reconocer el derecho a decir no Dos actos por el 25, dos sectores tironeando de la escarapela, a ver si somos todos, o algunos, o cuáles. ¿Cómo llegamos a esto? Jorge Lanata. ¿Cómo llegamos a esto? Dos actos por el 25 de mayo, dos sectores tironeando de la escarapela, títulos de propiedad de la Patria, a ver si somos todos, o algunos, o cuáles. ¿Cómo fue que llegamos a esto? Hace mucho que ya nadie discute los alcances de las retenciones; hace mucho que el Gobierno transformó a ésta en una discusión de principios, de autoridad. Y nadie se baja de una discusión de principios. “Los quiero ver humillados”, dicen que dijo en Puerto Madero el presidente K con respecto al campo, en la primera tregua. Estamos discutiendo la capacidad del Gobierno de absorber un “No”; su versatilidad para negociar, estamos, en verdad, discutiendo lo democrático de esta democracia. Vamos por partes. Al Gobierno del presidente y la Presidenta K no le molestan los cortes de calles o de rutas, e incluso los han estimulado según los casos. Gualeguaychú, otra vez, es un buen ejemplo. Les molestan los cortes que no pueden controlar: léase también comprar, a instancias de la política de adquisiciones llevada a cabo con el movimiento piquetero. Enarbolar un aumento porcentual de las retenciones como el símbolo de la política tributaria socialista es, simplemente, una estupidez que no resiste análisis alguno y que sólo puede ser fogoneada por intelectuales a sueldo, como lo ha sido. No hay impuesto más regresivo que el IVA, que el Gobierno se resiste a bajar, aún no se paga un solo peso por la transferencia de acciones y la concentración de capital durante el kirchnerismo ha sido cada vez mayor, sin meternos en el acápite “argentinizaciones”, esto es, compra de empresas a traves de testaferros amigos, pero argentinos. Mucho más recaudaría el Gobierno aumentando los impuestos a bienes suntuarios, casas en el exterior, ganancias, etc., etc., y contaría con el apoyo de cualquiera que pretenda una sociedad más justa. Aunque las bautice con el eufemismo de “tensiones del crecimiento”, quedó bastante claro que al Gobierno no le atemorizan las luchas gremiales, o al menos algunas. Ha llegado al punto de subsidiar, en muchos casos, el pago de salarios para evitarse ese tipo de conflictos. La Federación Agraria es una entidad gremial que reúne a cientos de miles de pequeños productores. Pero, se ve, es más difícil de comprar que el de camioneros. No es un sindicato dócil. Sus dirigentes piensan. Pero y entonces: ¿cómo llegamos a esto? Hay un sector de la población que se opuso a una medida del Gobierno. El tema no es nuevo en una democracia, pero se ve que es conflictivo en la Argentina. El sistema prevé, en estos casos, varias soluciones: –El derecho de huelga o de protesta. –La discusión en el Congreso. –Los mecanismos de referéndum o democracia directa. –Los tribunales. El primero, ya hemos visto, está todo vendido. El segundo se ha transformado en una aburrida escribanía oficial: decretos de necesidad y urgencia, pocas sesiones, discusiones actuadas en el recinto y arregladas en comisión. Al tercero, claro, todos le tienen miedo y casi siempre se lo oculta bajo la sábana de lo no vinculante. La intolerancia del Gobierno es tal que se ha llegado a afirmar que estamos frente a un conato de golpe de Estado. El diagnóstico sería gracioso si no hubiera sido repetido hasta el cansancio por algunos intelectuales subsidiados o por políticos de asombrosa versatilidad. Hay algún estadío intermedio entre la obediencia ciega y la traición, y alguien debería decírselo a los presidentes. En el caso de la Corte quedó claro a través de algunas señales que observa el hecho puntual del aumento de las retenciones como confiscatorio y prefiere no meterse en este enredo, al que gambeteó con inteligencia: “No hay que judicializar la política”, aconsejó. Aunque a veces hable desde el congreso del PJ en Almagro, el Gobierno gobierna para toda la población: esa dinámica implica, también, personas que digan que no. Algo hay que hacer con ellas. Tienen derecho a decir que no. Fuente: Crítica Digital
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