¿Su tele o su computadora desechados terminarán en una cuneta en Ghana?
Junio es la temporada de lluvias en Ghana, pero aquí, en Accra, la capital, la lluvia matutina ha cesado. Conforme el sol calienta el aire húmedo, las columnas de humo negro empiezan a elevarse sobre el extenso mercado de Agbogbloshie. Sigo una de ellas para hallar su origen, que se encuentra un poco más adelante de los vendedores de plátanos y lechugas, después de los puestos de llantas usadas y a través de un estruendoso mercado de chatarra donde unos hombres encorvados trabajan golpeando alternadores y bloques de cilindros para enderezarlos. En poco tiempo, el enlodado camino está flanqueado por montones de televisores viejos, armazones de computadora vacíos y monitores destrozados en una pila de tres metros de alto. Más allá, se extiende un campo cubierto por ceniza y salpicado por destellos ambarinos y verdes: son los pedazos de tableros de circuitos quebrados. Ahora veo que el humo no proviene de una fogata, sino de múltiples hogueras pequeñas. Muchas figuras se mueven entre los gases tóxicos, algunas remueven las llamas con palos, otras llevan los brazos llenos de cables de computadora de colores; la mayoría son niños.
Asfixiado, tomo mi camisa para cubrirme la nariz y me acerco a un muchacho de unos 15 años cuyo delgado cuerpo está envuelto por el humo. Se llama Karim y me cuenta que ha cuidado fogatas como esas durante dos años. Atiza el fuego de una de ellas y luego desaparece la parte superior de su cuerpo cuando se inclina sobre el hollín humeante. Levanta una maraña de alambre de cobre lejos de la vieja llanta que está usando como combustible y, al ponerla en un charco de agua para apagar las llamas, se oye cómo sisea. Una vez quemado el aislante ignífugo –proceso que libera una gran cantidad de sustancias cancerígenas y otros tóxicos– el alambre puede redituar un dólar al venderlo a un comprador de chatarra metálica.
Hago una nueva visita al mercado. En un montón de cenizas similar, sobre una ensenada que da al océano Atlántico cuando llueve mucho, Israel Mensah, un joven de unos 20 años, se acomoda sus lentes de diseñador y me explica cómo se gana la vida. Todos los días los vendedores de chatarra llevan montones de equipo electrónico viejo, cuyo origen él desconoce. Israel y sus socios compran unas cuantas computadoras o televisores; sus amigos y familiares, y hasta dos muchachos descalzos, nos escuchan embelesados mientras platicamos. Extraen el cobre que va pegado a los tubos de rayos catódicos y, al romperlos, dejan el terreno lleno de fragmentos que tienen plomo contaminante, una neurotoxina y cadmio, un elemento cancerígeno que daña los pulmones y los riñones. Sacan las piezas que pueden volver a venderse, como unidades de disco y chips de memoria. Luego arrancan el alambre y queman el plástico. Él vende el cobre extraído de una carga de chatarra para comprar otra. La clave para ganar dinero no es la seguridad sino la rapidez. Cerca, en la laguna, flotan caparazones de monitores rotos. Mañana, la lluvia los arrastrará hacia el océano.
Los humanos siempre han sido muy competentes en cuanto a generar basura. En el futuro, los arqueólogos observarán que en las postrimerías del siglo xx un nuevo tipo de residuos nocivos explotaron por todo el paisaje: los despojos digitales conocidos como desechos electrónicos. Hace más de 40 años, el cofundador de Intel, Gordon Moore, el fabricante de chips para computadoras, observó que la capacidad de procesamiento de los equipos de cómputo se duplica aproximadamente cada dos años. Un corolario no declarado de la “Ley de Moore” es que en cualquier momento todos los equipos considerados de vanguardia están simultáneamente a las puertas de la obsolescencia. Según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés), se calcula que de 30 a 40 millones de computadoras estarán listas para la “administración de la obsolescencia” durante los siguientes años.
Las computadoras difícilmente son el único soporte físico electrónico acosado por la obsolescencia. Se ha programado que el cambio a transmisión de televisión digital de alta definición se complete para 2009, volviendo inoperantes los televisores que hoy funcionan perfectamente, pero que sólo reciben la señal analógica. Mientras los televidentes se preparan para ese cambio, unos 25 millones de televisores son sacados de circulación por sus usuarios cada año. En el mercado de la telefonía celular, cuyos consumidores tratan de ir a la moda adquiriendo el modelo más reciente, 98 millones de teléfonos recibieron su última llamada en 2005 en Estados Unidos. Si se cuadraran las cifras de todas las fuentes de desechos electrónicos, el equipo eliminado podría elevarse a 45 millones de toneladas métricas anuales en todo el mundo, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.
Entonces, ¿adónde va a parar toda esa chatarra? En EUA, se calcula que más de 70 % de las computadoras y de los monitores desechados, así como más de 80 % de los televisores terminarán a la larga en un vertedero de residuos, pese al creciente número de leyes estatales que prohíben tirar desechos electrónicos, ya que pueden filtrar plomo, mercurio, arsénico, cadmio, berilio y otras sustancias tóxicas en la tierra. Mientras tanto, según la EPA, a partir de 2005 se ha guardado un volumen inconmensurable de equipo electrónico que no se usa. Incluso si permanece en áticos y sótanos indefinidamente, sin llegar nunca a un vertedero de residuos, esa solución tiene su propio efecto indirecto en el medio ambiente. Además de las sustancias tóxicas, los desechos electrónicos contienen considerables cantidades de plata, de oro y de otros metales valiosos que son conductores de electricidad muy eficientes. En teoría, reciclar el oro de las tarjetas madre de computadoras caducas es mucho más rentable y causa menos destrucción ecológica que extraerlo de la roca, lo que a menudo pone en peligro selvas tropicales primigenias.
Actualmente, menos de 20 % de los desechos electrónicos que entra en el proceso de eliminación de desechos sólidos se encauza mediante compañías que se anuncian como recicladoras, aunque es probable que ese porcentaje aumente cuando estados como California tomen medidas enérgicas para evitar que terminen en vertederos de residuos. No obstante, la práctica de reciclar en el sistema actual es menos benéfica de lo que suena. Mientras algunas empresas de reciclaje preparan el material pensando en reducir al mínimo la contaminación y los riesgos para la salud, la mayoría de ellas lo vende a intermediarios que lo embarcan a países en desarrollo, donde el cumplimiento de la ley para proteger el medio ambiente no es tan estricto.
Muchos gobiernos, conscientes de que la eliminación inadecuada de desechos electrónicos daña el medio ambiente y la salud, han buscado establecer una reglamentación internacional obligatoria. El Convenio de Basilea de 1989, un acuerdo entre 170 naciones, exige que los países desarrollados notifiquen a las naciones en desarrollo la llegada de embarques con desechos peligrosos. Muchas naciones subdesarrolladas y grupos ecologistas y declararon que los términos eran muy poco estrictos, y en 1995 las protestas resultaron en una enmienda conocida como la Prohibición de Basilea, que impide exportar desechos peligrosos a los países pobres. Aunque la prohibición aún no entra en vigor, la UE ha consignado los requisitos en sus legislaciones.
a UE también exige que los fabricantes sean responsables de la eliminación adecuada de los materiales que producen. Hace poco, una nueva directiva de la UE aconseja el “diseño ecológico” de productos electrónicos, fijando límites para niveles admisibles de plomo, mercurio, agentes ignífugos y otras sustancias. En otra, se exige que los fabricantes monten infraestructura para recolectar los desechos electrónicos y se garantice un reciclado responsable; una estrategia llamada “de devolución”. A pesar de estas medidas preventivas, una cantidad considerable de toneladas no informadas sigue saliendo de puertos europeos sin ser detectada, con destino al mundo en desarrollo.
Asia es el centro de manufactura de casi toda la tecnología de vanguardia, y a ese lugar suelen volver los aparatos cuando se tornan inservibles. China ha sido durante mucho tiempo el cementerio mundial de los equipos electrónicos. Con el crecimiento explosivo de su sector manufacturero, que impulsa la demanda, los puertos chinos se han convertido en los conductos para el material reciclable de todo tipo: acero, aluminio, plástico, incluso papel. A mediados de los ochenta, los desechos electrónicos también empezaron a llegar a los puertos en grandes cantidades, llevando la lucrativa promesa de los metales preciosos incrustados en los tableros de circuitos. Vandell Norwood, dueño de Corona Visions, empresa de reciclaje de Texas, recuerda cuando los intermediarios extranjeros de desechos comenzaban a buscar equipos electrónicos para embarcarlos a China. Actualmente, se opone a dicha práctica, pero en ese entonces él y muchos colegas se percataron de que era una situación que beneficiaba a ambas partes. “Decían que todos esos aparatos se reciclarían y se pondrían otra vez en circulación –Norwood recuerda cómo se lo aseguraban los intermediarios–. Parecía ecológicamente responsable y era lucrativo porque me pagaban para que yo me deshiciera de ellos”. Volúmenes enormes de desechos electrónicos se embarcaban y se obtenían grandes ganancias.
La percepción de que era un negocio ecológicamente responsable se desvaneció en 2002, año en que BAN (Basel Action Network, grupo que se opone al envío de desechos peligrosos a naciones en desarrollo) estrenó un documental que mostraba cómo se reciclaban los desechos electrónicos en China. Exporting Harm se centraba en el pueblo de Guiyu, de la provincia de Guangdong, que se había convertido en un tiradero de cantidades descomunales de basura electrónica. BAN documentó cómo miles de personas llevaban a cabo en prácticas peligrosas, como quemar alambres de computadora para sacar el cobre, fundir tableros de circuitos en botes para extraer el plomo y otros metales, o remojar los tableros en un ácido potente para aislar el oro. Aunque en 2000 China prohibió la importación de desechos electrónicos, eso no suspendió el comercio. Sin embargo, tras la publicidad generada en todo el mundo por el documental, el gobierno amplió la lista de desechos electrónicos prohibidos y exigió a los gobiernos locales que hicieran cumplir la interdicción decididamente.
En un viaje reciente a Taizhou, ciudad de la provincia de Zhejiang, al sur de Shanghai, que era otro centro de tratamiento de desechos electrónicos, vi los esfuerzos para hacer cumplir la prohibición, pero también observé áreas donde esta no funciona para detener la importación de materiales. Hasta hace unos años, el paisaje lleno de colinas a las afueras de Taizhou era el centro de una industria, enorme pero informal, para desarmar equipos electrónicos que competía con Guiyu. Pero hoy, los funcionarios de aduanas de los cercanos puertos de Haimen y Ningbo –centros distribuidores informales de grandes volúmenes de chatarra metálica– investigan si los envíos que llegan contienen desechos peligrosos.
Sin embargo, para algunas personas quizá sea demasiado tarde, debido a que ya se desencadenó un ciclo de enfermedad o de discapacidad. En una avalancha de estudios revelados el año pasado, científicos chinos documentaron la difícil situación ambiental de Guiyu. El aire en algunos sitios que aún operan recuperando material electrónico contiene las cantidades más altas de dioxinas registradas en cualquier lugar del planeta. Las tierras están saturadas con esta sustancia química, probablemente cancerígena, que puede afectar los sistemas endocrino e inmunitario. En la sangre de los trabajadores de la industria electrónica se detectaron niveles elevados de difeniléteres polibromados (PBDE, por sus siglas en inglés); se trata de agentes ignífugos de uso corriente en los productos electrónicos y potencialmente dañinos para el desarrollo fetal, incluso en niveles muy bajos.
En última instancia, enviar los desechos electrónicos al extranjero quizá no sea beneficioso ni barato para el mundo desarrollado. En 2006, el químico Jeffrey Weidenhamer compró bisutería china en una tienda local que vende sus artículos en un dólar, para que las analizaran en su clase. Que las piezas tuvieran grandes cantidades de plomo fue perturbador, pero no una sorpresa; estas alhajas hechas en China se comercializan con mucha frecuencia en EUA. Más reveladoras fueron las cantidades de aleación de plomo, estaño y cobre. Como Weidenhamer y su colega Michael Clement exponen en un ensayo científico publicado el pasado julio, los porcentajes de esos metales en algunas muestras indican que su origen fue la soldadura de plomo empleada en la fabricación de tableros de circuitos electrónicos.
“En este momento Estados Unidos exporta enormes cantidades de materiales con plomo a China, y ese país es el principal centro manufacturero del mundo –señala Weidenhamer–. No sorprende para nada que las cosas terminen en el punto de partida y que ahora recibamos de vuelta productos contaminados”. En una economía global, que las cosas no estén a la vista no significa que permaneceremos ajenos a ellas por mucho tiempo.
Si les intereso aca tienen el link de la nota completa

Junio es la temporada de lluvias en Ghana, pero aquí, en Accra, la capital, la lluvia matutina ha cesado. Conforme el sol calienta el aire húmedo, las columnas de humo negro empiezan a elevarse sobre el extenso mercado de Agbogbloshie. Sigo una de ellas para hallar su origen, que se encuentra un poco más adelante de los vendedores de plátanos y lechugas, después de los puestos de llantas usadas y a través de un estruendoso mercado de chatarra donde unos hombres encorvados trabajan golpeando alternadores y bloques de cilindros para enderezarlos. En poco tiempo, el enlodado camino está flanqueado por montones de televisores viejos, armazones de computadora vacíos y monitores destrozados en una pila de tres metros de alto. Más allá, se extiende un campo cubierto por ceniza y salpicado por destellos ambarinos y verdes: son los pedazos de tableros de circuitos quebrados. Ahora veo que el humo no proviene de una fogata, sino de múltiples hogueras pequeñas. Muchas figuras se mueven entre los gases tóxicos, algunas remueven las llamas con palos, otras llevan los brazos llenos de cables de computadora de colores; la mayoría son niños.
Asfixiado, tomo mi camisa para cubrirme la nariz y me acerco a un muchacho de unos 15 años cuyo delgado cuerpo está envuelto por el humo. Se llama Karim y me cuenta que ha cuidado fogatas como esas durante dos años. Atiza el fuego de una de ellas y luego desaparece la parte superior de su cuerpo cuando se inclina sobre el hollín humeante. Levanta una maraña de alambre de cobre lejos de la vieja llanta que está usando como combustible y, al ponerla en un charco de agua para apagar las llamas, se oye cómo sisea. Una vez quemado el aislante ignífugo –proceso que libera una gran cantidad de sustancias cancerígenas y otros tóxicos– el alambre puede redituar un dólar al venderlo a un comprador de chatarra metálica.
Hago una nueva visita al mercado. En un montón de cenizas similar, sobre una ensenada que da al océano Atlántico cuando llueve mucho, Israel Mensah, un joven de unos 20 años, se acomoda sus lentes de diseñador y me explica cómo se gana la vida. Todos los días los vendedores de chatarra llevan montones de equipo electrónico viejo, cuyo origen él desconoce. Israel y sus socios compran unas cuantas computadoras o televisores; sus amigos y familiares, y hasta dos muchachos descalzos, nos escuchan embelesados mientras platicamos. Extraen el cobre que va pegado a los tubos de rayos catódicos y, al romperlos, dejan el terreno lleno de fragmentos que tienen plomo contaminante, una neurotoxina y cadmio, un elemento cancerígeno que daña los pulmones y los riñones. Sacan las piezas que pueden volver a venderse, como unidades de disco y chips de memoria. Luego arrancan el alambre y queman el plástico. Él vende el cobre extraído de una carga de chatarra para comprar otra. La clave para ganar dinero no es la seguridad sino la rapidez. Cerca, en la laguna, flotan caparazones de monitores rotos. Mañana, la lluvia los arrastrará hacia el océano.
Los humanos siempre han sido muy competentes en cuanto a generar basura. En el futuro, los arqueólogos observarán que en las postrimerías del siglo xx un nuevo tipo de residuos nocivos explotaron por todo el paisaje: los despojos digitales conocidos como desechos electrónicos. Hace más de 40 años, el cofundador de Intel, Gordon Moore, el fabricante de chips para computadoras, observó que la capacidad de procesamiento de los equipos de cómputo se duplica aproximadamente cada dos años. Un corolario no declarado de la “Ley de Moore” es que en cualquier momento todos los equipos considerados de vanguardia están simultáneamente a las puertas de la obsolescencia. Según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés), se calcula que de 30 a 40 millones de computadoras estarán listas para la “administración de la obsolescencia” durante los siguientes años.
Las computadoras difícilmente son el único soporte físico electrónico acosado por la obsolescencia. Se ha programado que el cambio a transmisión de televisión digital de alta definición se complete para 2009, volviendo inoperantes los televisores que hoy funcionan perfectamente, pero que sólo reciben la señal analógica. Mientras los televidentes se preparan para ese cambio, unos 25 millones de televisores son sacados de circulación por sus usuarios cada año. En el mercado de la telefonía celular, cuyos consumidores tratan de ir a la moda adquiriendo el modelo más reciente, 98 millones de teléfonos recibieron su última llamada en 2005 en Estados Unidos. Si se cuadraran las cifras de todas las fuentes de desechos electrónicos, el equipo eliminado podría elevarse a 45 millones de toneladas métricas anuales en todo el mundo, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Entonces, ¿adónde va a parar toda esa chatarra? En EUA, se calcula que más de 70 % de las computadoras y de los monitores desechados, así como más de 80 % de los televisores terminarán a la larga en un vertedero de residuos, pese al creciente número de leyes estatales que prohíben tirar desechos electrónicos, ya que pueden filtrar plomo, mercurio, arsénico, cadmio, berilio y otras sustancias tóxicas en la tierra. Mientras tanto, según la EPA, a partir de 2005 se ha guardado un volumen inconmensurable de equipo electrónico que no se usa. Incluso si permanece en áticos y sótanos indefinidamente, sin llegar nunca a un vertedero de residuos, esa solución tiene su propio efecto indirecto en el medio ambiente. Además de las sustancias tóxicas, los desechos electrónicos contienen considerables cantidades de plata, de oro y de otros metales valiosos que son conductores de electricidad muy eficientes. En teoría, reciclar el oro de las tarjetas madre de computadoras caducas es mucho más rentable y causa menos destrucción ecológica que extraerlo de la roca, lo que a menudo pone en peligro selvas tropicales primigenias.
Actualmente, menos de 20 % de los desechos electrónicos que entra en el proceso de eliminación de desechos sólidos se encauza mediante compañías que se anuncian como recicladoras, aunque es probable que ese porcentaje aumente cuando estados como California tomen medidas enérgicas para evitar que terminen en vertederos de residuos. No obstante, la práctica de reciclar en el sistema actual es menos benéfica de lo que suena. Mientras algunas empresas de reciclaje preparan el material pensando en reducir al mínimo la contaminación y los riesgos para la salud, la mayoría de ellas lo vende a intermediarios que lo embarcan a países en desarrollo, donde el cumplimiento de la ley para proteger el medio ambiente no es tan estricto.
Muchos gobiernos, conscientes de que la eliminación inadecuada de desechos electrónicos daña el medio ambiente y la salud, han buscado establecer una reglamentación internacional obligatoria. El Convenio de Basilea de 1989, un acuerdo entre 170 naciones, exige que los países desarrollados notifiquen a las naciones en desarrollo la llegada de embarques con desechos peligrosos. Muchas naciones subdesarrolladas y grupos ecologistas y declararon que los términos eran muy poco estrictos, y en 1995 las protestas resultaron en una enmienda conocida como la Prohibición de Basilea, que impide exportar desechos peligrosos a los países pobres. Aunque la prohibición aún no entra en vigor, la UE ha consignado los requisitos en sus legislaciones.
a UE también exige que los fabricantes sean responsables de la eliminación adecuada de los materiales que producen. Hace poco, una nueva directiva de la UE aconseja el “diseño ecológico” de productos electrónicos, fijando límites para niveles admisibles de plomo, mercurio, agentes ignífugos y otras sustancias. En otra, se exige que los fabricantes monten infraestructura para recolectar los desechos electrónicos y se garantice un reciclado responsable; una estrategia llamada “de devolución”. A pesar de estas medidas preventivas, una cantidad considerable de toneladas no informadas sigue saliendo de puertos europeos sin ser detectada, con destino al mundo en desarrollo.
Asia es el centro de manufactura de casi toda la tecnología de vanguardia, y a ese lugar suelen volver los aparatos cuando se tornan inservibles. China ha sido durante mucho tiempo el cementerio mundial de los equipos electrónicos. Con el crecimiento explosivo de su sector manufacturero, que impulsa la demanda, los puertos chinos se han convertido en los conductos para el material reciclable de todo tipo: acero, aluminio, plástico, incluso papel. A mediados de los ochenta, los desechos electrónicos también empezaron a llegar a los puertos en grandes cantidades, llevando la lucrativa promesa de los metales preciosos incrustados en los tableros de circuitos. Vandell Norwood, dueño de Corona Visions, empresa de reciclaje de Texas, recuerda cuando los intermediarios extranjeros de desechos comenzaban a buscar equipos electrónicos para embarcarlos a China. Actualmente, se opone a dicha práctica, pero en ese entonces él y muchos colegas se percataron de que era una situación que beneficiaba a ambas partes. “Decían que todos esos aparatos se reciclarían y se pondrían otra vez en circulación –Norwood recuerda cómo se lo aseguraban los intermediarios–. Parecía ecológicamente responsable y era lucrativo porque me pagaban para que yo me deshiciera de ellos”. Volúmenes enormes de desechos electrónicos se embarcaban y se obtenían grandes ganancias.

La percepción de que era un negocio ecológicamente responsable se desvaneció en 2002, año en que BAN (Basel Action Network, grupo que se opone al envío de desechos peligrosos a naciones en desarrollo) estrenó un documental que mostraba cómo se reciclaban los desechos electrónicos en China. Exporting Harm se centraba en el pueblo de Guiyu, de la provincia de Guangdong, que se había convertido en un tiradero de cantidades descomunales de basura electrónica. BAN documentó cómo miles de personas llevaban a cabo en prácticas peligrosas, como quemar alambres de computadora para sacar el cobre, fundir tableros de circuitos en botes para extraer el plomo y otros metales, o remojar los tableros en un ácido potente para aislar el oro. Aunque en 2000 China prohibió la importación de desechos electrónicos, eso no suspendió el comercio. Sin embargo, tras la publicidad generada en todo el mundo por el documental, el gobierno amplió la lista de desechos electrónicos prohibidos y exigió a los gobiernos locales que hicieran cumplir la interdicción decididamente.
En un viaje reciente a Taizhou, ciudad de la provincia de Zhejiang, al sur de Shanghai, que era otro centro de tratamiento de desechos electrónicos, vi los esfuerzos para hacer cumplir la prohibición, pero también observé áreas donde esta no funciona para detener la importación de materiales. Hasta hace unos años, el paisaje lleno de colinas a las afueras de Taizhou era el centro de una industria, enorme pero informal, para desarmar equipos electrónicos que competía con Guiyu. Pero hoy, los funcionarios de aduanas de los cercanos puertos de Haimen y Ningbo –centros distribuidores informales de grandes volúmenes de chatarra metálica– investigan si los envíos que llegan contienen desechos peligrosos.
Sin embargo, para algunas personas quizá sea demasiado tarde, debido a que ya se desencadenó un ciclo de enfermedad o de discapacidad. En una avalancha de estudios revelados el año pasado, científicos chinos documentaron la difícil situación ambiental de Guiyu. El aire en algunos sitios que aún operan recuperando material electrónico contiene las cantidades más altas de dioxinas registradas en cualquier lugar del planeta. Las tierras están saturadas con esta sustancia química, probablemente cancerígena, que puede afectar los sistemas endocrino e inmunitario. En la sangre de los trabajadores de la industria electrónica se detectaron niveles elevados de difeniléteres polibromados (PBDE, por sus siglas en inglés); se trata de agentes ignífugos de uso corriente en los productos electrónicos y potencialmente dañinos para el desarrollo fetal, incluso en niveles muy bajos.
En última instancia, enviar los desechos electrónicos al extranjero quizá no sea beneficioso ni barato para el mundo desarrollado. En 2006, el químico Jeffrey Weidenhamer compró bisutería china en una tienda local que vende sus artículos en un dólar, para que las analizaran en su clase. Que las piezas tuvieran grandes cantidades de plomo fue perturbador, pero no una sorpresa; estas alhajas hechas en China se comercializan con mucha frecuencia en EUA. Más reveladoras fueron las cantidades de aleación de plomo, estaño y cobre. Como Weidenhamer y su colega Michael Clement exponen en un ensayo científico publicado el pasado julio, los porcentajes de esos metales en algunas muestras indican que su origen fue la soldadura de plomo empleada en la fabricación de tableros de circuitos electrónicos.
“En este momento Estados Unidos exporta enormes cantidades de materiales con plomo a China, y ese país es el principal centro manufacturero del mundo –señala Weidenhamer–. No sorprende para nada que las cosas terminen en el punto de partida y que ahora recibamos de vuelta productos contaminados”. En una economía global, que las cosas no estén a la vista no significa que permaneceremos ajenos a ellas por mucho tiempo.
Si les intereso aca tienen el link de la nota completa