01/23/2009 - 12:52:00
Autor: Orlando Barone
TOMENSE UN MINUTO Y LEANLO..... VALE LA PENA....
“¿Por qué se fabrican autos que pueden andar a mucha más velocidad que la permitida?” Esta pregunta se hacía ayer Víctor Hugo Morales. Y también nos la hacemos nosotros cada vez que en un choque trágico se advierte que el vehículo iba a 150 o a 190 kilómetros por hora. Pero no es una pregunta que se hagan las fábricas automotrices y tampoco los usuarios. El automóvil es para esta civilización como para la edad media era el caballo. Y osar entrometerse desde un pensamiento lateral a semejante cultura vertical es temerario. Es escupir el asado cuando ya está servido. Gran parte de las economías viven de la teta del auto: las petroleras, los surtidores, la industria automotriz y asociadas; los concesionarios de las autopistas y sus constructores; y los estacionamientos, empresas publicitarias y medios que hacen caja con los avisos de autos. También viven los que los roban, los reducidores, los mecánicos, y los cuidacoches. Y los trabajadores de las fábricas. Y sobre todo viven los adictos: todos los habitantes de la tierra. Aunque sea con el deseo. Pero reducir la velocidad de un auto no tiene por fin arrasar con esa colosal industria. Con la aguja que solo puede marcar 130 km se puede vender un vehículo igual que si marcara 200. Sobre todo cuando ya no existiera más la tentación de marketing de aquellos que pudieran ir a 200.
Cada uno de los habitantes del mundo lo quiera o no consume dos litros de petróleo por día. El planeta usa casi 14 mil millones de litros diarios. Es natural que haya más guerras en las regiones que lo producen que en las regiones que producen tulipanes o te de boldo. Cualquiera sabe que está prohibido tener en la casa armas de guerra porque su uso es mortal. Su empleo le concierne a las fuerzas del Estado. Pero si a las automotrices se les antoja diseñar una 4x4 que en la autopista puede ir a la velocidad de un cohete, la hacen y la venden. Y el que la compra, sin que se le exija el diploma de piloto de Boeing o de máquina de fórmula Uno, es nada más que un conductor cualquiera. Y con un básico registro emitido por la Municipalidad de “donde dobla el viento”. Conductor a cuya sensatez o locura la sociedad está expuesta. Se habilitan bólidos y la responsabilidad de control está sujeta a las leyes de tránsito, pero en última instancia al individuo. A los millones de individuos que conducen un vehículo Y que no pasan por ningún obligatorio test psiquiátrico, ni se sabe cuánto se les sube la presión apenas sienten el acelerador en el pie. Tampoco si les gusta más el daiquiri o el tetrabrik que el agua. Es un contrasentido que mientras en las rutas rige una velocidad máxima, los vehículos puedan ser llevados hasta el doble. Eso solo depende del albur del que maneja. O del albur de los controles. Si hay una carta abierta más inútil, más al viento que esta, todavía no la he escrito.