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Experimentos con tu cuerpo

Hazlo Tu Mismo•7/6/2012


Memoria Sensorial


Se trata de un tipo de memoria que te permite conocer permanentemente tu situación con respecto a los objetos circundantes, para que puedas avanzar sin ir tropezando con ellos.

Depende de la visión y se desvanece en apenas unos segundos, que son suficientes para que cumpla su función.
Es fácil comprobarlo: localiza un objeto no muy grande en una pared. Sitúate frente a él y señalalo con el dedo.

A continuación baja la mano, cierra los ojos y deja pasar unos cuantos segundos.

Ya puedes intentar señalar otra vez, siempre con los ojos cerrados, la posición en la que ‘recuerdas’ que estaba el objeto. Verás que ya no te acuerdas.



¿tocas la batería?


Prueba a llevar un ritmo con el pie mientras marcas otro distinto chasqueando los dedos.

Lo normal es que no lo consigas, pues es un ejemplo de coordinación con alto grado de dificultad.

Pero se puede lograr con entrenamiento. Los baterías, por ejemplo, pueden.

El ser humano emplea dos sistemas de aprendizaje: uno para adquirir habilidades y otro para los conocimientos.

Aquí ponemos en juego el primero, que es más lento y precisa varios ensayos..




Escribir sin mirar


Coge lápiz y papel y, con los ojos cerrados, escribe durante un rato. Observa el resultado. ¿Es como lo imaginabas o quizá ha quedado un poco ‘distorsionado’?

Ya se ha dicho que la propiocepción no es suficiente para los trabajos que requieren gran precisión, como es el de escribir.

Cuando escribimos normalmente, es decir, con los ojos abiertos y observando los resultados, la vista se encuentra constantemente analizando la forma, el tamaño y la posición de las letras con respecto al papel y a su compañeras, lo que permite realizar ajustes a cada momento.

Al cerrar los ojos, se pierde esta capacidad de análisis y reajuste inmediato y, por mucho que los propioceptores se cuenten por millones, los resultados no son ‘presentables’.



¿Cuál es tu lado dominante?


Ser zurdo o diestro no depende únicamente de qué mano empleamos para escribir o con qué pie jugamos al fútbol. El cuerpo muestra en muchos de sus actos y miembros preferencia por un lado, el conocido como ‘lado dominante’.

Se puede conocer observando cómo se cruzan los brazos, qué mano coge a la otra por la espalda, qué mano se muestra activa al aplaudir, etc. Y aunque la inmensa mayoría de la población es diestra, también hay individuos que no son ni diestros ni zurdos puros, sino que manifiestan preferencias distintas en diferentes miembros.



Tiempo de reacción


Una forma de medir cuál es tu tiempo de reacción es recurriendo a una regla y a la ayuda de otra persona.

Ésta debe sujetar la regla por su extremo superior, mientras tú colocas tus dedos en torno al otro extremo, prestos para atraparla en el momento en que tu compañero la suelte.

La altura a la que captures la regla te permitirá saber cuantos centímetros has necesitado para reaccionar.

Ahora, y sin hacer trampa, sólo tienes que comparar tus resultados con los de la tabla adjunta, para valorar lo buena que es tu capacidad de reacción.

¿Reaccionas a tiempo?
Distancia Tiempo de reacción
9 cm 135 milésimas de segundo Excelente
11 cm 150 milésimas de segundo Muy Bueno
14 cm 170 milésimas de segundo Bueno
16 cm 180 milésimas de segundo Bastante bueno
20 cm 200 milésimas de segundo Regular
24 cm 220 milésimas de segundo Debajo de la media
30 cm 250 milésimas de segundo Pobre



La lengua


¿Eres capaz de enrollar la lengua como nuestra modelo? Si no puedes, no te ´mates´, porque por mucho que lo intentes no lo vas a conseguir.

No se trata de una cuestión de flexibilidad muscular, sino de un aspecto genético.

La capacidad de enrollar la lengua depende de un carácter dominante que posee el 70% de la población. Y no deja de resultar sorprendente que sea una cuestión genética cuando la lengua está dotada de una extraordinaria movilidad.

Un aspecto importante para comer, y fundamental para hablar. Aunque eso no evita que el 30% de la población ‘recesiva’ tenga que soportar las burlas de los ‘dominantes’ por su inutilidad.



Pensar lleva su tiempo


]Intenta recoger un objeto que te lance otra persona.

Si estáis muy juntos, tal vez no seas capaz de reaccionar a tiempo, por lo que tendrás que retroceder unos pasos, hasta disponer de una distancia adecuada para tu capacidad de reacción. Pero, ¿cómo afecta a tu ‘distancia de reacción’ el tener que tomar una decisión?

Descúbrelo con este experimento: en él, tu compañero dispone de dos objetos, de los cuales tú sólo quieres coger uno.

Cuando te lance uno de los objetos, tu cerebro invertirá un tiempo en discernir si es el que le interesa antes agarrarlo.

Comprobarás que tomar una decisión afecta a tu ‘distancia de reacción’, que tendrás que ampliar.

Cuanto más compleja sea la toma de la decisión —coger la pelota azul, pero sólo si la tira con la mano izquierda, por ejemplo—, más tiempo necesita tu cerebro y más tardas en reaccionar.

Demostrado: pensar lleva su tiempo. Lo que justifica que, aunque el cerebro no crece, no se mueve y supone sólo una cincuentava parte del peso total del cuerpo, consume el 25% del oxígeno y el 20% de la glucosa que demanda nuestro organismo.

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Resistencia de los huesos


Basta con un papel enrollado y un libro para comprobar cómo la particular estructura de los huesos les confiere una enorme resistencia y les permite soportar sin problemas el peso del resto del cuerpo.

Si pones el canutillo tumbado sobre la mesa con el libro encima, obtendrás… una hoja aplastada.

Cuando Galileo Galilei demostró que, si se construyen un tubo hueco y un tubo sólido con el mismo peso y del mismo material, el tubo hueco es más fuerte, estaba poniendo voz a un conocimiento que el hombre llevaba dentro desde siempre, en sus huesos.

Un principio que desde su formulación ha sido ampliamente empleado por los ingenieros. Y es que el cuerpo humano es una obra de ingeniería.

La fortaleza de los huesos se debe principalmente a su estructura interna, construida a partir de miles de unidades tubulares compactadas en torno al perímetro del hueso: los sistemas haversianos.

Estos sistemas se disponen en la dirección en la que el hueso soporta mayores tensiones, y le confieren su asombrosa combinación de resistencia y ligereza: gramo a gramo, el hueso es más fuerte que la madera, el hormigón o el acero.


El dedo tonto


Coloca la mano sobre la mesa como muestra la imagen e intenta mover individualmente cada uno de los dedos mientras mantienes los otros apoyados.

Si no eres un ‘bicho raro’, te habrás llevado un chasco al ‘pelearte’ con tu dedo anular.

Aunque cada dedo tiene sus propios tendones que lo conectan al músculo, en el dorso de la mano existe una conexión ‘adicional’ entre los tendones del dedo corazón y del anular que limita la movilidad de ambos dedos por separado.



El brazo que se acorta


Sitúate perpendicularmente a una pared, de modo que, con el brazo extendido, la toques con la punta de los dedos.

A continuación, levanta el brazo, rotándolo por encima de la cabeza.

Ahora vuelve a extenderlo y verás que ya no alcanzas el muro.

Tranquilo; no es que estés encogiendo por momentos. Es la paradoja de Codeman, cuyo fundamento es el hecho de que, haciendo unos movimientos determinados con las articulaciones de la espalda, sus músculos se contraen ligeramente.

Basta con ‘soltar’ el músculo para que el brazo recupere el tamaño original, lo que demuestra que los músculos sólo pueden contraerse, y que para retomar su estado relajado necesitan la ayuda de otros ‘colegas’ que lo estiren, a costa de entrar ellos mismos en acción.

Los músculos sólo se contraen

El cuerpo humano dispone de unos 640 músculos esqueléticos; algunos de ellos, capaces de realizar movimientos de enorme precisión. Pero presentan un pequeño ‘defectillo’: sólo saben contraerse, es decir, sólo pueden tirar, no empujar. Y este ‘detalle’ les obliga a aparecer en muchos casos en parejas indisolubles, que ejecutan movimientos antagónicos. Tampoco pueden con­traerse mucho, apenas unos centímetros, pero logran movimientos más largos gracias al efecto multiplicador que hacen huesos y articulaciones.



Dedos que se relajan



Enlaza las manos como en la fotografía y esfuérzate en que tus dedos índices estén rectos y paralelos.

Ahora relájalos y observa qué sucede con ellos. Los músculos y los tendones, cuando no están activos, adoptan una disposición de mínima energía.

En el caso de la mano, los dedos tienden a disponerse ligeramente curvados.

Este experimento sirve asimismo para comprobar las cualidades de los músculos y tendones de la mano: son perfectos para realizar trabajos de precisión, pero carecen de resistencia.

¿Cuánto eres capaz de mantener los dedos índices totalmente rectos antes de que clamen por un poco de descanso?



El brazo que sube solo


Apóyate con un brazo contra la pared e intenta subirlo con todas tus fuerzas.

Tras un par de minutos de esfuerzo, sepárate y comprobarás cómo el brazo ‘relajado’ se empecina en subir sin que nadie se lo ordene.

Este efecto se conoce como la ilusión de Kohnstamm y depende de la memoria motora.

El brazo sigue haciendo fuerza, porque el cerebro y el músculo se habían acostumbrado a ello y tardan unos segundos en quitar el ‘piloto automático’ y adaptarse ante la nueva situación.



La sensibilidad


HAZ TAMBIÉN estos dos: Experimenta con tus manos, Experimenta con tus ojos

En la piel hay millones de diminutos sensores de varios tipos, que responden ante estímulos como la temperatura, la presión y el dolor, y que son los responsables del tacto.

Pero estos receptores no están distribuidos homogéneamente a lo largo de todo el cuerpo, sino que existen zonas más sensibles que otras.

Lo puedes comprobar mediante este sencillo experimento: coloca dos dedos ligeramente separados sobre la piel de otra persona y pregúntale cuántos dedos siente.

Dependiendo de dónde la hayas tocado y de la separación de los dedos, puede que note un solo contacto.

Separa los dedos poco a poco, hasta que note los dos. La separación entre ambos será la medida en centímetros de su sensibilidad táctil en esa región del cuerpo.



Las manos


Cierra los ojos. No necesitas mirarte para conocer la posición de tu cabeza, cuello o extremidades.

Para ello, el cuerpo humano ya dispone de millones de sensores microscópicos en los músculos y en las articulaciones, llamados ‘propioceptores’, que suministran al cerebro información suficiente en cada momento para hacerse una composición de lugar y disponer de un mapa ‘interno’ del cuerpo.

No obstante, hay veces en las que esta propiocepción no es suficiente; sobre todo, cuando se trata de realizar actividades que requieran una gran precisión. Y en eso, las manos son nuestras auténticas especialistas. Por eso, para tener una buena referencia de su posición exacta, los ojos miran regularmente las manos.

Ahora cruza las manos como se expone en las fotografías e intenta mover un dedo. ¿Lo has conseguido o ha sido otro el que ha ‘saltado’?

Tus manos están en una posición ‘extraña’, y al cerebro no le casan las informaciones que recibe de la vista y de los propioceptores, lo que provoca un ‘cortocircuito’. El resultado: al intentar mover un dedo el que salta es otro..



La nariz


Cruza los dedos índice y corazón, y acaríciate la punta de la nariz con ambos como se muestra en la fotografía. ¿No te da la sensación de tener dos narices?

Tu cerebro ha caído en la trampa que le ha tendido el tacto, ya que no está acostumbrado a que los dedos ‘sientan’ en esta disposición.

En condiciones normales —con los dedos sin cruzar—, si el lado externo del dedo corazón —el más alejado del dedo índice— toca la nariz, el dedo índice no entra en contacto con ella, y viceversa.

Es un estímulo tan habitual que el cerebro ya lo ha asumido. Pero al cruzar los dedos, ambos entran simultáneamente en contacto con la nariz, algo que al cerebro le cuesta encajar en sus esquemas, por lo que cae en la tentación de pensar en dos narices.



El calcetín


¿Llevas puestos calcetines? Pues no los mires y trata de tocar el borde de uno de ellos con la punta de los dedos ¿Has acertado o simplemente te has aproximado?

El fenómeno que explica tu falta de puntería se conoce como ‘habituación’, o capacidad de los sentidos para adaptarse a la presencia de un estímulo continuo y constante, y no prestarle atención.

La habituación también afecta al gusto y al olfato. Los receptores de la nariz se acostumbran rápidamente a un olor y dejan de apreciarlo apenas un minuto después, lo que supone un peligro si se produce un escape de gas.



La piel



Frota un área de la palma de la mano con alcohol y a continuación deposita en esa región unas gotitas de agua —puedes emplear una pajita para hacerlo—. ¿Observas lo que les pasa a las gotas?

En lugar de mantener su forma habitual se han extendido plácidamente por la piel y comienzan a penetrar en ella. Si no lo ves claro, puedes depositar unas cuantas gotas en la otra mano y observar la diferencia.

Las glándulas sebáceas presentes en la piel producen una sustancia oleosa que le confiere una capa impermeable. Al frotar con alcohol la has eliminado. Esta capa sebácea no sólo actúa como repelente del agua.

Su función protectora va más allá al actuar como barrera frente a los gérmenes, gracias a que en su composición incluye sustancias germicidas, que son los agentes desinfectantes del exterior del cuerpo.

Y es que, aunque no los veamos, la cantidad de organismos vivos que pululan por la piel de una persona es similar al número de habitantes del planeta. Entre ellos destacan las bacterias, responsables de descomponer el sudor y dotarlo de su olor característico.

Sin su participación, el sudor prácticamente no olería a nada.




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