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Un adolescente Neo Nazi

Offtopic12/17/2008
Registrate y eliminá la publicidad! El autor del texto usa un lenguaje a veces peyorativo (desubicado, digamos) para poder dar forma final a lo q quiere expresar, pido a quienes visiten el post, que lo lean entero y luego opinen para no quedar como nabos al querer quedar como sabios...El bolita miraba la esvástica. Debajo de la esvástica estaba pintarrajeado un “Fuera bolitas de mierda”. Yo estaba parado al lado del bolita que miraba la esvástica. - Qué hijos de puta –le dije. El bolita asintió.Me miré las manos. Todavía las tenía sucias de aerosol. La década de 1990 no llegaba ni a la mitad. Argentina vivía un cuento de hadas llamado 1 a 1: un peso, un dólar. Era un lindo sueño. Gracias a él, las Pringles y Wendy’s se habían vuelto parte de la vida cotidiana, los Ramones se convirtieron en visitantes permanentes y Miami nunca estuvo más cerca. Pero el sueño empezaba a hacer agua por varios agujeros, y había que buscar a un villano al cual ponerle el taladro entre las manos. En aquel cuento de hadas el papel de villano recayó en los inmigrantes ilegales de países limítrofes que venían a sacarle el pan de la boca a los honestos trabajadores locales. Ahí estaban esos tipos de los que había desconfiar: paraguayos, peruanos, chilenos, uruguayos y, por sobre todo, bolivianos. Los bolivianos eran los peores. Por callados. Por negros. Por indios. Por pobres. Por... bolivianos. En 1993, en esa Argentina de cuento de hadas, comenzó un sostenido aumento de las tasas de desocupación y subocupación. Paralelamente se instaló en la agenda mediática, y por ende en la agenda social, un nuevo “problema”: el problema de la inmigración. No se tardó casi nada en hacerse mal las cuentas y que dos más dos sumaran cinco. Aumento de la desocupación + aumento de la inmigración = esos bolitas de mierda laburan en negro por dos mangos, usan nuestros hospitales, nuestras escuelas, no gastan un peso porque viven hacinados como cucarachas y después se toman el buque. ¿Y entonces? Los trabajadores argentinos, honorables, merecedores de un sueldo justo gracias a la lucha de los sindicatos y del entrañable General Perón, tenían que ver cómo esos bolitas de mierda trabajaban por el pancho y la Coca. A cualquier patrón le convenía contratar bolitas: por la misma guita con que contrataba a un honesto trabajador argentino en regla, se conseguía diez bolitas que laburaban en negro por monedas. El Estado no hacía nada. Los sindicatos no hacían nada. Nadie hacía nada. ¿No era un escándalo? Hasta mediados del siglo XX las migraciones internacionales –sobre todo procedentes de Europa- jugaron un importante papel en la configuración de la fuerza de trabajo nacional: en su crecimiento, composición y distribución geográfica, en su desarrollo social y cultural. Desde mediados del siglo XX, junto a la disminución de la migración internacional, se produjo un aumento de la migración de países limítrofes, que con las décadas se volvió casi excluyente. Argentina se convirtió en el centro de un subsistema de migración regional, y al mismo tiempo, comenzó un ininterrumpido proceso de fuga de mano de obra técnica y calificada hacia países como Estados Unidos y Canadá. Las capas medias, asaliaradas, industrializadas, hicieron esta lectura: se va lo mejor, viene lo peor. Hasta la década de 1960 el principal destino de la migración proveniente de países limítrofes eran las provincias fronterizas, pero desde entonces –atendiendo especialmente las demandas de los rubros peor remunerados: construcción, algunas industrias manufactureras y tareas domésticas- fueron atraídos por las posibilidades del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). La proporción de migrantes que se dirigió al AMBA entre 1960 y 1991 aumentó del 25% al 47%. A comienzos de la década de 1990 los migrantes regionales representaban en el AMBA un tercio de la población total, 35% de la ocupación total y un 47% del empleo industrial. Entre 1974 y 1992, la tasa de desocupación se mantuvo en el AMBA entre el 4% y 6%. En 1993 trepó al 9,6% y en 1996 llegó al 18,8%. Ya entonces el “problema” de la inmigración estaba instalado. Y como suele suceder en estos casos, junto a los buenos nacionalistas y a los moralistas, junto a los pacatos y a la fuerza de choque sindical, salieron a la calle los pichones de científicos sociales. Allá íbamos, a la caza de cualquier extranjero que se sintiera discriminado y de cualquier argentino que se atreviera a deslizar por lo bajo que los inmigrantes les estaban cagando el trabajo. Fueron buenos tiempos. Si uno no era portador de cara de bolita, claro. La esvástica estaba en el baño de caballeros del segundo piso de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, la de Marcelo T. de Alvear y Uriburu, que por entonces concentraba una superpoblación que hacía, de cualquier penitenciaría, un retiro espiritual en el campo. Me gustaba el baño del segundo piso porque uno de sus gabinetes tenía algo que no quedaba en casi ninguno: una puerta que cerrar. Además, el baño estaba frente al kiosco y en el kiosco habían dibujado, a un lado, una gigantografía (por así llamarla) de la tapa del primer disco del grupo punk vasco La Polla Records, No somos nada, de 1987, donde había un punk de chupines, borcegos y campera de cuero que caminaba malhumorado por la calle. La empatía era inevitable. La puerta del gabinete no era diferente a otras puertas de gabinetes de baños de caballeros de universidades nacionales. Son como pupitres verticales, límpidos lienzos que serán garabateados con toda clase de sandeces. Chicanas futboleras, poetas improvisados, rock vs. rock, consignas políticas, acusaciones de ser sionistas fascistas o antisionistas fascistas, muchas proposiciones de te-chupo-la-pija-como-ninguno-dejar-cita-o-viernes-cuatro-de-la-tarde. Y por sobre todo esto, en rojo furioso, estaba la enorme esvástica y la leyenda “Fuera bolitas de mierda”, ocupando toda la puerta, convirtiendo el resto de las inscripciones en un homogéneo paño en el cual ni siquiera había que reparar. Lo que me molestaba, más que la esvástica, era la leyenda. O mejor aún: la asociación entre la esvástica y la inscripción.Hoy sigue habiendo esvásticas en los baños universitarios. En general, tanto antaño como ahora, las tomo como provocaciones soeces, formas sencillas de llamar la atención sobre los autoritarismos aceptables y los autoritarismos inaceptables de los ambientes universitarios. Que hay buenos dictadores y malos dictadores, que hay buenos asesinatos de Estado y malos asesinatos de Estado, que hay buenos totalitarismos y malos totalitarismos. En estos contextos, la esvástica –me gusta pensar, quizás por pecar de ingenuo y depositar algo de esperanza en la especie humana- no pasa de ser una provocación artística. Como cuando Malcom McLaren, el manager de Sex Pistols, vestía al tonto bajista Sid Vicious con una remera roja con una esvástica en el pecho. Una forma rápida y efectiva de desnaturalizar el sentido común, de hacer un comentario político a través de cierto rechazo al status quo universitario. O al menos eso me gusta pensar en los días buenos. Pero la inscripción debajo de aquella esvástica era de una torpeza tal que eludía cualquier registro artístico. Estaba más allá de cualquier intento de desnaturalización, de cualquier comentario metarreferencial sobre lo que es y no es aceptado por las clases dirigentes universitarias. Era, simplemente, una afirmación literal. La esvástica. Y abajo:Fuera bolitas de mierda. Demasiado literal. Demasiado peligroso. Por fin habíamos conseguido a un bolita. Eran difíciles de encontrar. Bolivianos había por todos lados, pero los bolitas escaseaban. Ya estaba. Ya teníamos al bolita. Ahora sólo había que ponerlo delante de la esvástica. Alguien había propuesto grabar todo en video y luego hacer un documental. Era una buena idea, obviamente destinada al fracaso. Por entonces las cámaras de video no eran una extravagancia pero tampoco había una en cada hogar. ¿Teléfonos celulares con cámara? Ciencia ficción. Yo tenía una JVC GR-AX500u, tosca pero fiel grabadora en VHS-C, así que empecé a registrar esto y aquello. El plato fuerte llegaría con mi gran-toma-gran, el momento final y casi editorial: un bolita mirando la esvástica en el baño del segundo piso de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Como diciendo: si acá, en este nido de corrección política, se ven estas cosas, ¿qué les espera allá afuera? Los bolitas escaseaban, decía. Los bolitas eran ciudadanos de origen boliviano, casi siempre nacionalizados, que, habiendo echado raíces en Argentina y adquirido cierta formación universitaria, invertían el estigma de “bolita” y lo volvían escudo de armas. “Somos bolitas”, decían, y esa sola afirmación se convertía en un hecho político, una afirmación de identidad social. Era como cuando habitantes de villas miseria se ponen remeras con la inscripción “Villero” o como cuando en los recitales los pibes corean esa tontería de “Canta la hinchada, canta/ Canta de corazón/ Somos los negros, somos los grasas/ Pero conchetos no”. O como le escuché decir hace poco a una muchacha en la mitad de su veintena: “¡Somos conchetas!”, dijo la chica, con simultánea resignación y alegría. Estábamos comiendo (¡ay!) pizza con rúcula en (¡ay!) la pizzería Romario que está (¡ay!) frente al Cementerio de Recoleta, y en ese ámbito perfecto para decir tales cosas, la chica exclamó: “¡Somos conchetas!”. - ¿Te definís como concheta? –le pregunté, sacando la vista de mi pizza con rúcula y volviendo a prestarle atención. - ¡Y sí, si somos conchetas! –respondió, aludiendo a su persona y a la de sus amigas. Había algo heroico en la afirmación. En su clásico de 1963, Estigma. La identidad deteriorada, el ecléctico sociólogo Erving Goffman escribió: “El término estigma será utilizado, pues, para hacer referencia a un atributo profundamente desacreditador; pero lo que en la realidad se necesita es un lenguaje de relaciones, no de atributos. Un atributo que estigmatiza a un tipo de poseedor puede confirmar la normalidad de otro y, por consiguiente, no es ni honroso ni ignominioso en sí mismo”. Decir “soy bolita” (o “soy concheta”, “soy villero” o “soy grasa”) supone exaltar ese lenguaje de relaciones más que de atributos, pero a su vez, señalar no la normalidad de quien estigmatiza o de quien es estigmatizado, sino el carácter profundamente arbitrario que funda ese sistema de relaciones que dan forma a toda noción de “normalidad”. Cuando el estigmatizado saca a relucir su estigma, cuando lo convierte en bandera antes que en condición vergonzante, pone el foco en cuán histórica y caprichosamente construido está ese lenguaje de relaciones que expresa la “normalidad”. ¿Cuál es la norma? ¿Por qué ser bolita o ser concheta debería ser una tara antes que un atributo “normal”? El estigma se convierte en reflejo del que estigmatiza, y aunque es incapaz de romper con el sistema de relaciones imperante (no importa cuántas Marchas del Orgullo Gay se hagan: la homosexualidad seguirá siendo la conducta “desviada” en relación a la conducta “normal”), hace un comentario casi metadiscursivo sobre el mismo. Le echa luz. Como con la dialéctica negativa de Theodor Adorno: no resuelve las contradicciones, las ilumina. Decir “soy bolita” implica decir: sí, ¿y qué? ¿Bolita? ¿Concheta? ¿Grasa? ¿Villero? ¿Puto? Sí, ¿y qué? Jamás culparía a Murphy. Porque en realidad el ingeniero aeroespacial Edward A. Murphy Jr. (un norteamericano nacido en el Canal de Panamá en 1918, fallecido en 1990) nunca dijo eso de que todo lo que puede salir mal, saldrá mal. Dijo algo parecido, pero algo parecido ya se había dicho mucho antes. Hacia finales de la década del 40, Murphy trabajaba en un diseño de defensa militar, y para preparar un diseño de defensa militar hay que tomar en cuenta el peor escenario posible. Entonces estableció: “Si hay más de una manera de hacer un trabajo, y alguna de esas maneras acaba en un desastre, entonces alguien lo hará de esa manera”. Lo que en general suele asumirse como Ley de Murphy es alguna versión de la Ley de Finagle de los Negativos Dinámicos, también conocida como Corolario de Finagle de la Ley de Murphy, que establece: “Cualquier cosa que pueda salir mal, saldrá mal; y en el peor momento posible”. Fue John W. Campbell Jr., importante escritor de ciencia ficción y durante décadas editor de Astounding Science Fiction, el que comenzó a hablar de Ley de Finagle en sus editoriales del período 1940-1960. No pasó a mayores hasta que otro escritor del mismo género, Larry Niven, popularizó el término en varios relatos de su saga de mineros espaciales del Mundo Anillo. El corolario de la Ley de Finagle sería el Principio de Hanlon, que establece: “Nunca atribuya a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”. Pero jamás culparía a Murphy, decía. Ni a Finagle, ni a Hanlon, ni a nadie. Sólo a algún empleado de mantenimiento hastiado de su trabajo, inoportuno, siempre presto a probar que lo que puede hacerse mal, se hará mal. Y en el peor momento. Tras muchos arreglos, los dos bolitas que habíamos conseguido iban a someterse a un profundo interrogatorio donde no faltarían preguntas tan incisivas como: “Decime, ¿te sentís discriminado?”. El plan era simple: primero, entrevista intensiva; luego, mi gran obra maestra en el baño. Para la entrevista habíamos elegido el mejor lugar para situar a un bolita: en el piso, para que pareciesen más pobrecitos y más desprotegidos. Y luego vendría la parte de la esvástica. Mi consagración como documentalista, mi Citizen Kane en VHS. Corolario de Finagle de la Ley de Murphy: cuando llegué a la facultad, el día de la grabación, descubrí que algún entrometido bueno para nada había limpiado y pintado la puerta del baño del segundo piso. Fantástico. La estúpida inscripción había estado ahí durante más de medio año, y justo cuando iba a servir para algo, algún metiche había agarrado la lija, la brocha y el tarro de pintura. Mi escena maestra estaba arruinada, a menos que... Bueno, había hecho cosas mucho peores. No fue fácil encontrar una ferretería donde comprar el aerosol, pero mucho menos fácil fue sacudirlo y garabatear la esvástica y el “Fuera bolitas de mierda”. No por algún prurito ético, sino por miedo a que alguien me pescara in fraganti. Pinté la esvástica. Pinte el “Fuera bolitas de mierda”. Puse al bolita frente a la esvástica y le mostré mi consternación. Nunca, nunca atribuya a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez. Tantos años después, sigo pintando esvásticas todos los días. Aunque cambió el material, aunque cambió el lienzo, a su manera siguen siendo esvásticas. Cada vez que alguien me pregunta a qué me dedico, doy una respuesta distinta. Bien podría decir: pinto esvásticas. Y acá, en este mundo, todos están pintando esvásticas. Algunas son grandes y brillantes, otras son pequeñas y pasan inadvertidas. Pero siguen siendo esvásticas y todas cumplen su función. Cualquiera que diga que no lo hace es un mentiroso, un estúpido o simplemente es malo en su trabajo. No es una decisión ética. Es una obligación metodológica. El acto de escribir es el acto de construir sentido. Intentar decir algo que no existe hasta que es dicho. Para hacerlo, hay que acomodar situaciones, recortar hechos, iluminar algunos aspectos y oscurecer otros, forzar lo que es ambiguo e imaginar lo que no sucedió pero pudo haber sucedido. Retórica. Efectos enunciativos. Manipulación. Golpes bajos. Pintar esvásticas: usar pequeñas mentiras para decir grandes verdades. ¿Quiere escribir? ¿Quiere ser bueno en su trabajo? ¿Quiere marcar una diferencia? ¿Quiere ser un profesional honesto? El primer paso es pintar la esvástica y ser absolutamente sincero cuando suspira: - Qué hijos de puta. Porque sí. Porque son unos hijos de puta. Porque en el momento en que el texto circula en el flujo de sentido, uno ya tiene las manos limpias. Uno ya hizo su trabajo. Uno hizo lo que tenía que hacer. Uno, quizás, hizo una diferencia. Pero cuando apoya la cabeza sobre la almohada y mira el techo, prefiere pensar en otra cosa. FUENTE: NERDS ALLSTARSOtros post del gusto rockero amiguitos:GUITAR HERO EN BICICLETALA CANCIÓN DEL SUICIDIORAMONES+MOTORHEAD+BOB MARLEY+P.I.L.+IGGY POPPINTANDO AL RITMO DE LOS RAMONESLA COLIMBA, SOCIAL DISTORTION Y HERMETICAREM Y PATTI SMITHEL PEOR DISCO DE LA HISTORIA DEL ROCKJORGITO, EL POTROEL DISCO DE LAS 5643 CANCIONESROSARIO FREAKWENDY O. WILLIAMS, UNA MINA DURA..Y EL PLAYBACK SIGUIO SONANDOLEMMY & SID, PROFESOR Y ALUMNOPUNK Y CULTURA (LA CULTURA CONTRA EL HOMBRE)ESTETICA NAZI Y ROCKHEY HO LET´S GO!COMO VIVE LEMMY DE MOTÖRHEAD?L7 TIRANDO TAMPONES AL PUBLICONIRVANA, AXL ROSE, GOLPES,TAJOS Y PREMIOSJOE STRUMMER Y LA TUMBA DE GARCIA LORCAEL RECITAL MAS CORTO DE LA HISTORIAEL RECITAL MAS LARGO DE LA HISTORIAMAS POSTS TEMÁTICOS, DESCARGAS Y HUMOR ROCKERO HACIENDO CLICK EN LOS RAMONESSi les gusto, comenten amigos!Si no les gusto, también!
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