En la región del carbón de los Montes Apalaches de Pensilvania, en el noroeste de Estados Unidos,se halla Centralia, o más bien lo que queda de esta pequeña población, que un día fue una próspera comunidad minera y terminó convertida en un pueblo fantasma en cuyo subsuelo arde un infierno a más de 700ºC.
Fue precisamente el carbón el que dio lugar a la fundación de la localidad a mediados del siglo XIX y sería ese otrora preciado mineral el origen de su desaparición.
Un fuego subterráneo iniciado de forma accidental hace ahora 50 años cerca de una mina abandonada, acabó extendiéndose por el subsuelo del pueblo, obligando a trasladar a la práctica totalidad de sus 1.200 habitantes y a derruir más de 500 casas.
Nadie más indicado para hacernos de guía de este lugar que el periodista David DeKok, quien empezó a escribir sobre el incendio en 1976, cuando trabajaba en un pequeño diario local de la cercana Shamokin.
La historia le cautivó y con los años acabaría publicando un libro en el que relata los trágicos acontecimientos que marcarían el destino de Centralia.
La maldición del padre McDermott
Una leyenda local asegura que el trágico destino de Centralia fue consecuencia de una maldición que un párroco local lanzó sobre la población a mediados del siglo XIX.
En esa época, los miembros de los Molly Maguires -una sociedad secreta de mineros irlandeses que luchaban contra los propietarios de las minas y su explotación empleando la violencia- tenían atemorizados a los habitantes de la región del carbón de Pensilvania.
A los Molly Maguires se les atribuyó el asesinato de Alexander Rea, fundador de Centralia.
El cura de la parroquia católica del pueblo, el padre Daniel Ignatius McDermott, denunció desde el púlpito las actividades criminales de los Maguires y estos, en represalia, le propinaron una paliza.
Tras el incidente, cuenta la leyenda que el padre McDermott lazó una maldición sobre Centralia, asegurando que llegaría el día en que tan sólo quedaría en pie en el pueblo la iglesia de San Ignacio.
Aunque esa iglesia no fue la última en ser derribada en Centralia, sí desapreció años después de que la mayoría de casas de la localidad hubieran sido derribadas.
Centralia antes Centralia ahora
Cuando el fuego se inició en 1962, Centralia, como gran parte de los pueblos de esta región, estaba en pleno declive económico, después de que las minas fueran cerradas a causa del abandono del carbón en favor del gas y del petróleo.
Durante años el incendio pasó desapercibido, pero a fines de los años '70 empezaron a hacerse evidentes los riesgos que este presentaba, debido a la gran cantidad de gases tóxicos que surgían del subsuelo y de los socavones que aparecían en el terreno y que hacían peligrar la integridad de las construcciones de la localidad.
"En 1979 tuvieron que cerrar la gasolinera del pueblo porque el fuego estaba calentando peligrosamente los tanques de combustible subterráneos. Luego los gases tóxicos empezaron penetrar en el interior de las casas y las autoridades instalaron las primeras alarmas de gas", explica David DeKok.
A lo largo de las décadas los residentes locales y las autoridades llevaron a cabo numerosos intentos de apagar el fuego.
En un principio se inyectó agua en el terreno y más adelante se excavaron varias zanjas alrededor del incendio para contenerlo, pero ello hizo que este se avivara al quedar al descubierto y entrar en contacto con el oxígeno.
Luego se construyó una barrera de ceniza para evitar que el fuego siguiera avanzando, aunque este método sólo fue efectivo durante un corto periodo de tiempo.
La excavación de más de 50 pozos para monitorear la actividad del incendio no hizo más que empeorar las cosas.
Según David DeKok, además de por su poca efectividad, estos intentos fracasaron por la lentitud en la respuesta, la excesiva burocracia y la falta de fondos.
"El incidente que acabó por definir el futuro de Centralia ocurrió allí en 1981", cuenta DeKok al tiempo que señala un punto que ahora aparece cubierto de matorrales y árboles en el que, en su día, se levantaba una manzana de casas.
"Mientras el niño de 12 años Todd Domboski atravesaba el jardín de un vecino, se abrió bajo sus pies un agujero de decenas de metros de profundidad. Pudo agarrarse a unas raíces hasta que fue rescatado por su primo. Tuvo suerte de no morir asfixiado por los gases", explica.
Ese evento atrajo la atención de medios de todo el mundo e hizo que se desatara una agria batalla entre los habitantes de Centralia, que acabaron divididos en dos grupos: por un lado, los partidarios de abandonar el pueblo y, por otro, los que no querían marcharse.
Miles de fuegos subterráneos
Según diversos cálculos, tan solo en EE.UU. hay entre 100 y 200 incendios subterráneos activos en una veintena de estados.
Suelen originarse por combustión espontánea, rayos o incendios forestales que prenden vetas de carbón expuestas a través de las cuales el fuego se extiende por el subsuelo.
En la actualidad, en todo el mundo arden miles de estos incendios.
Los científicos todavía están investigando los efectos que tienen en el medioambiente y la salud humana. Se cree contribuyen de manera significativa a la emisión a la atmósfera de gases con efecto invernadero, responsables del calentamiento de nuestro planeta.
Los últimos residentes
Sobre la mesa se pusieron dos nuevos planes para intentar controlar el incendio que implicaban la excavación de enormes zanjas, aunque acabaron siendo descartados por su elevado costo, cifrado en cientos de millones de dólares
Finalmente, en 1983, se celebró un referendo en el que, por una mayoría de dos tercios, los habitantes de Centralia votaron a favor del traslado.
El Congreso de EE.UU. destinó una partida de US$42 millones para comprar todas las casas, demolerlas y reubicar a los vecinos.
Cerca de 500 edificios fueron derribados y más de 1.000 personas se mudaron a poblaciones cercanas.
"Después del traslado hubo un tiempo en el que había 50 personas en Centralia. Pero en 1992 el estado de Pensilvania decretó la expropiación de las viviendas que quedaban en pie", explica DeKok.
"Con los años, algunos murieron y otros se mudaron. Ahora tan sólo hay ocho personas en el lugar".
Los actuales habitantes de Centralia aseguran que el fuego no representa un peligro y acusan a las autoridades de tener un plan para vender a compañías mineras el carbón que hay en el terreno sobre el que se asienta la población.
Bueno eso fue todo por ahora,si quieren ver más post de misterios como este,no duden en seguirme así se enteran de cuando subo post . Un abrazo,y hasta el siguiente .
Fue precisamente el carbón el que dio lugar a la fundación de la localidad a mediados del siglo XIX y sería ese otrora preciado mineral el origen de su desaparición.
Un fuego subterráneo iniciado de forma accidental hace ahora 50 años cerca de una mina abandonada, acabó extendiéndose por el subsuelo del pueblo, obligando a trasladar a la práctica totalidad de sus 1.200 habitantes y a derruir más de 500 casas.
Nadie más indicado para hacernos de guía de este lugar que el periodista David DeKok, quien empezó a escribir sobre el incendio en 1976, cuando trabajaba en un pequeño diario local de la cercana Shamokin.
La historia le cautivó y con los años acabaría publicando un libro en el que relata los trágicos acontecimientos que marcarían el destino de Centralia.
La maldición del padre McDermott
Una leyenda local asegura que el trágico destino de Centralia fue consecuencia de una maldición que un párroco local lanzó sobre la población a mediados del siglo XIX.
En esa época, los miembros de los Molly Maguires -una sociedad secreta de mineros irlandeses que luchaban contra los propietarios de las minas y su explotación empleando la violencia- tenían atemorizados a los habitantes de la región del carbón de Pensilvania.
A los Molly Maguires se les atribuyó el asesinato de Alexander Rea, fundador de Centralia.
El cura de la parroquia católica del pueblo, el padre Daniel Ignatius McDermott, denunció desde el púlpito las actividades criminales de los Maguires y estos, en represalia, le propinaron una paliza.
Tras el incidente, cuenta la leyenda que el padre McDermott lazó una maldición sobre Centralia, asegurando que llegaría el día en que tan sólo quedaría en pie en el pueblo la iglesia de San Ignacio.
Aunque esa iglesia no fue la última en ser derribada en Centralia, sí desapreció años después de que la mayoría de casas de la localidad hubieran sido derribadas.
Infierno subterráneo
Me encuentro con DeKok una soleada mañana de agosto en extremo sur del pueblo, a las puertas de uno de los cuatro cementerios que todavía existen en el municipio.
Fue a unos metros de este lugar donde en mayo de 1962 unos bomberos que quemaban basura en un vertedero prendieron sin querer una veta de carbón expuesta, originando un fuego subterráneo que, cinco décadas después, todavía no ha podido ser extinguido.
Con los años el incendio se ha ido extendiendo poco a poco, quemando las abundantes reservas de carbón que quedan en las galerías de las minas abandonadas que se encuentran en el subsuelo de la población.
A simple vista, en este paraje de naturaleza exuberante, no hay ni rastro de las columnas de humo, las grietas y los socavones que han hecho famoso a Centralia.
"En verano, cuando hace calor, es más difícil ver la humareda que emana de la tierra", me explica DeKok mientras me acompaña al lugar donde se cree se inició el incendio.
Allí, entre montañas de escombros, señala una cavidad de la que se ve salir algo parecido al vapor de agua.
"Uno de los vecinos que decidió quedarse en el pueblo ha pasado los últimos años tapando con tierra y cemento las grietas por donde sale el humo. Quiere hacer creer que fuego no existe", me cuenta.
De regreso a la entrada del cementerio, un automóvil con cinco jóvenes en su interior se detiene. Nos preguntan cómo pueden llegar a una porción de la carretera estatal que fue cerrada a principios de los años '90 después de que el fuego comenzara a derretir el asfalto y aparecieran grietas en la superficie.
Son parte de los cientos de curiosos que cada año se acercan a Centralia atraídos por el morbo que provoca una historia que ha dado pie a varios libros y documentales, y que incluso fue fuente de inspiración de una película y una obra de teatro.
Fue a unos metros de este lugar donde en mayo de 1962 unos bomberos que quemaban basura en un vertedero prendieron sin querer una veta de carbón expuesta, originando un fuego subterráneo que, cinco décadas después, todavía no ha podido ser extinguido.
Con los años el incendio se ha ido extendiendo poco a poco, quemando las abundantes reservas de carbón que quedan en las galerías de las minas abandonadas que se encuentran en el subsuelo de la población.
A simple vista, en este paraje de naturaleza exuberante, no hay ni rastro de las columnas de humo, las grietas y los socavones que han hecho famoso a Centralia.
"En verano, cuando hace calor, es más difícil ver la humareda que emana de la tierra", me explica DeKok mientras me acompaña al lugar donde se cree se inició el incendio.
Allí, entre montañas de escombros, señala una cavidad de la que se ve salir algo parecido al vapor de agua.
"Uno de los vecinos que decidió quedarse en el pueblo ha pasado los últimos años tapando con tierra y cemento las grietas por donde sale el humo. Quiere hacer creer que fuego no existe", me cuenta.
De regreso a la entrada del cementerio, un automóvil con cinco jóvenes en su interior se detiene. Nos preguntan cómo pueden llegar a una porción de la carretera estatal que fue cerrada a principios de los años '90 después de que el fuego comenzara a derretir el asfalto y aparecieran grietas en la superficie.
Son parte de los cientos de curiosos que cada año se acercan a Centralia atraídos por el morbo que provoca una historia que ha dado pie a varios libros y documentales, y que incluso fue fuente de inspiración de una película y una obra de teatro.
Centralia antes Centralia ahora
El principio del fin
Cuando el fuego se inició en 1962, Centralia, como gran parte de los pueblos de esta región, estaba en pleno declive económico, después de que las minas fueran cerradas a causa del abandono del carbón en favor del gas y del petróleo.
Durante años el incendio pasó desapercibido, pero a fines de los años '70 empezaron a hacerse evidentes los riesgos que este presentaba, debido a la gran cantidad de gases tóxicos que surgían del subsuelo y de los socavones que aparecían en el terreno y que hacían peligrar la integridad de las construcciones de la localidad.
"En 1979 tuvieron que cerrar la gasolinera del pueblo porque el fuego estaba calentando peligrosamente los tanques de combustible subterráneos. Luego los gases tóxicos empezaron penetrar en el interior de las casas y las autoridades instalaron las primeras alarmas de gas", explica David DeKok.
A lo largo de las décadas los residentes locales y las autoridades llevaron a cabo numerosos intentos de apagar el fuego.
En un principio se inyectó agua en el terreno y más adelante se excavaron varias zanjas alrededor del incendio para contenerlo, pero ello hizo que este se avivara al quedar al descubierto y entrar en contacto con el oxígeno.
Luego se construyó una barrera de ceniza para evitar que el fuego siguiera avanzando, aunque este método sólo fue efectivo durante un corto periodo de tiempo.
La excavación de más de 50 pozos para monitorear la actividad del incendio no hizo más que empeorar las cosas.
Según David DeKok, además de por su poca efectividad, estos intentos fracasaron por la lentitud en la respuesta, la excesiva burocracia y la falta de fondos.
"El incidente que acabó por definir el futuro de Centralia ocurrió allí en 1981", cuenta DeKok al tiempo que señala un punto que ahora aparece cubierto de matorrales y árboles en el que, en su día, se levantaba una manzana de casas.
"Mientras el niño de 12 años Todd Domboski atravesaba el jardín de un vecino, se abrió bajo sus pies un agujero de decenas de metros de profundidad. Pudo agarrarse a unas raíces hasta que fue rescatado por su primo. Tuvo suerte de no morir asfixiado por los gases", explica.
Ese evento atrajo la atención de medios de todo el mundo e hizo que se desatara una agria batalla entre los habitantes de Centralia, que acabaron divididos en dos grupos: por un lado, los partidarios de abandonar el pueblo y, por otro, los que no querían marcharse.
Miles de fuegos subterráneos
Según diversos cálculos, tan solo en EE.UU. hay entre 100 y 200 incendios subterráneos activos en una veintena de estados.
Suelen originarse por combustión espontánea, rayos o incendios forestales que prenden vetas de carbón expuestas a través de las cuales el fuego se extiende por el subsuelo.
En la actualidad, en todo el mundo arden miles de estos incendios.
Los científicos todavía están investigando los efectos que tienen en el medioambiente y la salud humana. Se cree contribuyen de manera significativa a la emisión a la atmósfera de gases con efecto invernadero, responsables del calentamiento de nuestro planeta.
Los últimos residentes
Sobre la mesa se pusieron dos nuevos planes para intentar controlar el incendio que implicaban la excavación de enormes zanjas, aunque acabaron siendo descartados por su elevado costo, cifrado en cientos de millones de dólares
Finalmente, en 1983, se celebró un referendo en el que, por una mayoría de dos tercios, los habitantes de Centralia votaron a favor del traslado.
El Congreso de EE.UU. destinó una partida de US$42 millones para comprar todas las casas, demolerlas y reubicar a los vecinos.
Cerca de 500 edificios fueron derribados y más de 1.000 personas se mudaron a poblaciones cercanas.
"Después del traslado hubo un tiempo en el que había 50 personas en Centralia. Pero en 1992 el estado de Pensilvania decretó la expropiación de las viviendas que quedaban en pie", explica DeKok.
"Con los años, algunos murieron y otros se mudaron. Ahora tan sólo hay ocho personas en el lugar".
Los actuales habitantes de Centralia aseguran que el fuego no representa un peligro y acusan a las autoridades de tener un plan para vender a compañías mineras el carbón que hay en el terreno sobre el que se asienta la población.
Bueno eso fue todo por ahora,si quieren ver más post de misterios como este,no duden en seguirme así se enteran de cuando subo post . Un abrazo,y hasta el siguiente .

