Otra superstición que nos lleva hasta la Última Cena es la de que derramar sal causa mala suerte. En ella Judas Iscariote volcó, aparentemente cuando se apartaba de Jesús, el contenido blanquecino de un recipiente, según recogió Leonardo da Vinci en su obra pictórica llamada como el célebre ágape.
En la antigüedad, la sal era considerado un símbolo de amistad, por lo que derramarla significaría traicionar la confianza que implica toda amistad. También tiene una significación religiosa, puesto que Jesús, según recoge la Biblia, afirmó que sus seguidores «son la sal de la tierra» en contraposición con los que no lo son. «Y si la sal se desvaneciere ¿con qué será salada?» (Mateo 5:13).
El cloruro de sodio también era un bien económico muy valioso, e incluso servía para pagar a los trabajadores —de ahí el término salario—, ya que resultaba fundamental para conservar los alimentos en los tiempos en los que estos no se podían refrigerar. Por ello, perder la provisión de sal podía condenar a una familia a pasar hambre.