Navegó durante años en las aguas del lago Nahuel Huapi junto al legendario “Modesta Victoria”, pero su historia de asombro se escribió cuando fue trasladado en una travesía por la meseta patagónica, un camino pleno de obstáculos y magia, hasta Lago Puelo, donde sigue cumpliendo funciones, como el primer día.
Parecía un espejismo. Un barco “navegando” por la tierra, surcando la árida geografía de la meseta patagónica gracias al esfuerzo de un puñado de hombres empeñados en hacer realidad esa fantástica leyenda, o historia real, de Fitzacarraldo, aquel aventurero que subió su nave, “Contamana”, a una montaña en la selva peruana, para llegar a Manaos.
Sin embargo, esto ocurrió de verdad, y lo atestiguan aquellos que vieron culminar con éxito la epopeya del “Juana de Arco”, el barco que hoy día continúa con su tarea de hacer conocer a los visitantes las maravillosas postales del Lago Puelo.
Las travesías entre el agua y la tierra fueron una constante del “Juana de Arco” desde su construcción, allá por 1931, en unos astilleros de Hamburgo, Alemania. Su primer gran viaje lo depositó en las aguas marrones de la zona del Tigre, adquirido por la familia Podestá.
Fue en 1959 cuando la nave conoció su primer contacto con otra cosa muy distinta al agua. La compañía Lagos del Sur adquirió la embarcación, matriculada con el número 4473 y que hasta ese momento se llamaba “Luz y Fuerza”, y un año después, en 1960, lo cargó en dos vagones de tren rumbo al sur.
El “Juana de Arco” navegó entonces durante 25 años a Puerto Best, Isla Victoria y Bosque de Arrayanes, acostumbrándose con rapidez a las frías aguas del sur y otorgando felicidad a miles de pasajeros.
Pero el destino quiso que, una vez más, el barco dejara la comodidad de las aguas para adentrarse en la mayor aventura que se conoce por estas zonas, y que todavía es historia recurrente entre los mates de la tarde.
“Para traerlo, de Bariloche no pasaba por el camino del cañadón de la mosca, no había puente que pudiera soportar el peso ni la amplitud de la curva permitía que el equipo pasara. Lo cargamos en un camión semi remolque y fuimos por Las Bayas”, recuerda Javier Correa, propietario de la embarcación.
Fueron tres días de travesía por la antigua ruta 40, un camino absolutamente estepario, meseta patagónica pura, sin estaciones de servicio, sin pueblos, casi sin gente, una auténtica proeza.
“Inclusive -recordó Correa-, uno de los obstáculos que había era la subida de las Bayas que era muy empinada y que había poca probabilidad de que el camión pudiese subirlo. Al final se hizo porque era un hombre muy baqueano el que manejaba el camión. Cuando terminamos la subida de las Bayas hicimos un asado porque cada cosa significaba una odisea”.
Todo esto ocurrió en 1985, un año después de que Correa adquiriera esta embarcación hecha de acero naval galvanizado y remachado, una tecnología punta para el año de su construcción. Su viaje inaugural fue hasta los Hitos.
“Hace 22 años, la reacondicionamos totalmente, la reciclamos, y la pusimos a funcionar. Las cabinas en forma curva son originales del barco y las ventanas cuadradas. En algún momento se hizo una modificación que puso una especie de modernización en las ventanas, haciéndolas oblicuas, como eran los colectivos de la época, pero lo volvimos a su diseño original”, precisó Corea.
Pese a los años, el Juana de Arco tiene muchos aspectos que se podría denominar “de vanguardia”; un motor diesel, balsas salvavidas automáticas, un GPS, una pequeña central meteorológica, planes de gestión de seguridad y prevención de la contaminación, plan de gestión de basura y una disposición para que sea libre de humo.
Los paseos que se hacen son básicamente tres: el costero, de aproximadamente 45 minutos, con un avistamiento de la reserva natural del cerro chato y observación de la frontera con Chile, desde lejos; uno hacia el límite con Chile, que incluye el desembarco y un sendero de interpretación de la naturaleza, donde se trabaja en educación ambiental, vinculado bien estrechamente al tema del parque.
“Ahí disfrutamos de la coexistencia del ser humano con el parque nacional y vemos la entrada de la selva valdiviana al bosque andino patagónico, un espacio de transición natural con diversidad biológica con diversos enfoques desde el nivel antropológico, es mas o menos una hora de recorrido en el bosque, donde se ven huellas del glaciar”, agregó Correa.
Finalmente, hay un paseo intermedio que es al puesto fronterizo con una pequeña bahía que se llama de las lágrimas, donde se hace también un sendero de interpretación más corto y más acotado, de media hora.
“Es uno de los pocos servicios que hay en la zona que funcionan todo el año porque además nosotros hacemos servicio a pobladores, o sea, cruzando el lago en el sentido norte sur. Al sur del lago, está el valle del Turbio donde viven 80 pobladores y hay una escuela rural que depende de la provincia del Chubut, nosotros hace 20 años que le hacemos el servicio a la escuela con cuatro viajes por mes”, aseguró.
El orgulloso dueño y capitán del “Juana de Arco” se despide camino al muelle de Lago Puelo. Va camino al paso internacional transportando una vez más su valiosa carga de pasajeros con destino a Chile. La nave zarpa, y se lleva consigo la leyenda.
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