No rompa uno o tendrá indefectiblemente siete años de mala suerte. Así al menos lo asegura la tradición pero ¿a qué se debe?
La creencia en que quebrar un espejo provocará una enorme desgracia sobre el torpe responsable se remonta incluso a los tiempos anteriores a los propios espejos. Los primeros seres humanos podrían haber encontrado en su reflejo sobre el agua de estanques y ríos su otro «yo», ya que, acudiendo de nuevo al refranero, «la cara es el espejo del alma». Así, quebrar ese reflejo supondría un atentado contra una parte de nosotros.
Por otro lado, según explican en Culturizando.com, los antiguos griegos y romanos confiaban en una práctica de adivinación llamada catoptromancia, en la que se empleaban unos cuencos llenos de agua. El reflejo de la persona en el agua devolvería el porvenir futuro de la misma, pero si este se caía y se rompía, la persona carecería de futuro, por la que no tardaría en morir.
Otra explicación la relaciona con el elevado precio de los espejos del siglo XV, lo que habría motivado a los nobles a que exhortasen a sus criados a extremar las precauciones durante su limpieza, puesto que de lo contrario sufrirían un destino «peor que la muerte»