Bienvenido, estimado lector.
En esta ocasion, le dejare de nuevo a su disposicion 3 creepypastas que espero sean de su agrado.
Los titulos son:
— Noche De Espanto
— Pawel
— ¿Me puedes ver? Yo También Puedo Verte
Pues bien, sin mas contratiempos, empezemos...
Hace un año, en esta fecha, mi vida cambió para siempre. Subí junto a mi esposo, Modesto Almanza, al remolcador 13 de Marzo, que zarparía de la bahía de La Habana. Viajábamos alrededor de 70 personas, muchos de ellos eran familiares y amigos.
Cuando estábamos a siete millas de la costa fuimos interceptados por las embarcaciones castristas. De inmediato, empezaron a darnos bandazos. Sentimos miedo por los niños a bordo, el más pequeño de cinco meses de nacido. Levantamos a los niños y empezamos a gritar que por favor no dispararan. Alguien levantó a una niña y conociendo al que manejaba uno de los remolcadores que nos atacaba le gritó “¡Chino, Jabao, no hagas eso, aquí hay niños!” Si no baja a su niña de tres años, se la matan con los chorros de agua de las mangueras de presión.
En una acción programada, se nos puso un remolcador por atrás. El más grande, que era verde con una raya roja, un rayo rojo, se nos subió en popa y nos partió a la mitad el barco. Al suceder esto, el barco quedó a la deriva porque el patrón, Fidelio Ramel, cayó al agua a consecuencia de la fuerza de las mangueras. Fue entonces que Raúl Muñoz asumió el control de la nave y trató de ayudarnos, de salvarnos porque ya el barco tenía tanta agua que estaba a punto de hundirse.
A pesar de eso, ellos seguían echando agua directamente a las caras de los niños, que ya ni respirar podían. Ya nosotros sabíamos que nos íbamos a hundir. En ese momento Raúl paró el remolcador. Ni eso respetaron. La misión era hundirnos.
Cuando el barco se partió en dos, cayó una caja de madera al agua. Era la nevera que flotaba y muchos tratamos de llegar a ella. Fue entonces que comenzaron a girar las naves a nuestro alrededor, creando un enorme remolino que se tragaba a la gente. Así murió mi cuñada Pilar Almanza Romero. Cuando a mí me fueron a sacar del barco, su niño Yasel Perodin Almanza me tenía el pie agarrado. Cuando me sacaron se me desprendió el tennis y se fue, se lo tragó el remolino y no lo pude agarrar… eso fue terrible.
Después, vi a mi cuñado, Sergio Perodin, salir con el otro niño y sentí alivio porque al menos uno se había salvado. Había una niñita inflada de tanta agua que parecía un sapito. Así nos dejaron hasta el amanecer que nos recogió una lancha Griffin. Fue una noche de espanto. Al subir los insulté, les dije que eran unos asesinos. Dejaron morir a niños y ancianos. Veintitrés niños muertos, asesinados de forma tan despiadada.
Ahí no terminó nuestra odisea. Mi esposo y mi cuñado fueron llevados a Villa Marista donde permanecieron arrestados durante varias semanas. Nunca recuperamos los cadáveres. En una ocasión cuando fui a Villa Marista y pregunté por qué habían mentido en la versión que ofreció la prensa castrista, me insultaron.
Fueron días terribles. Mi sobrino Sergito me preguntaba que por qué no sacaban a su mamá y a su hermanito del fondo del mar. ¡Tantas familias destruidas! ¡Tantos niños asesinados! Los hombres estaban presos, el pueblo estaba enardecido y sobre nosotros había una vigilancia tremenda. A pesar del acoso, di mi testimonio para que se conociera en el exterior. Yo sabía que era la única forma en que llegarían a conocer los hechos reales.
Después de que mi testimonio se conoció a través de Radio Martí y La Voz de la Fundación, la Seguridad del Estado amenazó con arrestarme. Pero realmente ya poco podían hacer. Mi testimonio contribuyó a que se conociera la verdad. A que el mundo supiera la magnitud del crimen.
Unos meses más tarde abordamos una balsa. Nuestro destino fue Guantánamo. Al llegar a Estados Unidos mi familia y yo testificamos ante el Congreso norteamericano. Mi cuñado Sergio Perodin testificó ante la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas en Ginebra. Siempre estaremos dispuestos a denunciar la masacre del remolcador 13 de Marzo.
Nueve meses después del hundimiento del remolcador, di a luz a Maydli. Tal vez ella fue la sobreviviente más joven de la matanza. Tal vez ya yo llevaba a mi niña en el vientre aquel 13 de julio. Sin saberlo, mi instinto maternal me hizo luchar para salvarla. Hay días en los que miro su rostro y pienso en los 23 niños que yacen en el fondo del mar. Es en días como esos que no comprendo cómo existen personas que están dispuestas a llegar a acuerdos con una tiranía. ¿Qué garantías tienen de que no volverán a cometer semejante crimen?
A veces pienso que todo fue una pesadilla. Pero los gritos de horror de las madres que perdieron a sus hijos, las manitas de los niños hundiéndose para siempre en el fondo del mar y el llanto que compartimos es real. Tan real que me asusta pensar que los seres humanos puedan ser capaces de tanta crueldad.
Tenía 7 años cuando conocí a Pawel. Se apareció de pronto, estaba sentado en el pasto mirando a la nada cuando camino frente a mí, se quedó parado sin hacer nada. Era un día nublado, mi familia había ido al hospital ya que mi hermana habia tenido un accidente en las escaleras.
Rara vez aparecía. No había visto su cara, siempre llevaba una máscara, tampoco lo escuché hablar, cuando le pregunté su nombre, él dibujo con el dedo las letras de su nombre en el vidrio. Pero... nunca me agradó mucho su compañía, era tenebroso. Solo se paraba ahí y me observaba por mucho tiempo, solo se iba cuando escuchaba a alguien de mi familia acercarse. Lo peor de todo es que siempre que aparecía ocurría alguna desgracia.
Mi madre quedó en silla de ruedas, mi hermana se fracturó un brazo y mi padre quedó en coma. Y solo con mi familia. Muchos de mis amigos habían tenido terribles accidentes.
La última vez que apareció en mi casa, me acerque a él. Estaba en mi habitación.
—No quiero que vuelvas, ya has hecho demasiado daño. —Le dije algo molesto, pero una vibración en mi voz dejó notar el miedo. Hubo un momento de silencio.
—Solo faltas tú.
Al decir esto, estiro sus brazos en dirección a mí y me empujó por la ventana. Al momento en que caía se quitó la máscara, pude notar una cara destrozada, sangrante. Golpee el piso bruscamente, fracturé muchos de mis huesos y los vidrios saltaron sobre mí. Tuvieron que operarme. Esa noche, Pawel apareció nuevamente frente a mi cama.
—¿Q-que quieres...? —Me senté rápidamente, moría de miedo. Lentamente se fue acercando a mí, cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó un espejo que sostenía en su mano y lo posicionó frente a mí.
En ese momento me di cuenta de que mi cara era una replica exacta del rostro de Pawel.
Corría la década de los noventa, una joven había cometido suicidio luego de haber visto una publicación en un grupo de noticias.
La imagen era la de una figura —la cual era identificada como una mujer— parada en medio de una solitaria carretera. La figura era transparente al punto de tener piernas apenas visibles y era iluminada por una luz de origen desconocido proveniente de la dirección de la cámara (Muy probablemente una linterna o el mismo flash de la cámara). Nunca se logró identificar quién o en dónde se tomo tal fotografía, ya que en esta no se distinguían rasgos faciales en la figura captada, sin embargo había una característica que resaltaba aún más que su fantasmal apariencia, eran sus largos apéndices óseos que tenían gran semajanza a las piernas de una araña. Aquellos individuos que han tenido la oportunidad de ver la foto, o al menos ser conscientes de su existencia, se refieren a esta imagen como “La Vagabunda”.
La primera vez que apareció esta imagen fue en 1996. Jane, una estudiante que en esos momentos esta visitando a su familia por las temporada de festividades. Su interés en lo paranormal la llevo a encontrar a “La Vagabunda” en una página web de una grupo de noticias, la imagen tenía un mensaje adjunto: “¿Me puedes ver? Yo también puedo verte.”.
Docenas de otros usuarios habían visto el mismo post en donde estaba “La Vagabunda”. La mayoría no había pensado mucho en esto, incluso lo consideraban “divertido”. Otros decían sentir de leves dolores de cabeza mientras veían la imagen.
Según la familia de Jane, ella comenzó a sufrir de pesadillas luego de ver la imagen. Ella decía despertarse y ver a “La Vagabunda” al otro lado de su ventana. Algunas veces raspaba el vidrio con sus extremidades parecidas a patas de araña, pero normalmente solo se quedaba estática y con la mirada fija en ella. Jane no podía correr, relata que en esos lapsos de tiempos era incapaz de mover su cuerpo, como si manos invisibles la estuvieran reteniendo. Incluso cuando cerraba los ojos, la podía ver.
Su familia estaba segura de que todas estas pesadillas eran el resultado de la sugestión provocada por el miedo de ver esa imagen, hasta que Jane comenzo a quejarse de verla en su vida diaria. Estaba convencida de que eso, “La Vagabunda”, la seguía. La veía incluso en lugares cerrados y llenos de gente, sin embargo, solo ella la notaba. La familia de Jane comenzó a preocuparse por la salud mental de su hija, pero solo podían consolarla diciendole que La Vagabunda no era real.
Jane solo empeoró. Comenzó a tomar medidas extremas para poder mantenerse despierta tanto como le fuera humanamente posible. Comenzo solo consumiendo cantidades altas de cafeína y manteniendose activa en la noche, pero gradualmente comenzo a cortarse y a gritar al vacío durante toda la noche. Ella ya no dormía nunca. Estaba convencida de que, si dormía de nuevo, “La Vagabunda” vendría a llevarsela.
La familia sabia que no podían solo esperar para el problema se solucionara solo. Jane necesitaba ayuda. La madre toco la puerta de su cuarto, nadie contesto, asi que suave y lentamente, para no asustar a su ya perturbada hija, abrió la puerta. Jane no estaba en su cama, tampoco enfrente de su computadora. Parecía que no estaba en su habitación. Pero aún faltaba revisar el armario.
Allí estaba Janet acurrucada en una esquina. Había sangre esparcida por todo su cuerpo. Se había cortado el cuello. En su mano había una nota manchada con algo de su sangre, decía “Ya no puede tenerme más”.
Así termina la historia de Jane, mas no la de la foto. El caso de Jane no es algo aislado. A lo largo de la década de los noventa, docenas de personas desaparecieron o cometieron suicidio luego de haber visto la susodicha imagen. Desde el inicio del segundo milenio, me he esmerado en localizar la imagen, la cual parece haber desaparecido. Recientemente, he publicado en una página web un articulo en donde pregunto si alguien ha oído hablar de “La Vagabunda”. He hecho esto muchas veces ya. Lo máximo que he logrado ha sido conseguir dos testimonios de personas que aseguran haber escuchado la historia, sin embargo, nadie ha visto la foto. Pero, poco después de publicar mi pregunta por última vez, recibí un correo elétronico.
El asunto del e-mail decía “Puedo verte”, el contenido del correo continuaba “¿Me puedes ver? Yo también puedo verte.”.
Había una imagen adjunta al correo.
Hasta la proxima...
En esta ocasion, le dejare de nuevo a su disposicion 3 creepypastas que espero sean de su agrado.
Los titulos son:
— Noche De Espanto
— Pawel
— ¿Me puedes ver? Yo También Puedo Verte
Pues bien, sin mas contratiempos, empezemos...
Noche De Espanto

Hace un año, en esta fecha, mi vida cambió para siempre. Subí junto a mi esposo, Modesto Almanza, al remolcador 13 de Marzo, que zarparía de la bahía de La Habana. Viajábamos alrededor de 70 personas, muchos de ellos eran familiares y amigos.
Cuando estábamos a siete millas de la costa fuimos interceptados por las embarcaciones castristas. De inmediato, empezaron a darnos bandazos. Sentimos miedo por los niños a bordo, el más pequeño de cinco meses de nacido. Levantamos a los niños y empezamos a gritar que por favor no dispararan. Alguien levantó a una niña y conociendo al que manejaba uno de los remolcadores que nos atacaba le gritó “¡Chino, Jabao, no hagas eso, aquí hay niños!” Si no baja a su niña de tres años, se la matan con los chorros de agua de las mangueras de presión.
En una acción programada, se nos puso un remolcador por atrás. El más grande, que era verde con una raya roja, un rayo rojo, se nos subió en popa y nos partió a la mitad el barco. Al suceder esto, el barco quedó a la deriva porque el patrón, Fidelio Ramel, cayó al agua a consecuencia de la fuerza de las mangueras. Fue entonces que Raúl Muñoz asumió el control de la nave y trató de ayudarnos, de salvarnos porque ya el barco tenía tanta agua que estaba a punto de hundirse.
A pesar de eso, ellos seguían echando agua directamente a las caras de los niños, que ya ni respirar podían. Ya nosotros sabíamos que nos íbamos a hundir. En ese momento Raúl paró el remolcador. Ni eso respetaron. La misión era hundirnos.
Cuando el barco se partió en dos, cayó una caja de madera al agua. Era la nevera que flotaba y muchos tratamos de llegar a ella. Fue entonces que comenzaron a girar las naves a nuestro alrededor, creando un enorme remolino que se tragaba a la gente. Así murió mi cuñada Pilar Almanza Romero. Cuando a mí me fueron a sacar del barco, su niño Yasel Perodin Almanza me tenía el pie agarrado. Cuando me sacaron se me desprendió el tennis y se fue, se lo tragó el remolino y no lo pude agarrar… eso fue terrible.
Después, vi a mi cuñado, Sergio Perodin, salir con el otro niño y sentí alivio porque al menos uno se había salvado. Había una niñita inflada de tanta agua que parecía un sapito. Así nos dejaron hasta el amanecer que nos recogió una lancha Griffin. Fue una noche de espanto. Al subir los insulté, les dije que eran unos asesinos. Dejaron morir a niños y ancianos. Veintitrés niños muertos, asesinados de forma tan despiadada.
Ahí no terminó nuestra odisea. Mi esposo y mi cuñado fueron llevados a Villa Marista donde permanecieron arrestados durante varias semanas. Nunca recuperamos los cadáveres. En una ocasión cuando fui a Villa Marista y pregunté por qué habían mentido en la versión que ofreció la prensa castrista, me insultaron.
Fueron días terribles. Mi sobrino Sergito me preguntaba que por qué no sacaban a su mamá y a su hermanito del fondo del mar. ¡Tantas familias destruidas! ¡Tantos niños asesinados! Los hombres estaban presos, el pueblo estaba enardecido y sobre nosotros había una vigilancia tremenda. A pesar del acoso, di mi testimonio para que se conociera en el exterior. Yo sabía que era la única forma en que llegarían a conocer los hechos reales.
Después de que mi testimonio se conoció a través de Radio Martí y La Voz de la Fundación, la Seguridad del Estado amenazó con arrestarme. Pero realmente ya poco podían hacer. Mi testimonio contribuyó a que se conociera la verdad. A que el mundo supiera la magnitud del crimen.
Unos meses más tarde abordamos una balsa. Nuestro destino fue Guantánamo. Al llegar a Estados Unidos mi familia y yo testificamos ante el Congreso norteamericano. Mi cuñado Sergio Perodin testificó ante la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas en Ginebra. Siempre estaremos dispuestos a denunciar la masacre del remolcador 13 de Marzo.
Nueve meses después del hundimiento del remolcador, di a luz a Maydli. Tal vez ella fue la sobreviviente más joven de la matanza. Tal vez ya yo llevaba a mi niña en el vientre aquel 13 de julio. Sin saberlo, mi instinto maternal me hizo luchar para salvarla. Hay días en los que miro su rostro y pienso en los 23 niños que yacen en el fondo del mar. Es en días como esos que no comprendo cómo existen personas que están dispuestas a llegar a acuerdos con una tiranía. ¿Qué garantías tienen de que no volverán a cometer semejante crimen?
A veces pienso que todo fue una pesadilla. Pero los gritos de horror de las madres que perdieron a sus hijos, las manitas de los niños hundiéndose para siempre en el fondo del mar y el llanto que compartimos es real. Tan real que me asusta pensar que los seres humanos puedan ser capaces de tanta crueldad.
Pawel
Tenía 7 años cuando conocí a Pawel. Se apareció de pronto, estaba sentado en el pasto mirando a la nada cuando camino frente a mí, se quedó parado sin hacer nada. Era un día nublado, mi familia había ido al hospital ya que mi hermana habia tenido un accidente en las escaleras.
Rara vez aparecía. No había visto su cara, siempre llevaba una máscara, tampoco lo escuché hablar, cuando le pregunté su nombre, él dibujo con el dedo las letras de su nombre en el vidrio. Pero... nunca me agradó mucho su compañía, era tenebroso. Solo se paraba ahí y me observaba por mucho tiempo, solo se iba cuando escuchaba a alguien de mi familia acercarse. Lo peor de todo es que siempre que aparecía ocurría alguna desgracia.
Mi madre quedó en silla de ruedas, mi hermana se fracturó un brazo y mi padre quedó en coma. Y solo con mi familia. Muchos de mis amigos habían tenido terribles accidentes.
La última vez que apareció en mi casa, me acerque a él. Estaba en mi habitación.
—No quiero que vuelvas, ya has hecho demasiado daño. —Le dije algo molesto, pero una vibración en mi voz dejó notar el miedo. Hubo un momento de silencio.
—Solo faltas tú.
Al decir esto, estiro sus brazos en dirección a mí y me empujó por la ventana. Al momento en que caía se quitó la máscara, pude notar una cara destrozada, sangrante. Golpee el piso bruscamente, fracturé muchos de mis huesos y los vidrios saltaron sobre mí. Tuvieron que operarme. Esa noche, Pawel apareció nuevamente frente a mi cama.
—¿Q-que quieres...? —Me senté rápidamente, moría de miedo. Lentamente se fue acercando a mí, cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó un espejo que sostenía en su mano y lo posicionó frente a mí.
En ese momento me di cuenta de que mi cara era una replica exacta del rostro de Pawel.

¿Me puedes ver? Yo También Puedo Verte
Corría la década de los noventa, una joven había cometido suicidio luego de haber visto una publicación en un grupo de noticias.
La imagen era la de una figura —la cual era identificada como una mujer— parada en medio de una solitaria carretera. La figura era transparente al punto de tener piernas apenas visibles y era iluminada por una luz de origen desconocido proveniente de la dirección de la cámara (Muy probablemente una linterna o el mismo flash de la cámara). Nunca se logró identificar quién o en dónde se tomo tal fotografía, ya que en esta no se distinguían rasgos faciales en la figura captada, sin embargo había una característica que resaltaba aún más que su fantasmal apariencia, eran sus largos apéndices óseos que tenían gran semajanza a las piernas de una araña. Aquellos individuos que han tenido la oportunidad de ver la foto, o al menos ser conscientes de su existencia, se refieren a esta imagen como “La Vagabunda”.
La primera vez que apareció esta imagen fue en 1996. Jane, una estudiante que en esos momentos esta visitando a su familia por las temporada de festividades. Su interés en lo paranormal la llevo a encontrar a “La Vagabunda” en una página web de una grupo de noticias, la imagen tenía un mensaje adjunto: “¿Me puedes ver? Yo también puedo verte.”.
Docenas de otros usuarios habían visto el mismo post en donde estaba “La Vagabunda”. La mayoría no había pensado mucho en esto, incluso lo consideraban “divertido”. Otros decían sentir de leves dolores de cabeza mientras veían la imagen.
Según la familia de Jane, ella comenzó a sufrir de pesadillas luego de ver la imagen. Ella decía despertarse y ver a “La Vagabunda” al otro lado de su ventana. Algunas veces raspaba el vidrio con sus extremidades parecidas a patas de araña, pero normalmente solo se quedaba estática y con la mirada fija en ella. Jane no podía correr, relata que en esos lapsos de tiempos era incapaz de mover su cuerpo, como si manos invisibles la estuvieran reteniendo. Incluso cuando cerraba los ojos, la podía ver.
Su familia estaba segura de que todas estas pesadillas eran el resultado de la sugestión provocada por el miedo de ver esa imagen, hasta que Jane comenzo a quejarse de verla en su vida diaria. Estaba convencida de que eso, “La Vagabunda”, la seguía. La veía incluso en lugares cerrados y llenos de gente, sin embargo, solo ella la notaba. La familia de Jane comenzó a preocuparse por la salud mental de su hija, pero solo podían consolarla diciendole que La Vagabunda no era real.
Jane solo empeoró. Comenzó a tomar medidas extremas para poder mantenerse despierta tanto como le fuera humanamente posible. Comenzo solo consumiendo cantidades altas de cafeína y manteniendose activa en la noche, pero gradualmente comenzo a cortarse y a gritar al vacío durante toda la noche. Ella ya no dormía nunca. Estaba convencida de que, si dormía de nuevo, “La Vagabunda” vendría a llevarsela.
La familia sabia que no podían solo esperar para el problema se solucionara solo. Jane necesitaba ayuda. La madre toco la puerta de su cuarto, nadie contesto, asi que suave y lentamente, para no asustar a su ya perturbada hija, abrió la puerta. Jane no estaba en su cama, tampoco enfrente de su computadora. Parecía que no estaba en su habitación. Pero aún faltaba revisar el armario.
Allí estaba Janet acurrucada en una esquina. Había sangre esparcida por todo su cuerpo. Se había cortado el cuello. En su mano había una nota manchada con algo de su sangre, decía “Ya no puede tenerme más”.
Así termina la historia de Jane, mas no la de la foto. El caso de Jane no es algo aislado. A lo largo de la década de los noventa, docenas de personas desaparecieron o cometieron suicidio luego de haber visto la susodicha imagen. Desde el inicio del segundo milenio, me he esmerado en localizar la imagen, la cual parece haber desaparecido. Recientemente, he publicado en una página web un articulo en donde pregunto si alguien ha oído hablar de “La Vagabunda”. He hecho esto muchas veces ya. Lo máximo que he logrado ha sido conseguir dos testimonios de personas que aseguran haber escuchado la historia, sin embargo, nadie ha visto la foto. Pero, poco después de publicar mi pregunta por última vez, recibí un correo elétronico.
El asunto del e-mail decía “Puedo verte”, el contenido del correo continuaba “¿Me puedes ver? Yo también puedo verte.”.
Había una imagen adjunta al correo.

Hasta la proxima...