El pasado domingo 01 de junio de 2014, Luis Ignacio Domínguez (26) y Carolina Rojas (22), subieron al cerro El Ávila, la majestuosa montaña que bordea a Caracas, zona de esparcimiento y pulmón vegetal para todos los que habitan en esta violenta ciudad.
Como todos los domingos, los novios tomaron el sendero denominado “Sabas Nieves”, punto del guarda parque, parada obligada, antes de continuar por el corta fuego hasta “Loma de Viento”, en sentido Este – Oeste. Cuentan los novios, que el domingo se dejaron guiar por las voces de un grupo de personas, que al igual que ellos, se ejercitaban y recreaban, bajo el verdor de los árboles y la vista panorámica de los paisajes de Caracas, que se observan desde lo alto de la montaña.
Ambos no recuerdan en qué momento, una pareja de ciclistas los pasó en el recorrido. Lo cierto, es que los jóvenes ciclistas vestían sudaderas de color verde y blanco y zapatos de los que usan los ciclistas. Uno de ellos, usaba guantes de cuero color negro, apunta Luís Ignacio.
Así pasaban los minutos, Luís Ignacio y Carolina, caminando y la pareja de ciclistas delante de ellos, a no menos de veinticinco a treinta metros, calculan. De vez en cuando, se nos perdían los ciclistas, dice Carolina. Explica que cuando se producía un giro (curva) en el “corta fuego”, dejaban de ver a los ciclistas, pero al volver al camino recto, ahí estaban otra vez.
Las voces del grupo de personas las seguíamos escuchando, era más bien como ruido, risas, bulla, aplausos, palabras, no claramente escuchadas. Lo cierto, es que “el bululú se escuchaba, delante de los ciclistas y por supuesto, delante de Luís Ignacio y yo”, relata Carolina.
Todo iba bien. Era un domingo perfecto y soleado, a pesar de la alerta de lluvia del Inameh, para ese día, no llovió. Nos paramos por unos minutos para hidratarnos, cuentan.
Yo tenía una manzana verde y era la sorpresa del día, para después del ejercicio. Al término de la breve interrupción, decidimos continuar en nuestro andar por lo alto de la montaña.
Dejamos de escuchar el ruido de voces de las personas. Tampoco veíamos a los ciclistas. Ambos pensamos que podría tratarse de un alejamiento por aceleración de los pasos de ellos y la detención nuestra para hidratarnos. Al cabo de unos minutos, no recordamos cuántos, volvimos a ver a los ciclistas, que tomaron por un atajo, como bajando hacia la Cota Mil. Al llegar a la intersección entre el camino del cortafuego y el atajo que siguieron los ciclistas, una densa y helada bruma nos envolvió. Tome de la mano a Carolina y ella me dijo, estas palabras: “Luís Ignacio, ¿qué esto? ¿dónde estamos?”. Envuelto entre aquella inexplicable situación, le dije, más bien le grité a Carolina, “corre, vamos a devolvernos, esto es muy extraño!”, sentenció, Luis Ignacio. Quién dos días después de la experiencia misteriosa y aterradora en el cerro El Ávila, se sobresalta al contarnos lo vivido.
Corrieron hasta Sabas Nieves, en la carrera Carolina perdió la Bandana y la gorra de Venezuela, con la siete estrellas blancas. Luís Ignacio, dejó la “manzanita” verde, encontrada y comprada con mucho sacrificio y el cooler del agua, en algún lugar del camino. En Sabas Nieves, no pararon. Casi sin hablar continuaron su veloz regreso hasta Los Palos Grandes, lugar donde reside Carolina.
Luís Ignacio Domínguez, es economista con máster en MBA en Stanford University, Carolina Rojas es arquitecto de la UCV, ambos son descendientes de familias y hogares muy queridos y serios. Son hijos de padres profesionales universitarios.
Quienes los vieron entrar en la casa, dijeron que parecían que habían visto un “espanto”.
Mas impactados quedaron con lo que escucharon.
Eso fue lo que vimos, dijo Carolina.
Estos testimonios reflejan tal cual ocurrieron los hechos. Los protagonistas, este domingo ya no subirán El Ávila, como de costumbre.
Nota: Las personas que vivieron este hecho creen que se trata de los fantasmas de los ciclistas asesinados tal como lo reseña http://cifrasonlinecomve.wordpress.com/2014/06/03/testimonios-huyen-despavoridos-de-el-avila-y-dicen-que-no-volveran