Se sabe: el 16 de septiembre pasado murió en su casa de Los Angeles Johnny Cummings, más conocido como Johnny Ramone, guitarrista y fundador de Los Ramones. También se sabe que Joey Ramone (Jeffrey Hyman) murió en 2001 de un cáncer linfático y que Dee Dee Ramone (Douglas Colvin) falleció de una sobredosis en 2002. El mundo sabe esas cosas, por lo general, esos datos y liviandades que hacen a los intereses de la prensa, y en consecuencia a los nuestros. La gente nace, vive, muere, de vez en cuando hace cosas mencionables como tocar en un recital, salir con una vedette o chocar con su auto contra una pared; lo demás, bueno, queda para cada uno. El anecdotario periodístico, temeroso de la liviandad e intrascendencia de la literatura, se encuadra en la difícil tarea de hacernos llegar sólo lo necesario: la noticia, el dato y como si esa tarea épica fuera poco, la opinión acerca de temas de interés general como la suba del coliflor, las decisiones de la ONU, las declaraciones de Beckham, los últimos líos que provocó el último libro de la última italiana virgen y cosas como esas. Así, nos vamos acostumbrando a tener, también nosotros, una especie de vocabulario básico para hablar y opinar sobre determinados temas, y sobre todo, para seleccionarlos y mostrarnos ante nuestros pares como personas civilizadas y al día. En el caso particular del guitarrista ramonista, sumados a la ineludible mención de su fallecimiento, pueden incluirse, entre otros datos, el hecho de que Johnny nació el 8 de octubre de 1951 en Long Island; que su padre era mecánico y que él nunca compartió esa vocación: desde chico soñó con ser jugador de baseball. Tuvo una adolescencia turbulenta, pero sus problemas de "rebelión" terminaron luego de pasar 2 años en un colegio militar. Ver a otro "colimba", Elvis Presley, en televisión en el año 1957 y a los Beatles en 1964 - en su primera aparición en el Ed Sullivan Show- fueron definiendo su futuro rockante. Y cosas así. ¿Seguimos acumulando datos un ratito? Su primera guitarra fue una Morsite Venture que compró por 50 dólares (robados, claro) con la que emprendió su primera experiencia musical en la escuela secundaria, donde formó parte de un grupo llamado Tangerine Puppets, que hacía covers de los Rolling Stones. Luego se encontraría con Dee Dee y decidirían formar una banda, The Ramones, nombre que fue producto de un extraño homenaje al seudónimo que Paul McCartney utilizaba para registrarse en los hoteles: Paul Ramone. Lo demás se sabe. Digámoslo a la manera ramonera, rápido y fuerte: 1974. Forest Hills. John Cummings en guitarra, Jeffrey Hyman en batería, Douglas Colvin en bajo y algún vocalista ocasional comienzan a ensayar temas rápidos y cortos en un garaje. Al tiempo, la formación de la banda queda reconstituida, ya que Dee Dee no podía tocar y cantar al mismo tiempo. 16 de agosto de 1974. Primer show ante media docena de personas. Set de veinte temas en 17 minutos. La música de los recién nacidos Ramones suena como una patada en los dientes de la más clásica "scene" neoyorkina todavía sumergida en el underground. Entre el 2 y el 19 de febrero de 1976 y con 6.400 dólares graban su primer disco: "Ramones". Se los acusa de ser una ofensa nacional y lo eran: resultaban insultantes en todos los sentidos. Letras insultantes, aspecto insultante, velocidad insultante...Catorce gargajos punk rumiados monótonamente, sin darse respiro entre canción y canción. Londres, más tarde. Discos y conciertos. Tommy deja la banda en 1978, para dedicarse a la producción del grupo. Los datos se acumulan y se empastan en historia. El nuevo integrante es Marc Bell o Marky Ramone. En 1980 aparece "End Of The Century" único disco producido por Phil Spector, un perfecto suplicio para la banda. Según una historia de Dee Dee, Spector los tuvo amenazados con una pistola, adentro de un estudio de grabación, para que terminaran de grabar los temas del disco. El 4 de febrero de 1987, Los Ramones tocan en Buenos Aires en el Estadio de Obras Sanitarias. Uf! y acá llegamos a lo que realmente me interesa decir. O al principio de una historia que quiero contar y que todavía me era ajena porque por esa época yo tenía nueve años y solamente escuchaba a Los Beatles, ya que estaba enamorado de mi maestra de inglés, fanática de los fabulosos cuatro. La cosa es que aquel año empezó ese vínculo extraño entre los ameripunkers y los argentinos; una especie de hermandad espontánea y explosiva que se fue afianzando con los shows del 26, 27 y 28 de abril de 1991, en el mismo estadio de Obras Sanitarias, a los que siguieron cuatro años consecutivos de conciertos-rituales, llenos de pantalones ajustados hasta la asfixia muscular y zapatillas de lona destrozadas. Una de esas ideas que de pronto empiezan a circular y se establecen como certezas generalizadas e indiscutibles, pese a que nadie sabe de dónde provienen, rezaba que los recitales de Los Ramones eran "peligrosos", así que mis padres, que desconocían la naturaleza -muchísimo más peligrosa que la de los inofensivos recitales- de las reuniones nocturnas con mis amigos, habían establecido como especie de tabú inapelable la prohibición de concurrir a las liturgias ramonísticas. Ese, claro, fue uno de los motivos principales de mi acercamiento a la banda, y aunque nunca me había identificado con ninguno de esos grupos a los que ahora denominan "tribus urbanas" y que antes se llamaban simplemente. "grupos", comencé a frecuentar a amigos de mis amigos que habían asistido a los secretos rituales y que enflequillados, con muñequeras de cuero y tachas y zapatillas All Star negras repletas de agujeros representaban una especie de ídolos desaliñados y peludos a los que miraba casi embelesado. Me contaban saltos, patadas y escupidas; la guitarra hiperacelerada de Johnny, la pose desgarbada y fantasmal de Joey, las rayas blancas y negras, blancas y negras, de las remeras, y el cuero y los parches de la batería sonando como un granizo hipomaniaco. Hey ho, lets go, I wanna, I don't wanna. Todo gritado, saltado, pogueado, dicho de repente y entre dientes, entre vino, cerveza tibia y burbujas de marihuana. Un mundo que tenía que ver, definitivamente. Así que el 7 de octubre de 1995 contando con 17 años y una importante melena pseudobailantera, me calcé mis peores trapos y fui (solo) al estadio de Obras Sanitarias a ver de cerca a los flequillos salvajes. ¿Qué buen tono de periodista de rock, no? Parece que fuera cierto y todo. En fin, en cosas así se basa esto del periodismo: pose, palabras fáciles y puro blablabla. Sigamos, como si se lo contara a un amigo: me quedé temeroso, tímido, a un costado, atrás de una multitud que se movía compacta de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha y que sabía de memoria todos los temas que iban pasando como relámpagos precedidos del "uanchutrifor" que casi alcanzaba para tomar un poco de aire. Y claro, se me derritió la cabeza. Los tipos gritaban, saltaban, eran punk y a la vez rock and roll: demasiado. Recuerdo volver de ese recital aturdido, flotando, mientras caminaba por la Avenida del Libertador seguro de haber sido sometido a un rito de iniciación; ese "Gabba gabba hey" definitivamente tenía que responder a un ritual arcaico. Vendí discos, revistas y libros y compré todo lo que vi con el nombre Ramones escrito en su portada con el fin de descubrir el misterio que escondían esos cuatro desarrapados que me habían dejado hipnotizado con un redoblante sonando constantemente en mi cabeza. No había misterio, claro. Se sabe, era música y nada más. Los tipos eran buenos y ya. Sin embargo, habían generado toda una filosofía de vida en torno a su música; esas filosofías a la vez frágiles, tenues, blandas y salvajes de los adolescentes; esas filosofías hechas de prácticas sencillas como sentarse en la vereda a tomar cerveza o formar una banda sin saber tocar ni una nota y que se sostienen en la convicción de atribuirle a cada uno de esos actos una trascendencia casi mística. Los Ramones eran, tal vez sin quererlo en lo absoluto, los gurúes sucios de una generación demasiado invadida de fucsias, baladas eltonjóhnicas, glamour de lentejuelas y máquinas disonantes. El 16 de marzo de 1996 volvieron a la Argentina para dar su último concierto en Sudamérica. Llenaron el estadio de River Plate con 45.000 personas. Estuve ahí, claro, saltando de arriba abajo, de izquierda a derecha y cantando de memoria todos los temas. Durante una hora y media Los Ramones y el público argentino intercambiaron descargas eléctricas en una de las relaciones pasionales más fuertes de las que se tenga memoria. Era la última vez. Y por eso la entrega fue total. Los músicos, exhaustos, saludaron a la audiencia tras el final. En el aire flotaban los vapores tibios de la despedida. Dirigí mi mirada al fondo de la escena y pude ver un graffiti: "Adiós, amigos", decía, simplemente, y lo decía todo
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