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Ernesto Che Guevara

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Biografía de Ernesto Che Guevara

Autor: Rodolfo Walsh. Buenos Aires, Octubre de 1967.

¿Por quién doblan las campanas? Doblan por nosotros. Me resulta imposible pensar en Guevara, desde esta lúgubre primavera de Buenos Aires, sin pensar en Hemingway, en Camilo, en Masetti, en Fabricio Ojeda, en toda esa maravillosa gente que era La Habana o pasaba por La Habana en el 59 y el 60. La nostalgia se codifica en un rosario de muertos y da un poco de vergüenza estar aquí sentado frente a una máquina de escribir, aun sabiendo que eso también es una especie de fatalidad aun si uno pudiera consolarse con la idea de que es una fatalidad que sirve para algo.

Lo veo a Camilo, una mañana de domingo, volando bajo en un helicóptero sobre la playa de Coney Island, asomándose muerto de risa y la muchedumbre que gozaba con él desde abajo. Lo oigo al viejo Hemingway, en el aeropuerto de Rancho Boyeros, decir esas palabras penúltimas : "Vamos a ganar, nosotros los cubanos vamos a ganar" . Y ante mi sorpresa: "I´m not a yankee, you know" .

Interminablemente veo a Masetti en las madrugadas de Prensa Latina, cuando ya se tomaba mate y se escuchaba unos tangos, pero el asunto que volvía era el de esa revolución tan necesaria, aunque hoy se presenta tan dura, tan vestida con la sangre de la gente que uno admirado simplemente quiso.

Nunca sabíamos en Prensa Latina, cuándo iba a venir el Che, simplemente caía sin anunciarse, y la única señal de su presencia en el edificio eran dos guajiritos con el glorioso uniforme de la sierra, uno se estacionaba junto al ascensor, otro ante la oficina de Masetti, metralleta al brazo. No sé exactamente por qué daban la impresión de que se harían matar por Guevara, y cuando eso ocurriera no sería fácil.

Muchos tuvieron más suerte que yo, conversaron largamente con Guevara. Aunque no era imposible ni siquiera difícil yo me limite a escucharlo, dos o tres veces, cuando hablaba con Masetti. Había preguntas por hacer pero no daban ganas de interrumpir o quizá las preguntas quedaban contestadas antes de que uno las hiciera. Sentía lo que él cuenta que sintió al ver por única vez a Frank País: sólo podría precisar en este momento que sus ojos mostraban enseguida el hombre poseído por una causa y que ese hombre era un ser superior. Yo leía sus artículos en Verde Olivo , lo escuchaba por TV: Parecía suficiente, porque Che Cuevara era un hombre sin desdoblamiento. Sus escritos hablaban con su voz, y su voz era la misma en el papel o entre dos mates en aquella oficina del Retiro Médico.

Creo que los habaneros tardaron un poco en acostumbrarse a él, su humor frío y seco, tan porteño, debía caerles como un chubasco. Cuando lo entendieron, era uno de los hombres más queridos de Cuba.

De aquel humor se hacia la primera víctima. Que yo recuerde, ningún jefe de ejército, ningún general, ningún héroe se ha descrito a sí mismo huyendo en dos oportunidades. Del combate de Bueycito, donde se le trabo la ametralladora frente a un soldado enemigo que lo tiroteaba desde cerca, dice: "mi participación en aquel combate fue escasa y nada heroica, pues los pocos tiros los enfrenté con la parte posterior del cuerpo" . Y refiriéndose a la sorpresa de Altos de Espinosa: "no hice nada más que una retirada estratégica a toda velocidad en aquel encuentro" . Exageraba él estas cosas, cuando todos sabían que acaba de recordar Fidel, que lo difícil era sacarlo del lugar donde hubiera más peligro. Dominaba su vanidad como el asma.

En esa renuncia a las últimas pasiones, estaba el germen del hombre nuevo que hablaba.

Guevara no se proponía como un héroe: en todo caso, podía ser un héroe a la altura de todos. Pero esto, claro, no era cierto para los demás. Su altura era anonadante: resulta más fácil a veces desistir que seguirlo, y lo mismo ocurría con Fidel y la gente de la Sierra. Esta exigencia podía ponernos en crisis, y esa crisis tiene ahora su forma definitiva, tras los episodios de Bolivia.

Dicho más simplemente: nos cuesta a muchos eludir la vergüenza, no de estar vivos porque no es el deseo de la muerte, es su contrario, la fuerza de la revolución, sino de que Guevara haya muerto con tan pocos alrededor. Por supuesto, no sabíamos, oficialmente no sabíamos nada, pero algunos sospechábamos, temíamos. Fuimos lentos, ¿culpables? Inútil ya discutir la cosa, pero ese sentimiento que digo está, al menos para mí y tal vez sea un nuevo punto de partida.

El agente de la CIA que según la agencia Reuter codeó y panceó a cien periodistas que en Valle Grande pretendían ver el cadáver, dijo una frase en inglés: "awright, get the hell out of here".

Esta frase con su sello, su impronta, su marca criminal, queda propuesta para la historia. Y su necesaria réplica: alguien tarde o temprano se irá al carajo de este continente. No serán los que nacieron en él. No será la memoria del Che.

Que ahora está desparramado en cien ciudades entregado al camino de quienes no lo conocieron.

En diciembre de 1947 ingresa a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Durante 1952 viaja por Argentina, Chile, Perú, Colombia y Venezuela en compañía de Alberto Granados. El 12 de junio de 1953 recibe el título de médico. El 6 de julio parte rumbo a Venezuela, pero la situación que encuentra en Bolivia y su posterior contacto con exiliados latinoamericanos en Perú le hace cambiar de idea.

En diciembre de 1953 llega a Guatemala. En enero de 1954 conoce a Antonio Ñico López, participante del asalto al Cuartel Moncada, con el que entabla amistad. Después del golpe de Estado que culmina con el derrocamiento del gobierno democrático de Jacobo Arbenz, el Che parte rumbo a México.

En julio de 1955 conoce a Fidel Castro y se enlista como médico de la futura expedición del Granma. El 25 de noviembre de 1956 los combatientes revolucionarios parten del puerto de Tuxpan con rumbo a Cuba. El desembarco se produce el 2 de diciembre y los rebeldes son sorprendidos pocos días después en Alegría de Pío por el ejército de Batista.

El 17 de enero de 1957 participa en el primer combate victorioso de los rebeldes en La Plata. El 28 de mayo se obtiene una importante victoria en el ataque al cuartel del Uvero. Según el Che, este combate marca la mayoría de edad del Ejército Rebelde.

El 5 de junio, es nombrado jefe de la cuarta columna rebelde (en realidad, la segunda). Entre julio y diciembre fija su campamento en la zona de El Hombrito. Ahí instala una escuela, una fábrica de zapatos, una talabartería, una armería, una hojalatería y una herrería.

El 21 de agosto de 1958, el Che recibe la orden de marchar con destino a la provincia de Las Villas para ponerse al frente de las unidades del Movimiento 26 de julio que operaban en esa zona. La columna invasora 8 "Ciro Redondo" parte el 31 de agosto desde El Jíbaro. El 8 de septiembre llega a Camagüey. El 15 de octubre, después de recorrer más de 500 Km, llega a la sierra de El Escambray. El Che instala su comandancia en Caballete de Casa.

El 28 de diciembre, como parte de la ofensiva final del Ejército Rebelde, inicia el ataque a la ciudad de Santa Clara. El 31 de diciembre se consuma la toma de la ciudad y el triunfo de la Revolución. El 2 de enero de 1959 se translada a La Habana.

El 26 de noviembre de 1959 es nombrado presidente del Banco Nacional de Cuba.

El 4 de marzo de 1960 acude al lugar dónde estalló el barco francés La Coubre. Al día siguiente, durante la despedida de duelo de las víctimas del sabotaje, Alberto Korda registra al Che en una memorable fotografía.

El 21 de octubre parte en un viaje hacia los países de la comunidad socialista. Visita Checoslovaquia, la Unión Soviética, Alemania Oriental, Hungría, China y Corea del Norte. El 6 de enero de 1961 informa en televisión los resultados de su viaje.

El 23 de febrero es nombrado Ministro de Industrias.

El 9 de abril publica en la revista Verde Olivo un artículo titulado "Cuba, ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha contra el colonialismo?".

El 16 de abril se traslada a la comandancia de occidente en Consolación del Sur, Pinar del Río, pues la inteligencia Cubana piensa que habrá una invasión por esa zona, la más cercana al continente. El Che sufre un accidente con su pistola. El desembarco mercenario finalmente se produce en Playa Girón y es derrotado en tan solo 72 horas.

El 2 de agosto viaja al frente de la delegación Cubana rumbo a Punta del Este, Uruguay, para participar en la Conferencia del Consejo Interamericano Económico Social. El día 8 interviene en la quinta sesión plenaria y fustiga la denominada Alianza para el Progreso. El 17 pronuncia un discurso en la Universidad Nacional de Montevideo. El 19, tras concluir su visita a Uruguay, viaja a Argentina y Brasil. El 23 informa en televisión al pueblo de Cuba los resultados de la Conferencia de Punta del Este.

El 22 de octubre de 1962, al desencadenarse la Crisis de Octubre, se le asigna la defensa de la parte occidental del territorio Cubano. El Che instala su comandancia en la cordillera de los Organos, Pinar del Río.

El 30 de junio de 1963 viaja a Argelia para participar en las actividades por el aniversario de la independencia.

El 17 de marzo de 1964 parte con rumbo a Ginebra para participar en la Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo.

El 12 de marzo de 1965 el semanario Marcha publica el artículo del Che titulado "El socialismo y el hombre en Cuba".

El 3 de octubre, en el acto de constitución del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, Fidel lee la carta de despedida del Che.

El 18 de abril de 1967 se publica en Cuba el mensaje enviado por el Che a la revista Tricontinental.

El 8 de octubre es herido en combate en la Quebrada del Yuro. El 9 de octubre es asesinado en el pueblo de Higuera.

El 28 de junio de 1967 un grupo de expertos Cubanos y argentinos descubre una fosa común en Vallegrande con los restos del Che y de otros 6 guerrilleros.

El 12 de julio de 1967 es recibido en el aeropuerto de San Antonio de los Baños por su familia y compañeros. Los restos del Che descansarán en un mausoleo en la Plaza Ernesto Che Guevara en Santa Clara.

Los padres del Che Guevara

Ernesto Guevara fue el mayor de los cinco hijos de Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna. Ambos pertenecían a conocidas familias aristocráticas de clase alta. Su tatarabuelo paterno fue considerado el hombre más rico de Sudamérica, mientras que por el lado materno descendía de José de la Serna e Hinojosa, último virrey español en Lima. Personalmente conformaron un hogar de menos poder económico, de clase media alta.
Ernesto Guevara Lynch (1901-1987), el padre, tenía una vida desahogada gracias a las rentas que obtenía de la herencia recibida de sus padres[9] . Al nacer su hijo, acababa de comprar una importante plantación de yerba mate en Caraguatay, una zona rural de la provincia de Misiones, en el área de Montecarlo, 200 km. al norte de la capital Posadas, sobre el río Paraná. En aquellos tiempos los trabajadores de los yerbatales, conocidos como mensúes, estaban sometidos a un régimen prácticamente esclavo. La novela "El río oscuro", de Alfredo Varela, sobre la que se realizó la película Las aguas bajan turbias, está ambientada en el trabajo de los yerbatales de aquellos años.
El padre del Che vivía en Buenos Aires pero se encargaba personalmente del yerbatal, que tenía el nombre de La Misionera y había sido comprado con parte de la herencia de su esposa[10] . También obtenía ingresos del Astillero Río de la Plata, propiedad de varios miembros de su familia; ubicado en San Fernando, se incendió en 1930. Nunca llegó a prosperar lo suficiente y terminó vendiendo el yerbatal en la década de 1940, para instalar una inmobiliaria y comprar una casa en Buenos Aires. En Córdoba instaló con un socio una empresa de construcción civil que quebró en 1947. En 1948 recibió otra importante herencia debido a la muerte de su madre, Ana Isabel Lynch Ortiz. Algunas biografías lo indican incorrectamente como ingeniero y de ideas socialistas. Se volvió a casar y tuvo tres hijos. En 1987 escribió un libro con el título "Mi hijo el Che".
Celia de la Serna (n. 1906;18 de mayo de 1965), la madre, pertenecía a una tradicional familia aristocrática[11] de grandes estancieros bonaerenses. Su padre se suicidó cuando tenía dos años y su madre murió cuando tenía quince[12] . Quedó entonces al cuidado de su hermana Carmen y una tía. Perteneció a una generación de mujeres argentinas de clase alta progresistas que promovieron el feminismo, la libertad sexual y la autonomía de las mujeres, cuya más fiel representante fue Victoria Ocampo.
Los padres de Ernesto se casaron el 10 de diciembre de 1927, cuando Celia se encontraba embarazada de tres meses. El hecho resultaba condenable para la moral de aquellos años, pero también indica una actitud poco conservadora por parte de sus padres y sobre todo por parte de su madre[13] , quien pocos años antes había estado a punto de convertirse en monja[14] . En 1948 se separaron, aunque siguieron viviendo bajo el mismo techo; otra conducta inhabitual en la clase alta argentina, que conllevaba la marginación. En total tuvieron cinco hijos:

* Ernesto (1928-1967)
* Celia (n. 1929)
* Roberto (n. 1932)
* Ana María (n. 1934 - m. 1988)
* Juan Martín (n. 1943)

Una característica de los padres de Ernesto que influyó considerablemente en su niñez y juventud, fueron su constantes mudanzas y traslados. Hasta dejar la Argentina definitivamente en 1953, la familia de Ernesto tuvo al menos 12 domicilios, en Buenos Aires, Caraguatay, San Isidro, Alta Gracia y Córdoba capital.

El tabaco, único vicio y «don del cielo» para el Che Guevara
Por Michel Porcheron - Fumar un «tabaco» era el único vicio confesado del comandante Ernesto Che Guevara, asmático desde los dos años, viviendo con ese peligro constante y sin embargo convencido de que el humo del habano «expulsaría al dragón adormilado en su pecho».
Muchas fotos del legendario guerrillero cubano-argentino lo muestran con un habano (tabaco en Cuba, puro en España) en la boca o entre los dedos índice y mayor, y con el rostro semioculto por las volutas de humo. Pero, en realidad, su «vicio» fue tardío y sólo se entrego a las delicias del habano en los últimos diez años de su vida (1957-1967).
«De hecho, fue en 1957, en plena campaña de la Sierra Maestra (1956-59), cuando descubrió el placer que procura un buen habano», explica su gran amigo argentino Alberto Granado. Antes le divertía al Argentino (1928) llamar «fumadores de tabaco» a los cubanos que había conocido en Costa Rica y Guatemala. Y ni siquiera le contagió su afición Fidel Castro, al que conoció en 1955 en México.
En la Sierra Maestra empezó por llenar su pipa de habanos desmenuzados, pero «luego decidió fumar el habano entero y, al igual que nosotros, lo apuraba hasta quemarse los dedos», relató un ex combatiente de la Sierra Maestra, que fue también uno de los compañeros del Che en Bolivia.
«Más tarde consideraba al habano como otro don del cielo, junto al mate argentino», agregó. Siempre (¿?) se le veía con un Partagás o un H. Upmann encendido, fumaba tres o cuatro cada día y se habían convertido en sus inseparables compañeros. «Era su único vicio».

Todas estos testimonios y anécdotas figuran en un artículo del periodista francés Jean Cormiera publicado en un antiguo numero de la revista trimestral L'Amateur de Cigare.
Cuando era ministro de Industria del gobierno cubano, algunos amigos, como Antonio Núñez Jiménez, le advirtieron que fumar era malo para el asma. «Te hace daño, no fumes. Cuba te necesita sano». «Bueno, solo fumaré un habano al día», contestó el Che. Y al día siguiente recibió a sus colaboradores con un habano... de un metro de largo.

Nació el Cohiba en 1966

Fue el propio Guevara, quien, por añadidura, también popularizo después de Fidel Castro el tabaco que se iba a llamar Cohiba, primera marca de habanos de la Revolución (1). Ya que el nombre fue escogido sólo en 1966 por Celia Sánchez, una de las pocas mujeres guerrilleras en la Sierra Maestra y que se quedó principal asistente del líder cubano. Antes, estos puros no tenían marca ni anillo, se llamaban «los puros del Comandante», quien había descubierto por casualidad la excelencia de este nuevo módulo un día de 1963 (probablemente a principios del 63) en su Oldsmobile oficial que andaba por la Quinta Avenida, en Miramar. Acababa de recibirlo de parte de Chicho, guardia de su escolta y amigo conocedor. «Nunca antes en mi vida había fumado nada mejor», tuvo la oportunidad de decir más tarde el Che, cuando estos tabacos se hicieron los preferidos de los dirigentes de la Revolución. Fidel Castro se los ofrecía a sus ministros y el Che fue uno de los primeros beneficiarios.

Por un tabaco mal apagado

Es probable que el Che llevaba con él algunos de esos tabacos cuando viajó en diciembre 1964 a Nueva York. Ernesto Guevara tuvo, el 11 de diciembre, ante la Asamblea General de las Naciones Unidos, una nueva gran actuación internacional al hablar en nombre de Cuba, presidiendo la delegación cubana. Fue acompañado por su secretario personal, José Manuel Manresa. Cuenta Orlando Borrego, colaborador y amigo del Che, reportando testimonio de Manresa (Recuerdos en ráfaga, Ed. Ciencias sociales, 2004, p. 51) : «… de pronto Manresa estalló en una risa incontenible que le aguaba los ojos. Me convencí que algo fuera de lo común le había sucedido». Durante un receso de la Asamblea, el Che estaba conversando con otras personalidades diplomáticas y de pronto había prendido un habano «dedicándose a disfrutarlo con el mayor placer y elegancia». No habían pasado 5 minutos y se anunció la reanudación de la sesión. El Che miró enternecido su tabaco, se acercó a un cenicero y trató de apagarlo con cuidado para no estropearlo y luego lo depositó sigilosamente en el bolsillo de su chaqueta. Entraron los dos y ocuparon de nuevo sus asientos… A los pocos minutos «se respiraba un aromático olor a tabaco cubano en el recinto». El Che sintió un fuerte calor en el bolsillo, y con discreción sacó su preciado habano… encendido y se lo pasó con mas discreción todavía a Manresa. Largos minutos pasaron, antes que Manresa, impaciente, aprovechara unos aplausos de los asistentes para tomar rumbo a la primera puerta de salida «con la mayor dignidad». «Procedió a apagarlo con la mayor delicadeza. Debía conservarlo con esmero para devolverlo al final de la sesión al Che, seguro de que de no hacerlo tendría que soportar une seria reprimenda».
El Che iba a inflamar la Asamblea con un discurso histórico. Por poco, por su afición al habano, iba a incendiar su chaqueta de guerrillero, ¡con todas las consecuencias que eso hubiera provocado! Imaginemos titulares de la prensa: ¡«Fuego en la ONU. Los bomberos tuvieron que rociar al delegado cubano, el Sr Ernesto Guevara con espuma de gas carbónico»…!
Por otro lado, en una de las últimas fotos del Che, hechas en Cuba por Salas, Ernesto Guevara está fumando un habano de Fidel. Obviamente lo está saboreando. Sin embargo, en 1961 había escrito, en su prologo al libro «Biografía del tabaco cubano», que «ya no somos el país del tabaco, sino el de Fidel Castro y la Revolución. No queremos que Cuba sea mero productor de bienes de consumo destinados a satisfacer los caprichos de algunos»... Por suerte, no se tomó en cuenta el proyecto del Che. Actualmente, se producen y se venden en Cuba y en el mundo entero un promedio anual de 150 millones de unidades de habanos, lo que representa el ingreso de una cantidad enorme de divisas… Otras dos anécdotas valen su peso en hoja de tabaco: una de noviembre de 1966, cuando Regis Debray, alias Danton, se sumó secretamente a la guerrilla de Bolivia con dos cajas de Churchill (¿?), es decir, 50 gruesos vegueros que el Che a su llegada mas tarde se apresuro a repartir con sus camaradas. Otros dicen que se trataba de los futuros Cohiba; y otra de 1965, cuando recibía en el Congo belga paquetes de libros, medicamentos y... habanos expedidos desde La Habana.
Fidel Castro terminó de una vez por todas con el tabaco en 1985. Fumaba una cierta cantidad de lanceros, varios cada día. De vez en cuando mostraba con orgullo la medalla que le había otorgado la OMS (Organización Mundial de la Salud) de Ginebra por dejarlo.

Habano vs Boyard

El Che también regalaba tabacos. Una foto se volvió muy conocida. En 1960, a Jean Paul Sartre, gran fumador de pipa y fumador empedernido de cigarrillos, lo recibe oficialmente el argentino, entonces presidente del Banco Nacional de Cuba. Son las doce de la noche, el encuentro tiene lugar en el gran salón de la presidencia. En la foto tomada por Korda, se ve a Sartre, con traje y corbata negra, sentado en un sofá de cuero, ligeramente inclinado hacia adelante, con un puro sin anillo entre el índice y el mayor de la mano derecha. Parece torpe, con los dedos demasiado cerca de los labios. Frente a él, el Che está sentado en una butaca y tiende hacia Sartre la llama de un grueso encendedor de mesa, tipo Ronson. Podemos pensar que en este momento el Che tuvo la amabilidad de no decirle a Sartre que un puro no se debe encender dirigido hacia abajo. Según el escritor y periodista cubano Jaime Sarusky, «Sartre agarraba el tabaco con timidez, por no decir con miedo, como si intentara adaptarse a esa nueva experiencia, muy diferente de la de fumar cigarrillos, que más que tomar entre los dedos daba la sensación de que los abrazaba».
¡Ah, los famosos Boyard de JPS! A Fidel lo intrigaron los gruesos cigarrillos, fumados por Sartre y le pidió probarlos. Le pregunto si conocía el sabor de los habanos. Es lo cuenta Lisandro Otero, testigo directo. «Intercambiaron tabacos de distinto tipo y fumaron a gusto».
Así, salvo error, Jean Paul Sartre fue probablemente el primer francés en fumar habanos con Fidel y con Che Guevara. ¿Quién ha tenido tal suerte? Nuestro presidente vitalicio del Club de los Parlamentarios (franceses) Aficionados al Habano, André Santini, por ser demasiado joven, jamás tuvo tal oportunidad. Él para quien un día sin habano es un día sin pan, sin sol o sin tiro de humor.
Ya desde el 63 «el puro de Fidel» era excelente. Los expertos cubanos se dedicaron, en el curso de los años, a mejorarlo cada vez más… hasta hoy. El Amateur de cigare escribe entre otras cosas buenas sobre este Lancero: «tiene indiscutiblemente una facha loca (…) Se saborea con los ojos cerrados». Es obviamente para conocedores, para aficionados confirmados y eso desde hace 44 años, desde su primera versión. A la cuestión de saber si Fidel Castro les ofrecía otros tipos de habanos a sus amigos, a las personalidades que venían a Cuba o a las que expedía cajas de estos tesoros, hecha en 1996 con insistencia por su amigo norteamericano Marvin Schanken, el jefe de la revista Cigar Aficionado, el líder cubano respondió que no, como lo escribe el experto Adargelio Garrido de la Grana (1958), el autor del libro de referencia … Lo llamaremos Cohiba (Ed. Habanos SA, 1997).

Notas

1) Es el torcedor Eduardo Rivera Irizarri, mientras trabajaba en la fábrica Por Larranaga, luego en la de Corona, quien había creado para él mismo (lo que en Cuba se llama la fuma, una cantidad de puros torcido por el torcedor para su consumo personal) este puro que iba a llevar el nombre de Cohiba. Durante un tiempo, Rivera continuó abasteciendo a Chicho, sin saber a quién esta «fuma » estaba realmente afectada. Luego fue «el torcedor de Fidel», antes de ser el primer director de una escuela de torcedores donde fueron hechos muy secretamente los ejemplares para «el Comandante». Es solamente hacia 1973 que el Cohiba (Lancero) es progresivamente llevado al mercado interior, principalmente para el cuerpo diplomático y los periodistas de la prensa extranjera (2) antes del lanzamiento internacional en 1982. Las primeras vitolas Cohiba fueron después del Lancero (grande panatella) el Corona Especial y el Panetela.
En ocasión de las fiestas de fin de año (1965), la torcedora Josefina Hernández tuvo el privilegio de preparar una selección de estos puros (entonces sin marca) que fue enviada al General de Gaulle (1890-1970), entonces (reelegido desde 1964) presidente de la República.
2) El Lancero de 192 mm (cerca de 15 de diámetro) se vendía en el DiploMercado de Miramar (en aquel entonces el único lugar con la DiploTienda que vendía en peso convertible, existiendo en aquella época sólo en forma de cheques, con paridad con el peso cubano) y por un puñado de convertibles. Vale hoy en Francia entre 16 y 17 euros la unidad … En las recepciones gubernamentales, generalmente en presencia de Fidel Castro, había tres tipos de grandes bandejas redondas que presentaban los camareros a los convidados, uno para tapas saladas o azucaradas, otro para la bebida, entonces dos clásicos, y …otra para « los puros de Fidel y del Che », a discreción, los mismos o casi que había fumado Ernesto Guevara. Y con eso, usted quisiera que la nostalgia no nos sumergiera …

Los secretos del Che Guevara

Por primera vez se revela su prontuario policial, que contiene un doble par de huellas digitales, así como el nombre de uno de sus más secretos perseguidores. También, se dan a conocer informes diplomáticos que aclaran los misterios que rodearon su identificación, ya muerto.
Los caminos del Che son infinitos", dijo una vez Julio Cortázar: intuía que la saga de uno de los mayores mitos del siglo XX sería contada una y otra vez hasta en los detalles más secretos. A treinta y siete años de su muerte, aún existen registros inéditos del Estado argentino sobre la historia de quien nació en Rosario, un 14 de junio de 1924, como Ernesto Guevara Lynch de la Serna, y se hizo cubano y fue el Che luego de participar en la revolución que encabezó Fidel Castro contra la dictadura de Fulgencio Batista en 1959.
Los documentos y testimonios aún inéditos sobre la relación del Estado argentino con el Che, a los que Clarín accedió, muestran el vínculo tormentoso que los unió en plena Guerra Fría, cuando EE.UU. y la URSS peleaban por su influencia en América latina: Guevara fue un hombre admirado pero también un enemigo. Los registros se refieren en general al período donde el Che es considerado una amenaza para el régimen dictatorial del general Juan Carlos Onganía, entre 1966 y 1967. En ese período, el canciller era Nicanor Costa Méndez. El embajador en EE.UU., Alvaro Alsogaray, y el jefe del Ejército, su hermano Julio; el general Hugo Miatello (Batallón 601); el general Marcelo Levingston (SIDE); el jefe de la Central de Inteligencia Nacional, que tenía vinculaciones con la CIA, el entonces mayor Alberto Alfredo Valín. De esa lista de jefes máximos, sólo dos quedan con vida: Alvaro Alsogaray y Levingston, pero ninguno quiere recordar. Sin embargo, Levingston y Costa Méndez hablaron con quien esto escribe en setiembre de 1987. Admitieron lo siguiente: "Supimos cuando el Che había llegado al Sur en setiembre de 1966. Y supimos que había llegado a Bolivia el mismo día que lo hizo, en noviembre de 1966, por una comunicación del jefe de la estación de la CIA, John Tilton". Sobre los movimientos ordenados para espiar su llegada o paso a territorio argentino fue encomendada la Gendarmería, entonces bajo el mando operacional del Ejército. Así lo cuenta, entre otros, el comandante mayor (RE) Oscar Francisco Toyo, entonces jefe del Escuadrón de Gendarmería de Orán (ver "Sabíamos...".


El misterio de las huellas

El prontuario policial argentino 3.524.272 del Che, que consta de apenas 18 fojas, confirmará esas palabras. Allí se consigna que fue iniciado el 29 de octubre de 1947. Que está ahora celosamente guardado en la caja de hierro 336, y que allí queda un registro de sus datos filiatorios, así como el número de su matrícula en la Facultad de Medicina: 159.541; su ficha de empadronamiento militar 6.460.503, ocurrido en Córdoba en julio de 1946. También, su solicitud de certificado de buena conducta, el 27 de mayo de 1953, para viajar a Venezuela, Guatemala, Panamá y Colombia, que concluye con un "no registra" antecedentes. Pero el núcleo duro de las historias que cuenta el prontuario son: 1) la relativa al espionaje sobre los movimientos del Che, tal como lo señaló Costa Méndez y lo confirman los documentos diplomáticos y testimonios que acá se reproducen; 2) la historia de las huellas digitales. En setiembre de 1966 —en el momento en que la CIA informa de la llegada del Che a Sudamérica, presuntamente a Brasil—, el entonces mayor Alberto Alfredo Valín, jefe de la Central de Inteligencia, de la que dependía Coordinación Federal (la policía política), remite a la sección prontuarios de la Policía Federal el prontuario del Che con una curiosa aclaración: "Se hace constar que no existen en el prontuario fichas dactiloscópicas del nombrado ni se halla consignada su individual dactiloscópica". La situación es "muy urgente", se señala en el documento. En verdad, la urgencia de Valín se refiere a la necesidad de remitir a Bolivia las huellas digitales verdaderas del Che por un pedido de la CIA que ya había detectado su presencia en la zona. Valín no era ni fue cualquier militar. Su historia está ligada a la lucha anticomunista más fiera. Será clave, en los 70, como jefe de las unidades que persiguieron a las cúpulas guerrilleras del ERP y Montoneros. Será el jefe máximo del tenebroso Batallón de Inteligencia 601 del Ejército entre 1974 y 1977, desde donde infiltró al ERP en el ataque a Monte Chingolo. Y jefe de la inteligencia militar de la dictadura entre 1978 y 1979. Y el militar criollo en quien la CIA más confiaba —según datos del investigador Ariel Armony— para comandar a los asesores argentinos de los contras nicaragüenses a partir de 1980 en Honduras y El Salvador. Fue el hombre que persiguió tempranamente los pasos del Che desde la Argentina. Valín era cordobés. Se retiró del Ejército en enero de 1982 y murió en enero de 1995. Su legajo personal, solicitado por Clarín a Ejército, está hoy en el juzgado federal que lleva la causa "Scagliusi", vinculada a Montoneros.
Por lo tanto, cuando Valín comprobó en setiembre de 1966 la ausencia de las huellas en el prontuario del Che, habría tramitado su envio vía la inteligencia militar desde Córdoba de la llamada "ficha militar dactiloscópica" como "reproducción fotográfica" (ver facsímiles). Así, se hace constar que se agregó al prontuario esa ficha el 15 de noviembre de 1966, en el momento en que el Che entró a Bolivia, según dejó escrito en su diario. Pero en el prontuario del Che hay otro par de huellas dactilares. Esas, tomadas por la Dirección de Investigaciones de la Policía Federal, se cree corresponden a las manos cortadas del Che después de su asesinato en La Higuera por los rangers bolivianos y la CIA el 9 de octubre de 1967. En ese momento, el Ejército y la Marina tenían agregados militares en La Paz: el coronel Saúl García Tuñón, que aún vive pero no está "en condiciones de hablar", y el capitán de navío Carlos Mayer, que murió en 1999. Los médicos bolivianos del Hospital Señor de Malta, en Vallegrande, Moisés Abrahan Baptista y José Martínez Caso certificaron la muerte de Guevara por nueve balazos el mismo 9 de octubre a la tarde e hicieron un protocolo de autopsia. Pero nunca se extendió una partida de defunción. Esa certificación no alcanzó para disipar las dudas sobre si el Che estaba verdaderamente muerto. Roberto Guevara llegó a Bolivia a intentar verificar la muerte de su hermano: nunca vio el cadáver. La urgencia de hacerlo desaparecer impuso la decisión en el alto mando boliviano y la CIA —según consta en los documentos desclasificados por los Estados Unidos durante la presidencia de Lyndon B. Johnson y su secretario de Estado, Walt Rostow— de cortarle las manos para su posterior identificación. El papel de los argentinos en este proceso explica las segundas huellas digitales del prontuario que acá se revelan. Un acta secreta, fechada en La Paz el sábado 14 de octubre de 1967 a las 16 horas, da cuenta de lo siguiente: en el cuartel general de Miraflores, el comandante en jefe de las fuerzas armadas bolivianas, general Alfredo Ovando Candia, además de otros asistentes, recibió a la delegación argentina que venía a identificar las manos del Che. Esa delegación estaba compuesta por el agregado naval Mayer, el secretario de la Embajada argentina Jorge Cremona y el cónsul a cargo del Consulado en La Paz, Miguel Angel Stoppello, un correntino que había estudiado en el Colegio Militar, que fue uno de los correos diplomáticos humanos que llevó a Washington personalmente los informes sobre el movimiento de argentinos que apoyaban al Che en Tarija, en junio de 1967. Tanto Stoppello como Cremona murieron. Pero junto a ellos estaban los oficiales de la Policía Federal Esteban Relzhauser —perito scopométrico—, Nicolás Pellicari y Juan Carlos Delgado como peritos dactiloscópicos que aún viven. Ellos vieron las manos cortadas del Che en formol. Ni sus actuales jefes policiales los convencieron, aún, de salir del silencio empecinado de su retiro. Pero se sabe que a Relzhauser le tocó confirmar la autenticidad del diario del Che, cuadernos hechos en Alemania, con pie de imprenta "Harteilug A.N.". Estos policías certificaron que la escritura y las manos de ese hombre, ligado a la Argentina por la vida y en su muerte, y cuyo cadáver se haría desaparecer por 30 años, pertenecían a Ernesto Guevara, alias Che.

El insólito viaje de las manos del Che Guevara

"Traigo las manos del Che en la maleta. ¿Las quiere ver?". Sándor Varga, funcionario del departamento de América Latina en el Ministerio húngaro de Exteriores, intentó disimular su desconcierto. Aquel frío 30 de diciembre de 1969 había recibido la orden de recoger en el aeropuerto de Budapest a un miembro del Partido Comunista Boliviano (PCB), "un tal Juan Coronel, que venía en misión especial, camino a Moscú". Varga preguntó a su jefe si tenía que revisar el contenido de la maleta. La respuesta fue un no lacónico.

Las manos del guerrillero fueron trasladadas vía Moscú por valija diplomática Coronel era parte de un intrincado plan para hacer llegar a La Habana las manos del Che. El Ejército boliviano se las había amputado después de su ejecución, dos años antes, para tener una prueba de su identidad. Después, las manos habían ido a parar al dormitorio del ministro del Interior de Bolivia, Antonio Arguedas, que las había escondido debajo de su cama, en un bote con formol, dentro una urna de madera, "con terciopelo rojo y un acabado muy elegante", según su propia descripción.
Arguedas era un personaje extraño, a la vez amigo de Cuba y agente de la CIA. Una bomba adherida a su cuerpo acabaría matándolo en el año 2000. A espaldas de su propio Gobierno, el ministro decidió enviar las manos del Che a La Habana, como ya había hecho antes con las fotocopias del diario del guerrillero. Para ambas misiones clandestinas, recurrió a un buen amigo, el periodista Víctor Zannier.
Ante las dificultades de este nuevo encargo, Zannier pidió ayuda a unos conocidos suyos, miembros del PCB. La esposa de uno de ellos trabajaba en la Embajada húngara, que, con la yugoslava, eran las únicas representaciones diplomáticas del campo socialista en La Paz. Después de varios meses de consultas entre Budapest y Moscú, Coronel y Zannier recibieron instrucciones para viajar a la URSS por rutas diferentes, quizás para despistar a los servicios secretos occidentales. A su llegada a Moscú, los dos hombres esperarían nuevas directrices. "Yo salí el 20 de diciembre de 1969 de La Paz a París", cuenta Zannier. "Viajé en tren de París a Praga. Y de ahí volé a Moscú, donde me iba a reunir con Juan Coronel". ¿Quién llevaba las manos del Che? Zannier asegura que ninguno de los dos.
Coronel salió de La Paz ocho días después. "Fui con Iberia, que hacía escala en Lima, Guayaquil, Bogotá y Caracas", cuenta el viejo militante comunista desde su casa de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. "Llegué a Madrid el 28 de diciembre y seguí con Air France hasta Budapest, vía París y Praga. Llevaba el frasco de formol en mi equipaje de mano, entre la ropa".
Sándor Varga confiesa, en perfecto español, que su encuentro con Coronel en Budapest le dejó perplejo. "Yo no entendía por qué alguien tenía que viajar con semejante cargamento en un recorrido con tantas escalas. Había otras vías, menos arriesgadas". Hace unos meses, 36 años después de aquel extraño episodio, un ex colega, que había sido como él embajador en Bolivia, le dijo que, en realidad, Coronel no tenía consigo las manos del Che. "Me comentó que nuestro Gobierno había recurrido a la valija diplomática para transportarlas. Coronel estaba convencido de que él las llevaba, y por eso quiso enseñármelas. Es posible que los soviéticos le engañaran".
El periodista húngaro Gyula Ortutay, que ha tenido acceso a informaciones reservadas del Ministerio de Exteriores, ha logrado reconstruir la ruta de las manos amputadas. "El paquete viajó de La Paz a Santiago de Chile, Montevideo -ahí, las manos del Che pasaron la noche en la caja fuerte de la Embajada húngara-, Buenos Aires, París y Budapest, siempre bajo la custodia de dos correos con inmunidad diplomática", explica. Luego, el peculiar bulto siguió hasta Moscú y su destino final, Cuba.
¿Por qué tuvieron que pasar por Moscú? "Estoy seguro de que la inteligencia soviética quería examinar las manos antes de mandarlas a La Habana", dice Zannier. Cumplido este objetivo, los soviéticos dieron el visto bueno para que los dos bolivianos culminaran el viaje. Coronel, sin embargo, tuvo un disgusto mayúsculo cuando la Embajada cubana le prohibió volar a La Habana porque "pertenecía al partido que había traicionado al Che". Zannier partió solo, a bordo de un avión de Aeroflot, "con el maletín entre las piernas". Llegó el 6 de enero de 1970 a Cuba, donde fue recibido por Fidel Castro. Unas semanas después, en la plaza de la Revolución, el líder máximo daría las gracias a "aquellos anónimos amigos que pusieron en riesgo sus vidas para que estos sagrados despojos reposen en suelo de Cuba". Desde entonces, están guardadas en un lugar secreto. (El País Internacional)

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