ACA ESTA LA ANTEULTIMA PARTE :
CAPÍTULO 15
Pasaron dos noches largas y tranquilas. Harkat había tenido que quedarse en la Cámara de los Príncipes para responder a sus preguntas. Gavner tuvo que atender sus asuntos como General, y sólo le veíamos cuando se arrastraba hasta su ataúd a la hora de dormir. Pasé la mayor parte del tiempo con Mr. Crepsley, en la Cámara de Khledon Lurt (tenía que ponerse al día hablando con viejos amigos a los que no había visto en muchos años), o visitando los almacenes con él y con Seba Nile.
El viejo vampiro estaba más preocupado que la mayoría por el mensaje de Harkat. Era el segundo vampiro más viejo de la montaña (el más viejo de todos era un Príncipe, Paris Skyle, que tenía más de ochocientos años) y el único que había estado aquí cuando Mr. Tiny los visitó y realizó su profecía cientos de años atrás.
—Muchos de los vampiros actuales no creen en las viejas historias —dijo—. Piensan que la advertencia de Mr. Tiny es un cuento que inventamos para asustar a los jóvenes vampiros. Pero yo recuerdo cómo fue. Recuerdo el modo en que retumbaron sus palabras en la Cámara de los Príncipes, y el miedo que nos embargó a todos. El Lord Vampanez no es una simple leyenda. Es real. Y ahora, al parecer, se está acercando.
Seba se sumió en el silencio. Había estado bebiendo una jarra de cerveza tibia, y de repente parecía haber perdido todo interés en ella.
—Aún no ha llegado —dijo Mr. Crepsley fervientemente—. Mr. Tiny es tan viejo como el mismo tiempo. Cuando dice que la noche se acerca, puede que se refiera a que sea dentro de unos cientos o quizá miles de años.
Seba meneó la cabeza.
—Ya hemos tenido cientos de años: siete siglos enfrentándonos a los vampanezes, resistiéndonos a ellos. Tendríamos que haberlos exterminado a todos, cualesquiera que fueran las consecuencias. Habría sido mejor dejarnos llevar al borde de la extinción por los humanos que ser aniquilados por los vampanezes.
—Eso es una estupidez —masculló Mr. Crepsley—. Yo prefiero enfrentarme a ese mítico Lord Vampanez que a un humano real blandiendo una estaca. Y tú también.
Seba asintió abatidamente y dio un sorbo a su cerveza.
—Puede que tengas razón. Soy viejo. Ya no razono con tanta claridad como antes. Tal vez sean sólo los temores de un viejo que ha vivido demasiado. Aún así...
Tan pesimistas reflexiones estaban en boca de todos. Incluso aquellos que se burlaban abiertamente ante la idea de un Lord Vampanez siempre acababan sus frases con un “aún así...”, o un “sin embargo...”, o un “pero...”. La tensión flotaba en el aire polvoriento de los túneles y las Cámaras de la Montaña de los Vampiros en constante expansión, agobiando a todos los presentes.
El único al que no parecían preocuparle los rumores era Kurda Smahlt. Volvió a nuestras habitaciones, tan optimista como siempre, la tercera noche después de que Harkat hubiera entregado su mensaje.
— ¡Saludos! —dijo—. He tenido un par de noches moviditas, pero al fin las cosas se han calmado y dispongo de unas cuantas horas libres. Había pensado en llevar a Darren a conocer las Cámaras.
— ¡Estupendo! —dije, con una sonrisa radiante—. Mr. Crepsley iba a llevarme, pero no habíamos tenido la oportunidad.
— ¿Te importa que venga conmigo, Larten? —preguntó Kurda.
—En absoluto —repuso Mr. Crepsley—. Me siento abrumado por el honor que su Eminencia nos concede, encontrando tiempo para hacer de guía tan cerca de su ordenación —añadió con cortante ironía, pero Kurda ignoró su sarcasmo.
—Puedes acompañarnos si quieres —le ofreció alegremente.
—No, gracias —rechazó Mr. Crepsley, con una ligera sonrisa.
—De acuerdo —dijo Kurda—. Tú te lo pierdes. ¿Listo, Darren?
— ¡Listo! —contesté, y salimos de la habitación.
***
Kurda me llevó primero a ver las cocinas. Eran unas cavernas enormes, construidas a gran profundidad bajo la mayoría de las Cámaras. Unos grandes fuegos ardían vivamente, y los cocineros trabajaban por turnos las veinticuatro horas durante el Consejo. Tenían que alimentar a todos los visitantes.
—Esto es más tranquilo el resto del tiempo —dijo Kurda—. Normalmente no hay más de treinta vampiros residiendo aquí. A menudo tienes que cocinar para ti mismo si no quieres comer con el resto a la hora fijada.
De las cocinas pasamos a las Cámaras establo, donde se criaban y alimentaban ovejas, cabras y vacas.
—Nunca podríamos traer suficiente leche y carne para alimentar a todos los vampiros —explicó Kurda cuando le pregunté por qué tenían animales vivos en la montaña—. Esto no es un hotel, donde puedas llamar a un proveedor y reponer los alimentos cuando quieras. Traer comida es complicado. Es más sencillo criar aquí a los animales por nuestra cuenta y sacrificarlos cuando es necesario.
— ¿Y la sangre humana? —pregunté—. ¿De dónde la sacan?
—De donantes generosos —respondió guiñándome un ojo, y haciéndome avanzar (sólo mucho después comprendí que había eludido la cuestión).
La Cámara de Cremación fue nuestra siguiente parada. Allí se incineraba a los vampiros que morían en la montaña.
— ¿Y si no quieren ser incinerados? ——inquirí.
—Por extraño que parezca, es raro que un vampiro pida ser enterrado —dijo—. Tal vez tenga que ver con todo el tiempo que han pasado en ataúdes estando vivos. De todos modos, si alguien pide un entierro, se respetan sus deseos. No hace mucho, llevábamos a nuestros muertos hasta una corriente subterránea y dejábamos que se los llevara el agua. Hay una cueva, muy por debajo de las Cámaras, que se abre a una de las corrientes más grandes. Se llama la Cámara del Último Viaje, aunque ya no solemos usarla. Te la enseñaré si bajamos por ese camino.
— ¿Por qué habríamos de hacerlo? —pregunté—. Pensaba que esos túneles sólo se utilizaban para entrar y salir de la montaña.
—Una de mis aficiones es la de hacer mapas —dijo Kurda—. Llevo décadas intentando hacer mapas exactos de la montaña. Con las Cámaras es fácil, pero los túneles son mucho más complicados. Nunca han sido señalados, y muchos están torpemente esbozados. Intento recorrerlos cada vez que vengo, y hacer planos de unas cuantas zonas desconocidas, pero no tengo tanto tiempo como quisiera para trabajar en ello. Y aún tendré menos cuando sea Príncipe.
—Parece una afición interesante —dije—. ¿Podría acompañarle la próxima vez que vaya a hacer mapas? Me encantaría ver cómo lo hace.
— ¿De verdad te interesa? —Parecía sorprendido.
— ¿Y por qué no?
Se echó a reír.
—Estoy acostumbrado a que el resto de los vampiros se queden dormidos cada vez que empiezo a hablarles de mapas. La mayoría no sienten el menor interés en asuntos tan mundanos. Entre los vampiros se suele decir que los mapas son para los humanos. La mayoría prefieren descubrir nuevos territorios por su cuenta, a pesar de los peligros, que seguir un mapa.
La Cámara de Cremación era una gran habitación octogonal con un techo alto lleno de grietas. En el centro había un foso (donde se quemaba a los vampiros muertos), y un par de largos y nudosos bancos en el rincón más apartado, hechos de huesos. Dos mujeres y un hombre estaban sentados en los bancos, susurrándose unos a otros, con un niño a sus pies, jugando con huesos de animales dispersados. No tenían aspecto de vampiros: eran delgados, de apariencia enfermiza, cabellos lacios y ropas harapientas; tenían la piel mortalmente pálida y reseca, y sus ojos eran espeluznantemente blancos. Los adultos se levantaron cuando entramos, cogieron al niño y desaparecieron por la puerta que había al final de la estancia.
— ¿Quiénes son? —pregunté.
—Los Guardianes de esta Cámara —respondió Kurda.
— ¿Son vampiros? —indagué—. No lo parecen. Y pensaba que yo era el único niño vampiro de la montaña.
—Y lo eres —dijo Kurda.
—Entonces, ¿quién...?
— ¡Pregúntamelo más tarde! —exclamó Kurda con una inusual brusquedad. Parpadeé ante su tono cortante, y me sonrió y se disculpó de inmediato—. Te lo diré cuando hayamos concluido el recorrido —dijo suavemente—. Da mala suerte hablar de ellos aquí. No soy supersticioso por naturaleza, pero prefiero no tentar al destino en lo que respecta a los Guardianes.
Aunque había excitado mi curiosidad, no aprendí más sobre aquellos extraños Guardianes hasta mucho después, ya que al final del recorrido no me encontraba en condiciones de preguntar nada y me había olvidado completamente de ellos.
Dejé a un lado el tema de los Guardianes y me dediqué a examinar el foso crematorio, que era sólo un agujero excavado en el suelo. En el fondo había hojas y ramas que esperaban el fuego. Había grandes ollas en torno al agujero, con un palo en cada una. Me pregunté para qué servirían.
—Son morteros para los huesos —dijo Kurda.
— ¿Qué huesos?
—Los de los vampiros. El fuego no quema los huesos. Cuando se apaga el fuego, se sacan los huesos, se meten en las ollas y se reducen a polvo con los morteros.
— ¿Y qué hacen con el polvo? —pregunté.
—Lo usamos para espesar el caldo de murciélago —respondió Kurda con absoluta seriedad, y soltó una carcajada cuando me vio ponerme verde—. ¡Es broma! El polvo se lanza al viento, en el exterior de la montaña, para dejar libre el espíritu de los vampiros muertos.
—No sé si me gusta este sistema —comenté.
—Es mejor que enterrar a una persona y dejar que se la coman los gusanos —dijo Kurda—. Aunque, personalmente, me gustaría que me embalsamaran cuando me llegue la hora. —Hizo una pausa durante un instante, y se echó a reír de nuevo.
Dejamos la Cámara de Cremación y nos dirigimos a las tres Cámaras Deportivas (individualmente se las llamaba la Cámara de Basker Wrent, la de Rush Flon’x y la de Oceen Pird, aunque la mayoría de los vampiros las llamaban simplemente las Cámaras Deportivas). Estaba ansioso por verlas, pero mientras íbamos hacia allí, Kurda hizo una pausa ante una puertecita, inclinó la cabeza, cerró los ojos y se tocó los párpados con la punta de los dedos.
— ¿Por qué hace eso? —pregunté.
—Es la costumbre —dijo, y siguió adelante. Yo me quedé mirando la puerta.
— ¿Cómo se llama esta Cámara? —pregunté.
Kurda vaciló.
—No creo que quieras conocerla —dijo.
— ¿Por qué no? —insistí.
—Porque es la Cámara de la Muerte —respondió en voz baja.
— ¿Es otra Cámara de Cremación?
Él meneó la cabeza.
—Es una sala de ejecuciones.
— ¿Ejecuciones?
Ahora sentía una enorme curiosidad. Kurda se dio cuenta y suspiró.
— ¿Quieres entrar? —inquirió.
— ¿Puedo?
—Sí. Pero no es un lugar agradable. Sería mejor seguir directamente hacia las Cámaras Deportivas.
¡Semejante advertencia no hizo más que aumentar mis deseos de ver lo que acechaba tras aquella puerta! Al darse cuenta, Kurda la abrió y me hizo pasar. La Cámara estaba escasamente iluminada, y al principio pensé que no había nadie. Entonces descubrí a uno de aquellos pálidos Guardianes, sentado al fondo entre las sombras. No se levantó ni pareció percatarse de nuestra llegada. Empecé a preguntarle a Kurda, pero al instante el General sacudió la cabeza y siseó en voz baja:
— ¡De ningún modo vamos a hablar de ellos aquí!
No vi nada terrorífico en aquella Cámara. Había un foso en el centro y unas jaulas de madera liviana colocadas junto a las paredes, pero, aparte de eso, estaban vacía y no tenía nada de especial.
— ¿Qué hay de terrible en este lugar? —pregunté.
—Te lo enseñaré —dijo Kurda, y me condujo al borde del foso. Miré hacia el fondo oscuro y entonces vi docenas de afiladas lanzas en el suelo, apuntando amenazadoramente hacia arriba.
— ¡Estacas! —jadeé.
—Sí —confirmó Kurda suavemente—. Éste es el origen de la leyenda de la estaca que atraviesa el corazón. Cuando un vampiro es traído a la Cámara de la Muerte, se le ata dentro de una jaula (una de ésas que están junto a la pared) y la suspenden con cuerdas sobre el foso. Luego se la deja caer desde lo alto y las estacas atraviesan al vampiro. La muerte es a menudo lenta y dolorosa, y no es raro que a un vampiro se le tenga que dejar caer tres o cuatro veces antes de morir.
—Pero ¿por qué? —Me sentía horrorizado—. ¿A quiénes matan aquí?
—A los ancianos o a los lisiados, junto con los locos y los traidores —respondió Kurda—. Los vampiros viejos o lisiados piden la muerte. Si son lo suficientemente fuertes, prefieren luchar hasta la muerte, o adentrarse en la espesura y morir cazando. Pero los que carecen de la fuerza o la habilidad para morir por su cuenta piden que les traigan aquí, donde puedan enfrentarse a la muerte con valor.
— ¡Eso es horrible! —grité—. ¡Los ancianos no deberían morir así!
—Estoy de acuerdo —dijo Kurda—. Creo que los vampiros tienen un concepto equivocado de la nobleza. Los viejos y los enfermos a menudo tienen mucho que ofrecer, y, personalmente, pienso aferrarme a la vida tanto como me sea posible. Pero la mayoría de los vampiros se mantienen en la vieja creencia de que la vida sólo vale la pena mientras uno sea capaz de arreglárselas solo.
“Con los vampiros locos es distinto —prosiguió—. A diferencia de los vampanezes, decidimos no dejar que nuestros locos anden sueltos por el mundo, atormentando y masacrando a los humanos. Y ya que es demasiado complicado mantenerlos encerrados (un vampiro loco sería capaz de abrirse camino a zarpazos a través de una pared de piedra), ejecutarlos es el modo más piadoso de acabar con ellos.
—Podrían ponerles camisas de fuerza —sugerí.
Kurda sonrió con amargura.
—No existe camisa de fuerza que pueda contener a un vampiro. Créeme, Darren, matar a un vampiro loco es un acto de misericordia, tanto para el mundo en general como para el propio vampiro.
“Y lo mismo para los vampiros traidores —añadió—, aunque no hay muchos así. Destacamos por nuestra lealtad; una de las ventajas de apegarse a las viejas costumbres. Aparte de los vampanezes (que al apartarse de nosotros fueron considerados traidores, y ejecutados como tales los que fueron capturados), sólo han sido ejecutados seis traidores en mil cuatrocientos años desde que los vampiros viven aquí.
Miré las estacas con un escalofrío, imaginándome a mí mismo atado en una jaula, colgando sobre el foso, esperando la caída.
— ¿Les vendan los ojos? —pregunté.
—A los vampiros locos, sí, por compasión. Los vampiros que eligen morir en la Cámara de la Muerte prefieren prescindir de ello: desean mirar a la muerte a la cara y demostrar que no la temen. A los traidores, en cambio, se les coloca en las jaulas boca arriba, de modo que den la espalda a las estacas. Para un vampiro es una deshonra morir atravesado por la espalda.
—Pues yo preferiría darles la espalda —resoplé.
Kurda sonrió.
—Afortunadamente, nunca tendrás que elegir.
Luego me dio unas palmaditas en el hombro y dijo:
—Este sitio es deprimente, y más vale evitarlo. Vayamos a jugar a algo.
Y me hizo salir rápidamente de la Cámara, ansioso por dejar atrás al misterioso Guardián, las jaulas y las estacas.
CAPÍTULO 16
Las Cámaras Deportivas eran unas cuevas gigantescas, llenas de escandalosos, alborotadores y entusiastas vampiros. Eran exactamente lo que necesitaba para animarme después de la inquietante visita a las Cámaras de Cremación y de la Muerte.
En cada una de las tres Cámaras tenían lugar varias competiciones. En su mayoría eran pruebas de combate físico (lucha, boxeo, kárate, levantamiento de pesos, y cosas así), aunque el ajedrez también gozaba de gran aceptación, ya que agudizaba los reflejos y el ingenio.
Kurda encontró asientos para nosotros junto al corro que contemplaba la lucha, y nos pusimos a ver a los vampiros intentando inmovilizar a sus oponentes o lanzarlos fuera del ring. Había que ser rápido de vista para seguir sus movimientos, pues los vampiros son mucho más veloces que los humanos. Era como ver una pelea grabada en video con el botón de avance rápido presionado.
Las contiendas no eran solamente más rápidas que sus equivalencias humanas, sino también más violentas. Huesos rotos, rostros ensangrentados y contusiones estaban a la orden de la noche. A veces, me dijo Kurda, el daño era aún peor: los vampiros podían llegar a matarse tomando parte en esos juegos, o resultar tan gravemente heridos que el viaje hacia la Cámara de la Muerte era lo único que deseaban.
— ¿Por qué no utilizan protecciones? —pregunté.
—No creen en ellas —dijo Kurda—. Preferirían romperse el cráneo a llevar casco. —Suspiró con disgusto—. A veces pienso que nunca entenderé del todo a mi gente. Quizá me hubiera ido mejor si hubiese seguido siendo humano.
Nos dirigimos a otro ring. En éste, unos vampiros se pinchaban con lanzas el uno al otro. Era algo parecido a la esgrima (había que pinchar o cortar al adversario tres veces para ganar), sólo que mucho más peligroso y sangriento.
—Es horrendo —manifesté con voz ahogada, mientras un vampiro al que le habían abierto de un tajo la mitad superior de un brazo reía como si nada y felicitaba a su contrincante por tan buen golpe.
—Deberías verlos cuando luchan en serio —dijo alguien a nuestra espalda—. Esto sólo es un ejercicio de calentamiento.
Me volví y vi a un vampiro pelirrojo con un solo ojo. Vestía una túnica de cuero de color azul oscuro y pantalones.
—A este juego lo llaman el arranca-ojos —me informó—, porque muchos pierden un ojo, o ambos, mientras lo practican.
— ¿Fue así como perdió el suyo? —indagué, mirando fijamente la cuenca vacía de su ojo izquierdo y las cicatrices que la rodeaban.
—No —respondió con una risita—. Lo perdí luchando contra un león.
— ¿En serio? —exclamé.
—En serio.
—Darren, éste es Vanez Blane —dijo Kurda—. Vanez, éste es...
—Darren Shan —asintió Vanez, estrechándome la mano—. He escuchado los rumores. Ha pasado mucho tiempo desde que alguien de su edad pisó las Cámaras de la Montaña de los Vampiros.
—Vanez es el instructor —explicó Kurda.
— ¿Está a cargo de los juegos? —pregunté.
—Apenas —dijo Vanez—. Los juegos están más allá incluso del control de los Príncipes. Los vampiros somos luchadores, lo llevamos en la sangre. Si no es aquí, donde sus heridas puedan ser atendidas, será fuera, donde se desangrarían hasta la muerte sin recibir ayuda. Vigilo un poco las cosas, eso es todo —concluyó, esbozando una amplia sonrisa.
—Y también adiestra a los vampiros en la lucha —dijo Kurda—. Vanez es uno de nuestros instructores más valiosos. La mayoría de los Generales de los últimos cien años se han entrenado bajo su supervisión. Incluido yo. —Se frotó la nuca haciendo una mueca.
— ¿Todavía estás enfadado por aquella vez que te dejé inconsciente de un mazazo, Kurda? —inquirió Vanez gentilmente.
—No lo habrías conseguido si no me hubieras pillado por sorpresa —refunfuñó Kurda—. ¡Creí que era un cuenco de incienso!
Vanez aulló de risa y se golpeó las rodillas.
—Siempre has sido brillante, Kurda... excepto en lo concerniente a las armas de combate. Uno de mis peores alumnos —dijo, dirigiéndose a mí—. Veloz como una anguila, fibroso y fuerte, pero no soportaba mancharse las manos de sangre. Una vergüenza, podría haber hecho maravillas con la lanza si hubiera puesto suficiente dedicación.
—No hay nada maravilloso en perder un ojo en un combate —bufó Kurda.
—Lo es si ganas —objetó Vanez—. Cualquier herida es tolerable mientras salgas victorioso.
Observamos despedazarse mutuamente a los vampiros durante media hora más (nadie perdió un ojo mientras estuvimos allí), y luego Vanez nos guió por las Cámaras, hablándome de los juegos y cómo fortalecían a los vampiros y los preparaban para vivir en el mundo exterior.
De las paredes de las Cámaras colgaban todo tipo de armas (algunas antiguas, otras de uso general) y Vanez me dijo cómo se llamaban y de qué forma se utilizaban; incluso descolgó algunas para hacerme unas demostraciones. Eran unos pavorosos instrumentos de destrucción: lanzas dentadas, afiladas hachas, largos y centelleantes cuchillos, pesados mazos, bumeranes con bordes cortantes que podían matar a ochenta yardas, garrotes con las puntas llenas de púas, martillos de guerra con cabezas de piedra capaces de hundir el cráneo de un vampiro de un golpe bien dado... Al cabo de un rato me di cuenta de que no había armas de fuego ni arcos con flechas, y pregunté la razón de su ausencia.
—Los vampiros sólo pelean cara a cara —me informó Vanez—. No utilizamos armas que se utilicen a distancia, como pistolas, arcos u hondas.
— ¿Nunca? —pregunté.
— ¡Jamás! —dijo tajantemente—. Nuestra confianza en las armas de mano es sagrada para nosotros... y también para los vampanezes. Cualquier vampiro que recurra a un arma de fuego o a un arco se ganará el desprecio de todos para el resto de su vida.
—Y aún solían ser más retrógrados —replicó Kurda—. Hasta hace doscientos años, se suponía que un vampiro sólo debía utilizar un arma fabricada por él mismo. Cada vampiro se hacía sus propios cuchillos, lanzas o garrotes. Ahora, por fortuna, eso ha quedado atrás, y podemos adquirir armas en cualquier establecimiento. Pero muchos vampiros aún se aferran a las viejas costumbres y la mayor parte de las armas utilizadas en los Consejos han sido fabricadas a mano.
Dejamos las armas atrás, y nos detuvimos junto a una serie de estrechos tablones superpuestos. Unos vampiros se balanceaban sobre ellos y cruzaban de uno a otro, tratando de lanzar a sus oponentes al suelo con unos largos bastones de punta roma. Cuando llegamos había seis vampiros en acción. Minutos después, sólo quedaba uno arriba: una mujer.
— ¡Bien hecho, Arra! —Aplaudió Vanez—. Como siempre, tu equilibrio es impresionante.
La vampiresa saltó de las tablas y aterrizó junto a nosotros. Iba vestida con una camiseta blanca y unos pantalones beige. Tenía el cabello largo y oscuro, atado a la espalda. No era particularmente hermosa (tenía un semblante duro y algo ajado), pero después de haber pasado tanto tiempo mirando los feos caretos llenos de cicatrices de los vampiros, me pareció una estrella de cine.
—Kurda, Vanez... —saludó a los vampiros, y luego clavó en mí sus gélidos ojos grises—. Y tú debes ser Darren Shan. —No parecía impresionada en lo más mínimo.
—Darren, ésta es Arra Sails —dijo Kurda. Le tendí la mano, pero ella me ignoró.
—Arra no le estrecha la mano a aquéllos que no se han ganado su respeto —susurró Vanez.
—Y respeta a muy pocos de nosotros —añadió Kurda en voz alta—. ¿Aún te niegas a estrecharme la mano, Arra?
—Nunca estrecharé la mano de alguien que rehuye la lucha —respondió ella—. Cuando seas Príncipe, me inclinaré ante ti y acataré tus órdenes, pero jamás te estrecharé la mano, ni bajo amenaza de muerte.
—No creo que Arra votara por mí en las elecciones —dijo Kurda con humor.
—Yo tampoco lo hice —declaró Vanez, con una perversa sonrisa.
— ¿Te das cuenta de lo que es un día normal en mi vida, Darren? —Rezongó Kurda—. A la mitad de los vampiros que hay aquí les encanta restregarme que votaron en mi contra, mientras que la mitad que sí lo hizo, casi nunca lo admiten públicamente por miedo a que los demás los miren con desprecio.
—Da igual —repuso Vanez, riendo entre dientes—. Todos tendremos que rendirte pleitesía cuando seas Príncipe. Sólo aprovechamos para chincharte mientras podamos.
— ¿No es un delito burlarse de un Príncipe? —pregunté.
—Bueno, tanto como burlarnos... —dijo Vanez—. Esas cosas no se hacen.
Estudié a Arra mientras ella recogía una astilla de uno de sus bastones de punta roma. Parecía tan fuerte como cualquier vampiro varón, no tan fornida, pero sí musculosa. Mientras la observaba, pensé en que había visto muy pocas mujeres vampiro, y pregunté al respecto.
Se hizo un largo silencio. Los dos hombres parecían incómodos. Iba a olvidarme del asunto, cuando Arra me miró enarcando las cejas, y respondió:
—A las mujeres no les compensa ser vampiros. El clan entero es estéril, así que, para muchas, esta vida carece de alicientes.
— ¿Estéril? —inquirí.
—No podemos tener hijos —concluyó.
— ¿Qué...? ¿Ninguno puede...?
—Tiene que ver con nuestra sangre —dijo Kurda—. Ningún vampiro puede engendrar ni procrear hijos. La única forma de perpetuar la especie es compartir nuestra sangre con los humanos.
Me quedé estupefacto. Naturalmente, hacía mucho tiempo que había dejado de extrañarme que no hubiera más niños vampiro, y que a todos les sorprendiera tanto conocer a un joven semi-vampiro, porque tenía tantas cosas en qué pensar que nunca me había detenido a considerarlo a fondo.
— ¿Eso también se aplica a los semi-vampiros? —pregunté.
—Me temo que sí —dijo Kurda, frunciendo el ceño—. ¿Es que Larten no te lo había dicho?
Moví la cabeza con expresión aturdida. ¡No podría tener hijos! No había pensado mucho en ello (teniendo en cuenta que sólo cumplía uno por cada cinco años humanos, pasaría mucho tiempo antes de que estuviera preparado para ser padre), pero siempre había asumido que tenía esa elección. Ahora me alarmaba comprender que nunca podría tener un hijo o una hija.
—Eso no está bien —musitó Kurda—. Nada, nada bien.
— ¿Qué quiere decir? —pregunté.
—Se supone que los vampiros deben informar de estas cosas a los humanos que aspiran a serlo, antes de darles su sangre. Es una de las razones por las que casi nunca convertimos a niños: preferimos hacerlo con gente que sabe dónde se mete y lo que van a recibir. Convertir a un niño de tu edad ya es bastante malo, pero no advertirle de las consecuencias... —Kurda meneó la cabeza con abatimiento, mientras intercambiaba una mirada con Arra y Vanez.
—Tendrás que informar de esto a los Príncipes —dijo Arra.
—Debo hacerlo —convino Kurda—, pero estoy seguro de que Larten pensaba hacerlo él mismo. Esperaré a que lo haga. No sería justo adelantarnos sin darle la oportunidad de explicar sus motivos. ¿Puedo contar con vosotros para guardar silencio sobre este asunto?
Vanez asintió, y un momento después, también Arra.
—Pero si no habla enseguida... —gruñó ella amenazadoramente.
—No lo entiendo —dije—. ¿Mr. Crepsley va a tener problemas por haberme dado su sangre?
Kurda intercambió otra mirada con Arra y Vanez.
—Probablemente, no —dijo, tratando de quitarle importancia al asunto—. Larten es un vampiro viejo y astuto. Sabe cómo son las cosas. Estoy seguro de que podrá ofrecer a los Príncipes una explicación satisfactoria.
—Y ahora —dijo Vanez, sin darme tiempo a preguntar nada más—, ¿qué te parecería competir contra Arra en las barras?
— ¿Se refiere a subirnos a esas tablas? —pregunté, encantado.
—Seguro que podremos encontrar un bastón a tu medida. ¿Tú qué dices, Arra? ¿Alguna objeción a medirte con un adversario más pequeño?
—Será una nueva experiencia —meditó la vampiresa—. Estoy acostumbrada a derribar a hombres más altos que yo. Será interesante enfrentarme a uno más pequeño.
Se subió a las tablas de un salto, e hizo girar el bastón sobre la cabeza y bajo los brazos. Lo giraba más rápido de lo que mis ojos podían seguir, y empecé a pensar que tal vez no fuera tan buena idea batirme con ella; pero si me echaba atrás ahora, parecería un cobarde.
Vanez encontró un bastón lo suficientemente pequeño para mí, y empleó unos minutos en enseñarme cómo utilizarlo.
—Sujétalo por el centro —me instruyó—. De este modo podrás golpear con cualquiera de los extremos. No lo balancees con demasiada fuerza o tu propio ataque se volverá contra ti. Apunta a sus piernas y a su estómago. Olvídate de la cabeza, eres demasiado pequeño para apuntar tan alto. Intenta zancadillearla. Ve a por sus rodillas y a por los dedos de los pies: esos son los puntos débiles.
— ¿Y no le dices nada sobre cómo defenderse? —Le interrumpió Kurda—. En mi opinión, eso es lo más importante. Han pasado once años desde que Arra fue vencida en las barras. Enséñale cómo procurar que no le parta el cráneo, Vanez, y olvídate de lo demás.
Vanez me mostró cómo bloquear los golpes bajos y los dirigidos a los costados y a la cabeza.
—El truco es mantener el equilibrio —dijo—. No es lo mismo luchar sobre las barras que en el suelo. No puedes limitarte a parar un golpe. Tienes que mantenerte firme sobre tus pies, y estar listo para el siguiente. Y a veces es mejor encajar un golpe que esquivarlo.
—Tonterías —resopló Kurda—. Tú esquiva todos los que puedas, Darren. ¡No quiero devolverte a Larten en camilla!
—Pero ella no me hará daño en serio, ¿verdad? —pregunté, alarmado.
Vanez se echó a reír.
— ¡Claro que no! Kurda sólo te está liando. No te lo va a poner fácil (Arra no conoce el significado de esa palabra), pero seguro que no se pasará demasiado contigo. —Alzó la mirada hacia Arra y murmuró en voz muy baja—: Al menos, eso espero.
CAPÍTULO 17
Me quité los zapatos y me subí a las barras. Tardé uno o dos minutos en acostumbrarme a ellas, caminando a lo largo, concentrándome en mantener el equilibrio. Sin el bastón era fácil (los vampiros poseemos un gran sentido del equilibrio), pero con él, la cosa se complicaba. Amagué algunos golpes para probar, y estuve a punto de caerme.
— ¡Golpes cortos! —masculló Vanez, corriendo a sostenerme—. ¡Los giros largos serán tu fin!
Seguí el consejo de Vanez y pronto le cogí el truco. En un par de minutos más, ya saltaba de una barra a otra, agachándome y brincando, y estaba listo.
Nos situamos en medio de las barras y entrechocamos nuestros bastones a modo de saludo. Arra sonreía: era obvio que no creía que tuviera la más mínima posibilidad contra ella. Nos apartamos y Vanez dio una palmada para que diera comienzo el combate.
Arra atacó inmediatamente y me golpeó en el estómago con el extremo de su bastón. Mientras intentaba evitarla, trazó un amplio círculo con su bastón en busca de mi cabeza: ¡un aplasta-cráneos! Me las arreglé para alzar mi bastón al mismo tiempo y desviar el golpe, pero el impacto estremeció todo mi cuerpo, obligándome a doblar las rodillas. El bastón se me resbaló de las manos, pero logré retenerlo antes de que cayera.
— ¿Es que pretendes matarlo? —gritó Kurda, furioso.
—Las barras no son para niñitos incapaces de defenderse —repuso Arra con sarcasmo.
— ¡Pues se acabó! —resopló Kurda, acercándose a zancadas hasta mí.
—Como desees —dijo Arra, bajando el bastón y volviéndome la espalda.
— ¡No! —rugí, poniéndome en pie y levantando el bastón.
Kurda se paró en seco.
—Darren, no tienes por qué...
—Quiero hacerlo —le interrumpí. Luego, me volví hacia Arra—: Vamos... Estoy listo.
Arra me encaró con una sonrisa, pero ahora no expresaba burla, sino admiración.
—El semi-vampiro tiene carácter. Me alegra saber que el chico no es un redomado pusilánime. Ahora, veamos hasta dónde te lleva tu espíritu.
Atacó de nuevo sin previo aviso, lanzando golpes cortos y cortantes de izquierda a derecha. Los bloqueé lo mejor que pude, aunque tuve que encajar alguno en los brazos y los hombros. Retrocedí hasta el extremo de la tabla, lentamente, protegiéndome, y entonces, la esquivé de un salto en el momento en que trazaba un amplio arco hacia mis piernas.
Arra no había previsto aquel salto y perdió el equilibrio. Aproveché para lanzar mi primer ataque en aquella prueba y golpearla con contundencia en el muslo izquierdo. No dio la impresión de que le hubiera hecho mucho daño, pero aquello la cogió por sorpresa y lanzó un rugido de sorpresa.
— ¡Un punto para Darren! —gritó Kurda, entusiasmado.
—Esto no va por puntos —gruñó Arra.
—Será mejor que tengas cuidado, Arra —dijo Vanez, ahogando una risita, con su único ojo centelleando—. Me parece que el chico es capaz de vencerte, y nunca podrías volver a aparecer por las Cámaras si un semi-vampiro adolescente llega a derrotarte en las barras.
—La noche en que me supere alguien como él, dejaré que me metas en una de las jaulas de la Cámara de la Muerte y que me lances contra las estacas —gruñó Arra. Ahora estaba furiosa (no soportaba las provocaciones de quienes la observaban desde el suelo), y cuando se volvió nuevamente hacia mí, su sonrisa había desaparecido.
Me moví cautelosamente, consciente de que un buen golpe no significaba nada. Si me confiaba y bajaba la guardia, ella acabaría conmigo en un abrir y cerrar de ojos. Mientras avanzaba hacia mí, yo retrocedí poco a poco. La dejé acercarse un par de pasos, y entonces salté a otra barra. Volví a retroceder, y salté a otra, y luego a otra.
Esperaba sacarla de quicio. Si conseguía alargar el duelo, quizá lograra hacerla perder los estribos y cometer un error. Pero la paciencia de los vampiros es legendaria, y Arra no era la excepción. Me persiguió como una gata a un pajarillo, ignorando las pullas de quienes se habían congregado bajo las barras para contemplar la lucha, tomándose su tiempo, permitiéndome continuar con mis tácticas evasivas, esperando el momento justo para atacar.
Al final me acorraló y no tuve más opción que pelear. Le lancé un par de golpes bajos (tratando de golpear sus pies y sus rodillas, como me había aconsejado Vanez), pero no eran lo bastante fuertes y los encajó sin pestañear. Mientras me agachaba para golpear sus pies una vez más, saltó a la barra contigua y descargó la parte plana de su bastón sobre mi espalda. Rugí de dolor y me dejé caer de bruces. El bastón se me cayó al suelo.
— ¡Darren! —gritó Kurda, precipitándose hacia mí.
— ¡Déjalo! —exclamó Vanez, sujetándolo.
— ¡Pero está herido!
—Sobrevivirá. No lo avergüences delante de todos. Déjale luchar.
A regañadientes, Kurda obedeció a Vanez.
Arra, mientras tanto, había decidido que ya había acabado conmigo. En lugar de golpearme, metió la punta roma de su bastón bajo mi estómago e intentó empujarme fuera de la barra. Volvía a sonreír. Dejé rodar mi cuerpo, pero me sujeté a la barra con las manos y los pies para no caer. Di la vuelta por completo hasta que quedé colgando al revés, y entonces recuperé mi bastón del suelo y golpeé a Arra entre las pantorrillas. Con un súbito giro, la hice caer. Lanzó un chillido, y durante una fracción de segundo tuve la certeza de que la había tirado y vencido, pero se agarró a la barra y se mantuvo allí, como yo había hecho. Sin embargo, su bastón había caído al suelo y rodaba fuera de su alcance.
Los vampiros que se habían reunido a presenciar el combate (ahora había unos veinte o treinta alrededor de las barras) aplaudieron entusiásticamente, mientras nos incorporábamos sin dejar de vigilarnos el uno al otro. Alcé el bastón y sonreí.
—Parece que soy yo ahora el que lleva ventaja —apunté con fanfarronería.
—No por mucho tiempo —dijo Arra—. ¡Voy a arrancarte ese bastón de las manos y a partirte la cabeza con él!
— ¿Ah, sí? —sonreí—. Pues adelante... ¡Inténtalo!
Arra extendió las manos hacia mí. En realidad, no me esperaba que fuera a atacarme sin el bastón, y no estaba seguro de lo que debía hacer. No me gustaba la idea de golpear a un contrincante desarmado, y menos a una mujer.
—Pues recoger el bastón, si quieres —le ofrecí.
—No está permitido abandonar las barras —replicó.
—Pues que te lo alcance alguien.
—Eso tampoco está permitido.
Retrocedí.
—No pienso atacarte si no tienes algo con lo que defenderte —dije—. ¿Te parece bien que tire mi bastón y luchemos cuerpo a cuerpo?
—Un vampiro que abandona su arma es un estúpido —dijo Arra—. Si tiras el bastón, te lo clavaré en la garganta para que aprendas lo que significa subirse a las barras.
— ¡De acuerdo! —mascullé, irritado—. ¡Hagámoslo a tu modo!
Dejé de retroceder, levanté el bastón y arremetí contra ella.
Arra estaba inclinada (en esa posición su centro de gravedad era más bajo y sería más difícil arrojarla al suelo), así que apunté a su cabeza. Le lancé un golpe a la cara con la punta del bastón. Esquivó el primer par de golpes, pero el tercero la alcanzó en la mejilla. No la hizo sangrar, pero le produjo un feo verdugón.
Ahora fue Arra la que retrocedió. Cedió terreno a regañadientes, resistiendo mis golpes más suaves, parándolos con los brazos y las manos y reculando sólo para esquivar los más fuertes. A pesar de lo que me había dicho a mí mismo, acabé confiándome en exceso y creí tenerla ya donde quería. En lugar de intentar doblegarla poco a poco, decidí darle enseguida el golpe de gracia, y eso demostró mi inexperiencia.
Disparé velozmente el extremo del bastón hacia un lado de su cabeza, con la intención de darle en la oreja. Fue un golpe al azar, ni tan certero ni tan rápido como debería haber sido. Di en el blanco, pero sin la potencia necesaria, y antes de que pudiera asestar otro golpe, las manos de Arra entraron en acción.
La derecha agarró el extremo del bastón, sujetándolo con fuerza. La izquierda se cerró en un puño y se estrelló en mi mandíbula. Me golpeó de nuevo y vi las estrellas. Mientras se disponía a propinarme un tercer puñetazo, reaccioné automáticamente tratando de ponerme fuera de su alcance, y entonces, de un rápido tirón, me arrebató el bastón de las manos.
— ¿Y ahora, qué? —Gritó triunfalmente, haciendo girar el bastón sobre su cabeza—. ¿Quién lleva ahora ventaja?
—Tranquila, Arra —dije nerviosamente, retrocediendo ante su fiera expresión—. Te dije que podías recoger tu bastón, ¿recuerdas?
—Y me negué —respondió con rabia.
—Deja que coja un bastón, Arra —dijo Kurda—. No puedes pretender que se defienda con las manos desnudas. No sería justo.
— ¿Tú qué dices, chico? —me preguntó ella—. Dejaré que pidas otro bastón, si es lo que quieres.
Por su tono, supe que si lo hacía no lograría que tuviera una opinión precisamente elevada de mí.
Sacudí la cabeza. Habría dado cualquier cosa por tener un bastón, pero no podía pedir un trato especial, no cuando Arra no lo había hecho.
—Está bien —dije—. Lucharé sin él.
— ¡Darren! —Aulló Kurda—. ¡No seas estúpido! Retírate si no quieres otro bastón. Has luchado bravamente y has demostrado tu valor.
—No tienes por qué avergonzarte si te retiras ahora —agregó Vanez.
Miré a Arra a los ojos y vi que ella esperaba que me resignara y abandonara.
—No —dije—. No me retiraré. No bajaré de estas barras hasta que me arrojen de ellas.
Me adelanté, inclinándome, como había hecho Arra.
Parpadeó, sorprendida, y, alzando el bastón, se dispuso a concluir la lucha. No perdí el tiempo. Paré su primer golpe con la mano izquierda, encajé el segundo en el estómago, esquivé el tercero, y desvié el cuarto con la mano derecha. Pero me dio de lleno con el quinto en la cabeza. Doblé las rodillas, aturdido. Percibí el silbido del bastón de Arra cortando el aire antes de impactar en el lado izquierdo de mi rostro, y me estrellé contra el suelo.
Lo siguiente que supe fue que estaba mirando fijamente al techo, rodeado de vampiros preocupados.
— ¿Darren? —Decía Kurda con la angustia temblando en su voz—. ¿Estás bien?
— ¿Qué... ha pasado? —resollé.
—Te noqueó —dijo—. Has estado inconsciente durante cinco o seis minutos. Ya íbamos a pedir ayuda...
Me senté, sobreponiéndome al dolor.
— ¿Por qué da vueltas la habitación? —gemí.
Vanez se echó a reír y me ayudó a incorporarme.
—Se recuperará —dijo el instructor—. Ningún vampiro ha muerto nunca por una pequeña conmoción. Se recobrará y volverá a estar como nuevo.
— ¿Aún falta mucho para llegar a la Montaña de los Vampiros? —pregunté débilmente.
— ¡El pobre chico no sabe ni dónde está! —barbotó Kurda, y se dispuso a cogerme en brazos.
— ¡Espera! —grité, con la cabeza un poco más despejada. Mis ojos buscaron a Arra y la vi sentada en una de las barras, aplicándose crema sobre su magullada mejilla. Me solté de Kurda, avancé a trompicones hacia la vampiresa, y me detuve ante ella, esforzándome por mantener el tipo.
— ¿Sí? —inquirió ella, mirándome cautamente.
Le tendí la mano, y dije:
—Estréchamela.
Arra miró mi mano, y luego a mis ojos desenfocados.
—Una buena pelea no te convierte en un guerrero —declaró.
— ¡Estréchamela! —repetí, furioso.
— ¿Y si no quiero?
—Volveré a subirme a esas barras y lucharé contigo hasta que lo hagas —gruñí.
Arra me estudió con detenimiento, y, finalmente, asintió y me estrechó la mano.
—Que el poder sea contigo, Darren Shan —dijo ásperamente.
—Que el poder... —repetí con un hilo de voz, y entonces me desvanecí en sus brazos y permanecí inconsciente hasta que me desperté en mi hamaca la noche siguiente.
CAPÍTULO 18
Dos noches después de mi encuentro con Arra Sails, Mr. Crepsley y yo fuimos llamados a presencia de los Príncipes. Yo aún me sentía entumecido por el combate, y Mr. Crepsley tuvo que ayudarme a vestirme. Gemí mientras levantaba los brazos sobre la cabeza: la piel estaba negra y azul allí donde había recibido los golpes de Arra.
—No puedo creer que hayas sido tan estúpido para desafiar a Arra Sails —suspiró Mr. Crepsley. No había dejado de tomarme el pelo al respecto desde que se enteró, aunque en el fondo yo sabía que se sentía orgulloso de mí—. Hasta yo me lo habría pensado antes de enfrentarme a ella en las barras.
—Supongo que eso significa que soy más valiente que usted —dije, con una sonrisa de satisfacción.
—Estupidez y valor no son lo mismo —me amonestó—. Podías haber salido seriamente herido.
—Habla como Kurda —dije, enfurruñado.
—Hay ciertas cosas con las que no estoy de acuerdo con Kurda (él es un pacifista, lo cual va contra nuestra naturaleza), pero tiene razón cuando dice que a veces es mejor evitar la lucha. Cuando una situación es desesperada y no tiene sentido pelear, sólo un estúpido insistiría en combatir.
— ¡Pero no era desesperada! —exclamé—. ¡Estuve a punto de derrotarla!
Mr. Crepsley sonrió.
—Es imposible razonar contigo. Pero así son la mayoría de los vampiros. Es señal de que estás aprendiendo. Ahora, acaba de vestirte y ponerte presentable. No debemos hacer esperar a los Príncipes.
***
La Cámara de los Príncipes se encontraba en el punto más alto del interior de la Montaña de los Vampiros. Sólo tenía una entrada, un túnel largo y ancho custodiado por un batallón de Guardias de la Montaña. Nunca había subido hasta aquí, pues nadie podía utilizar el túnel a menos que tuviera asuntos que resolver en la Cámara.
Los guardias uniformados de verde vigilaron cada paso que avanzamos por el túnel. No estaba permitido llevar armas en la Cámara de los Príncipes, ni portar nada que pudiera utilizarse como un arma. No se permitía llevar zapatos (era muy fácil ocultar una pequeña daga bajo las suelas) y nos registraron de arriba abajo en tres zonas distintas del túnel. ¡Incluso nos revolvieron el pelo por si escondíamos algún alambre en él!
— ¿Por qué tantas precauciones? —le susurré a Mr. Crepsley—. Creía que los Príncipes eran respetados y obedecidos por todos los vampiros.
—Y lo son —respondió—. Esto es más por tradición que por otra cosa.
Al final del túnel irrumpimos en una enorme caverna con una extraña y blanca bóveda resplandeciente. No se parecía a ninguna otra construcción que hubiese visto: las paredes latían como si estuvieran vivas, y no pude distinguir ninguna grieta ni ensambladura.
— ¿Qué es esto? —pregunté.
—La Cámara de los Príncipes —respondió Mr. Crepsley.
— ¿De qué está hecha? ¿De roca, mármol, hierro...?
Mr. Crepsley se encogió de hombros.
—Nadie lo sabe.
Me llevó hasta la bóveda (los únicos guardias a ese lado del túnel se agrupaban ante las puertas de la Cámara) y me indicó que colocara las manos sobre ella.
— ¡Está caliente! —exclamé—. ¡Y vibra! ¿Qué es?
—Hace mucho tiempo, la Cámara de los Príncipes era como cualquier otra —respondió Mr. Crepsley con su acostumbrada retórica—. Una noche, llegó Mr. Tiny y dijo que nos traía un regalo. Fue poco después de que la escisión de los vampanezes. El “regalo” fue la bóveda (construida por las Personitas, jamás vistas por ningún vampiro), y la Piedra de Sangre. La bóveda y la Piedra son elementos mágicos. Son...
Uno de los guardias de las puertas nos llamó.
— ¡Larten Crepsley! ¡Darren Shan!
Nos apresuramos hacia allí.
—Ya podéis entrar —dijo el guardia, y golpeó las puertas cuatro veces con la larga lanza que portaba. Las puertas se abrieron deslizándose sobre sí mismas (como si fueran electrónicas) y entramos.
Aunque no había antorchas ardiendo en el interior de la Cámara de los Príncipes, la estancia irradiaba tanta luz como si fuera de día, mucho más luminosa que ningún otro lugar en la montaña. La luz provenía de las paredes de la misma bóveda, por medios desconocidos para todos, excepto para Mr. Tiny. Había largos bancos (como los de las iglesias) dispuestos en círculo en torno a la bóveda, dejando un amplio espacio en el centro, donde se alzaban cuatro tronos de madera sobre una tarima, pero sólo tres Príncipes los ocupaban. Mr. Crepsley me había dicho que siempre había al menos un Príncipe que se saltaba los Consejos, en caso de que algo les ocurriera a los otros. No había nada que colgara de las paredes, ni pinturas, ni retratos ni banderas. Tampoco había estatuas. Era un lugar para tratar asuntos, sin pompa ni ceremonia.
La mayor parte de los asientos estaban ocupados. Los vampiros comunes se sentaban en la retaguardia y los del medio estaban reservados al personal de la montaña, como guardias y gente así. Los Generales Vampiros ocupaban los asientos delanteros. Mr. Crepsley y yo nos encaminamos hacia la tercera hilera del frente, y nos sentamos junto a Kurda, Gavner Purl y Harkat Mulds, que nos estaban esperando. Me alegró volver a ver a la Personita, y le pregunté cómo le había ido.
—Preguntas... respuestas... —respondió—. Decir la misma cosa... una y otra... y otra...vez.
— ¿Has recordado más cosas? —pregunté.
—No.
—Pero no porque no lo haya intentado —rió Gavner, inclinándose hacia mí para apretarme el hombro—. Prácticamente lo hemos torturado con preguntas, tratando de que recordara algo. Y no se quejó ni una vez. Si yo hubiera estado en su lugar, no habría tardado en mandarlo todo al infierno. ¡Ni siquiera le han permitido dormir!
—No necesito... dormir mucho —dijo Harkat tímidamente.
— ¿Ya te has recuperado de tu combate con Arra? —preguntó Kurda.
Gavner se adelantó antes de que pudiera responder.
— ¡Me lo han contado! ¿En qué diablos estabas pensando? ¡Preferiría que me arrojaran a un foso lleno de escorpiones que enfrentarme en las barras a Arra Sails! La he visto hacer picadillo a una veintena de vampiros curtidos en una noche.
—En aquel momento me pareció una buena idea —respondí con una amplia sonrisa.
Gavner nos dejó para ir a discutir algo con algunos de los Generales (los vampiros siempre estaban debatiendo asuntos serios en la Cámara de los Príncipes), y, mientras esperábamos, Mr. Crepsley me habló un poco más sobre la bóveda.
—La bóveda es mágica. No hay ningún modo de entrar aquí, excepto a través de esas puertas. Nada puede atravesar esas paredes, ni herramientas, ni explosivos, ni ácido. Es el material más duro conocido por humanos o vampiros.
— ¿De dónde proviene? —pregunté.
—Nadie lo sabe. Las Personitas lo trajeron en vagones cubiertos. Les llevó meses levantar las paredes, capa por capa. No se nos permitió ver cómo las construían. Nuestros mejores arquitectos las han estudiado muchas veces desde entonces, pero ninguno ha conseguido desentrañar sus misterios.
“Las puertas sólo pueden ser abiertas por los Príncipes Vampiros —prosiguió—. Pueden hacerlo apoyando las palmas directamente sobre ellas, o desde sus tronos, presionando los reposabrazos.
—Deben ser electrónicas —dije—. Los paneles de las puertas ‘leen’ sus huellas digitales, ¿verdad?
Mr. Crepsley meneó la cabeza.
—Esta Cámara se construyó hace cientos de años, mucho antes de que la idea de la electricidad cobrara forma en la mente del hombre. Funciona de un modo paranormal, o mediante una forma de tecnología mucho más avanzada que cualquiera que conozcamos.
“¿Ves esa piedra roja que está detrás de los Príncipes? —inquirió. Sobre un pedestal a unos quince pies tras la tarima había una piedra oval, el doble de grande que una pelota de fútbol—. Es la Piedra de Sangre. Es la llave, no sólo de la bóveda, sino de la misma longevidad de la raza de los vampiros.
— ¿Long... qué? —pregunté.
—Longevidad. Significa una larga duración de la vida.
— ¿Y qué tiene que ver una piedra con una larga vida? —pregunté, confundido.
—La Piedra sirve a diversos propósitos —dijo—. Cada vampiro, cuando acepta formar parte del clan, debe situarse ante la Piedra y colocar las manos sobre ella. La Piedra parece tan lisa como una bola de cristal, pero es ultrasensible al tacto. Hace que fluya la sangre y la absorbe (de ahí su nombre), vinculando al vampiro a la mentalidad colectiva del clan para siempre.
— ¿Mentalidad colectiva? —repetí, deseando por millonésima vez desde que lo conocí que Mr. Crepsley utilizara palabras más simples.
—Tú ya sabes que los vampiros pueden buscar mentalmente a aquéllos con los que mantienen un vínculo, ¿no?
—Sí.
—Bien, pues mediante el sistema de la triangulación también podemos buscar y encontrar a otros con los que no tenemos ningún lazo, a través de la Piedra.
— ¿Triangu... qué? —gruñí, exasperado.
—Han de hacerlo vampiros completos cuya sangre haya sido absorbida por la Piedra —dijo—. Cuando un vampiro le entrega su sangre, también le confía su nombre, por el cual la Piedra y los demás vampiros le reconocerán a partir de entonces. Si yo quisiera buscarte una vez que le hayas dado tu sangre a la Piedra, sólo tendría que poner mis manos sobre ella y pensar en tu nombre. En unos segundos la Piedra me permitiría conocer tu localización exacta en cualquier lugar de la Tierra.
— ¿Aunque yo no quiera que me encuentren? —pregunté.
—Sí. Pero conocer tu localización no serviría de mucho: para cuando yo llegara a donde estabas cuando realicé la búsqueda, tú ya te habrías ido. Por eso es necesaria la triangulación, en la cual deben participar tres personas. Si quisiera encontrarte, podría contactar con alguien con quien mantuviera un vínculo mental (Gavner, por ejemplo), y transmitirle tu paradero. Yo le guiaría a través de la Piedra de Sangre, y así él podría seguir tu rastro.
Lo medité en silencio durante un rato. Era un sistema ingenioso, pero le encontraba algunos inconvenientes.
— ¿Cualquiera podría utilizar la Piedra de Sangre para encontrar a un vampiro? —indagué.
—Cualquiera con la habilidad mental para realizar una búsqueda —respondió Mr. Crepsley.
— ¿Incluso un humano o un vampanez?
—Hay muy pocos humanos que posean una mente lo suficientemente avanzada como para utilizar la Piedra —dijo—, pero los vampanezes pueden hacerlo.
—Entonces, la Piedra es peligrosa, ¿no? —sugerí—. Si un vampanez pusiera las manos en ella, ¿no podría seguir el rastro de cada vampiro (o al menos el de aquéllos cuyos nombres conozca) y guiar a sus compañeros hasta ellos?
Mr. Crepsley sonrió sombríamente.
—La paliza que te dio Arra Sails no ha afectado a tu capacidad de razonamiento. Tienes razón: la Piedra de Sangre podría ser el fin para toda la raza de los vampiros si cayera en manos equivocadas. Los vampanezes nos darían caza hasta exterminarnos. También podrían encontrar a aquéllos cuyos nombres desconocen, porque la Piedra permite a su usuario encontrar a los vampiros tanto por su localización como por su nombre, por lo que podrían rastrear a cada vampiro en Inglaterra, América o cualquier otra parte, y enviar a los suyos tras ellos. Por eso guardamos la Piedra con tanto celo, y jamás se descuida la seguridad de la bóveda.
— ¿No sería más sencillo destruirla? —pregunté.
Kurda, que había estado escuchando, se echó a reír.
—Eso fue lo que les propuse a los Príncipes hace décadas —dijo—. La Piedra puede resistir las herramientas corrientes o los explosivos, al igual que las paredes de la bóveda, pero eso no significa que sea imposible deshacerse de ella. ‘Arrojemos esa maldita cosa a un volcán’, les supliqué, ‘o hundámosla en lo más profundo del mar’. Pero no quieren ni oír hablar de eso.
— ¿Por qué no?
—Hay varias razones —respondió Mr. Crepsley, adelantándose a Kurda—. La primera es que la Piedra sirve para localizar a los vampiros que están perdidos o se encuentran en apuros, o a los locos que andan sueltos. Es bueno recordar que estamos unidos al clan por algo más que la tradición, y que siempre podemos contar con ayuda si hemos seguido el buen camino, o ser castigados si no lo hemos hecho. La Piedra nos mantiene a raya.
“La segunda razón es que necesitamos la Piedra de Sangre para abrir las puertas de la bóveda. Cuando un vampiro se convierte en Príncipe, la Piedra es una parte fundamental de la ceremonia. El elegido forma un círculo con otros dos Príncipes. Cada uno utiliza una mano para transmitirle su sangre mientras apoyan la otra sobre la Piedra. La sangre fluye de los viejos Príncipes al nuevo, y luego a la Piedra, y completa un círculo. Al final de la ceremonia, el nuevo Príncipe podrá controlar las puertas de la Cámara. Sin la Piedra, ser Príncipe sólo sería un título.
“Y la tercera razón por la que no destruimos la Piedra es el Lord de los vampanezes. —Su rostro se ensombreció—. La leyenda dice que el Lord Vampanez borrará de la faz de la Tierra a toda la raza de los vampiros cuando ascienda al poder, pero a través de la Piedra, una noche resurgiremos de nuevo.
— ¿Y eso cómo será? —pregunté.
—No lo sabemos —dijo Mr. Crepsley—. Pero ésas fueron las palabras de Mr. Tiny, y como el poder de la Piedra es también suyo, no podemos ignorarlas. Ahora, más que nunca, es necesario proteger la Piedra. El mensaje de Harkat sobre el Lord Vampanez ha hecho mella en el corazón y el espíritu de muchos vampiros. Con la Piedra, hay una esperanza. Si nos deshiciéramos ahora de la Piedra, sucumbiríamos al terror.
— ¡Por las entrañas de Charna! —Masculló Kurda—. No podemos perder el tiempo con esas viejas fábulas. Deberíamos librarnos de la Piedra, cerrar la bóveda y construir una nueva Cámara de los Príncipes. Aparte de todo lo demás, es una de las principales razones por las que los vampanezes se resisten a hacer tratos con nosotros. No quieren acercarse a ninguna de las herramientas mágicas de Mr. Tiny, ¿y quién podría reprochárselo? Tienen miedo de quedar atados a la Piedra y no poder mantener su independencia respecto al clan de los vampiros, porque podríamos utilizarla para perseguirlos. Si nos libráramos de la Piedra, ellos volverían con nosotros, y ya no serían vampanezes (porque todos compondríamos la gran familia de los vampiros), y desaparecería la amenaza del Lord Vampanez.
— ¿Acaso piensas destruir la Piedra cuando seas Príncipe? —inquirió Mr. Crepsley.
—Mencionaré esa posibilidad —asintió Kurda—. Es un asunto delicado, y no espero que los Generales estén de acuerdo, pero con el tiempo, cuando las negociaciones con los vampanezes vayan por buen cauce, espero que sepan comprender mi punto de vista.
— ¿Mencionaste esto cuando fuiste elegido? —preguntó Mr. Crepsley.
Kurda se removió, incómodo.
—Bueno, no, pero esto es política. No siempre puedes decirlo todo. Pero no le he mentido a nadie. Si alguien me hubiera preguntado lo que opino de la Piedra, se lo habría dicho. Sólo que... no me... preguntaron —concluyó débilmente.
— ¡Política! —Resopló Mr. Crepsley—. Triste día para los vampiros cuando nuestros Príncipes se dejen enredar voluntariamente en las despreciables redes de la política.
Alzó orgullosamente la cabeza, le dio la espalda a Kurda y clavó la mirada en la tarima.
—Creo que le he ofendido —me susurró Kurda.
—Se ofende fácilmente —dije, sonriendo. Entonces, le pregunté si yo tendría que vincularme a la Piedra de Sangre.
—Probablemente no, hasta que te conviertas en un vampiro completo —dijo Kurda—. En el pasado, el vínculo estaba permitido para los semi-vampiros, pero no es habitual.
Iba a hacerle más preguntas sobre la misteriosa Piedra de Sangre y la bóveda, cuando un General de semblante serio golpeó estruendosamente el suelo de la tarima con un pesado bastón y anunció mi nombre y el de Mr. Crepsley.
Había llegado el momento de conocer a los Príncipes.