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Contra el porno softPor Lucas Soler Si tuviese que atenerme a la retórica de la diatriba clásica, debería empezar con una imprecación exclamativa: “¡Oh, vil y miserable porno blando! ¡Yo te maldigo mil veces, porque no eres más que mentira, simulación y engaño! ¡Oh, ruin y tramposo soft porn! ¡Yo te desprecio, porque solo generas frustración y desencanto en los solitarios varones más turbados que acuden a ti en busca de alivio y consuelo libidinoso!”. En realidad, no debería exagerar tanto el tono airadode esta invectiva contra el porno blando, puesto que un género audiovisual tan carente actualmente de imaginación en sus argumentos, tan burdo en sus diálogos y tan mecánico en sus movimientos copulativos, solo debería generar indiferencia o un cierto hastío conmiserativo. Softcore, soft porn, porno suave, porno blando… diversas denominaciones asociadas todas a la flacidez, a la falta de consistencia y de fuerza viril, pero que sirven para definir un subproducto audiovisual en el que se simulan artificiosamente los actos sexuales y se disimulan de forma vergonzante los genitales masculinos erectos y los femeninos penetrados. ¡Un género mezquino y cobarde! Hasta mediados de los setenta, cuando empezó a legalizarse la pornografía en Europa y América, el cine de simulación sexual podía tener una justificación, puesto que en muchas ocasiones era la única vía que tenían los ansiosos espectadores masculinos de poder disfrutar de la desnudez ajena y la actividad erótica en la gran pantalla. Era la época de la saga de Emmanuelle con su exótico y premonitorio turismo sexual; la paidofilia sáfica de la almibarada Bilitis; los descomunales perímetros pectorales del satírico Russ Meyer; los melodramas pasionales de la argentina Isabel Sarli o la turca Zerrin Egeliler; la comedia picante italiana y el destape español; los falsos documentales nórdicos de didáctica sexual y los vodeviles eróticos germánicos; la pornochanchada brasileña, el cine de ficheras mexicano y los pinku eiga japoneses. Todas aquellas manifestaciones cinematográficas soft fueron languideciendo con la aparición del porno, que ofrecía al espectador voyerista el espectáculo hiperreal de penes en erección, vaginas en lubricación y esfínteres en dilatación. En menos de una década, el insípido e inodoro porno blando, con sus calculadas e insulsas coreografías eróticas, quedó sepultado por el alud de las virulentas eclosiones seminales del porno duro. Sin embargo, el porno blando no desapareció del todo y ha logrado sobrevivir hasta ahora, pero no ya como un producto cinematográfico destinado a las salas de cine, sino como ínfimo culebrón que puede verse en la programación de madrugada de ciertos canales de televisión.Precursoras de este subgénero videográfico o televisivo, donde la engañosa fricción epidérmica sustituye al coito verdadero, son las películas de Playboy y Penthouse de los ochenta y los thrillers eróticos de Shannon Tweed en los noventa, pero los engendros mayúsculos proceden actualmente de Asia y Latinoamérica por su acusada falta de ideas y su estética de telenovela tercermundista. Aún más deleznables, sin embargo, son las películas X que disponen de una versión soft y en las que el sexo explícito parece simulado al ser registrado por una cámara hipócrita desde un irritante y milimetrado encuadre castrante y censor. Por eso reitero: “¡Muerte al coito simulado y larga vida al más gozoso sexo explícito!”. Contra The Film Zone sin pornopor Carlos Triana Desde que The Film Zone dejó de transmitir películas eróticas a medianoche, la autocomplacencia de los adolescentes se ha ido a pique. Porque hubo una generación de jóvenes que tenía una motivación para llegar a la casa después de una fiesta. Un grupo de barrosos que podía bailar pegado toda la noche, sin siquiera darse un pico, porque sabía que en su casa se desquitaría viendo las tetas noventeras que salían en ese canal. La escena era por lo general la misma: uno llegaba prendido, cerraba la puerta para que nadie oyera los gritos fingidos de las actrices y disfrutaba de ese cine fácil y mediocre, pero inmensamente satisfactorio. Luego el canal anunciaba que empezaría una escena sexual e invitaba a los televidentes a buscar unas gafas 3D para disfrutarla como si fuera real. Más de uno lo hizo. A más de uno lo cogió la mamá con las manos en la masa y gafas de cartón de lentes azules y rojos, entonces la última tecnología tridimensional. ¡Tamaña vergüenza! Pobres jóvenes de ahora que pueden ver penetraciones en Internet las 24 horas. Eso no es místico.Mística era la de esas damas eróticas que se empelotaban a medias y fingían orgasmos que cualquier televidente sabía que no eran ciertos. Fuente: Nota de Revista SH
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