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La carta suicida de Lisandro de la Torre y +

Offtopic1/18/2012




La carta suicida de Lisandro de la Torre



Lisandro de la Torre (1868-1939) fue un jurisconsulto , político y escritor argentino. Se lo consideró como un modelo de ética en política. Acaudilla el movimiento revolucionario de 1893 en su ciudad natal, Rosario, Santa Fe, y funda el Partido Demócrata Progresista.

Fue diputado nacional, destacado polemista, fundador del Partido Demócrata Progresista, y en dos oportunidades, candidato a la presidencia de la República. Lisandro de la Torre ocupó una banca en el Senado de 1932 a 1937.

Como corolario del célebre y vergonzoso "debate de las carnes", se bate a duelo con el ministro de Hacienda Federico Pinedo. No hay víctimas pero tampoco reconciliación. Sus detractores le adjudican siempre un estilo aristocrático y gusto por ostentar un elevado nivel de vida, pero nada pueden contra su inalterada honestidad, su hombría de bien y su vehemente defensa de las formas democráticas de vida. En 1939 se quitó la vida. Es autor de "Intermedio filosófico", "Cuestiones monetarias y financieras"; "Grandeza y decadencia del fascismo"; "Las dos campañas presidenciales", etcétera.




Este es el facsímil de la carta suicida de Lisandro de la Torre fechada el 5 de enero de 1939.

¨Queridos amigos:


Les ruego se hagan cargo de la cremación de mi cadáver.
Deseo que no haya acompañamiento público, ni ceremonia laica religiosa alguna, ni acceso de curiosos y fotógrafos a ver el cadáver, con excepción de las personas que ustedes especialmente autoricen.

Si fuera posible, debería depositarse hoy mismo mi cuerpo en el Crematorio e incinerarlo mañana temprano, en privado.Mucha gente buena me respeta y me quiere y sentirá mi muerte. Eso me basta como recompensa.

No debe darse una importancia excesiva al desenlace final de una vida, aún cuando sean otras las preocupaciones vulgares.

Si ustedes no lo desaprueban desearía que mis cenizas fueran arrojadas al viento. Me parece una forma excelente de volver a la nada, confundiéndose con todo lo que muere en el Universo.

Me autoriza a darles este encargo el afecto invariable que nos ha unido. Adiós.

Lisandro de la Torre




Carta de pésame II: a una viuda



Muy Señora mía,

La pérdida que Vd. acaba de hacer es la prueba más cruel que pueda soportar una mujer. Además de la pesadumbre que ella le causa arrebatándole un marido por el cual el afecto de Vd. no había hecho más que crecer con los años, tiene aún, como madre, el dolor de ver a sus hijos privados de su más firme apoyo. Apele Vd., Señora, a esa energía poco común de que ha dado tantas pruebas, y estoy segura que encontrará en su amor por sus hijos la fuerza necesaria para educarlos. Serán por otra parte como un recuerdo tierno y vivo de su esposo, y ofrecerán a Vd. el más dulce y el más eficaz de los consuelos. El interés que Vd. tomará en sus progresos, los cuidados por los cuales formará sus jóvenes almas, suavizarán vuestra legítima pesadumbre. Y después, Señora, cristiana como Vd. es, tomará en su fe esa resignación que tiene el secreto de inspirar a las almas verdaderamente creyentes. Esté Vd. persuadida, Señora, de la parte que mi familia y yo tomamos en su desgracia, y si puedo prestarle algunos servicios en las circunstancias difíciles en que se encuentra, estoy enteramente y de buena voluntad a su disposición.

Soy, Señora, con el afecto más sincero su muy humilde servidora.

EMMA DUPUIS

Amiens, 7 de febrero de 1854


De "El Secretario Universal" de A. Armando Dunois; Garnier Hermanos, París, 1884.



Carta de pésame I: a un padre sobre la muerte su hijo



Muy Señor mío:

Una desgracia irreparable ha anonadado a ud. Su pobre hijo, tan lleno de mérito, de talento, de virtudes, la Providencia se lo ha rebotado, sin que el amor de ud., sus cuidados, sus sacrificios y su abnegación hayan podido detener los progresos de una fatal enfermedad. Una pérdida tan cruel no admite consuelos. Sería preciso ignorar lo que es el corazón de un padre, para concebir un momento la idea de calmar su dolor con palabras que ¡ay de mí! son impotentes a devolverle el objeto de sus más caros afectos, así es que, Señor, no quiero sino mezclar mis lágrimas a las de ud., y, si se puede, traer algún alivio a su aflicción, mostrándole en mí un amigo casi tan abrumado como ud., bajo el peso de una prueba tan terrible. Piense ud. también, Señor, que todos cuantos han conocido a ese hijo querido tienen mis sentimientos, y han pagado en su muerte un tributo sincero de pesares. Quizá entonces esta unanimidad tierna y simpática hará encontrar algún valor aún al padre que ha perdido a su hijo.

Acepte ud., Señor, la seguridad de todo mi afecto.

PIRROTIN

Lyon, 16 de julio de 1858.


De "El Secretario Universal" por M. Armand Dunois; Garnier Hermanos, París, 1884.




ACROSTICO

A LA MEMORIA DE UNA HIJA AMADA,
POR SU DESCONSOLADA MADRE.




¡¡D olorosa memoria!! ¡¡Cruel recuerdo!!
O h! ¡cuán fúnebres sois al alma herida!!
C uando de los consuelos alejada
E l pesar solo triunfa y predomina!

D e mi martirio el tiempo solo puede
E nmohecer los fierros que me oprimen,

F erozmente, abrumado con su peso,
E l corazón materno más sensible...
B usco en vano el consuelo, en mi lamento,
R enovando mi llanto noche y día!!...
E l alma desolada, en luto, en duelo,
R ehusa los consuelos con porfía!...
O h! ¡¡memoria funesta!! ¡oh! ¡¡horrible día!!...


Este curisoso acróstico fue compuesto por la Sra. Petrona Rosende, directora de un colegio para señoritas, en recuerdo de una hija fallecida. Apareció publicado en "El Parnaso Oriental" (tomo 2), impreso por la Imprenta de la Caridad, Montevideo, 1835.



Post Mortem LI: con una sonrisa




Esta imagen es conmovedora. El chico luce en su féretro con su cara iluminada por una sonrisa. Así quisiera irme yo también de este mundo...



De la Muerte





El hombre no siempre llega al término natural de la vida: la muerte le sorprende en todas las edades, porque se halla rodeado por todas partes de causas destructoras. El hambre, la guerra, las epidemias, las enfermedades y mil acontecimientos accidentales producen generalmente la muerte antes de su tiempo natural. La duración de la vida humana, tomando el término medio de millones de defunciones, es de treinta y cinco a cuarenta años. Son verdaderas excepciones los ancianos que llegan a ciento y diez años.

La muerte acontece, porque el cerebro, el corazón y los pulmones dejan de funcionar. Los órganos de los sentidos se embotan; los ojos dejan de ver, los oídos de oír y la piel de ser sensible; la respiración se hace lenta, como también los movimientos respiratorios, que cesan por una última espiración; el corazón, que apenas late, produce todavía algunos ruidos que pronto se extinguen, y la muerte se confirma. Después de esto sobreviene la rigidez cadavérica, y finalmente, la putrefacción.

Todos los tejidos forman varias combinaciones químicas nuevas, que dan por resultado agua, ácido carbónico y amoníaco, cuyos cuerpos se evaporan, y las partes salinas y fijas que componen la armazón ósea, y que también entran en la composición de los líquidos y los tejidos, son las que representan más adelante al cuerpo que dejó de existir.

La putrefacción es el signo más positivo de la muerte, y aún puede decirse que es el único. La falta aparente de la acción del cerebro y la suspensión de los movimientos respiratorios pueden existir a veces sin que la vida se haya necesariamente extinguido, o al menos sin que sea imposible volver a ella.

La falta completa de los movimientos del corazón, comprobada, no solo en el trayecto de las arterias, sino directamente en la auscultación precordial, podría ser considerada también como un signo casi constante de muerte si no se concibe la posibilidad de los movimientos fibrilares del corazón, muy débiles para poderse oír a través de la jaula torácica y que coexisten en el individuo con la probabilidad de ser vuelto a la vida.

La ciencia posee algunas observaciones que han hecho proceder en casos análogos con mucha circunspección. No es raro, en efecto, encontrar una verdadera muerte aparente en los animales invernantes durante su sueño, en cuyo estado es imposible sentir los latidos del corazón.


Del "Tratado elemental de Fisiología Humana" por Julio Beclard; Segunda edición, Carlos Bailly-Bailliere editor, Madrid, 1871.

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