CRITICA EL SHOW DE BOB DYLAN EN VELEZ
Ante 23 mil personas, la voz del músico estadounidense no reveló decadencia sino decantación y teatralidad.
ATRAVESADOS POR EL FOLK LA BANDA DE DYLAN MOSTRO UN SONIDO UNICO Y UN CUERPO EXTRAORDINARIO. EL PUBLICO LOS ESCUCHO EN SILENCIO.
Los recitales en vivo podrán ser acústicamente menos balanceados que los discos, pero ofrecen una perspectiva incomparablemente más cruda y realista del sonido. También más distintiva. La banda de Bob Dylan tiene un sonido único y un cuerpo extraordinario.
No cuentan tanto en este caso las actuaciones individuales, como una particularísima argamasa atravesada por el folk. Además de la guitarra o piano eléctrico y armónica de Dylan, hay dos guitarras, batería, contrabajo y un característico suplemento de cuatro instrumentos a cargo del formidable Donnie Herron: guitarra steel, violín, viola y mandolina. Con su glissando y su vibrato, la guitarra steel aporta una vaporosa envolvente general, a la que también contribuye el piano eléctrico de Dylan con sus tres o cuatro acordes por canción. A la singularidad del timbre se suma una energía extraordinaria, que en canciones como Watching the River Flow o Highway 61 Revisited parece ligeramente desfasada, cuando no a punto de desbocarse, más cerca de la tradición bulliciosa del country que de la sincronización del rock. Difícilmente haya otra banda en el mundo con un sonido parecido.
La voz de Dylan es el instrumento principal de esa argamasa. No revela decadencia, sino decantación y tal vez más teatralidad - teatralidad que en este concierto alcanza un punto altísimo en Masters Of War, donde se expresa a sus anchas el predicador que de tanto en tanto despunta en sus canciones-.
Dylan es un estilista magistral, y dota a cada canción de una inflexión particular, dentro de una tendencia hacia el registro grave y hacia la forma hablada; hablada, pero no necesariamente articulada. En Lay, Lady, Lay -que el autor cantó en segundo término después de Rainy Day Women-, esas cuatro sílabas del título, antes tan límpidas y melódicas, suenan ahora de una manera atropellada, fundida en una única palabra. Hay una generalizada contracción en el fraseo y una forma menos convencionalmente lírica o melódica, lo que no vuelve sus temas menos expresivos.
Todo el recital está dominado por un profundo rasgo de ironía; Dylan vuelve a sus viejos temas con mirada distante, evitando que se reconozcan de inmediato. En Blowin' In The Wind -que, como ha venido haciendo en esta gira, Dylan reserva como inevitable despedida- se conserva el esqueleto armónico y la letra, pero todo el resto cambia: la melodía apenas roza la forma conocida, mientras que el ritmo adquiere una marcación completamente ausente en el original. Cuando finalmente llega el esperado estribillo, Dylan se reserva una forma deceptiva, como alguien que amortigua los puntos culminantes con un módico susurro. Eso crea un efecto de sobreimpresión: es como si se estuviesen oyendo dos cosas al mismo tiempo, y en este sentido hay que rendir un pequeño homenaje al público de Vélez, que el sábado se consagró a escuchar en silencio del principio al fin, sin alardes de indentificación.
Seguramente esto no sólo tenga que ver con la discreción natural del público, sino con que Dylan impone las condiciones ya desde su sola presencia en la escena, con su impecable traje negro y su sombrero de cowboy elegante, mientras en un conveniente degradé jerárquico el resto de la banda viste traje gris. Por fortuna, no es un concierto participativo. Dylan no dice una palabra en dos horas de recital, excepto para presentar a los músicos de su banda sobre el final.
Su actuación fue precedida por un mini recital de protesta de León Gieco -con abundantes comentarios y homenajes, además de una inartística apelación a La Memoria-, aderezado por las intervenciones de Gustavo Santaolalla (en una hermosa vidala a dos voces con Gieco) y de Charly García, que se sumó simpáticamente al dúo en Pensar en nada y El fantasma de Canterville.
http://www.clarin.com/diario/2008/03/17/espectaculos/c-00401.htm
Como los buenos vinos
Ante 23 mil personas, la voz del músico estadounidense no reveló decadencia sino decantación y teatralidad.
ATRAVESADOS POR EL FOLK LA BANDA DE DYLAN MOSTRO UN SONIDO UNICO Y UN CUERPO EXTRAORDINARIO. EL PUBLICO LOS ESCUCHO EN SILENCIO.
Los recitales en vivo podrán ser acústicamente menos balanceados que los discos, pero ofrecen una perspectiva incomparablemente más cruda y realista del sonido. También más distintiva. La banda de Bob Dylan tiene un sonido único y un cuerpo extraordinario.
No cuentan tanto en este caso las actuaciones individuales, como una particularísima argamasa atravesada por el folk. Además de la guitarra o piano eléctrico y armónica de Dylan, hay dos guitarras, batería, contrabajo y un característico suplemento de cuatro instrumentos a cargo del formidable Donnie Herron: guitarra steel, violín, viola y mandolina. Con su glissando y su vibrato, la guitarra steel aporta una vaporosa envolvente general, a la que también contribuye el piano eléctrico de Dylan con sus tres o cuatro acordes por canción. A la singularidad del timbre se suma una energía extraordinaria, que en canciones como Watching the River Flow o Highway 61 Revisited parece ligeramente desfasada, cuando no a punto de desbocarse, más cerca de la tradición bulliciosa del country que de la sincronización del rock. Difícilmente haya otra banda en el mundo con un sonido parecido.
La voz de Dylan es el instrumento principal de esa argamasa. No revela decadencia, sino decantación y tal vez más teatralidad - teatralidad que en este concierto alcanza un punto altísimo en Masters Of War, donde se expresa a sus anchas el predicador que de tanto en tanto despunta en sus canciones-.
Dylan es un estilista magistral, y dota a cada canción de una inflexión particular, dentro de una tendencia hacia el registro grave y hacia la forma hablada; hablada, pero no necesariamente articulada. En Lay, Lady, Lay -que el autor cantó en segundo término después de Rainy Day Women-, esas cuatro sílabas del título, antes tan límpidas y melódicas, suenan ahora de una manera atropellada, fundida en una única palabra. Hay una generalizada contracción en el fraseo y una forma menos convencionalmente lírica o melódica, lo que no vuelve sus temas menos expresivos.
Todo el recital está dominado por un profundo rasgo de ironía; Dylan vuelve a sus viejos temas con mirada distante, evitando que se reconozcan de inmediato. En Blowin' In The Wind -que, como ha venido haciendo en esta gira, Dylan reserva como inevitable despedida- se conserva el esqueleto armónico y la letra, pero todo el resto cambia: la melodía apenas roza la forma conocida, mientras que el ritmo adquiere una marcación completamente ausente en el original. Cuando finalmente llega el esperado estribillo, Dylan se reserva una forma deceptiva, como alguien que amortigua los puntos culminantes con un módico susurro. Eso crea un efecto de sobreimpresión: es como si se estuviesen oyendo dos cosas al mismo tiempo, y en este sentido hay que rendir un pequeño homenaje al público de Vélez, que el sábado se consagró a escuchar en silencio del principio al fin, sin alardes de indentificación.
Seguramente esto no sólo tenga que ver con la discreción natural del público, sino con que Dylan impone las condiciones ya desde su sola presencia en la escena, con su impecable traje negro y su sombrero de cowboy elegante, mientras en un conveniente degradé jerárquico el resto de la banda viste traje gris. Por fortuna, no es un concierto participativo. Dylan no dice una palabra en dos horas de recital, excepto para presentar a los músicos de su banda sobre el final.
Su actuación fue precedida por un mini recital de protesta de León Gieco -con abundantes comentarios y homenajes, además de una inartística apelación a La Memoria-, aderezado por las intervenciones de Gustavo Santaolalla (en una hermosa vidala a dos voces con Gieco) y de Charly García, que se sumó simpáticamente al dúo en Pensar en nada y El fantasma de Canterville.
http://www.clarin.com/diario/2008/03/17/espectaculos/c-00401.htm