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Ecografía de un pibe chorro

Offtopic11/1/2011




Lo vi parado en la larga sala de espera del Servicio de Ecografías, acompañando a una joven mujer embarazada. Nunca supe porque, pero desde el primer instante, sentí un escalofrío que recorrió mi anatomía desde arriba para abajo, como si se hubiesen activado cien alarmas en mi mente.

Generalmente mi cabeza no se equivocaba en estas situaciones y desde hacia mucho tiempo, me había convencido de poner atención a esa vocecita interior, que me anticipaba cuando alguien era de temer.
Su vestimenta deportiva era impecable y de primerísima calidad. Unas zapatillas de marca, un vaquero de piel de durazno de color azul eléctrico, una remera marrón con la cara de un horripilante demonio y una campera negra de cuero, acribillada con múltiples adornos de acero. En su cabeza, una gorra desgastada, con la visera dirigida hacia la nuca, completaba un desafiante aspecto de matón, prepotente y que algo sucio escondía…


Sus manos delicadas y solamente negras por debajo de las uñas, evidenciaban que no era precisamente el trabajo físico, su principal actividad laboral. Su mirada esquiva y la frialdad de sus ojos, inspiraban temor, miedo… desconfianza. Sus rasgos facetados, como cortados a cincel, inspiraban “ese no se que, que… que se yo…”

Acompañaba a una muy joven mujer - adolescente de dieciséis o diecisiete años -, embarazada de alrededor de siete meses, que parecía ser su pareja y que respondía solo con monosílabos obedientes y sumisos. Se quedó parado, en una desagradable actitud displicente, con sus manos semiocultas en los bolsillos del pantalón, apoyando un hombro contra la pared y con una de sus piernas, cruzada por delante de la otra.

Invité a la mujer a recostarse en la camilla y le pedí que alzase su camisola y bajase el pantalón, a efectos de someterla a una ecografía de control por su embarazo. El pantalón elastizado, quedó con su parte superior a la altura del ombligo, lo cual hacia casi imposible todo examen del útero.


dijo:

- Señora, por favor… bájese hasta la altura de la ingle el pantalón - le pedí, interpretando que quizá era la primera vez que se hacia este tipo de examen.

- ¡Chss, Chss, Chss, Chss…! ¡El pantalón más abajo, no…! - escuché que me ordenaba en un tono avasallador, el masculino acompañante, encaramado por detrás y por encima de mi hombro.



La sangre comenzó a hervirme en las venas y ostentando una indignación mal reprimida, me di vuelta lentamente apretando los dientes, lo miré directamente a sus ojos y le respondí mordisqueando cada sílaba:




dijo:

- ¡Mire…tanto usted como su señora, me importan un pito. El único que me interesa a mi, es ese chico que esta por nacer. Así que usted se calla, o lo hago salir…! ¡¿me entendió?!



Se quedó callado. Yo, temblando y furioso. El examen se demoró el doble de lo que habitualmente me llevaba. Confeccioné el informe, firmé y se lo entregué, con desprecio, sin mirarlos, sin hablarles y de costado… Mi actitud era incorrecta - sin duda - pero no podía sobreponerme ante semejante impertinencia.

No pasaron dos semanas, cuando un sábado a las nueve de la noche, llegó hasta la Unidad de Emergencias, sangrado profusamente su cabeza, el mismo personaje prepotente. Ahora estaba resignado y muy paciente, distinto. Soportó estoicamente que le suturara con doce puntos su cabeza malherida y también que le aplicase la vacunación antitetánica. Me refirió que la lesión era consecuencia de un madero que se le cayó del
techo de su casa… Anoté exactamente lo que él me expuso y di por finalizado el episodio.

Durante las cuatro semanas siguientes, estuve preparando las Jornadas Anuales del Hospital, incluso con invitados extranjeros. Una tarde, tranquilo y relajado, detuve el auto en la Avenida Nazca frente a las barreras bajas del paso a nivel ferroviario, aguardando el paso de un largo tren de pasajeros. Distraído, pensando en cualquier cosa y rascándome la nariz - como es siempre mi costumbre cuando me detengo con el auto - , no advertí a los dos hombres que se acercaron sigilosamente desde atrás, e ingresaron intempestivamente cada uno por cada puerta. Tampoco hubiese podido hacer demasiado si los hubiese advertido antes…


dijo:

- ¡Correte para el medio, o te quemo…!¡Vamos, dale…!¡Correte al medio! - me dijo el que se sentó al volante, con una voz que me sonaba demasiado conocida y con un hierro, que se hundía profundo en mis costillas.

- ¡Yo a vos te conozco! ¿Vos…acaso no te acordás de mí? – le respondí automáticamente y sin medir el peligro que representaba, evidenciar que lo conocía. Él se sorprendió y me miró a la cara, mientras maniobraba el auto, cruzando la barrera y doblando en la primera esquina, hacia la derecha.

- Ah, si… Sos el tordo que le hizo la ecografía a mi “jermu” y después a mi, me cosiste el “marote” cuando me lo partió la “yuta” ¿no? – me respondió, sin mayor emoción en sus palabras.

- Yo atiendo a toda la gente de la villa… hasta les llevo muestras gratis de remedios – comencé a hablarle, intentando “ablandarlo” - Yo ayudé a que nacieran muchos de ustedes, los atendí en los partos… Los atiendo cuando caen lastimados a la guardia y también…

- ¡Pare! ¡Pare!…Dígame, “tordo”. Cuándo usted me estaba cosiendo la cabeza…o cuando le hizo la ecografía a mi “jermu” ¿yo lo molesté o le dije algo en algún momento…? – me respondió enérgico y molesto.

- No…no, para nada – contesté con miedo.

- ¡Entonces ahora déjeme trabajar tranquilo y no me rompa más las pelotas…! ¡¿me entendió?! Acá el que da las órdenes, soy yo… - me largó sin ningún eufemismo, en pleno rostro.





Me pasearon por calles y callejuelas del barrio de Flores, a las cuales yo ni siquiera conocía. Me hicieron sacar zapatos, medias, pantalón y camisa. Me palparon y revisaron todo el auto y mi maletín de médico. Solo me encontraron quince pesos… y ninguna tarjeta de crédito.

dijo:

- ¡Pero este gil no tiene ni un mango…! – exclamó sorprendido el acompañante del caco que yo conocía.

- Y no… - respondió mi caco conocido – pasa que me equivoqué, este labura de médico.

- Ah…es un pobre desgraciado - le respondió el otro, con total naturalidad y lamentándose de su mala suerte para elegir a las víctimas.



Me dejaron en un lugar descampado y prometieron que encontraría mi automóvil, tres cuadras más adelante. No se cual de los dos fue, pero sentí mi cabeza estallar en dos o tres pedazos, cuando vi bajar hacia mi, el negro mango de la empuñadura de un revolver… aunque afortunadamente me repuse y caminé las tres cuadras. En efecto, encontré intacto a mi vehículo.

dijo:

- No me dolió tanto el culatazo, como que me tratasen de “pobre desgraciado” ¿A usted, que le parece esa forma de tratar a un profesional…? – me sorprendí comentándole, profundamente ofendido y
apenado, al oficial de policía de la Comisaría donde hice la denuncia.



Y luego pasaron por lo menos dos largos años, sin que lo volviese a ver. Una tarde nublada y fría, casi a punto de llover, me encontraba de guardia en el Hospital y pidieron una ambulancia para la Cárcel de Encausados. Un colega trajo desde ese lugar a un paciente herido, un preso, que resultó ser él, el mismo caco prepotente que me había asaltado y humillado. El destino se empecinaba en unir nuestros caminos...

Ahora estaba enflaquecido y le faltaban muchos de sus dientes delanteros. Sus ropas desgarradas y el pelo revuelto, reflejaban su interior caótico. La mirada perdida y una triste sensación de vacío, lo envolvían hasta en su yo más íntimo. Los custodios me informaron que estaba procesado, por doble homicidio en ocasión de robo. El camino del mal, no es raro que lleve hacia estos tristes y amargos destierros de la vida...


Tenia una pequeña herida penetrante en la tetilla izquierda, fruto de una pelea entre internos en la que le clavaron una faca de plástico, que afortunadamente para él, se partió en varios pedazos. Requería ser suturada, previa infiltración con anestesia y así, se lo expliqué.


dijo:

- ¡No, no quiero que me ponga nada! ¡No me haga nada...! - comenzó a gritarme, mirándome con odio y con desprecio.

- Bueno, no te hagas problema... - lo frené en seco y conociendo cual era el punto más débil de los detenidos, le dije: - Si así lo querés, no te hacemos nada, te curamos con desinfectante y te volvés ya mismo, para el penal.





Aflojó al instante en su protesta y aceptó que le hiciese, lo que yo dispusiera. Sin preguntarle nada, me contó que en el penal lo trataban demasiado mal, que lo dejaban tirado y no le prestaban una mínima atención médica. Una vez más y como siempre yo he observado, hasta el hombre más soberbio y orgulloso, se reduce a un tierno flan, cuando la suerte se le esconde o le es adversa…

Cuando a las dos horas realicé mi habitual recorrida de supervisión por la sala, el malandra descansaba tranquilo en una pieza aislada, vigilado por sus custodios, uno de los cuales parecía bastante amigote de él y hasta compartían una gaseosa, un sándwich y una entretenida polémica sobre fútbol. Jamás terminaré de acostumbrarme a ese abrazo fraterno entre custodios y delincuentes, en un entendimiento y una confraternidad, mucho más allá de mi capacidad de comprensión...

Un incendio con asfixiados y quemaduras, varios politraumatizados en accidentes de transito y diversos llamados telefónicos pidiendo auxilio a domicilio, exigieron al máximo a nuestra Unidad de Emergencia, despoblándola de médicos en pocos minutos. El trabajo de las guardias suele saltar caprichosamente del “dolce fare niente” al stress dramático de decidir sobre una vida...

Mientras regresaban las diferentes ambulancias repletas de pacientes y aprovechando la confusión de ordenes y contraordenes, en el distraído cambio de guardia de los custodios, mi conocido caco le arrebató el arma a uno de ellos y se enfrentó en un duelo a muerte con el otro. Quedaron cara a cara y ambos - el policía y el malandra -, se dispararon a muy corta distancia. Sin piedad... en una lucha que solo tenia un primitivo
principio y un arcaico final: “él, o yo...”

Malheridos, cayeron ambos al suelo y tendidos, quedaron mirando el blanco techo, revolcándose de dolor y perforados, tanto el custodio como el detenido, por un balazo del mismo calibre y disparado por un mismo tipo de arma, a la misma altura del hígado.
Un choque sangriento de destinos, esperanzas e ilusiones, que ahora rodaba desolado
por el suelo de baldosas desgastadas...


El Hospital estaba sobre exigido y salvo yo, todos los demás médicos disponibles estaban febrilmente ocupados con enfermos demasiado graves, por lo que fui el único que corrió hacia ellos... yo solo, para ellos dos.
Ambos eran de la misma edad. Del mismo sexo. Con la misma gravedad en sus heridas y en el mismo, idéntico lugar. Ambos permanecían tirados en el suelo, empapados con su propia sangre. Dos seres humanos absolutamente iguales en todo, salvo en que...


dijo:

- Pero uno es policía y el otro, delincuente... - se me cruzó como un fatídico rayo de ideas turbadoras y paralizantes, que jamás imaginé que llegaría a plantearme - ¡¿a quien debo atender primero...?! Uno salió a la calle a defenderme, mientras el otro... a robarme o a matarme.



Por un instante - es cierto - dudé y mucho, pero luego procedí...
Y hoy, comienza el Juicio contra mí, por no atenderlo. Será Injusticia...


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