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Cuentos en emergencias ............4 años , 4 cuentos

Offtopic•3/11/2012





dijo:
En conmemoración de mis 4 años en la pagina les dejo 4 historias ficticias relatadas en un hospital,clinica, o en pleno servicio de emergencias , etc.

Si no tenes ganas de leer ahora , guardalos en favoritos y leelos cuando puedas.

Les dejo un temazo para que lean con buen acompañamiento







link:





El efecto dominó



dijo:
dijo:

- Piden una ambulancia en Código Rojo para la villa de emergencia en la isla Maciel...
Me dijeron que es en la casa de la gorda Yoli ¿Se acuerda de quién es, doctor?... Es aquella "obesa mórbida" que cada tanto, venía a hacerse atender a nuestra guardia - irrumpió muy alterado en la sala de estar de los médicos, el joven y excelente enfermero de mi ambulancia de turno.

- ¿Que le habrá pasado? – alcancé a preguntar, mientras nos precipitábamos por la gastada escalera de caracol, hacia el patio de ambulancias.



Mientras la ambulancia ululaba con su sirena, abriéndose dificultosamente el paso entre el denso tráfico, mi cabeza comenzó a recordarla desde aquella primera vez, cuando en lugar de adelgazar con el severo régimen de dietas y la extensa lista de medicamentos que le prescribí, ella engordó. Esa vez, me miró con sus profundos
ojos negros y me dijo: - Vio doctor, mi desgracia es que nunca, pero nunca, me va a salir nada bien en esta puta vida que me tocó aguantar…

Como no recordarla. Yoli, se había vuelto muy famosa en la villa de emergencia de la Isla Maciel. Le decían y hasta le gritaban sin piedad a su paso por la calle, "Moby Dick", "Muñeco de Michelín" y "Liberen a Willy". Eran sus crueles nombres en clave, con los cuales incluso, la conocíamos en nuestras guardias.

No había nacido en la villa. Allí la había llevado a vivir su último novio, cuando dejaron de pagar el alquiler del departamento que ambos alquilaban en la zona céntrica y los echaron. El presupuesto en comida, les consumía todo el sueldo.

En una de sus tantas consultas, conseguí reconstruir lo que había consumido en las ultimas veinticuatro horas. Tres sándwiches de milanesa y cuatro huevos duros bajaron en el desayuno, ayudados por un litro de leche chocolateada. A media mañana, cuatro hamburguesas con papas fritas y dos litros de cerveza, lograron saciar su increíble apetito hasta el mediodía, cuando dos pollos al spiedo, tres platos de spaghetti, con sus salsas de
remolacha, pesto y roquefort, dos kilogramos de pan y una botella de vino tinto, la dejaron bastante satisfecha. A las cinco de la tarde, dos litros de una chocolateada, una tarta entera de chocolate, churros con dulce de leche (no recordaba cuantas docenas) y a la noche, una suculenta parrillada con papas y batatas de todos los colores, fueron el preludio de una enorme pizza napolitana y dos litros de cerveza (para poder dormir), que se llevó a su cama.



dijo:

- Ah, doctor, me olvidaba. También me como durante el día, algunas barras de chocolate con almendras y maníes... Es que el cuerpo me las pide, usted sabe.
- ¿Y cuantas de esas te comés por día, Yoli?
- Y... unas diez o doce, nada más - me contestó, mientras yo anotaba su altura: un metro con sesenta centímetros, su peso: ciento sesenta y cinco kilogramos y su edad: treinta y siete años.



Su frase preferida para iniciar una consulta, con cualquier nuevo médico que la atendiese por su problema de obesidad, era:

dijo:

- Yo no sé, con lo poquito que como, porqué será que estoy tan gorda…



Algunos colegas ya no la soportaban. Un día, Yoli se atrevió a preguntar
dijo:


- ¿No será un problema de glándulas, doctora?
- Sí, pero de tus glándulas salivales, que las estás usando demasiado…- le contestó cansada, una de las médicas de guardia


Todo tipo de muestras gratis y de dietas – rejuntadas entre todos los médicos - las ensayábamos en ella para que bajase de peso. Pero jamás ninguno, obtuvo la satisfacción de un pequeño gramo de éxito con ella.

Estuvo mal un tiempo, luego de que su novio la abandonara. Pero un día se presentó a mi guardia, expeliendo un rancio olor a perfume barato y con su cara pintarrajeada, horrible y ridícula. Ostentaba una pose seductora y muy provocadora, mientras se preocupaba por mostrarme el inicio de sus pechos, detrás de un escote pronunciado.


dijo:

- Yo pienso que lo mío se solucionaría teniendo un hijo. Me tendría que ir a la estación Constitución a buscarme un hombre... - me decía parpadeando y como haciéndose la femme misteriosa - ¿No es cierto, doctor? - ¿Usted... que piensa?



La despaché cortésmente del consultorio. Después supe que se rumoreaba en los pasillos de la guardia, que mantuvo un affaire fugáz y transitorio, con uno de los fornidos camilleros - Omar -. Según su experto testimonio, las gordas eran algo muy feo a la hora de mostrarlas en publico, pero en la cama, eran amantes excelentes y además, mullidas almohadas.

Pero Yoli últimamente, se había cansado de la vida. A las depresiones - como médico práctico de guardia y sin que lo supiese ningún psiquiatra (de esos a los que ninguna clasificación les viene bien) - yo las dividía en tres grandes grupos: las que se arreglan con dinero, las que son por culpa del dinero y las que ni siquiera se arreglan con dinero.

Creo que Yoli era una mezcla de todas esas causas. La última vez que la atendí, me dijo lloriqueando y apenada: - Se me esta terminando el dinero que cobré de la indemnización del trabajo.
Un rojo camión de bomberos, dos azules patrulleros y una gris muchedumbre exaltada, nos estaban esperando.


dijo:

- ¡A esa gorda pedorra, si yo la agarro la mato, si yo la agarro…! - repetía entre la gente un morocho cincuentón, irritado y ofuscado, en camiseta y calzoncillos, blandiendo una gruesa vara de metal.
- ¿Pero, que fue lo que pasó? - pregunté intrigado a los bomberos y policías.



Yoli había intentado suicidarse. A su propio patíbulo lo había improvisado, colgándose de un tirante bastante grueso, que cruzaba por el techo de su precaria casilla. Anudó una soga en su voluminoso cuello y se subió a una silla de metal. Cruzó el otro extremo de la cuerda por arriba del madero y pateando la silla, pensó que su cuerpo quedaría colgando.

Las paredes de esa frágil vivienda, estaban apoyadas en los muros de las otras casillas, una encimada con la otra, compartiendo alambres, cartones, maderas, chapas, sufrimientos y tirantes.

El viejo tirante de madera no aguantó los ciento sesenta y cinco kilogramos y con un sonoro crack, se vino irremediablemente abajo y tras eso, sobre el desparramado cuerpo de la rechoncha mujer, se desplomó la endeble morada. Pero ahí no terminó todo. La caída de esas paredes, arrastró consigo a cinco casillas que se levantaban a su costado izquierdo y a doce más, ubicadas a la derecha. Como un frágil castillo de naipes con efecto dominó, el derrumbe tan sencillo y estrepitoso de esa parte de la villa, fue catastrófico y dramático para sus carenciados habitantes.

Los chicos lloraban desconsolados y las mujeres, gritaban histéricas. Los perros ladraban desaforados y un viejo loro verde, se paseaba bohemio entre nosotros y echando maldiciones por doquier, como un verdadero marinero fuera de servicio… Los hombres y muchachotes, armados de bastones y de piedras, querían hacer justicia por mano propia con la desgraciada rolliza.

Había que proteger a Yoli, de aquella turba enardecida. No sabía si podríamos lograrlo. El gentío cuando esta descontrolado, es un monstruo imparable que no piensa. ¿Cómo protegerla sin pasar también nosotros, a ser víctimas? La situación era desconcertante. Ella, estaba tristemente sentada en el suelo y con una gruesa soga anudada en su abultado cuello, debajo de las chapas y paredes retorcidas de la desmoronada casilla, que se habían terminado uniendo por su parte superior, formando un providencial triángulo protector, que impidió que aquellos materiales la aplastaran para siempre.


dijo:

- Parece un ballenato, con una doble circular de cordón anudada en cuello ¿verdad Doctor? - opinó sarcásticamente en mis oídos, el enfermero que nos acompañaba.



Heridos de verdad, solamente resultó un muchacho de unos dieciséis años, con un pequeño corte en su frente, el cual en el momento del derrumbe, se encontraba circulando tranquilo por la callejuela de la villa de emergencia.

La examinación y reexaminación de Yoli, me demostró que estaba sana. No sabía si irme y dejarla desprotegida, con lo cual salvaría mi integridad física o arriesgarme, sacándola de la villa. Entonces inventé que presentaba una fractura de cadera y que en ella - obesa como era -, cualquier otro traumatismo que sufriese, podría ser mortal. Si la tocaban – les dije a los más exaltados -, corrían el riesgo de ser acusados de homicidio. Con esa piadosa y acertada mentira, logré contenerlos y entre ocho fornidos bomberos, muy dificultosamente la subimos a
la ambulancia y luego, pusimos a su lado al muchacho herido en la frente. Yo, me senté al lado de ella e iniciamos el retorno al hospital.

Esta vez, me miró con sus profundos ojos negros y me dijo: - Vio doctor, mi desgracia es que nunca, pero nunca, me va a salir nada bien en esta puta vida que me tocó aguantar…


dijo:

- No se crea, doña - intervino el muchacho de la herida en la frente, riéndose muy fuerte a carcajadas - No le voy a decir que no me haya dolido el cascotazo en la "sabeca", pero el derrumbe suyo, fue fenomenal, ¡¡estuvo es - pec - ta - cu - lar!!¡¡ Buenísimo!! ¡Lo mejor que yo vi en mi vida!



Tuvimos que detener la ambulancia, pues en su interior las risotadas eran tan descomunales que el chofer – doblado por la risa –, no podía manejar. Hasta Yoli no podía parar de reírse...
Dos días después, convencí a los cirujanos para que le colocasen una banda alrededor del estomago de Yoli. Está evolucionando bien y ahora sí, tengo muchas, muchas esperanzas que adelgace…






El viejo maestro



dijo:

Nuestras prácticas como estudiantes del último año de la carrera de Medicina, resultaban sumamente interesantes. La primera conclusión, luego de recorrer una extensa villa de emergencia, censándola casa por
casa, fue que la salud de casi todos sus habitantes, estaba en manos de las curanderas. ¿Sorprendente?
No demasiado…

Pero otro grupo de estudiantes, había recorrido en un relevamiento sanitario, una amplia zona residencial y su conclusión, luego de sumar y obtener porcentajes, no difería demasiado de lo obtenido en la villa, en cuanto a la utilización del servicio de las inefables curanderas. ¿Sorprendente? Si, demasiado… por lo menos para nosotros, estudiantes avanzados y a punto de recibirnos.

El viejo maestro, que sumaba a su título de médico y profesor, el de antropólogo, se paseaba entre nosotros, luciendo una benévola sonrisa y con las manos entrelazadas en su espalda. Las arrugas de su rostro eran surcos abiertos por la vida, donde la experiencia y el estudio habían sembrado miles de enseñanzas positivas. Nos escuchaba satisfecho, pues una vez más, había logrado despertarnos una enorme y hambrienta curiosidad. ¡Y vaya si lo había logrado, en esta oportunidad…! El pensamiento mágico, extendido ampliamente en nuestra comunidad, era un titán inmenso y acaparador - agazapado y oculto -, al que jamás le habíamos prestado nuestra ocupada atención en otras cosas...


dijo:

- Esa es la lucha permanente entre el pensamiento mágico y el científico, por la cual ha muerto en la hoguera mucha gente, demasiada… – nos dijo, acariciándose la blanca barba y sentándose sobre el escritorio, en una pose clásica en él, que alentaba a seguir preguntando.

- ¿Pero esa gente, nunca habrá escuchado hablar de la lógica? – dijo ofuscada nuestra compañera Sabrina, un espécimen autóctono y representativo de lo más rancio de nuestra sociedad porteña – Debería enseñárseles lógica… no me quedan dudas.

- No es tan así, Sabrina – respondió el maestro, poniéndose de pie y paseándose por el aula - No creo que se solucione todo, con algunas clases de lógica. El pensamiento mágico, ya tiene cierta estructura lógica cuando argumenta haber encontrado una intima relación causa efecto en algún fenómeno – por ejemplo, cuando afirma que el dolor de cabeza desaparece con el conjuro del "mal de ojo" –,pero pierde esa coherencia, cuando se empecina en negar a todo ejemplo que lo contradiga.

- Pero, doctor... ¿Cómo es que no se da cuenta la gente, que los innegables avances de la humanidad, provienen de la tecnología y de la ciencia? - dijo Aníbal, con su típica tonada cordobesa.

- Muy interesante su aporte - sentenció el profesor, luego de un momento de reflexivo silencio - pero hay que reconocer que gran parte de las creencias, elecciones y decisiones de nuestra vida diaria, se basan en conocimientos falsos o irracionales. Nuestras ideas, tienden a teñirse de afectividad y simpatía, más que de
lógica..

- Hay que educar al soberano... - proclamó muy convencido Hugo, oriundo del interior de Corrientes - No hay otra salida..

- No admite discusión lo que usted dice, Hugo - le contestó el docente, mirando hacia abajo - El conocimiento científico, es desigual en los estratos de la sociedad. Los medios de comunicación y el sistema educativo, deberían encargarse de erradicar el pensamiento mágico, pero hay que reconocer que como forma de pensar, fue
muy útil para la supervivencia de la especie humana y también, que el pensamiento científico, no es percibido como “la verdad” en nuestro fuero íntimo, sino como algo extraño, incluso artificial.

- Pero cuando esta en juego la salud de las personas, yo pienso que no debería mezclarse la medicina con la magia y la mitología - dijo Eusebio, un reflexivo estudiante, nacido en la Provincia de Santa Fe.

- Usted se acerca mucho a la raíz del problema y lo felicito, sinceramente - le dijo el profesor - El problema debe ser planteado exactamente, como usted acaba de hacerlo. En el pensamiento mágico, la medicina, la magia y la mitología, se relacionan intima y totalizadoramente, pues vinculan lo cotidiano, lo de todos los días, con lo cosmológico y lo sobrenatural. La magia, es el nexo entre el curandero, el poeta y el loco. ¿Quién puede negar que la magia esta en el cuerpo y la savia misma de una buena poesía? Y la enfermedad, también es vivenciada
como un hecho mágico y entonces, sus causas sólo pueden ser combatidas con métodos mágicos...

- ¿Quiere decir que usted - por lo menos parcialmente - esta a favor de las curanderas? - le preguntó Lorenzo, un porteño grande como un ropero y jugador de rugby.

- No, para nada. Pero hay que conocerlas y de alguna manera, tenerlas como aliadas y jamás, como enemigas - replicó el médico maestro - La curandera, es considerada por la gente como alguien capaz de controlar las fuerzas vitales y de encaminarlas, ordenando y equilibrando la enfermedad, que es vista como un desequilibrio social y ecológico. Un bebe que llora, esta ojeado por la envidia con que se lo ha mirado, sobre todo cuando es bello. Y solo una cinta roja, puede protegerlo de esas maléficas influencias...



Nos quedamos callados y meditando. Y para que no albergáramos dudas, respecto a cual era su postura frente al pensamiento mágico, nos dijo:


dijo:

- A veces pienso que los humanos se empecinan en que los objetos inanimados, los obedezcan. Sucede que el pensamiento mágico surge desde la fantasía, desde la creatividad y desde el juego. Fíjense que un mago del teatro, es alguien que "de la "nada" - como lo son la fantasía, la creatividad y el juego - saca de la galera "una
sorpresa" que le da sentido a esa nada de donde proviene y luego, se la otorga al todo, demostrándole al mundo el supuesto secreto del poder humano... Y la curandera, muchachos, merece mi respeto en la historia, aunque no tanto en el momento actual, sobre todo cuando retarda peligrosamente la cura de una enfermedad potencialmente curable...



Varios de nosotros, luego de escuchar la excelente disertación del viejo facultativo, nos adosamos a él, en su variada y extensa recorrida por el hospital, visitando enfermos. En el fondo de nosotros, anhelábamos llegar algún día a adquirir el conocimiento necesario para desempeñarnos solos. Y en un futuro aun más lejano, llegar a poseer los conocimientos y la sabiduría de aquel viejo maestro. Ilusiones y esperanzas juveniles, hechas a base de pureza e inocencia... hechas con el mejor oro de aquellos verdes y lozanos años.

Unos pocos al final de las horas de clase, fuimos con él hasta su consultorio, donde atendía pacientes ambulatorios. Ese día llegó un enfermo, dueño de una pizzería cercana al hospital, quejándose de un intenso dolor en la parte izquierda de su tórax.


dijo:

- Hace unos días, me empezó picando muy feo. Sentía como que se me dormía o me hormigueaba toda la zona. Como si tuviese puesto un cinturón que apretaba.
Después, me sentí muy enfermo, me dolía la cabeza y empecé con fiebre y chuchos, doctor. Ah, y tuve un poco de diarrea, con muchos retortijones... - se quejaba el enfermo, con una cara que expresaba el sufrimiento, tanto o más que sus propias palabras...



Lo ayudamos a quitarse la camisa y ante nuestros sorprendidos ojos, apareció una marcada y poco estética erupción, de un intenso color al rojo vivo. Algunas de esas lesiones, parecían estrelladas y extendidas manchas, burdamente coloreadas y otras, eran verdaderas y tensas ampollas, rellenas de un tenso liquido amarillento. Algunas se agrupaban en cerrados y tupidos ramilletes de vesículas, corriendo en una franja estrecha alrededor del tórax y mostrando la piel desnuda, rezumante en suero como un fino rocío, por debajo de las erosionadas y destruidas primeras capas. Otras lesiones, se habían abierto y formaban una rugosa capa de costras induradas, de un tosco color amarronado. Carolina - la estudiante "traga", poseedora de las mejores notas en el último semestre -, se apartó asustada y con el rostro pálido hasta el lavabo, intentando dominar las nauseas que la
invadían avasallándola...


dijo:

- ¿Tuvo varicela, cuando chico? - le preguntó el médico, tomando un recetario y escribiendo.

- Si, hace unos cuantos años que tuve varicela. Pero... ¿Qué es lo que tengo ahora, doctor? - preguntó muy angustiado y avergonzado el paciente, luego de percatarse del efecto que sus lesiones, habían producido en nosotros...

- Herpes Zoster. Eso, solamente es una culebrilla. Quédese tranquilo... - lo calmó el viejo maestro, en un tono sereno y fraternal.



Tras una extensa explicación científica del virus y de la enfermedad - tanto para el paciente como para nosotros -, le recetó al enfermo un medicamento. Era el Valaciclovir, una excelente droga para modificar el curso del dolor postrante que produce el Herpes Zoster.
El maestro, también nos habló del Famciclovir y del Aciclovir, una de las primeras drogas antivirales usadas en estos casos... demostrándonos su actualización permanente, en todos los avances de la Medicina.

Cada uno de nosotros se preguntaba por dentro, si sería capaz de retener esa cantidad inmensa de datos que necesita el médico, para moverse en su practica diaria... Dudas existenciales de todo avanzado estudiante, que pronto se transformaría - de un día para el otro -, en un inexperto recién recibido.


dijo:

- Tome las pastillas que le receté y después, vaya hoy mismo a ver una curandera. Si en una semana no lo cura con la tinta china, venga a verme... Lo único que le pido en este tiempo, es que no se acerque a los niños o a las mujeres embarazadas.

- ¿Usted sabe, doctor...? Mi señora ya me había dicho, que vaya directamente a una curandera... - respondió el paciente, por primera vez sonriente en la consulta.

- ¿Pero, como? ¡¡¡¿¿¿Usted lo está enviando a la curandera???!!! – preguntó confundido, ansioso e indignado, Gabriel, uno de los más reflexivos discípulos de nuestro grupo.



El viejo médico, no le respondió y continuó hablando tranquilo y distendido con su paciente:

dijo:

- Si el dolor es muy intenso, buscaremos alguna manera de bloqueárselo con inyecciones de anestesia o de cortisona, aplicándoselos directamente en el nervio.
Pero por ahora, haga lo que le dije...



Cuando el enfermo se marchó, el educador estaba sonriendo con mucha picardía ante nuestra confusión mayúscula. En un tono paternal, nos dijo:

dijo:

- Los curanderos y curanderas, manejan los tiempos y uno - como médico -, tiene que ganarle en esos “tejes y manejes”.- nos explicaba, con sus piernas y brazos cruzados - En la mayoría de los casos, el salpullido herpético les desaparece en dos semanas. Cuando él regrese a la consulta conmigo, muchas vesículas estarán
infectadas y en esos casos, son útiles los antibióticos. ¿Entienden?

- No... para nada - contestamos a coro.

- Es muy simple. La enfermedad herpética, dura unas dos semanas. Si yo en una semana no lo curé, él se irá a la curandera, la cual en una semana, lo curará. Pero si yo lo envío de entrada con ella, la curandera en una semana no lo va a curar y entonces, él regresará a mí, que en una semana, sí lo curaré. Y mi victoria, será que
el paciente tendrá una confianza plena e intacta, en mi medicina...



La teoría y la práctica recibida del viejo profesor, fueron demasiado en ese día, para mi atiborrada mente. Regresé a mi cuarto de estudiante, caminando previamente unas treinta cuadras... Necesitaba oxigenar mis músculos y mis neuronas. No era fácil extraer una enseñanza simple y concreta, de todo lo presenciado, pero intuía que había mucho de verdad en lo que él nos había dicho... ¿Podría yo algún día aplicar, todo lo que en esa clase aprendí?

Me duché con un agua tibia y purificadora. Quedé profundamente dormido, tirado sobre mi cama sin armar... El teléfono, no cesaba de llamar. Era mi angustiada madre... Me contó que mi padre, ya no toleraba las drogas quimioterápicas para el cáncer de próstata... Quería saber si yo, estaba de acuerdo en aplicarle “imanes terapéuticos y ralladuras de cola de caballo” en las zonas de dolor más intenso... Mi respuesta, fue inmediata y segura:


dijo:

- Por supuesto que sí, mamá. Por supuesto que sí...



(Algunas veces los médicos, te mandan al curandero... - escuché decir en la calle)





No me corresponde



dijo:

La doctora Cristina, un día se recibió de madre soltera.
Su vida ordenada, común y rutinaria, aquella mañana en que un test rápido de orina le gritara "rotundamente
positivo", se le llenó de angustias, temores y algunos toquecitos de una obligada y apurada resignación.

Fue difícil, muy difícil, pero ella siguió adelante a pesar de todo. Después que explotaron y salieron volando por el aire sus sueños y proyectos, se la pasó luchando a brazo partido.
Desde aquella primera "falta" de su periodo menstrual, trabajó el doble y hasta el triple, para mantener con lo mejor de lo mejor, a su entrañable hijo.

Era médica y aprendió a defenderse sola, sin pedirle permiso de nada a nadie. Se hizo dura, como toda mujer que se convierte en hombre y mujer, en madre y en padre al mismo tiempo. Y en público - solo en público -, defendía que la mujer debía buscar al hombre, solo como un medio para alcanzar su objetivo máximo: tener un hijo.

"Nunca más un hombre me va a hacer llorar, se repetía por las noches", cuando acunaba a su pequeño hijo y de reojo estudiaba, para no desactualizarse demasiado en su especialidad.
Y enfrentando estereotipos se ganó la vida a los codazos, gritando para no ser una invisible más, en esa sociedad de leyes y costumbres de acero. Nado y nado para no ahogarse en el océano del machismo, poniéndole distancia a las sonrisas maliciosas que la contemplaban con imaginaciones mórbidas, al sabérsela una mujer sin hombre.

Agotada, cansada, haciendo guardias y procurando que jamás le faltase nada de lo material... lograba que su pequeño varón, creciese con institutrices que lo cuidaban por hora, mientras ella trabajaba. El niño - Leonardo Martín (Leonardo por el padre de Cristina y Martín, por aquel amigo que desapareció al saberla preñada) - crecía y se independizaba, cada vez más fuerte y varonil, pero con ausencias prolongadas de esa figura maternal que lo
perdona todo y que siempre nos abraza... a pesar de merecernos alguna reprimenda.

Cristina formaba parte de esa creciente legión de mujeres que luchaban por depender solo de si mismas. Esas "progresistas" mujeres que construyen un nuevo paradigma de familia sin familia, aunque los modelos antiguos aparecen escritos en su misma genética, pues cuando ven a una mujer con sus hijos y maridos, una mal disimulada lagrima microscópica, suele rodar por sus mejillas... y su resentimiento suele expresarse - a pesar de todos los esfuerzos- en un solapado y mal disimulado rencor.

Juguetes, libros, caramelos, dulces y todo lo que pidiese el niño, se lo satisfacía con creces y al instante. Muchas veces la falta de cariño se escondía detrás de cientos de regalos, de parvas de dulces y comidas al gusto. Vivía ilusionada buscando el mejor estar de su hijo y de ella misma, pero con más promesas que logros... A veces el cuidar y cuidar solo de lo nuestro, termina lanzándonos a un egoísmo sin retorno. Pero su hijo Leonardo Martín - con todo y a pesar de todo - terminó la escuela secundaria y ella, con mucho orgullo fue capaz
de regalarle un auto que le había comprado a crédito y hasta de pagarle un viaje a Río de Janeiro en Brasil, acompañado de un amigo.

Como médica era inteligente, capaz y dedicada. Una verdadera líder a la hora de defender los derechos de los médicos ante las autoridades de las Clínicas o de los Sanatorios, aunque con magros resultados. Sin embargo, ella nunca claudicaba a la hora de exigir que sus colegas sean tratados con dignidad por los empleadores.


dijo:

- Hay que aprender a defender nuestros derechos, sabiendo ponerle limites a nuestras obligaciones - decía, ufanándose de hacer solo aquello que le correspondía
y nada más...



Una tarde de un invierno largo, mientras se iba apagando la poca luz del cielo, aprovechando que tenía muy poco trabajo, miraba por la empañada ventana de la Sala de Guardia de la Clínica Modelo. Llovía una fina cortina desde la mañana y los autos pasaban muy veloces, sin importarle demasiado el estado resbaloso de la calle.

Había comenzado a relampaguear y los truenos sacudían los vidrios y las puertas de la Clínica Modelo, como invitando a una tibia infusión, mientras aguardaba que corriesen las horas, hasta finalizar la monótona guardia.

Afuera, en la veloz avenida, de golpe un ruido seco de chapas que se hundían y de vidrios que saltaban por el aire, pareció confundirse con los truenos y relámpagos. Un choque de autos, de los tantos que suceden cada día y que se incrementan en noches de tormenta, una vez más había sucedido.

Un anciano vecino, empapado hasta los huesos, llegó corriendo hasta la Clínica, clamando por un inmediato auxilio a los heridos del choque. Pero las palabras del viejo se perdieron en las cloacas, arrastradas por el agua de la lluvia que caía cada vez con más intensidad.


dijo:

- ¡No me corresponde a mí salir de esta guardia para atender un accidente en la calle! ¡No señor, para nada! ¡Que llamen a Emergencias ... tengo varios pacientes en estado demasiado grave! – dijo Cristina, procurando que la oyesen todo el personal de la Clínica y así, quedasen como testigos del fundamento de su negativa a salir.



- (hay que ser viva y además, no me quiero mojar…) - le dijo "en secreto" a una colega practicante que trabajaba con ella y aprendía a moverse, en el difícil ámbito de la medicina, mientras espiaban a los bomberos, patrulleros y a dos ambulancias que llegaron treinta y cinco minutos después de producido el accidente.

Cerca de las doce de la noche, llegó un patrullero hasta la Clínica, preguntando por la Doctora Cristina...


dijo:

- ¡Llamen a mi abogado!¡Yo no podía moverme de la guardia! - se defendió la médica de guardia.

- No se de que me habla, doctora. Lo único que le pido, es que por favor me acompañe hasta el Hospital Interzonal - le respondió con mucho respeto el viejo suboficial de policía, mientras le abría la puerta del móvil policial



Una colega, antigua conocida de la facultad y amiga de Cristina durante varios años, la recibió en la Unidad de Emergencia y la abrazó muy fuerte, mientras le decía:

dijo:

- ¡Se desangró, Cristina, se desangró! Se le cortó una arteria y nadie fue capaz de comprimírsela… ¡Cuánto lo siento!

- ¿De que me hablas? ¿De quien me hablas? ¡¿De quien...?! - le preguntó Cristina con horror y casi sin palabras, mientras un nudo se estrujaba muy fuerte en su garganta.

- De Leonardo Martín... de Leonardito, Cristina. ¡Que muerte más estúpida... por Dios! - le respondió la médica del Hospital Público.

- ¿Y como… como fue? – preguntó Cristina con un hilo de voz, pálida y a punto de desmayarse.

- En la Avenida… frente a la Clínica Modelo, en un choque de autos... se demoraron demasiado en el auxilio, nadie lo ayudó... - le contestó la médica del hospital.







El honorable......



dijo:

Ese lunes, no había comenzado demasiado bien para nadie. Blandiendo su viejo bastón en alto, apoyándose contra la pared y luciendo un desteñido pijama que mostraba sus botones, bien abrochados pero – exactamente - en los ojales superiores, inmediatos a los que simétricamente les hubiese correspondido, un hombre de unos setenta y pico de años, con el rostro enfurecido y morado, reclamaba urgente mi presencia.

dijo:

- ¡Quiero hablar ya mismo con el Jefe! ¡A mí, nadie me va a faltar el respeto…! ¡Qué se han creído…! proclamaba a cuatro vientos su estridente reclamo, logrando despertar - en la larga y atestada sala de hombres de aquel viejo hospital público -, hasta a aquellos enfermos más remolones para cumplir con la orden de la Caba de enfermería, o sea de higienizarse en las duchas, si acaso podían caminar.



Ese hombre se había internado un día Sábado, en la cama seis y según el Censo de Pacientes Internados, que me había acercado la secretaria del Servicio apenas llegué, el diagnóstico de ingreso de aquel enfermo, se limitaba a tres escuetas palabras: ADELGAZAMIENTO, TOS Y FEBRICULA… Otros datos que allí figuraban, decían que tenía 80 años, que era mecánico y que esa, era su primera internación. No tenía familiares… Su nombre y apellido, Nicolás Borocchi.

Cuando una de las enfermeras intentó cortarle el paso y reenviarlo hacia su cama, el buen hombre comenzó a gritar más y más fuerte y a golpear con su rígido bastón, a una de las mesas de chapa que había en el pasillo central de la atestada sala. El caos se hizo insoportable y los ruidos metálicos in crescendo, sonaban como agudos y penetrantes campanazos que taladraban sin piedad, los castigados tímpanos de todos…

Los gritos y los golpes eran espeluznantes y habían quebrado abruptamente, el hasta ese momento silencioso, tranquilo, lento y animado trajinar, de esas bucólicas mañanitas de hospital. Hasta el enfermo de la cama nueve, un alcohólico cirrótico que no podíamos sacar de su estupor, se despertó sobresaltado por el ruido y de un certero manotazo, se arrancó los sueros y la sonda… El de la cama once, presa de un típico ataque de histeria,
comenzó a gritar mientras se agarraba dramáticamente su cabeza:


dijo:

- ¡A mí los nervios me hacen mal…!¡A mí los nervios me hacen mal…!¡A mí los nervios me hacen mal…!



Un fornido y robusto enfermero, corrió para brindarnos su invalorable ayuda, pero la misma, aterrizó prematuramente junto a su voluminosa anatomía, debido a que el piso recién mojado y con abundante detergente, fue una patinosa y resbaladiza pista que puso involuntariamente a sus dos pies, a la misma altura de su frustrada cara – claro que en el aire... –.Nicolás, blandiendo en su otra mano a un cilíndrico frasco de plástico, de un opaco color grisáceo verdoso, parecía un soldado suicida y artrósico, a punto de arrojar una mortífera granada, a punto de estallar. Cuando detrás de un biombo - que piadosamente ocultaba las horas finales de un paciente canceroso – emergió la esmirriada, delgada e inconfundible figura de una de las auxiliares de enfermería, la dulce e inofensiva Catalina, él la enfocó con sus enardecidos ojos, ahora transformados en furiosas brasas, que parecían seleccionadas y extraídas del lugar más caliente del infierno...


dijo:

- ¡Vos fuiste, maldita bastarda... yo te vi! ¡Fuiste vos, bastarda! – le gritaba a viva voz, mientras la señalaba con su bastón...



Como ni por la razón, ni por la fuerza – ambas esgrimidas sin éxito por el personal de enfermería – se lograba calmar al excitado doliente, decidí intervenir, tratando de imponerle una actitud tranquila y segura, que para nada era reflejo de lo que a esa altura del caos, yo sentía en mi interior.


dijo:

- Por favor Nicolás, venga conmigo y explíqueme bien, que es lo que le han hecho. Yo necesito saberlo... – le dije, mientras suavemente le apoyaba una mano en el hombro y lo conducía hasta mi despacho... – Y dígame ¿Cómo se pronuncia, Nicola o Nicolás?
- ¡Nicola! ¡Nicola!... Como San Nicola de Bari. Así se dice en Italia, como corresponde – me respondió, ya algo más calmado.



Cuando cerré la puerta y lo ayudé a sentarse, noté que estaba muy fatigado y que un rápido latido en su cuello, lo sacudía con característica vehemencia, evidenciando el particular estado de ánimo, que en él se anidaba.

dijo:

- ¡Mire!¿A usted le parece? ¿Por qué me ofenden así?¿Eh? – me repetía enojado, mientras acercaba a mi cara, el frasco de plástico que tenía en su mano.

- Es un frasco estéril... de los que se usan para cultivo de orina o cualquier material ¿Qué tiene de malo...? – le pregunté, a esa altura bastante confundido ya que no lograba comprender la causa de su reclamo.

- ¿Qué dice ahí, eh?¿Qué dice? - comenzó a gritarme, mientras me señalaba el rotulo del frasco.

- NICOLAS BOROCCHI ESPUTO – alcancé a leer entre las gruesas letras, escritas en rasgos hechos con birome azul, mientras giraba ese frasco de recoger muestras de flema, entre mis dedos, buscando alguna leyenda que fuese ofensiva, pero que nunca pude encontrar...

- ¿Y porqué?¿Me puede explicar porqué...? – me repetía, golpeando con mucha fuerza a mi escritorio.

- ¡¿Y porqué, qué...?! – le contesté ahora gritando, cada vez más irritado.

- ¡¿Porqué me tratan de puto, eh?! ¿A quien le importa eso, eh?¿Qué saben de mi vida, eh?¿Para eso me metieron el dedo en el ano cuando me internaron? – repetía y repetía enardecido, mientras yo trataba con todas mis fuerzas de contener la risa, mordiéndome la lengua.



Luego de media hora de explicarle a Nicolás (o Nicola) – confieso que aún ignoro con cuanto éxito – que la palabra “esputo”, proviene del latín “sputum” y que con esa
palabra se nombra a la flema que arrancamos del pecho, en cada golpe de tos, aceptó que yo lo acompañase hasta su cama, donde se quedó placidamente dormido. Catalina me miró desde lejos, sonriendo y colocándose la punta de su índice en la sien derecha, y luego lo hizo girar para adelante y para atrás... También me sonreí y me quedé pensando que en Medicina, es el único ámbito donde te insultan y en el que muchas veces, solo respondés con una mueca de alegría comprensiva. Quizás por eso – entre otras cosas -, será que la siento tan sublime...
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