Elegiste Que No Te Drogas Y Que No Vas A Hacerlo En Un Futuro.
No Elegiste Las Drogas, Entonces Elegiste:
Si la medicina no es una ciencia exacta, algunas de sus ramificaciones son aún más dudosas. No hay enfermedades sino enfermos, como si el universal socrático y platónico no tuviera nada que ver con la ciencia de la salud de la que tantas veces hablara Aristóteles. A las mismas causas no siempre le siguen los mismos efectos, y tampoco se puede garantizar que un tratamiento determinado sea todo lo efectivo que se espera. En fin, que no hay certidumbres ni seguridades en lo que al funcionamiento de nuestro cuerpo y el mantenimiento de la salud respecta. Pero más inseguridades aún (y sospecho que modas relacionadas indirectamente con tendencias del mercado) nos encontramos si rascamos un poco en el complejo mundo de la nutrición y los hábitos sanos de vida. Aquella frase de Nietzsche (”lo que no me mata me hace más fuerte”) no se puede aplicar en este caso cuando lo que comemos o lo que dejamos de comer (y el ejercicio que hacemos y dejamos de hacer) nos va matando poco a poco. Cuando creamos tendencias dentro de nuestro cuerpo que terminan provocando enferemedades más o menos irreversibles.
Lo de menos es si los alimentos engordan o no, o si hace que nos aumente el culo o los michelines. Este tipo de argumentos pueden servir a todas esas revistas fijadas en una apariencia y una belleza que ellas mismas inventan. Nos debería interesar más, mucho más, cuáles son los hábitos sanos de vida. Qué comer, cuándo y cuánto, cómo y cuánto descansar… Ignorando también en este caso las revistas que más que divulgativas son vulgares, lo cierto es que las recomendaciones de los propios médicos (o de los organismos institucionales y oficiales correspondientes) son tan confusas como plurales: tan pronto el pescado azul debe ser el rey de la dieta, como puede ocurrir que en apenas unos años se hable de los maravillosos efectos del pescado blanco. Los huevos estuvieron proscritos de la dieta, y hace poco se oyó (y algunos médicos lo dicen) la conveniencia de incluirlos en la alimentación semanal. Carnes rojas y blancas, y modos de cocinar parecen estar sujetos al capricho de los tiempos y las investigaciones. Basta cualquier estudio de una universidad, para que las verdades saludables del ayer sean los mensajes prohibidos del presente.
Algo parecido sucede con los hábitos saludables: el tipo de ejercicio y su duración se ve sometido a la escuela a que pertenezca quien nos aconseja. En su día hizo auténtico furor la carrera continua (footing, jogging, cualquier cosa que se diga en inglés resulta atractiva). Pero claro machaca las piernas, e incluso hay quien dice que no es bueno forzar al corazón. Donde esté la natación que se quite lo demás. Aunque claro, la humedad de la piscina puede provocar dolencias reumáticas. Parece ser que con andar cada día es más que suficiente. Andar, sí, ¿pero cuánto? Lo ideal debe estar entre los 30 y los 60 minutos. En fin, todo son hábitos sanos de vida, que ya vienen recomendados hasta por el Ministerio de sanidad. Y no es un asunto meramente político: la propia OMS ha ido modificando sus recomendaciones, tal y como los propios médicos suelen contar en sus consultas. ¿Son sus decisiones “científicas”? ¿En qué sentido? ¿Cuántos estudios y de cuántas instituciones son tenidos en cuenta? ¿Se consideran también variables del mercado, como las consecuencias que puede tener en la producción la recomendación o la prohibición de un producto? Difíciles preguntas, supongo, que quizás algún médico (si hay alguno en la sala, que deje su opinión) pudiera ayudarnos a contestar. Y todo en el fondo para saber alumbrar la pregunta que preside la anotación de hoy: ¿Qué es una vida sana?
Espero Que Nunca En Tu Vida Digas:
No Elegiste Las Drogas, Entonces Elegiste:
Si la medicina no es una ciencia exacta, algunas de sus ramificaciones son aún más dudosas. No hay enfermedades sino enfermos, como si el universal socrático y platónico no tuviera nada que ver con la ciencia de la salud de la que tantas veces hablara Aristóteles. A las mismas causas no siempre le siguen los mismos efectos, y tampoco se puede garantizar que un tratamiento determinado sea todo lo efectivo que se espera. En fin, que no hay certidumbres ni seguridades en lo que al funcionamiento de nuestro cuerpo y el mantenimiento de la salud respecta. Pero más inseguridades aún (y sospecho que modas relacionadas indirectamente con tendencias del mercado) nos encontramos si rascamos un poco en el complejo mundo de la nutrición y los hábitos sanos de vida. Aquella frase de Nietzsche (”lo que no me mata me hace más fuerte”) no se puede aplicar en este caso cuando lo que comemos o lo que dejamos de comer (y el ejercicio que hacemos y dejamos de hacer) nos va matando poco a poco. Cuando creamos tendencias dentro de nuestro cuerpo que terminan provocando enferemedades más o menos irreversibles.
Lo de menos es si los alimentos engordan o no, o si hace que nos aumente el culo o los michelines. Este tipo de argumentos pueden servir a todas esas revistas fijadas en una apariencia y una belleza que ellas mismas inventan. Nos debería interesar más, mucho más, cuáles son los hábitos sanos de vida. Qué comer, cuándo y cuánto, cómo y cuánto descansar… Ignorando también en este caso las revistas que más que divulgativas son vulgares, lo cierto es que las recomendaciones de los propios médicos (o de los organismos institucionales y oficiales correspondientes) son tan confusas como plurales: tan pronto el pescado azul debe ser el rey de la dieta, como puede ocurrir que en apenas unos años se hable de los maravillosos efectos del pescado blanco. Los huevos estuvieron proscritos de la dieta, y hace poco se oyó (y algunos médicos lo dicen) la conveniencia de incluirlos en la alimentación semanal. Carnes rojas y blancas, y modos de cocinar parecen estar sujetos al capricho de los tiempos y las investigaciones. Basta cualquier estudio de una universidad, para que las verdades saludables del ayer sean los mensajes prohibidos del presente.
Algo parecido sucede con los hábitos saludables: el tipo de ejercicio y su duración se ve sometido a la escuela a que pertenezca quien nos aconseja. En su día hizo auténtico furor la carrera continua (footing, jogging, cualquier cosa que se diga en inglés resulta atractiva). Pero claro machaca las piernas, e incluso hay quien dice que no es bueno forzar al corazón. Donde esté la natación que se quite lo demás. Aunque claro, la humedad de la piscina puede provocar dolencias reumáticas. Parece ser que con andar cada día es más que suficiente. Andar, sí, ¿pero cuánto? Lo ideal debe estar entre los 30 y los 60 minutos. En fin, todo son hábitos sanos de vida, que ya vienen recomendados hasta por el Ministerio de sanidad. Y no es un asunto meramente político: la propia OMS ha ido modificando sus recomendaciones, tal y como los propios médicos suelen contar en sus consultas. ¿Son sus decisiones “científicas”? ¿En qué sentido? ¿Cuántos estudios y de cuántas instituciones son tenidos en cuenta? ¿Se consideran también variables del mercado, como las consecuencias que puede tener en la producción la recomendación o la prohibición de un producto? Difíciles preguntas, supongo, que quizás algún médico (si hay alguno en la sala, que deje su opinión) pudiera ayudarnos a contestar. Y todo en el fondo para saber alumbrar la pregunta que preside la anotación de hoy: ¿Qué es una vida sana?
Espero Que Nunca En Tu Vida Digas: