Bienvenidos a mi nuevo post, en el que quiero compartir con ustedes algunas historias de vida... De gente que de verdad tiene muchas ganas de vivir y la voluntad para ello, los dejo con el post
El hombre que no fue
Hace 30 años, dos primos, Josh, de 12 años, y Kate (no son sus nombres reales) de 11, se fueron en bicicleta a la Reserva Rocky River de Cleveland a un día de campo. Mientras caminaban, un hombre salió de entre los árboles y les preguntó si podrían ayudarlo con un venado con una pata rota que había encontrado en el bosque.
Josh lo siguió al bosque. Kate titubeó, y después corrió a reunirse con ellos. Después de que caminaron 46 metros fuera del sendero ciclista —la policía los mediría después— el hombre se dio vuelta y sacó un revólver de la campera que llevaba bajo el brazo y les ordenó que se acuesten. Sin soltar el arma, el hombre agredió sexualmente a Kate. Cuando el hombre se fue, Josh, aterrorizado, salió corriendo del bosque. Encontró a un guardaparques, que llevó a Kate al hospital y pidió por radio a otros guardias que rastrearan la zona. No encontraron pistas del individuo.
Trece días después, el agente de la policía Frank Ferrini detuvo un auto Monte Carlo verde metálico, modelo 1970, después de que pasó una señal de alto. El conductor era un hombre negro, de 23 años, con barba, y se llamaba Raymond Daniel Towler. Mientras Ferrini llenaba el formulario de la multa, revisó el identikit del violador de Kate, hecho a partir de la descripción de Josh. Le preguntó a Towler si podría ir a sacarse unas fotografías. Respondió cortésmente a las preguntas del guardia y accedió a sacarse las fotos. No tenía por qué no hacerlo.
Cuando salió de la sala donde le sacaron las fotos, vio su nombre escrito en un tablero junto a la palabra sospechoso. No sabía qué quería decir eso, pero se fue de allí bastante nervioso. Tres meses después —el 9 de septiembre de 1981— lo enjuiciaron por violar a Kate.
Los argumentos del fiscal dependían solamente de la palabra y la memoria de Kate y Josh, así como de dos testigos que habían visto a un hombre negro en el parque aquel día. Ninguno de los chicos había dicho que su agresor tuviera barba, pero dos semanas después de la violación, ambos eligieron la foto policial de un Towler con barba de entre una selección de once fotos. Un científico forense no encontró restos de fluidos corporales en su ropa, pero concluyó que los cabellos eran “de origen negro”. Eso bastó para que el jurado encontrara a Towler culpable de violación, de dos cargos de agresión a mano armada y dos cargos de secuestro. Después de la sentencia, el fiscal calificó a Towler de “animal” y agregó: “Cualquiera que abusa de los niños debe ser encerrado, y la llave debe perderse”. Towler fue esposado y sacado de la corte para empezar a cumplir su sentencia de cadena perpetua. Pero la llave de su libertad no estaba perdida. Estaba impresa en la tela de la ropa de Kate, que permanecería en un estante de la sala de pruebas durante casi tres décadas.
En los primeros años de encarcelamiento, Towler presentó apelaciones y acciones judiciales. Acudió al gobernador para solicitar la conmutación, escribió cartas a la junta de libertad condicional, pero nunca dejó que su esperanza flaqueara cuando las apelaciones se le negaron repetidamente. Su buena conducta rindió frutos: le bajaron el nivel de seguridad a “medio” y tuvo más libertades. Ahora podía pasar su tiempo libre pintando, tocando la guitarra y el teclado, y estudiando. Obtuvo dos diplomas, en Arte y Negocios.
Después de su quinto año en Marion, Towler reunió por primera vez los requisitos necesarios para solicitar la libertad condicional. Con su impecable historial, se permitió soñar la esperanza de que lo liberarían. La junta no sólo lo rechazó, sino que lo declaró sin derecho a solicitar su libertad por otros 15 años.
En 1994 fue transferido a la Institución Correccional Grafton, donde pasaría sus siguientes 16 años pintando retratos y escribiendo canciones. En 2006 escribió dos melodías para un álbum para niños, producido por los internos de la prisión, titulado Alas de Esperanza. Cuando se difundió la noticia de su producción, su fotografía y los cargos contra él inundaron los medios otra vez. “Agresor sexual lanza un CD de canciones para niños en Ohio”, decía el titular de Fox News. Revivir esa humillación le abrió las heridas a Towler. “Eso fue casi peor que los 15 años que me dio la junta de libertad condicional”, recuerda.
Cuando O.J. Simpson fue enjuiciado en 1995, Towler prestó mucha atención al uso de las pruebas de ADN y empezó a investigar los avances de la ciencia forense. Con la esperanza de que un juez permitiera las pruebas retrospectivas de ADN en su caso, ahorró dinero para los estudios de laboratorio pintando más, vendiendo cuadros a los guardias y a los internos, y enviando retratos a su hermana para que los vendiera afuera.
En 1992, Barry Scheck y Peter Neufeld crearon el Proyecto Inocencia como clínica jurídica en la Universidad Yeshiva de Nueva York. Su misión era aplicar el campo de los análisis del ADN, que avanzaba rápidamente, a posibles casos de condenas injustas. Scheck y Neufeld pedían a estudiantes de Derecho que investigaran historiales y redactaran borradores de solicitudes a la corte bajo la guía de abogados de planta que representaban a los internos. Cuando el Proyecto Inocencia exoneró a varios internos con condenas largas —algunos de los cuales estaban en el corredor de la muerte— las escuelas de Derecho de todo el país empezaron a adoptar el modelo. Ohio inició su propio proyecto en 2003.
Towler presentó todos sus documentos, y un juez aprobó su solicitud y le nombró un abogado defensor llamado John Parker. Este, que buscaba a alguien con mayor pericia, llamó a Mark Godsey, profesor de Derecho Penal en la Universidad de Cincinnati y director fundador del Proyecto Inocencia de Ohio (OIP, por sus siglas en inglés).
En septiembre de 2004, él y Parker hicieron arreglos para que la ropa interior de Kate, las raspaduras de uñas y los dos cabellos se enviaran a un laboratorio de ADN en Nueva Orleans. No se encontraron rastros de semen ni de ADN masculino en la ropa interior, y los sobres que contenían el material de las uñas y los cabellos estaban vacíos. Que las pruebas hayan desaparecido por accidente, sabotaje u otra causa sigue siendo un misterio, pero para Towler el resultado era el mismo: acababa de perder otra batalla.
Los técnicos de un laboratorio de Cincinnati hicieron gratuitamente las pruebas de la ropa interior de Kate. Sí encontraron semen en la tela y ADN de un varón que no era Raymond Towler, pero no pudieron localizar espermatozoides. La fiscalía sostuvo que el ADN pudo haber resultado de la contaminación de las pruebas; por ejemplo, un hombre que abriera la bolsa de las pruebas y estornudara. “Era un argumento idiota —afirma Godsey—, pero no podíamos refutarlo”. Se determinó que el resultado no era concluyente, y Towler siguió tras las rejas.
Después, en cuestión de meses, Godsey oyó hablar de un laboratorio de Texas que había creado una solución para sacar espermatozoides de la tela. Mandó la ropa interior allá en el verano de 2009. Las pruebas se retrasaron hasta abril de 2010, pero los resultados finalmente llegaron. Nunca olvidará el momento en que los vio. “Hemos llegado a un punto en que las pruebas pueden cesar”, escribió Rick Staub, director del laboratorio forense en Dallas.
El ADN que se analizó a partir del esperma, dijo, muestra claramente que NO ES DE RAYMOND TOWLER.
Cuando Towler recibió la noticia en la prisión Grafton. Luego la jueza golpeó el mazo, los flashes de las cámaras destellaron y los funcionarios abrieron la puerta para que él saliera. Era el 5 de mayo de 2010, y después de 28 años, 7 meses y 19 días tras los barrotes, Raymond Daniel Towler, de 52 años, descendió los escalones de la corte y salió al aire fresco de un mundo libre.
A Towler le ha costado trabajo adaptarse. Un ejecutivo de Medical Mutual of Ohio, en Cleveland, hizo caso omiso de la laguna de 29 años en los antecedentes de Towler y le ofreció un trabajo como repartidor de correo en una de las oficinas de la empresa.
Cuando no está trabajando, Towler pinta y toca la guitarra para la Iglesia Baptista Mount Zion en Oberlin, Ohio. Ha formado con otros hombres exonerados una banda llamada Espíritu y Verdad, que ha tocado en un par de eventos para recaudar fondos para el Proyecto Inocencia, y planea grabar un álbum. También ha regresado a la prisión Grafton a actuar para los internos, quienes lo recibieron con una mezcla de calidez, orgullo y desesperación.
En mayo pasado, Towler recibió dinero compensatorio del estado, cuyos actuarios habían determinado que el valor de un año de libertad es de 47.000 dólares. Se le debían más de 1,3 millón de dólares —también pudo haber interpuesto una demanda por salarios caídos— y en realidad recibió considerablemente más, aunque no quiere decir cuánto. A nadie le importa, pero también le parecen absurdas las preguntas de cuánto le “ganó” al estado: ninguna cantidad es una compensación justa.
A este hombre apacible le duele recordar algunas de las cosas que pasaron. “Pero, créeme, no son más importantes que las cosas que me esperan —dice, sonriendo—. Ni de cerca”
El día que recuperé la libertad
Cuando tenía 22 años me condenaron y fue a la cárcel por el homicidio de mi ex novia, Jennifer Lockmiller. Sólo que yo no la maté. Los únicos que me creían eran mis padres y mis abogados del Centro de Condenas por Error de la Universidad Northwestern, en Illinois. Ellos trabajaron sin tregua en mi caso y, en 2008, cuando ya hacía 13 años que estaba recluido, lograron que el Supremo Tribunal de Illinois escuchara mi apelación.
Naturalmente, yo debía estar emocionado, pero no me hice muchas ilusiones. ¿Para qué? Ya había perdido cinco apelaciones; cinco veces esperé un veredicto a mi favor y cinco veces me enviaron de nuevo a mi celda. Con todo, aún tenía esperanza; era lo último que me quedaba. La fiscalía basó su alegato en el hecho de que mi relación con Jennifer había sido inestable, aunque nunca fui violento. Como móvil del crimen, arguyeron que yo estaba celoso de sus ex novios, lo cual, para ser sincero, era cierto. Esta vez mis abogados tenían un as bajo la manga: pruebas, pasadas por alto en el primer juicio, de que yo estaba a 225 kilómetros de distancia cuando asesinaron a Jennifer.
En la mañana del 22 de mayo de 2008, el juez estaba listo para pronunciar su veredicto. Un guardia me hizo salir de mi celda, y en el pasillo me encontré a mi amigo Armando. Parecía más nervioso que yo.
—No podría soportar oírte decir que perdiste —me susurró—, así que, si ganas, no me digas nada. Sólo da un salto y entrechoca los talones.
Entré a un cuarto sin muebles en el Centro Correccional de Dixon. Dentro había un guardia. Minutos después, escuché el veredicto.
Me dirigí a mi celda como obnubilado. Armando me miró desde la sala pública, buscando en mi rostro alguna señal, pero yo me mantenía impasible. De pronto aceleré el paso, y en unos instantes ya estaba corriendo. Después de 13 años de vivir un infierno, doblé un poco las rodillas, salté como impulsado por un resorte... ¡y entrechoqué los talones!
Actualmente mantengo una demanda en contra de cinco agentes de la policía y dos fiscales por conspirar para incriminarme con pruebas falsas. También solicité al estado de Illinois un certificado de inocencia, ya que el veredicto fue de “no culpable” en vez de “inocente”. Pero sea cual sea el desenlace, nadie me podrá quitar la felicidad que sentí aquel día de mayo, el día que recuperé mi vida.
De nuevo en casa
Después de una gran pérdida, esta mujer encuentra una nueva razón para vivir.
Susanne Janson está durmiendo profundamente la mañana siguiente a un agitado día de Navidad cuando el teléfono rompe el silencio de su departamento de Estocolmo. “Ha pasado algo horrible en Tailandia,” le dice su padre con la voz temblorosa. “¿Sabes dónde están las niñas?”
Las hijas de Susanne Josefin, de 12 años, y Eleonor, de 14, están de vacaciones con su padre y su segunda mujer y su familia en Khao, al sur de Tailandia. La pregunta de su padre llena de inquietud a Susanne. Rápidamente llama a los teléfonos celulares de sus hijas mientras su compañero, Hans Forssell, enciende la televisión. Todos los programas de noticias hablan del terremoto de la costa de Sumatra que ha provocado un muro de agua de 30 metros que finalmente acabará con 300.000 vidas en 14 países del sudeste asiático y este de África.
Los teléfonos de las chicas suenan y nadie responde. Un avance informativo habla de más de una docena de muertos procedentes de Suecia. La falta de información hace que Susanne y Hans, de 35 años, decidan ir a Tailandia y buscarlas.
El caos da la bienvenida a Susanne y Hans cuando aterrizan. En el centro de Phuket, donde se reúnen los voluntarios y las autoridades tailandesas, Susanne y Hans hayan alguna esperanza. El 5 de enero, un representante de las fuerzas aéreas tailandesas, que ha seguido buscando sobrevivientes mucho después de que las ONG dejaran de hacerlo, llega al centro de la ciudad. “No encontraremos a nadie más”, dice el hombre. Las fuerzas aéreas han suspendido la búsqueda.
Susanne todavía tiene esperanzas. Pide ir a Khao Lak, el lugar donde estaban. Allí encuentra una terrible devastación. Susanne se da cuenta de que haber sobrevivido sería poco menos que un milagro. Durante los dos meses siguientes, Hans ve con desesperación cómo Susanne cae en una depresión profunda. Apenas logra salir de la cama. Un día Susanne está en la cama leyendo un artículo que su tía le ha recomendado sobre una familia sueco-tailandesa que ayuda a las víctimas del tsunami con donaciones de los sobrevivientes suecos. Susanne se levanta y tiene una idea: podría ser voluntaria en este hogar en Tailandia y así estar más cerca de Josefin y Eleonor.
Susanne le comunica a Hans su decisión de hacerse voluntaria en el nuevo hogar para niños y familias de Phuket, y él sin dudarlo acepta. Cuando Susanne y Hans ponen por primera vez un pie en Barnhem (vocablo sueco que significa hogar infantil) a principios de marzo de 2005, de nuevo son recibidos por el caos. Unos seis meses después del tsunami, los cuerpos de Josefin y Eleonor son identificados.
Durante los tres meses siguientes, Hans observa un cambio en Susanne. Se da cuenta de que se despierta llena de energía en vez de aletargada, con ganas de llegar a Barnhem donde puede trabajar. En julio de 2005, los fundadores de Barnhem les piden que se queden permanentemente como empleados y que dirijan el hogar y Hans acepta de nuevo sin dudarlo.
Susanne y Hans se dan cuenta de que con tantos grupos de voluntarios que ayudan a las víctimas del tsunami, pueden dirigir su atención a los muchos tailandeses que vivían en la pobreza mucho antes de que llegara el tsunami. En la actualidad, Barnhem acoge a cualquier niño o familia necesitada, no sólo a las víctimas del tsunami.
Durante los seis años siguientes y mientras se aclimata a su nueva vida y aprende a hablar tailandés, Susanne adopta el papel de matriarca de su nueva familia –hasta 47 niños en un momento dado, diez empleados tailandeses y un puñado de voluntarios, en su mayoría suecos–. Pero Susanne se centra exclusivamente en los niños y atesora los momentos de alegres juegos.
Praew*, una de las primeras niñas no-víctima del tsunami en llegar a Barnhem, es al principio muy tímida y retraída. Susanne pasa muchas horas con ella, hablándole y ayudándola a hacer los deberes. Su padre desapareció y su madre permanece en paradero desconocido. Susanne ve feliz como Praew se va haciendo más extrovertida y mejora en el colegio –pero le sigue preocupando la niña–. ¿Se enamorará de un chico y quedará embarazada? ¿La sacará algún pariente del colegio para ponerla a ganar dinero? A principios de este año, Susanne se sienta con Praew, que ya tiene 15 años y le pregunta si quiere ir a la universidad. Aunque Praew responde dubitativamente, Susanne ve un cambio inmediato en ella. Tras su conversación, Susanne oye que Praew le dice confidencialmente a un voluntario que tiene planes para ir a la universidad cuando termine el colegio.
Fame, de dieciocho años, que llegó cuando tenía 12, es el primero de los niños de Barnhem en mudarse a su propio departamento y empezar la universidad, subvencionado por una familia sueca. Vuelve al orfanato todas las semanas para ayudar a los más chicos. “Esta también es mi familia”, dice. Los penetrantes ojos azules de Susanne brillan mientras habla con él rápidamente en tailandés. Le dice con fingida severidad que tienen que hablar porque se gasta su dinero de bolsillo demasiado rápido. Pero la expresión de afecto de su cara la traiciona.
La vida de Susanne y Hans aquí –despertarse cada mañana en su casa de sencillo estilo tailandés con el ruido de las gallinas– queda lejos de su antiguo y amplio departamento en el centro de Estocolmo y del estresante mundo de la publicidad al que estaba acostumbrada Susanne. Esta nueva vida es muy diferente de aquella que giraba en torno a sus alegres hijas adolescentes, Josefin y Eleonor. “La felicidad es algo que antes tenía gratuitamente”, dice Susanne lentamente, dejando vagar su mirada más allá del patio de Barnhem. “Ahora tengo que trabajar para conseguirla. Y ahora tengo que vivir para tres.”
* Se cambiaron algunos nombres para proteger la vida privada de las personas.
El día que canté con Bruce Springsteen
Cantar en un escenario con Bruce Springsteen ocupaba el primer lugar en mi lista de “cosas por hacer antes de morir” desde 1975, cuando cursaba el primer año del secundario. Crecí en el distrito sur de Filadelfia, y solía ir a ver las carreras de autos callejeras en Front Street con mi amigo Bert en su Buick Skylark, escuchando la radio a todo volumen. ¡Mi vida era una canción de Springsteen!
Como desde finales de los años ochenta yo hacía imitaciones de Elvis Presley para mis amigos, se me ocurrió que si asistía a uno de los conciertos de Springsteen vestido con uno de mis disfraces, Bruce tal vez me vería y me invitaría a subir al escenario para cantar una canción de Elvis. Cada vez que iba a uno de sus conciertos pensaba: ¡Esta vez lo haré! Pero en el último momento me acobardaba.
El 19 de octubre de 2009 tenía entradas para una función en el Spectrum de Filadelfia, el mismo lugar en el que había visto mi primer concierto de Springsteen, en 1980. Allí se hace una rifa entre los espectadores para estar en el “foso”, justo junto al escenario, y yo fui uno de los ganadores. La suerte me acompañaba.
Llegué al concierto disfrazado de Elvis, con un traje celeste, capa y un cartel que decía: “¿Puede el Rey cantar con el Jefe?” Bruce lo vio, se rió y bromeó con su banda. Ya era el mejor día de mi vida. Cuando la banda empezó a tocar All Shook Up (“Me estremezco”), Springsteen me miró y dijo: “Está bien, Rey, sube aquí”.
De repente estaba junto a mi ídolo y frente a más de 18.000 espectadores eufóricos. Bruce me pasó el micrófono. Fue como si me diera las llaves de su grupo, la E Street Band, y di todo de mí. Pensé: ¡Bien, es uno por el dinero, dos por el espectáculo!
Al terminar la canción empecé a entonar las primeras líneas de Blue Suede Shoes, y Springsteen me miró como diciendo: “Bien, amigo, ya terminaste”. Hice una venia al público con un vaivén de mi capa, y al bajar del escenario Bruce anunció:
—¡Elvis ha dejado el edificio!
El día que mi hijo volvió a caminar
Para todo padre, el día que su bebé da sus primeros pasos es un día especial. Pero cuando mi hijo Connor empezó a caminar, a los 17 meses de edad, supe que algo malo ocurría: el niño lo hacía en puntas de pie. El pediatra me dijo que no me preocupara, pero muy pronto los músculos de Connor comenzaron a perder fuerza. A los tres años presentó síntomas de debilidad en la parte superior del cuerpo; a los cinco, no podía sostener derecha la cabeza, y cuando entró en la escuela primaria ya había pasado de caminar con soportes en las piernas a depender de una silla de ruedas eléctrica. Verlo me partía el alma. Su capacidad mental estaba bien, pero cada día se cansaba más y ni siquiera podía sostener el lápiz para escribir. De seguir así, en dos años más estaría tan débil que le sería imposible comer sin ayuda.
Los médicos estaban perplejos: no sabían cuál podría ser la causa de los síntomas de Connor. Su cuerpo estaba fallando, pero su mente funcionaba a la perfección. Le hicieron pruebas para descartar diversas enfermedades, entre ellas distrofia muscular. Consulté a otros especialistas, pero ninguno pudo hacer un diagnóstico exacto. Me sentía tan frustrada que decidí investigar por mi cuenta qué era lo que padecía mi hijo.
En 2002, cuando Connor tenía cuatro años, leí un artículo en una revista acerca de un raro trastorno genético llamado distonía, y desde entonces no lograba sacármelo de la mente. Los niños que aparecían en la foto del artículo sostenían sus cuerpos exactamente como Connor. Yo le mostraba la foto a cada médico que consultaba, pero siempre obtenía la misma respuesta: “La distonía es un trastorno muy raro, y su hijo no presenta todos los síntomas característicos”.
Finalmente, en 2004, acudí al doctor Shawn McCandless, un especialista en genética que tomó muy en serio el caso de Connor. Para mí, luego de tanto esfuerzo, ¡fue como ganar una medalla de oro! El doctor coincidió en que los síntomas del niño indicaban distonía, y dijo que un fármaco llamado levodopa podría curarlo. Sin embargo, había un problema: en los ensayos clínicos de la levodopa con adultos se había observado que podía causar alucinaciones, arritmia cardíaca y otros efectos secundarios. De ninguna manera iba yo a arriesgar a eso a mi hijo, que ya tenía seis años. Pero cuando su salud empeoró, comprendí que no había otra opción.
El tratamiento de Connor con levodopa tenía que ser suministrado por un neurólogo, así que en 2006 acudimos al doctor Irwin Jacobs, quien accedió a administrarle el fármaco al niño. Si daba resultado, dijo, lo sabríamos de inmediato.
El 21 de junio de 2007, cuando mi hijo tenía nueve años, Jacobs le administró la primera dosis. A la mañana siguiente, cuando fui a despertar a Connor, lo encontré arrodillado en su cama, lo que no había hecho desde que era muy pequeño.
—¡Mírame, mamá! —exclamó.
Estaba eufórico. Pero yo no quería ilusionarme demasiado y creer que el medicamento estaba funcionando.
En los días siguientes Connor se fortaleció un poco más. Al cabo de una semana mantenía el torso mucho más recto, y varias semanas después caminaba apoyándose en los muebles, de la misma manera en que lo hace un bebé cuando está aprendiendo a caminar. No tardó mucho en dar pasos agarrado a mis dos manos, luego a una sola y, finalmente, el 13 de agosto, atravesó el living de la casa de mi madre sin ningún apoyo.
Yo no podía creer lo que veía: el niño tan frágil y débil que ni siquiera podía comer sin ayuda, ahora caminaba. Desde entonces ya puede correr, nadar, jugar básquet y salir en Halloween a pedir golosinas.
El 9 de mayo festejamos los 13 años de vida de Connor. Y tenemos otra fecha para recordar: cada 21 de junio celebramos el Día Levodopa, con una torta y regalos. Es como una segunda fiesta de cumpleaños para Connor, y para mí, la conmemoración del mejor día de mi vida.
El día que pedí una taza de café
El primero de febrero de 1960 me reuní con tres amigos míos en la biblioteca de la Universidad Agrícola y Técnica de Carolina del Norte, en Greensboro, y juntos caminamos un kilómetro y medio hasta un supermercado Woolworth. Yo llevaba puesto mi uniforme del Cuerpo de Adiestramiento de Oficiales de la Reserva porque acababa de salir de una práctica. Permanecimos en silencio durante todo el trayecto, con los nervios crispados. Yo sabía que ese día lo podría terminar dentro de un ataúd.
En esa época, en el sur de los Estados Unidos, a los afroamericanos no se les permitía comer con las personas de raza blanca. Woolworth tenía una cafetería en el sótano que era exclusivamente para “negros”. Mis amigos y yo habíamos acordado sentarnos a la barra de la cafetería para gente blanca y pedir algo para comer y tomar. Eso fue exactamente lo que hicimos.
Hubo un silencio inmediato. Se sentía como si aquel lugar fuera una iglesia; las cucharas y los tenedores quedaron suspendidos antes de llegar a las bocas, y todos los ojos estaban clavados en nosotros.
De nuevo, le pedimos a la camarera café y unas porciones de torta.
—Lo siento, no los puedo atender —contestó muy seria.
—¿Por qué?
—Es la costumbre.
—Ustedes coinciden conmigo en que esta costumbre está mal, ¿o no? —les pregunté a mis amigos.
Habíamos decidido ser muy educados. Lo que queríamos era avergonzar a esas personas hasta que cambiaran de actitud, de manera que seguimos sentados, esperando.
De pronto un policía se acercó con actitud hostil. Tenía la cara enrojecida como un tomate, y se detuvo justo detrás de mí; podía yo sentir su aliento en mi cuello mientras me observaba. Cuando empuñó su garrote pensé: Hasta aquí llegué. Pero él se limitó a mantenerse parado junto a mí durante un minuto; luego se apartó de nosotros y empezó a pasearse de un lado a otro. Era evidente que no sabía qué hacer. Entonces me di cuenta de que aquello podía dar resultado, que podíamos ganar.
En el otro extremo de la barra estaba una mujer mayor. Terminó de comer su porción de torta y luego se acercó a nosotros. Pensé que iba a insultarnos, pero en tono amable nos dijo:
—Muchachos, estoy muy orgullosa de ustedes. Sólo lamento que no hayan hecho esto hace diez años.
Sus palabras me dieron la determinación para seguir hasta el final.
Durante seis meses volvimos todos los días a la cafetería, hasta que a cuatro afroamericanos finalmente les sirvieron una taza de café.
Quince segundos después de sentarme a la barra aquel día de febrero de 1960, me sentí muy aliviado, reivindicado, feliz conmigo mismo. Era como la paz que los creyentes sienten cuando rezan, la sensación de libertad que algunos buscan durante toda su vida. No me habría importado si hubiera muerto allí en ese momento. Me creí invencible, y nunca me sentí mejor en toda mi vida.
Entrega especial
Riley Christensen, de diez años, y su madre, Lynn, estaban frente a la computadora, buscando modelos y precios de bicicletas. “Elijamos una para el cumpleaños de papá”, le sugirió Lynn a su hija.
Mientras Christensen recorría la página principal de Bike Rack, una tienda en su pueblo de St. Charles, Illinois, Estados Unidos, le llamó la atención un enlace de video para el Proyecto Movilidad. Hizo click por simple curiosidad. El video explicaba cómo Hal Honeyman, copropietario de la tienda, había creado una organización que fabricaba bicicletas diseñadas especialmente para personas con discapacidades.
Mostraba los rostros felices de aquellos que ahora las montaban: víctimas de accidentes, veteranos de guerra heridos y niños con discapacidades, entre ellos el propio hijo de Hal, quien había nacido con parálisis cerebral.
“Voy a comprar una bicicleta para uno de esos niños", le dijo Riley a su madre.
Dos días después, le mostró a su mamá una carta que había escrito para pedir donaciones: “Creo que es increíble que haya alguien que hace bicicletas para niños que no pueden caminar”, decía la carta. “Vi lo feliz que se puso un chico al recibir una… les escribo para pedirles ayuda”. Lynn quedó impresionada por el esfuerzo de su hija, pero las dudas no tardaron en surgir. Solo una de estas bicicletas especiales podría costar hasta 4.000 dólares. Riley nunca podría recaudar tanto dinero. Sin embargo, envió su carta a 75 parientes y amigos. Tres días después, comenzaron a llegar cheques y dinero en efectivo.
Luego, se corrió la voz sobre la campaña de Riley y, a medida que se acercaba la Navidad, las donaciones seguían llegando. Finalmente, la niña recaudó más de 12.000 dólares, cantidad suficiente como para comprar siete bicicletas.
En la última Nochebuena, Riley se puso un gorro de Papá Noel y les entregó las bicicletas a tres de los chicos afortunados: Ava, un adolescente de 13 años con espina bífida; Jenny, un joven de 15 años con parálisis cerebral, y Rose, una pequeña de 4 años con un trastorno genético poco común. “Esta ha sido la mejor Navidad que jamás he tenido”, comentó Riley. Desde entonces, ella y Ava salen a andar juntas en bicicleta. “Cuando ando en bicicleta, me gusta ir rápido y sentir la brisa —cuenta Riley—. A Ava también. Ella pedalea con los brazos, no con los pies, pero realmente vuela”.
Riley tiene decidido continuar con la campaña cada Navidad. “Quiero que los niños sientan el viento en sus rostros”, comenta.
Justicia para Kristine
En Filipinas, un joven abogado se hace detective para atrapar al violador de una nena.
Para ganarse el sustento, Kristine tenía que trabajar muchas horas como cocinera y sirvienta, y atender a los odiosos huéspedes de su tía. "Tráeme una toalla del cuarto de tu tía”, le pidió Marlon Abrigo, un novio esporádico de Joanne, de veintitantos años, hijo de un policía. Se había refugiado en la casa de Joanne ya que sus padres, hartos de que bebiera tanto, lo habían echado. Desde la entrada del baño, Abrigo vio cómo Kristine subía las escaleras hasta la habitación de su tía. No quería una toalla. Lo que tenía en mente era otra cosa...
Abrigo irrumpió de repente, empujando la puerta del baño con tanta fuerza que golpeó a la nena en la cara. Ella se movió hacia atrás, aturdida y tambaleándose. Luego, a pesar de sus esfuerzos desesperados por defenderse, Abrigo la agarró y la tiró sobre la cama. Sujetándole las muñecas detrás de la espalda con una mano, le rasgó la ropa interior con la otra, y entonces la violó salvajemente.
Una vez que terminó, le dijo que, si se lo decía a alguien, la mataría. Esto ocurrió en abril de 1999. Kristine tenía apenas 13 años. Pasaron algunas semanas, y Abrigo finalmente se fue de la casa. Joanne había observado que su sobrina, normalmente optimista y llena de energía, estaba deprimida y desganada. Le preguntó si le pasaba algo malo. Sollozando, Kristine le contó la brutal violación de la que había sido víctima.
Consternada, Joanne la llevó a la policía, donde la interrogaron y le hicieron exámenes. Un fiscal concluyó que había pruebas suficientes para someter a juicio al violador, y un juez emitió una orden para detenerlo; sin embargo, la orden nunca fue cumplida: Marlon Abrigo desapareció.
Por razones de seguridad, las autoridades enviaron a Kristine a un albergue para menores violadas. Allí, le proporcionaban a Kristine tres comidas por día y un lugar donde dormir, pero también educación. Todas las semanas, en la escuela dominical a la que asistía, rezaba pidiendo venganza y justicia.
En septiembre de 2000, un joven abogado de 33 años llamado Sean Litton decidía trasladarse a la capital filipina. Conmovido por un discurso de Gary Haugen —un abogado egresado de la Universidad Harvard— donde hablaba sobre Misión Internacional de Justicia (MIJ), una organización no gubernamental evangélica que había fundado en 1997, decidió unirse a MIJ y poner sus habilidades de abogado al servicio de una causa humanitaria. Su primera misión: establecer una filial de MIJ en Filipinas. Este país estaba plagado por el turismo sexual y el tráfico de personas.
En una de sus visitas llegó al albergue donde estaba viviendo Kristine. El abogado les explicó al director y a la trabajadora social a cargo por qué se encontraba allí. —Quiero ser defensor legal de alguien que haya sufrido una injusticia terrible —les dijo—. Entre los expedientes con casos de niñas abusadas sexualmente estaba el de Kristine. Empezó a leerlo rápidamente y descubrió un dato perturbador: la brigada policial encargada de cumplir la orden de detención trabajaba en la misma estación que el padre de Abrigo.
Luego pidió hablar con Kristine y acordaron luchar juntos para condenar al agresor. Litton sabía que el caso no llevaría a ninguna parte hasta que Marlon Abrigo fuera localizado. No cabía esperar ninguna ayuda de la policía filipina. Él tendría que hacerlo solo. Alguien le sugirió que intentara poner una trampa. Pensó en utilizar un premio como anzuelo, y como sabía que a muchos filipinos les gustaba la música pop sentimental, fue a un local de discos y compró un CD de los grandes éxitos de Air Supply. Un amigo lo ayudó a reclutar a un adolescente filipino dispuesto a hacerse pasar como el mensajero del sorteo y entregar el premio, y luego se dirigieron a la última dirección conocida de Marlon Abrigo.
La madre de este abrió la puerta, y el adolescente, que había ensayado bien las respuestas, logró conseguir la dirección de Marlon. Cuando el muchacho caminó hacia la puerta de Abrigo, Litton se escondió detrás de un auto estacionado. Finalmente apareció el escurridizo Marlon Abrigo. Ahora, el caso de Kristine contra su violador se podría abrir nuevamente. Varias semanas después, Abrigo estaba en la cárcel.
El caso no contaba con ningún testigo ni pruebas de ADN. El resultado iba a depender en gran medida del testimonio que la chica rindiera ante un juez. A finales de marzo de 2001, Kristine subió al estrado en un tribunal. Luego llegó el turno del abogado defensor de Abrigo. Empezó con un implacable ataque a la credibilidad de Kristine, insinuando que su tía Joanne, en venganza porque Abrigo había terminado con ella, le había pedido que inventara la historia de la violación. El abogado además alegó que el violador no había sido Abrigo, sino otro hombre: un tío de Kristine.
La muchacha no se dejó amedrentar. Hubo testigos falsos que podían suscitar dudas suficientes para que exculparan a Abrigo de los cargos. Había que que localizar al tío, rápidamente, y convencerlo para que fuera a testificar. Litton habló con él durante horas, pero el tío, un hombre mayor, no pudo recordar dónde había estado el día en que violaron a Kristine. Frustrado, Litton decidió volver a Manila, pero antes le ofreció al hombre llevarlo en su auto a su casa. El destino quiso que en el camino, el tío encontrara un papel que tenía que mostrar a los agentes de inmigración en los Estados Unidos para que me den permiso de bajar a tierra. Litton revisó los sellos y las fechas del documento. El día en que Kristine fue violada, su tío desembarcó en Portland, Oregon. ¡Era nada menos que la prueba que necesitaba!
El 28 de agosto de 2001, Marlon Abrigo fue declarado culpable de violación, y lo sentenciaron a 30 años de cárcel sin posibilidad de obtener libertad condicional. Cuando fue a buscarla al albergue la chica se quedó muda: no podía creerlo.
En los diez años que han transcurrido desde la condena de Marlon Abrigo, MIJ Filipinas ha ayudado a las autoridades locales a rescatar a más de 500 niñas y mujeres obligadas a prostituirse; a detener a más de 300 sospechosos de explotación sexual; a encarcelar a 22 hombres acusados de violar a niños, y a aprehender a otros 38.
Un programa contra el tráfico de personas emprendido por MIJ Filipinas en Cebú, con la ayuda de una subvención de cinco millones de dólares de la Fundación Bill & Melinda Gates, ha reducido en casi el 80 por ciento el número de víctimas de explotación sexual entre la población infantil.
Ese es el legado de la lucha de Sean Litton y Kristine. Hoy día Kristine tiene 25 años, está casada y es madre de un nene de tres años. En 2008 cumplió la promesa que les hizo a sus padres: obtuvo un título universitario en Trabajo Social.
En cuanto a Sean Litton, nuevamente reside en Washington, D.C., y ahora es vicepresidente de operaciones de campo de MIJ.
El Papá Noel invisible
Para el Centro de rehabilitación Easter Seals de Evansville, Indiana, Estados Unidos, el mes entre el Día de Acción de Gracias y Navidad trae la expectativa y emoción de un nuevo llamado telefónico de un viejo amigo. El año pasado, llegó en la tarde del 30 de noviembre, mientras Terry Haynie, vicepresidente de desarrollo, estaba concentrado en su trabajo.
“¿Sabe qué época del año es?”, preguntó una pícara y resonante voz masculina. Esto marcó el comienzo de una misteriosa búsqueda del tesoro anual. “Sí, señor”, respondió Haynie. “¡Es la época de Pete!”
Todos los años, este hombre, que se identifica solamente con el nombre de Pete, llama al centro con un mensaje repleto de pistas para los empleados quienes deben emprender una búsqueda por el edificio de dos pisos y el jardín para encontrar la donación de Pete para los chicos con discapacidades que van al centro. En el pasado, este Papá Noel invisible ha escondido dinero en un frasco de galletitas con forma de muñeco de nieve y lo ha adosado a bastones de caramelo que colgaban de un árbol en el estacionamiento. El año último, sus instrucciones guiaron a los empleados hacia el exterior, a la parte posterior del edificio y hacia un contenedor de basura. Dentro de una bolsa de regalo sobre el suelo cerca del contenedor de basura había un pequeño árbol navideño de hojalata adornado con 30 billetes nuevos de 100 dólares.
Al encontrar el tesoro, los empleados siempre aplauden, agitan los brazos y gritan “¡Gracias, Pete!” con la esperanza de que esté mirando.
Desde 1990, Pete ha donado al centro casi 65.000 dólares, que fueron destinados a 5.000 adultos y chicos que necesitaron rehabilitación física y médica en un área que abarca 30 condados de Indiana, Illinois y Kentucky. “Pete siempre pide que usemos sus regalos para hacer felices en Navidad a los niños de familias con bajos recursos”, cuenta Haynie. El año pasado, 70 chicos recibieron ropa y juguetes nuevos gracias a Pete. Y cada año, su donación viene con una nota en papel violeta que promete, “¡Sabrán de mí nuevamente!”
Gracias por visitar el post, no te vayas sin comentar, si te gusto podes recomendarselo a tus seguidores... Los invitos a visitar mis otros aportes
Mis otros posts: