
“Hagamos un chulengo” decíamos… “Va a ser divertido” decíamos… (sic.)
Bueno, la verdad que el proyecto no nos dio chances de aburrirnos! Leé, mirá, y enterate de todo el caos, destrucción y posibilidad cierta de demencia precoz que puede causarte la construcción de tu propia parrilla!

Hay algo que es clave, y es que si no tenés un mango (como nos sucede) te vas a volver el mejor amigo del planeta Tierra: vas a reciclar todo los desechos que los peces gordos de Wall Street dejen de lado. Y eso, amego’, hace que todo esto se vuelva el doble de complicado. Si ni el dinero ni los pandas son cosas que te quiten el sueño, mejor para vos!
Todo empieza con un termotanque tirado, y una necesidad imperante de tener un lugarcito para hacer los asados. Y bien, con la filosofía de “para crear algo nuevo hay que romper con lo viejo” masacramos a ese viejo proveedor de duchas calientes y le rescatamos su noble corazón de hierro. Primera pérdida: un destornillador que se partió en un intento de palanca.

Y ahora os vamos a dar un consejo, estimados compañeros, que les va a servir mucho si quieren embarcarse en esta empresa de “hágalo usted mismo”: Para armar un chulengo, o lo que sea, es necesario contar con herramientas. Sí, con ellas se van a ahorrar de situaciones engorrosas, como intentar cortar hierros de 2mm de espesor con los dientes, o tratar de soldar gritándole muy fuerte a los metales. Les ahorramos el tiempo perdido: simplemente no funciona.

Amoladora, soldadora eléctrica, taladro, remachadora, caladora… cosas que fuimos consiguiendo prestadas, gracias a que somos gente linda, carismática, y con una especial habilidad para romper las pelotas. Igualmente no se puede zafar de los gastos: discos de corte, electrodos, mechas, pintura, y demás cosas que la calle no provee.
En fin, arranquemos con la construcción.
Necesitamos sacar todo lo del termotanque que no sirva, y para eso le cortamos los extremos. A esta altura todavía considerábamos que el termo iba a ser el que tenía la parrilla.

Sin mucho éxito buscamos alguna chapa respetable para tapar los huecos que nos quedaron a los costados, así que empezamos a pensar alternativas. Acá nos decidimos entonces a conseguir un tambor de aceite para hacer una parrilla como la gente (y para mucha gente). Consultando en los lubricentros de la zona, 50p nos cobraban el tanque (dentro de poco cotiza en bolsa).

Por suerte, dando un poco de lástima logramos que en uno nos lo dejaran a 30. Y así, contentos con el negocio lo llevamos – a pata – pa’l taller (es decir, el patio...).
En una nueva ola de motivación constructora, le empezamos a dar forma al futuro chulengón. Para dejarlo a punto caramelo, le pasamos removedor de pintura, porque hay que reemplazarla con una que sea de alta temperatura. Recomendamos ser ordenados y limpios para trabajar… porque nosotros no lo fuimos tanto como debíamos, y al día de hoy las escamitas de la pintura naranja del tambor siguen invadiendo la casa y acechando en los rincones.

“Transoxid”… alguien conoce qué es eso? Lo encontramos en un altillo, más viejo que tu vieja. La cosa que sirve bárbaro para quitar el óxido, y para prevenir que se oxide de nuevo. Creo que es equivalente al fosfatizante, que se encuentra en las ferreterías. En fin, primero le pasamos ese líquido al tanque con un trapo, y después de que secó, pintamos con la pintura de alta temperatura.

Acá se armó una tanda de discusiones acerca de cómo iba a estar configurada la tapa: que partimos el tanque a la mitad, que la hacemos corrediza, que le ponemos un sistema aperturil automático ultrasónico… Al final, nos decidimos por cortarle ¾ de la chapa, y mandarle bisagras. Entra en acción la amoladora una vez más, y nos deja a la vista el enchastre de aceite que había en el interior. El equipo de limpieza se encargó magistralmente de dejarlo impecable, con un duro trabajo escobillón, detergente y pectorales aceitados.

A la tapa hay que ponerle alguna cosa que haga tope, porque sino sigue de largo… además, para que no le entre agua. Nosotros optamos por ponerle unas chapitas, que sacamos de un cartel tirado, y remacharlas en los bordes.
Con las bisagras nos tiramos a lo rústico… está bien, podría haber quedado mejor. En realidad, no pidamos prolijidad cuando estamos trabajando con escasa experiencia en máquinas herramientas, y con un velador como medio de iluminación. No es por crotos, es por ansiosos! Ojo, que funcionalmente anda bárbaro. Y a modo de detalle, acá perdimos el primer taladro (en total fueron dos, y una amoladora… ), lo que nos retrasó bastante el trabajo porque no podíamos hacer los agujeros para los remaches ni para las bisagras.

Sin taladro, hubo que concentrarse en otras cosas, así que el soporte del tanque pasa a ser nuestra próxima víctima. Acá pasamos por varias opciones, desde un carrito de supermercados, hasta comprar unos hierros y armarlo. Por suerte el hada de los linyeras estaba con nosotros, y encontramos la cabecera y los pies de una cama de hierro, totalmente oxidadas y tristes, esperando por nosotros apoyadas en un árbol.

Un intenso trabajo de Transoxid y amoladora con disco de lija, dejaron estos hierros listos para el salón de belleza: una pintura violeta vistió de puro glamour a esta vieja y olvidada cama. Cabe aclarar que no es necesario que la pintura sea de alta temperatura en este caso (ni violeta), ya que no va resistir grandes golpes de calor. A continuación, y con mucho laburo y errores (debido a la inexperiencia más que nada) le soldamos como pudimos unos caños de hierro que encontramos, para unir los pedazos de cama. La estructura ya está lista y fuerte como un cebú!

Qué más, qué más… la parrilla! Decidimos hacerla con hierros ángulo. Los tirantes los sacamos del cartel que hablamos antes, pero no tuvimos otra que comprar los hierros. 3/4” x 1/8” es la medida ganadora, y como no lo vendían por menos de 6 metros solo compramos uno (53 ArsPé). Para toda la extensión del tambor te quedás corto solo con eso, y no da comprar otro hierro más solo por ese pedacito que falta. La solución creativa: el sector chinculinero! Solo necesitábamos un pedacito de ese hierro con rombitos, ese con el que hacen algunas parrillas… “metal desplegado” es el nombre formal. No tardó en aparecer, en la puerta de una casa, en un barrio lejano, ese añorado pedazo (el metal, vieja…).

La parte fácil: cortar los hierros a la medida. La parte difícil: soldarlos en su lugar. Punto tras punto, nuestro expertise en soldadura fue aumentando exponencialmente, y la parrilla quedó lista para bancar los trapos!
A esta altura ya se nos hace imposible seguir sin un taladro, así que rastreando y rastreando conseguimos que un alma caritativa nos preste uno. No sabía lo que estaba haciendo… El muchacho de cabeza giratoria vino con muchas ganas de complicarnos la existencia: que se le salía el mandril, que tiraba chispazos, que se le gastaban los carbones… hasta que un buen día dejó de funcionar, el muy ingrato. Y uno que le dio la vida! (qué bajón, parir un taladro…). Igual, gracias a él terminamos de poner las bisagras y las chapas de los costados de la tapa.

Nueva ronda de debate: cómo va la parrilla adentro del tambor? Tiros, sangre, desmembramientos, y después de un fernecito decidimos hacerla con manivela, para que suba y baje (nos jugamos por lo más profesional, vio?). Tratando de evitar la soldadora lo más posible, porque no queríamos arriesgarnos a hacerle un agujero al tanque, decidimos agarrar las guías con remaches. Para guías nos vinieron bárbaro unos hierros U, de esos que tienen agujeros para poner estanterías. Un caño lo suficientemente macizo, que atraviesa de lado a lado el tanque, es el que se encarga de sostener el peso de la parrilla. Y una cadena para perros donada por un buen samaritano vino al pelo para unir las dos partes.
Un tercer taladro hizo su aparición triunfal en la casa, con semblante rudo y excelente predisposición para la tarea encomendada. Con éste pudimos hacer los agujeros para remachar las guías, para colocar el caño, y para agarrar la chimenea. Y sabes cuál fue la grata sorpresa? No se rompió!
El caño que sostiene la parrilla: de un lado aprovechamos uno de los agujeros que ya tiene el tanque, y del otro agujereamos para que pueda entrar justo un bulón. En éste calzamos el caño, y del otro lado atravesamos un tornillo al caño (caño caño caño…), del lado interno del tambor, bien pegado a la chapa, para que haga tope y no se salga.

Manivela: impovisation here! Un par de hierros que nos fueron sobrando, los soldamos por aquí, un tornillo por allá, y voilá! Manivela deluxe. El sistema para hacer de traba es igual de improvisado: aprovechando que uno de los hierros tiene un espacio en el medio, un tornillo encadenado al tambor nos permite calzarlo en ese lugar y trabar la parrilla para que no caiga.
Chimenea: Encontramos un caño ideal de galvanizado para esto, aunque al día de hoy no podemos encontrar un sombrerete para que no le entre el agua… si alguno lo desea puede donarnos uno a Pato Feliz, Av. Siempreviva 742. Para colocarla marcamos dos círculos concéntricos, uno del tamaño del caño, y otro bastante más chico. Con una caladora cortamos el interno, y después hacemos varias pestañas, desde adentro hacia el de afuera. A éstas las tiramos hacia afuera, le calzamos el caño, y lo agarramos con remaches. La misma chimenea sirve de tope para que la tapa no se vaya tan atrás!
ATENCIÓN!
Guarda que casi perdemos a uno acá. Tratando de acomodar la parrilla en las guías se le vino la puerta abajo y le dio de lleno en la espalda. Que hayamos aprovechado su sangre perdida para hacer morcillas es tema aparte… lo que queremos remarcar es que no está de más hacer un sistema para que la tapa quede asegurada cuando está abierta. Nosotros optamos por poner un tornillo con ojal en el tanque. Después, en los hierros de la “cama” le pusimos una cadena con un tornillo tipo gancho, entonces cuando la puerta está abierta, calzamos el tornillo gancho en el ojal, y concebimos un sistema de seguridad certificado por normas internacionales.
Nosotros soldando profesionalmente sin gritar cuan niñas
El piso? arena y ladrillos gente, arena y ladrillos. Seamos sinceros, hay construcciones por todos lados, y la arena sobra! El equipo de recursos materiales salió a “pedir prestado” (manga de chorros…) unos baldes de arena a las obras aledañas, y con esto rellenamos toda la base del chulengo, hasta dejar una superficie plana y de tamaño copado para poner las brasas. Ladrillos? Un nuevo donador nos hizo el aguante, y nos cedió unos preciosos ladrillos refractarios usados, que tenía tirados. Tocados por la pluma del ave fénix del reciclaje, revivimos a estos muchachos para que soporten las brasas de los futuros festines cárnicos.
Un detalle: Llenen el chulengo de fuego antes de poner cualquier tipo de comida adentro; déjenlo quemando un buen rato, cosa de que todo lo tóxico que pueda llegar a tener se achicharre.
Y ahora sí! Está listo gente, y no solo está listo, sino QUE ES EL MEJOR CHULENGO DEL UNIVERSOOOO! Los llantos desconsolados, brindis con kerosene y rituales vudú no se hicieron esperar. La obra estaba terminada y lista para ser estrenada. Y no es por alardear (mentira), pero los asados que está tirando este bicho son increíbles, pa’ chuparse las garras!

“Y el brasero pibe? Ahí veo un brasero, a mi no me jodés… qué onda el brasero???”. Bueno che, ya es muy largo esto… si hay buena recepción en este post hacemos una parte dos, con el Know-how del brasero loco.
Conclusión: sabemos que no vamos a ganar el premio de “Vecino del año” por hacer ruido con las máquinas en cualquier momento del día, y que los vegetarianos están a punto de organizar un piquete en nuestro barrio… que la cantidad de tiempo consumido en este proyecto, y la cantidad de complicaciones que trae el no tener mucha experiencia en el asunto quizás no justifique semejante empresa. Pero al verlo ahí armado y funcionando, después de tantas contras, realmente te dan ganas de ir y darle un abrazo, con fuego adentro y todo!

Especiales agradecimientos a @misercatulo que es quien nos presto el taladro que nunca se rompió!

