Esa noche, el grupo reunido en la playa en torno a la fogata, decidió el rumbo de su caminar. Unos escogieron continuar hacia el Oeste, otros hacia el Norte, Lucho, como otros, prefirió seguir su marcha hacia el Este.
Tumbado en la arena mirando las llamas del fuego de la hoguera, recordó que miles de años atrás, la Tierra se encontraba muy fría. El hielo cubría inmensos territorios del planeta Tierra.
No recuerda bien cuando fue el momento en que comenzó a hacer uso del fuego, tanto para calentarse como para cocinar sus alimentos. Con el uso del fuego cambió sus costumbres.
Dejó de ser nómada y se estableció en un lugar donde podía cazar, pescar y sembrar semillas. Ya pudo producir su propio alimento. Comenzó a utilizar herramientas y con el transcurrir del tiempo, cada vez las hacía más elaboradas y complejas.
También por esos años comenzó a ponerle nombre a todo lo que hacía y a todas las cosas que veía.
El, al igual que otros, usaba diversos objetos como amuletos y empezó a pintar las paredes de su gruta donde vivía, con figuras de los animales o de las personas que él conocía.
En ese grupo vivían algo más de cien personas, y como él era uno de los más hábiles en la pesca, la caza y en la siembra, Lucho era apreciado dentro del grupo.
Al final de la cosecha, Lucho se reunía con otros grupos vecinos para celebrar y compartir.
Una noche, un grupo más fuerte invadió su aldea.
Aquella noche perdió a su compañera y a sus hijos.
Fue trasladado como prisionero a la aldea de los invasores, era más grande y con más habitantes.
Los grupos vecinos fueron exterminados, solamente unos pocos lograron escapar.
Se unió a otros prisioneros, que deseaban la libertad.
Comenzaron a planificar como hacerlo.
La oportunidad llegó después de muchos años.
Fue una noche oscura, cuando todos ellos lograron huir.