Luis decidió quedarse a vivir en Mesopotamia, la tierra entre los ríos Éufrates y Tigris.
Se despidieron. Los demás continuaron su viaje hacia el Este.
Así como dijeron los pregoneros, los pobladores de Karkemish, tenían otro color de piel, de cabellos y de ojos. Utilizaban otras palabras para llamar a las cosas.
Luis veía en ellos a los descendientes de los africanos que abandonaron África cientos de años antes que él.
No se sintió un extranjero entre ellos.
Luis se convirtió en un poblador más de Karkemish.
Aprendió las nuevas palabras y vivió según las costumbres y los códigos de conducta locales.
A los pocos meses de su llegada ya podía entender y hacerse entender.
Luis, era un buen sembrador, pescador y cazador y así pudo conseguir su alimento.
Aprendió a domesticar las cabras montañesas, fabricar bloques de arcilla, utilizar la brea como argamasa, la rueda para transportar los materiales.
Construyó su vivienda, se convirtió en un artesano constructor.
Los años y los cientos años fluyeron sin detenerse.
Luis, una mañana mientras pescaba, quedó pensativo mirando fluir el agua del río Éufrates.
Cada segundo, cada gota de agua que pasaba delante de él, era diferente. Así como las horas de las horas, los días de los días, los meses de los meses y los años de los años.
El agua era siempre era nueva en cada lugar del cauce del río.
Aguas arriba o aguas abajo. Desde donde nacía el río, en todo su recorrido, hasta llegar al mar.
Incluso en el mar, junto a aguas de otras regiones, por cada lugar por donde pasara la corriente marina, cada gota de agua era nueva.
Luis escuchó una voz interior que le dijo: “Ama este río, escucha y aprende de él, que tu vida fluya como el río, que fluya con el tiempo, no hay agua vieja, ni tiempo viejo”.
Deseó profundamente fluir como el agua del río, fluir como el tiempo.