GASTRONOMIA Y ANARQUISMO
Restos de viajes a la Patagonia
Por Christian Ferrer
Las expediciones
Cuatro son los puntos cardinales y cuatro los hombres significativos que ingresaron a la Patagonia a fines del siglo pasado. Por el Norte, el General Julio Argentino Roca al mando de un ejército; por el Sur, el anarquista Errico Malatesta junto a otros dos compañeros de ideas; por el Este, doscientos emigrantes galeses que arribaron en un buque llamado Mimosa, una suerte de "Mayflower" para la región del Chubut, en busca de una nueva vida; y por el Oeste, a través de tierras araucanas, el francés Orllie Antoine de Tounens, hidalgo provinciano arruinado que pretende un cetro y una corona. La Patagonia fue invadida por un militar, que sería próximo Presidente de la Argentina; por un rey de opereta; por un anarquista fugitivo del gobierno italiano; y por colonos cuyo líder, Lewis Jones, creía en un vago ideario socialista de índole fabiana. Cada uno de ellos tenía en mente un modelo de organización colectiva: la Comunidad corresponde a los colonos; el Imperio al autoasumido Rey de Araucanía y Patagonia; el Estado-Nación al General Roca, y al fin la Revolución Mundial a los anarquistas. Cada una de estas expediciones patagónicas dejó tras de sí restos históricos, emblemáticos, espirituales, e incluso gastronómicos, que, a excepción de la crónica de la incursión estatal-militar, fueron disolviéndose en el olvido, y resultan ser, para los argentinos de hoy en día, vaporosos; a los sumo, anécdotas. Esos vestigios históricos están enterrados a ras de tierra: sobreviven débilmente en las leyendas populares de la región o en los rumores excéntricos que de vez en cuando alguien rememora. Es lo justo: el Estado se ocupa de promover las gestas unificadoras del territorio y de incrustarlas en los programas curriculares difundidas en escuelas y universidades. Los demás sólo pueden aspirar a la piedad histórica que se transmite de boca en boca, esas cuencas carnales que amparan la historia social de un pueblo. En ocasiones, una sola persona en el mundo recuerda lo ocurrido.
A mitad del siglo XIX la Patagonia era sinónimo de territorios desconocidos, vientos furiosos, espacios gigantes, semidespoblados y nunca mensurados; de tierras de indios Tehuelches y Mapuches. Aún circulaban las leyendas improbables sobre la existencia de El Dorado, la ciudad de oro que buscaron afanosamente los conquistadores españoles, esta vez en uno de los últimos territorios aún inexplorados de Sudamerica. Lejos de su larguísima línea costera, en donde de vez en vez se habían detenido exploradores, balleneros o abastecedores de los escasos puertos allí establecidos, el interior patagónico era tierra de nadie, es decir, de indígenas; era "La Tierra", tal como la llamaban los mapuches, sus pobladores primigenios. Sólo algunos pioneros y los eternos traperos que comerciaban con los indios conocían algunos senderos interiores. El auténtico gobernante de la Patagonia en el siglo XIX era el viento, cuyas borrascas fogosas alcanzaban, en su momento de esplendor, los ciento veinte kilómetros por hora. Al terminar el día, el silencio transparente y la noche austral, espejos simétricos, se fundían suavemente. Patagonia era una palabra escrita en un mapa vacío, al cual los gobernantes argentinos recientemente liberados de su larga guerra civil vigilaban ansiosa y codiciosamente desde Buenos Aires, preocupados por las posibles reclamaciones chilenas o europeas.
Colonos y soldados
Algunos galeses huían de la intolerancia religiosa; de los ingleses, todos. En 1865 los colonos desembarcaron en el Golfo Nuevo y se internaron por el valle del río Chubut. Lucharon contra los elementos y fundaron pueblos a lo largo del río: Madryn, Rawson, Gayman, Trevelyn. Por años, sus vecinos habituales no serían los argentinos sino los indios tehuelches, quienes, pedigüeños por naturaleza, les reclamaban continuamente comida y todo tipo de objetos. El intercambio se hacía en lenguajes intraducibles en Buenos Aires: galés y tehuelche. A poco de llegar murió el primero de los colonos y fue enterrado en un cementerio consagrado, atrás de la capilla protestante. Fue entonces cuando la ciudad de los inmigrantes culmina su primer ciclo. Ese cementerio, ya colmado, fue clausurado en la década de 1930. Aún así, el último de los emigrantes originarios sería enterrado en ese primer cementerio, reabierto exclusivamente para este último de los primeros. Lentamente, los galeses se acriollaron y al tiempo el valle del Río Chubut comenzó a ser compartido con otras corrientes migratorias, incluyendo argentinos.
Años después, en 1878, el gobierno argentino comenzaría la ocupación final de la Patagonia, mediante un movimiento militar de pinzas al cual se llamó oficialmente la "conquista del desierto", es decir, la subordinación de sus dueños originales al Estado argentino. Para acabar con el "problema del indio" se envío un ejército al mando del Ministro de Guerra, Julio A. Roca, cuya misión suponía traspasar la línea de frontera con los indios establecida décadas antes a través de una serie de fortines, y derrotar en forma drástica a las tribus ranqueles, pehuenches, pampas, mapuches y huiliches. Eran 6000 soldados organizados en 5 divisiones de ejército contra 2000 combatientes indígenas dispersos. Eran fusiles y telégrafos contra lanzas y boleadoras. Cuando el 25 de mayo de 1879 el impulso beligerante de ese ejército ya había dejado tierra arrasada detrás de sí y había terminado con el poder del último "capitanejo" indígena, el General Roca da por finalizada la expedición al llegar a los márgenes del Río Negro. Habían muerto 1300 indios, se habían hecho 10500 prisioneros, y 55 millones de hectáreas habían sido incorporados al mapa del estado argentino. Poco después, en esos territorios se funda una ciudad que hasta el día de hoy mantiene su origen toponímico militar: Fuerte General Roca. El destino posterior del Comandante sería la política, de la cual se transformó en el "gran arbitro" durante las décadas siguientes. Militar, político, siempre sería un Hombre de Estado. Aún así, la ocupación definitiva de la Patagonia llevaría diez años más de escaramuzas con los indígenas localizados más al sur.
El Rey
Dos décadas antes, por el este, desde Chile, un hombre solitario que sueña con imperios, cruza la Cordillera de Los Andes. Tiene treinta y cinco años. Había sido procurador en Périgueux, y siendo ávido lector de libros de geografía y de viajes de exploradores, decide viajar a Sudamérica a tentar suerte y conquistar tierras. En 1858 desembarca en el puerto de Coquimbo, Chile. Durante los siguientes dos años, y aún antes de pisar los territorios donde los Araucanos aún vivían ajenos a los designios estatales del gobierno chileno, ya se había pertrechado de una bandera, un escudo y una constitución para su futuro reinado. En 1860, junto a dos comerciantes franceses que solían traficar abalorios y vicios con los indios, y a los que había prometido elevar al rango de ministros, se interna en la Araucanía. Lentamente, a lomo de mula, arribó a la tierra que se había prometido a sí mismo. El 17 de noviembre de 1860, apenas conseguido un tímido y ambiguo apoyo de los caciques indígenas, Orllie Antoine emite un decreto proclamándose a sí mismo Rey de la Araucanía. Acto seguido, envía una comunicación postal dirigida al Presidente de Chile, Manuel Montt, anunciándole la buena nueva; noticia que el gobierno chileno decidió ignorar por completo. Un rey sin ejército no supone un problema, por más que el primer número romano haya sustituido al apellido Tounens. Tres días después, con otro decreto, anexa a la Patagonia argentina entera a su reino, al cual bautiza con el nombre de "Nueva Francia". La primera aventura araucana de Orllie Antoine finaliza abruptamente en enero de 1862, cuando, traicionado por dos de sus guías y lenguaraces chilenos, es atrapado por un destacamento militar. Para entonces, el gobierno del nuevo presidente José Joaquín Pérez estaba medianamente alarmado ante la posibilidad de una sedición indígena soliviantada y liderada por un maniático francés. Dos años de arengas a los indios y de patético reinado se desgranan lentamente en una prisión chilena, donde permanece por nueve meses. Es juzgado, y condenado a ser recluido en la Casa de Orates de Santiago de Chile, humillación de la que es salvado por la oportuna intervención del Cónsul de Francia en Valparaíso, que logra repatriarlo a París. Había sido destronado. En su "destierro" francés, que dura de 1862 a 1869, se volverá objeto de mofa o de curiosidad. Pero el hombre es incansable. Publica un periódico propio, lanza un manifiesto, fatiga al senado francés con una petición tras otra. En 1869, desembarca nuevamente en la costa argentina de la Patagonia, en San Antonio, y atravesando las pampas, desemboca entre las tribus araucanas de Chile. Uno de sus acompañantes se llamaba Eleuterio Mendoza, que bien merecería ser el nombre de un anarquista. Perseguido por el ejército chileno, vuelve a cruzar la cordillera en sentido inverso, y llega al puerto de Bahía Blanca, casi donde había iniciado la reconquista de sus territorios. Era julio de 1871. Embarca a Buenos Aires, donde es entrevistado por varios periódicos. La Tribuna, que sería el órgano político del "roquismo", se sorprende irónicamente de que el gobierno argentino "no le haya hecho la recepción debida a su alto rango". En abril de 1874 intenta por tercera vez llegar hasta sus súbditos. Desde Buenos Aires, y en el barco "Pampita", viaja a Bahía Blanca, donde es reconocido, detenido y expelido rápidamente a Francia. De allí en más vivirá en una corte de mentira, rodeado de ministros sin poder y de aventureros varios que inauguraban las sesiones de la corte cantando el himno del Imperio a voz en cuello. Otorgaba títulos de nobleza y vendía monedas acuñadas de un reino inexistente, de valor únicamente numismático, pues ni siquiera en su falsa corte eran aceptadas como medio de pago. Curioso: mientras compartió las rutas de los mapuches, solo el antiguo método del trueque le permitió sobrevivir. Al fin, corrido por sus acreedores, se refugió en la región de Dordoña, donde se ganó el pan de cada día con el oficio de lamparero público en el Municipio de Tourtoirac. Y así hasta el 19 de septiembre de 1878, cuando el Rey de la Araucanía y la Patagonia es llamado a visitar un reino superior.
El anarquista
Errico Malatesta había nacido un 14 de diciembre de 1853 en Santa María Capua Vetere, una ciudad presidiaria. Sus padres eran modestos terratenientes, de ideas liberales. Cuando Malatesta tenía catorce años escribió una carta, insolente y amenazadora, dirigida al Rey Vittorio Emmanuele II. La policía se tomó la correspondencia muy en serio: fue arrestado y apenas logró salvar la ropa. El pronóstico del padre no fue alentador: "Pobre hijo, me sabe mal decírtelo, pero a este paso acabarás en la horca". Luego de enterarse de la insurrección de París, en 1871, adhiere a las ideas de la Internacional, y con diecisiete años viaja a Suiza a fin de conocer a Mijail Bakunin. De allí en adelante, se transformó en uno de los revolucionarios más famosos de su tiempo. Editó el periódico La Questione Sociale, primero en Florencia, entre 1883 y 1884, luego en Buenos Aires, 1885-1886, y al fin en New Jersey, 1899-1900. Organizó grupos de compañeros, sindicatos y publicaciones, lideró revueltas, escribió algunos libros breves, sobre todo procuró unir a la "familia anarquista" y salvarla de sus tendencias centrífugas. Con el tiempo editaría también los periódicos L'Associazíone, L'Agitazíone, Volontà, Umanità Nova y Pensiero e Volontà. Pasó treinta y cinco años de su vida en el exilio, difundiendo "la idea" por España, Francia, Suiza, Inglaterra, Portugal, Egipto, Rumania, Austría-Hungría, Bélgica, Holanda, Estados Unidos, Cuba y Argentina. En 1874 fue encerrado en la cárcel por primera vez por liderar una insurrección en Apulia. Tres años después, al mando de una banda de anarquistas, Malatesta ocupa la aldea de Letino, donde, en presencia de los campesinos, destituye al Rey Vittorio Emmanuele y ordena quemar los registros fiscales de la región. La bandada anarquista se dirigió luego al pueblo de Gallo, donde rompieron la medida con la que se medía el impuesto en harina. Nuevamente es llevado a juicio y condenado a tres años de prisión, de los que cumple solamente uno. Más adelante pasaría muchas temporadas en la mazmorra. Cuando ya se había hecho un nombre en los ambientes anarquistas, logra sortear una orden de detención impartida en Florencia, introduciéndose en un barco, oculto en una caja que también contenía una máquina de coser. Llegaría a la Argentina munido del pasaporte plebeyo de polizón. Era el año 1885. En Buenos Aires se conecta con anarquistas italianos nucleados alrededor del Círculo Comunista Anárquico, y casi inmediatamente reinicia la publicación de La Questione Sociale, que se repartía gratuitamente y de la cual se editaron catorce números. En esta ciudad trabajó primeramente, junto a su camarada Natta, como mecánico electricista en un taller propio que fracasó, y luego en la elaboración de vinos. Permanecería en Argentina hasta 1889. Durante toda su vida, cuya mitad transcurrió en cárceles, exilios y arrestos domiciliarios, Malatesta se destacó por su sentido práctico y su capacidad organizativa y publicística. Nunca fue un soñador: siempre creyó que la voluntad humana era más importante que la "inevitabilidad histórica" de la revolución y que ninguna acuñación utópica podía sustituir al análisis preciso de las coyunturas históricas. Y sin embargo, también él se internó en la Patagonia.
Geografía espiritual
Brújulas, teodolitos y astrolabios son imprescindibles para cartógrafos y exploradores; también para propietarios de tierras y gobernantes. No obstante, la tierra también ha sido una cuenca hollada por caravanas nómades, expediciones perdidas, errancias, diásporas, odiseas y éxodos. El espacio físico no es un dato material constante; por el contrario, es la arcilla hendida y modificada continuamente por las leyes humanas del espaciamiento, en cuya jurisdicción rigen el esfuerzo y la imaginación tanto como la suerte y la reticencia de la naturaleza. En la conjunción de estas cuatro condiciones se abren paso las expediciones de hombres solos o de tropas organizadas. Así como algunos adivinan el destino sobre un portulano u oteando la rosa de los vientos otros avistan el derrotero en manifiestos o en los rumores que son soltados en las ciudades. Entre los hombres y las regiones han de existir secretas correspondencias a las que el cartógrafo haría bien en atender: paralelos insospechados, y meridianos caprichosos. ¿Dónde ubicar la sección áurea, el "número de oro" de los pintores renacentistas, que ayude a organizar las proporciones de un atlas espiritual? El aire de familia entre humanos y territorios pertenece al orden de los elementos cuya correspondencia puede elevarse a rango de principio cosmogónico. A esa correspondencia "cartográfica" podemos llamarla geografía espiritual. Se trata de una ciencia que, sin renegar de la historia y la economía, permite vislumbrar los pasos perdidos, los senderos olvidados, las rutas desusadas, y sobre todo, hace intersectar los atlas imaginarios (literarios, utópicos, legendarios) y los dramas biográficos. La imaginación se superpone e imprime sobre la materia: sirva de ejemplo la toponimia patagónica, que expone la desbordante creatividad lingüística de exploradores y pioneros: el humor y el delirio se unen al santoral y la simbología estatal. En los mapas de la geografía espiritual no buscamos energías cósmicas ni horizontes turísticos novedosos sino la materia emocional que un historiador atento debería rescatar de los escombros, documentos y relatos orales. El buen cartógrafo debe aprender a desconfiar de las mediciones precisas, pues a cada espacio físico corresponde un atlas simbólico. La geografía paralela bien podría ser la psiquis de la cartografía y también la "anímica" de las naciones. A cada nación les son propios territorios legendarios a cuyos meridianos y paralelos sería inútil determinarlos en forma positivista. Brasil dispone de su Amazonas; Africa del Norte, de su Sahara; Rusia, de Siberia; la India, del Himalaya; Canadá, del Yukon. Argentina tiene su Patagonia. Y a cada una de estas regiones de leyenda corresponden "tipos caracterológicos": el exiliado a la Siberia; el tuareg al desierto; el alpinista al Himalaya; el garimpeiro al Amazonas; el buscador de oro al Yukon y el pionero a la Patagonia. La ciudad no otorga este tipo de visados a las vocaciones de sus habitantes; apenas los tickets imprescindibles para lubricar la circulación urbana. Aún más: la globalización mediática, financiera y tecnológica ha logrado que todas las grandes ciudades del mundo se repliquen mutuamente.
Hombres como Malatesta, Orllie Antoine o los colonos galeses querían confirmar que en las grandes extensiones hay libertad. No una libertad metafísica. Aquí hay que inventariar a beneficio de inventario la geometría defectuosa: falta catastro, frontera, hitos, plaza fuerte, señalización. Pero a la libertad geográfica perfecta, que es polar, la naturaleza no le es propicia. Promover la "lírica" de la libertad expedicionaria o la "nostálgica" de los pioneros y otros hombres de frontera resulta inconducente, pues si estos ejemplos sirven de algo, es para pensar al impulso centrípeto de los últimos cien años, es decir la creciente mengua de la capacidad humana para anhelar e imaginar libertades. Opuestamente, la preferencia por lugares legendarios de índole acéfala pule nuestra mirada de manera de poder avistar la grieta en la armadura, la babera en el yelmo, la mueca grotesca en la cabeza coronada.
Ciertas extensiones del planeta están filiadas entre sí, por guardar recodos, entradas y paisajes que ningún hombre ha visto aún. Sin embargo, no son los primeros hombres los enemigos de las tierras vírgenes, sino el Estado. El explorador siempre ha sido un Adelantado del Verbo: nombra los ríos, clasifica la flora y bautiza los confines; pero el agrimensor, notario estatal, mide, calcula y diagrama el terreno. No obstante, los exploradores, los misántropos y los réprobos llegan antes. La Patagonia, incluso hasta nuestros días, carece de historia; solo dispone de historias, a las que el sistema pedagógico nacional soslaya prolijamente y que solo pueden ser rescatadas de los rumores que el viento se llevó. La de Malatesta es una de tantas. Las dimensiones de la cartografía poblada de historias deben proyectarse a escala humana, tomando en consideración el modo en que la geografía actuó sobre el destino de los que allí incursionaron, no en tanto condición topográfica o económica, sino como "activante" de tareas o como "resolutor" de fuerzas anímicas en tensión. El drama personal y el medio ambiente donde es puesto en obra conforman las dos piernas del compás que traza los arcos espirituales de esta geografía paralela.
Oro y anarquía
El alambrado de púa y los decretos de creación de gobernaciones son las consecuencias forzosas del poblamiento pionero, previo y desordenado, de un territorio. Luego, mucho más tarde, se explotan las riquezas "naturales" de la región. Pero este tipo de soledades, antes de ingresar en los relevamientos estadísticos y en los atlas fiscales de un país, solo ofrecían una riqueza, a la que desde antiguo acuden enjambres de desfavorecidos por la rueda de la fortuna. Aún más que el hambre o que la búsqueda de "oportunidades", más todavía que el éxodo obligado por la guerra civil o por la persecución religiosa, han sido los metales los que desde antiguo han regido sobre las migraciones humanas. Una historia del nomadismo mostraría un mapa de los desplazamientos de herreros y metalúrgicos desde la Edad de Hierro en adelante. En el norte del Canadá como en el sur de la Argentina el oro hibernó durante siglos, pero quien busca la Ciudad de los Cesares tarde o temprano encuentra sus ruinas detríticas. De todas maneras, la historia de las grandes ciudades que han crecido al amparo de una sola explotación es la misma historia de las efímeras fiebres del oro. Esas ciudades se erigen, declinan, caen en el abandono, y son olvidadas. Samarkanda, Petra, Timbuctú, Potosí, Nantuckett, Iquique, Manaos. Pueblos-campamento, pueblos del camino, pueblos factoría, pueblos fantasma.
En 1882 unos colonos galeses habían descubierto oro en un lugar cercano al río Chubut, en el Valle del Tecka. La noticia llega meses después a Buenos Aires. En Chubut solo se había encontrado, en verdad, una sustancia llamada pirita, metal rutilante aunque sin valor alguno, el así llamado "oro de los tontos". No hubo tiempo para organizar una estampida de aventureros hacia la Patagonia, pero mucha gente paró los oídos. Tres años más tarde se anuncia que en el Cabo Vírgenes (actual provincia de Santa Cruz, entonces Territorio Nacional de la Patagonia), mucho más al sur, había oro en cantidad aceptable. Malatesta, anarquista prófugo, se entusiasma con la noticia y junto a dos compinches construye soviets en el aire. Oro: en pos de ese palíndromo viajó Errico Malatesta al extremo sur de la Patagonia. ¿Qué hacían tres anarquistas escarbando la Patagonia en busca de oro? Malatesta había liderado un par de revueltas fracasadas en Italia que, previa destrucción de nóminas fiscales y símbolos municipales, lo forzaron a huir al destierro. En Buenos Aires, al comienzo, había intentado estimular la acción gremial con pobres resultados. Malatesta era todavía un hombre joven que hablaba deficientemente el castellano, estaba varado en éste puerto lejano, y siendo desaconsejable todavía el retorno a Europa, habrá considerado que no perdía nada con viajar a la Patagonia para encontrar su peculiar El Dorado y con el honesto fin de financiar una imponente revolución mundial con lingotes patagónicos. La imaginación de los revolucionarios suele impulsarlos hacia espléndidas auroras tanto como al disparate y la catástrofe. Las aventuras auríferas del siglo XIX cobijaron a numerosos utopistas y carbonarios: a la fiebre del oro de California acudieron no pocos fugitivos de la frustrada revolución francesa de 1848. Pero la fiebre del oro de los tres anarquistas duraría lo que un santiamén: la expedición terminó en un callejón sin salida. Los distritos auríferos estaban mayormente bajo el control de una compañía explotadora, por la noche la temperatura bajaba a 14° bajo cero, había poca esperanza de hallar otra zona de buen rendimiento y llegó el momento en que los tres revolucionarios se hartaron de sobrevivir dando caza a las nutrias de mar. Siete meses después de su llegada, en medio del invierno, los anarquistas deciden abandonar la zona, luego de aventuras nada promisorias: casi mueren de hambre y debieron ser rescatados por un barco en calidad de náufragos y desembarcados en el pueblo de Carmen de Patagones, ya en la provincia de Buenos Aires. Una vez en la ciudad de Buenos Aires, Malatesta se dedica a actividades propagandísticas, y otro de los fallidos prospectores mineros, a falsificar dinero. Esos meses pasados en el sur constituyeron un excéntrico episodio en la vida del por lo demás bastante sensato revolucionario. Cuando Malatesta, medio muerto de hambre, vuelve a Buenos Aires, da conferencias en italiano en la Librería Internationale de E. Piette, en el Círculo de estudios Sociales, y en el salón de actos del Club Vorwärts, En 1886 ayuda a organizar el primer sindicato argentino moderno: el de panaderos (1), al cual le prepara sus reglamentos. En 1888, participaría en la primera huelga de panaderos del país, que duró diez días, y acabó en triunfo. Un año después, parte a Europa, donde más adelante lideraría el movimiento anarquista italiano, luego de sufrir incontables días de cárcel en muchos países. Cuando murió, en 1932, hacia años que sufría arresto domiciliario impuesto por Mussolini.
La fiebre
A veces, la geografía gasta bromas pesadas a los estadistas: el oro del Yukon se halla a escasos kilómetros de Alaska, territorio norteamericano. Pero siempre hay compensación para los ricos: décadas después se descubrió oro negro en Alaska. Y antes aún, los rusos se habían alzado con la carne de la ballena y con las pieles de los grandes roedores y cérvidos. En cambio, al populacho, a los juntapuchos, a los parias y al proletariado solo les resta recurrir a la apuesta y a la ilusión. No pocas veces ello acaba en desvarío: el oro y la fiebre son siameses inescindibles. La quimera del oro, película del comunista Charles Chaplin sobre el rush del oro del Yukon, y el libro del anarquista B. Traven (Rett Marut) El Tesoro de la Sierra Madre, del cual John Houston dirigió su versión, son dos indagaciones desoladoras sobre las consecuencias que trae aparejada esa droga en polvo. Muchos de lo que peregrinaron al Yukon murieron de hambre durante la travesía hacia el norte helado, y los que allí se quedaron debieron retornar al antiguo oficio de la caza y el comercio de pieles. En la Patagonia el oro apenas alcanzaba para sobrevivir y extraerlo costaba un trabajo extenuante. Pero incluso el oro encontrado en las zonas auríferas es "oro de tontos", pues en la historia centenaria de las fiebres del oro muy pocos se hicieron verdaderamente ricos. La mayoría solo encontraba las pepitas suficientes para subsistir ociosos por unos días, para luego volver a trajinar las aguas del río. En el único lugar de la Patagonia donde se encontró oro a raudales fue en la isla de Tierra del Fuego. De allí, en la década de los '80, el extravagante rumano Julius Popper extraerá una buena cantidad, dispondrá de un ejército, emitirá moneda y estampilla hasta que su muerte prematura le evitaría las escaramuzas de rigor con el gobierno argentino. En Santa Cruz el único filón seguro crece en el ganado ovino. Pero el vellocino no es de oro.
Y sin embargo y a fin de cuentas, en los hornos de pan la masa de harina se vuelve dorada.
En la letra de molde
Cada una de las expediciones tuvo su cronista. Al general Roca le corresponde toda la historia oficial, y en particular los partes de guerra de la campaña militar enviados a Buenos Aires. Su partido político dispondrá de un periódico, La Tribuna. Al día de hoy, el nombre de Roca se repite en todas las bocacalles de una de las más importante diagonales de la Ciudad de Buenos Aires, y su rostro ilustra el billete de 100 pesos, la más alta denominación monetaria argentina. No debería sorprender: la toponimia del territorio tanto como la estatuaria urbana y la efigie gráfica obligatoria son privilegios de los estados. Pero la monetaria, al menos, será, sin dudas, una gloria efímera: en Argentina la inflación suele devorar el valor de la moneda con mucha celeridad.
Malatesta dejó un breve testimonio (2)y más tarde su biógrafo, Luigi Fabbri, contará la aventura aurífera en un capítulo de su biografía del revolucionario italiano (3). El Rey Orllie Antoine I se vio obligado a ser su propio notario de actas, engrandeciendo los hechos de su fiasco imperial en francés y en un libro titulado Orllie Antoine I, roi d'Araucanie et de Patagonie. Son avènement au trône. Relation ècrite par lui même (4). Cincuenta años más tarde, el estanciero Armando Braun Menéndez sería el primero en ocuparse de recuperar y ajustar la historia esperpéntica del Rey, y alguien filmaría una película (5). En el tiempo transcurrido entre en su primer retorno obligado a Francia y su segundo viaje a Patagonia Orllie Antoine publicó intermitentemente un periódico en Marsella destinado a defender su causa, La Corona de Acero, que resultaba ser una especie de boletín oficial de un reino inexistente. Lewis Jones, en galés, escribió la historia de los colonos, Una Nueva Gales en América del Sud, traducida al castellano recién en la década de 1960. Pero antes, fundaría el periódico I Dravod ("La Verdad"
, editado en lengua galesa en el Chubut, crónica diaria de la experiencia de los colonos.
Cuando las biografías, los periódicos facciosos y los testimonios ya han sido olvidados, todavía subsisten estas leyendas en otros estilos y formatos. Se sabe que en las mesas de los bares circula un anecdotario curioso sobre personajes y eventos apenas conocidos. Todo eso acaba en un "sociales del rumor" aunque, a veces, se transforma también en papilla literaria, materia prima de escritores. Roberto Arlt debió haber escuchado la historia del fracaso de la expedición de Malatesta en algún bar porteño. Son conocidas sus simpatías por el acratismo. Malatesta, que en su madurez sería conocido como el "Lenin de Italia", nunca se enteró que su anécdota biográfica sería integrada a la novela Los Siete Locos, transmutada bajo la forma de un personaje que se propone financiar la revolución mundial con una cadena de prostíbulos.
Tragedia
En 1921 la Patagonia sería el escenario de uno de los dramas más conocidos de la historia anarquista. Ese episodio trágico le garantizó a la región su ingreso en el atlas histórico de la revolución. En aquellas huelgas y revueltas sucedidas en el Territorio de Santa Cruz morirían más de mil trabajadores. Pero la Patagonia atrae la imaginación libertaria incluso hasta el día de hoy. Osvaldo Bayer, cronista de aquellas gestas anarquistas de 1920 y 1921 (6), reclamó en 1996 la independencia de Patagonia (7), propuesta que le ganó la animadversión del Senado Nacional, donde fue amenazado con ser declarado persona non grata. Pero bien pensado, es inevitable que encontremos anarquistas en todos los arrestos febriles de la historia. En la Fiebre del Oro los había. La tierra prometida es siempre Terra Nova, pero los adelantados que allí llegan pronto descubren que su paso ha ido demasiado rápido y los ha llevado demasiado lejos y que ya es tarde como para volver sobre sus pasos. Irónicamente, los anarquistas, cuando todavía eran peligrosos, solían acabar en el presidio de Usuahia, institución que malafamó a Tierra del Fuego con el mote siniestro de "La Siberia Argentina", la Isla del Diablo fría (8).
Secuelas
El 2 de abril de 1982 el ejército argentino inició abruptamente la conquista de la única porción de suelo patagónico que cien años antes había quedado fuera de sus posibilidades. Apenas comenzada la Guerra de Malvinas la colectividad galesa del Chubut tomó inmediato partido por la causa argentina. No fueron las tres generaciones nacidas en la Patagonia las únicas causas que motivaron esa preferencia política y subjetiva. Los galeses aún recordaban la antigua opresión de Gales a manos de los ingleses, que incluso llegaron a prohibir el uso público de los nombres propios escritos en galés, condición que sólo recuperaron al pisar tierra argentina. A su vez, los escasos grupos anarquistas locales se constituyeron en uno de los poquísimos grupos del arco de la izquierda en manifestarse en contra de la guerra. Por ese tiempo, en el mismo momento en que la armada inglesa navegaba hacia el Atlántico sur, un pequeño buque se deslizó por el Canal de la Mancha en dirección a las Islas del Canal, bajo soberanía inglesa. Por la madrugada, el heredero actual del Reino de Araucanía y Patagonia, junto a un breve séquito, plantó la bandera del Reino en la playa de la Isla Guernsy. El rey en el exilio francés había decidido protestar contra el intento inglés de invadir sus "Illes Malouinas", a las cuales consideraba un apéndice insular de su enorme aunque prohibido imperio.
Mucho antes, el 10 de mayo de 1886 el Presidente Julio Argentino Roca se dirigió caminando, junto a todos sus ministros y seguidos por la escolta militar, hacia el Congreso de la Nación. Poco antes de entregar el mando a su concuñado Miguel Juárez Celman, se encaminaba a inaugurar el XXVI periodo de sesiones del Parlamento Argentino. Allí dirigiría el cíclico y tradicional mensaje al país. Por entonces el Congreso funcionaba en una mansión que había pertenecido a la familia Balcarce y que luego sería la sede del Banco Hipotecario Nacional. Eran la tres de la tarde. En ese momento un anarquista llamado, paradójicamente, Ignacio Monjes, salió de la multitud y se abalanzó sobre Roca, asestándole un golpe en la cara con una piedra. Mientras Roca cae al piso, Carlos Pellegrini, su ministro de guerra y futuro presidente, derriba al atacante. La herida era leve, y ya en el Congreso el ministro de salud, Eduardo Wilde, le practicó las primeras curaciones, y le vendó la herida. A pesar del desaliño ceremonial, Roca dirigió su mensaje al país. La escena fue inmortalizada en un cuadro que hasta el día de hoy puede contemplarse en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso. Ignacio Monjes pasaría diez años de su vida en la cárcel. Sesenta años después, Laureano Riera Díaz, último dirigente anarquista del Sindicato de Panaderos, una vez perdida la conducción del gremio, viajó con varios compañeros de ideas hacia Barcelona. Era el año 1936 y en Cataluña no sólo los panaderos eran anarquistas; la ciudad entera estaba ornamentada de banderas rojinegras.
Gastronomía
Quienes se internan en territorio desconocido han de sobrellevar aún una prueba más, y una de las más básicas: la prueba del hambre. Demasiadas veces comer y sobrevivir se vuelven verbos homónimos. La comida, salvo en el caso del ejército organizado de Roca, no la tenían garantizada ni los pioneros, ni el rey sin corona, ni los tres anarquistas. De cada una de las cuatro expediciones a la Patagonia cabe destacar su deriva gastronómica, que al fin y al cabo sería la única duradera. De antiguos imperios y de lenguajes que alguna vez se hablaron en enormes extensiones hoy sólo restan sus ruinas y sus ininteligibles escrituras. Y sin embargo, sus costumbres culinarias sobrevivieron en posteriores reorganizaciones geopolíticas y en la población que mientras tanto pudo haber cambiado sus dioses, sus tecnologías y su alfabeto. La relación entre una cultura gastronómica y el territorio donde ella se despliega viene determinada por la cuota de animales y vegetales que en el momento de la creación les fuera otorgada en suerte. También de la benignidad del clima y de la voluntad de aprendizaje y cambio de un pueblo. Pero quienes están en marcha dependen de sus provisiones, de la bondad de los extraños, y de la suerte.
Indudablemente, los colonos galeses vivieron de lo que en Chubut sembraron y cosecharon, y sin duda también, Orllie Antoine y los anarquistas debieron verse obligados, en algún momento de su travesía, a recurrir a la caza y la pesca, y han de haber saciado el hambre con un bife de guanaco o con una porción de "picana" de avestruz (9). Sin embargo, todos ellos innovaron en materia de gastronomía. Artemio Gramajo, edecán de campaña del General Roca en su incursión a la Patagonia, le inventó a su jefe el único plato aceptado actualmente en los más finos restaurantes parisinos como auténticamente argentino: el "Revuelto Gramajo", bautizado a partir de su apellido. Mientras los soldados se veían obligados a masticar su ración diaria de charqui, esa carne seca con que se nutría a la soldadesca, Roca se relamía, dentro de lo que las circunstancias permitían, ante un plato superior. El revuelto gramajo, mezcla de papas fritas, huevo, cebolla, ajo, jamón, arvejas y especias es, hasta el día de hoy, un plato gustosamente aceptado por los niños y adolescentes argentinos. La colonia galesa del Chubut transmite aún a la siguiente generación la receta de la Torta Galesa. Originalmente vinculada a la fiesta de casamiento, la torta galesa, de consistencia dura y orlada interiormente de frutas secas, es una de los típicas ofrendas turísticas de la región. Cuando una pareja galesa se unía en matrimonio, probaban apenas un trozo pequeño de la torta y guardaban el resto en una lata cerrada herméticamente, que era nuevamente abierta en los siguientes aniversarios a modo de prueba confirmatoria de la fortaleza y duración del vínculo amoroso. Es una dieta posible para enamorados, pero decididamente insuficiente para un rey. Gustave Laviarde D'Alsena era el nombre de uno de los lugartenientes de Orlllie Antoine I, y primo suyo en segundo grado. Había sido designado como sucesor, y a la muerte del fundador de la dinastía, asumió el cetro adoptando el nombre de Aquiles I. Ya antes se arrogaba otros títulos nobiliarios que le había conferido el Rey de la Patagonia, el de Príncipe de los Aucas y Duque de Kialeú. A pesar de que otorgaba, y a granel, títulos nobiliarios de su imposible reino de ultramar, Aquiles I jamás salió de París. En su "destierro" parisino, alejado de las riquezas explotables de su reino, y mientras denunciaba continuamente la usurpación de sus territorios a manos de los gobiernos de Chile y Argentina, el nuevo monarca se vio obligado a terminar sus días como comensal a sueldo de Le Chat Noir, cabaret de moda de París en la década de 1890, donde oficiaba a modo de oso carolina, es decir, de número "sensacional" para los clientes. Cuando murió, en 1902, ya llevaba un cuarto de siglo reinando sobre un mapa que sólo una secta consultaba, en cuyo centro estaba marcada "Mapú", la aldea indígena que había sido elegida como ciudad capital por su predecesor.
En 1889 Errico Malatesta abandona la Argentina, dejando atrás el combativo sindicato combativo que él había ayudado a organizar, el de Panaderos. Además de pan, en los locales de panadería argentinos despachan también la repostería matinal que más habitualmente desayunan los porteños, las "facturas", de gusto dulce y horneadas a partir de una mezcla de harina, levadura y manteca. Algunas de ellas son de origen europeo, pero en Argentina adquirieron formas singulares y apodos sugerentemente blasfemos. Quizás la más conocida de ellas, la "media luna", permita entender el sentido sarcástico de esos nombres. Cuando en 1529 Viena fue sitiada por largos meses por los ejércitos turcos, los reposteros locales, a fin de animar el alicaído ánimo de la población, tomaron el emblema de los sitiadores, la media luna musulmana que flameaba en las banderolas del campamento enemigo, y las moldearon en sus hornos de pan. Luego, el populacho se asomaba a las murallas de la ciudad y se mostraba ante los irritados soldados turcos masticando su símbolo sagrado. Blasfemia y gastronomía. A su vez, estas muestras de repostería argentina llevan por nombre "cañones", "bombas", "vigilantes", "bolas de fraile", "suspiros de monja" y "sacramentos", para escarnio del ejército, la policía y la iglesia respectivamente. ¿Habrá existido una secreta conspiración de los oficiales panaderos de ideas anarquistas para dar nombres blasfemos a las facturas? Cabe conjeturarlo: el vínculo entre palabra y comida parece haber sido suturado con hilo de coser ideológico. El sindicato de panaderos fue conducido por dirigentes anarquistas por varias décadas.
Los usos gastronómicos que dejaron las cuatro expediciones fueron resultado de la nostalgia (la Tarta Galesa), del fracaso (la viandada semanal en Le Chat Noir), de la urgencia (el Revuelto Gramajo) y de la voluntad de protesta (las Facturas). Ahora ha pasado el tiempo, y los habitantes de Buenos Aires de la actualidad ya no reconocen en los nombres de la repostería que suelen degustar por las mañanas su retintín inquietante, pues rara vez pensamos el vínculo entre nombre y forma, entre palabra y cosa, menos aún la relación entre origen político-lingüístico y costumbre gastronómica. Las palabras suelen osificarse en el uso cotidiano, y lo que en un tiempo fue escándalo, hoy es rutina. Por su parte, el anarquismo argentino ha quedado angostado a un mínimo caudal político, y su audibilidad política es muy escasa. Y sin embargo, cada vez que mordemos una factura, el crujido de lo que en otros tiempos fuera sarcasmo sedicioso popular resuena entre los dientes.
Notas
1- Existía un sindicato de tipógrafos desde la década de 1870, aunque organizado según modalidades más clásicas, a la manera de las organizaciones gremiales que brindaban ayuda mutua y formación profesional.
2- Fue publicado a modo de prólogo del libro de Max Nettlau Errico Malatesta. La vida de un anarquista. Buenos Aires, Ed. La Protesta, 1923.
3- Malatesta. Buenos Aires, 1954.
4- Publicado en París en 1863. Antes de morir volvería a intentar un alegato a favor de su reino, Araucanie, publicado en Burdeos en 1878.
5- El reino de Araucanía y Patagonia. EMECE Editores, colección "Buen Aire", Buenos Aires, 1936. Curioso que Braun Menéndez, miembro de una de las tres familias más ricas de la Patagonia contara la historia del rey menesteroso. La película se llamó La película del Rey, estrenada en 1986, y dirigida por Carlos Sorín, con guión propio y de Jorge Goldemberg.
6- La Patagonia rebelde. 4 volúmenes. Edición revisada y aumentada. Ed. Planeta, Buenos Aires, 1982-2000. La edición original se llamó Los vengadores de la Patagonia trágica, editados en tres volúmenes por Ed. Galerna, en Buenos Aires, 1974-1975, y cuyo cuarto y último volumen fue editado, ya en el exilio de Bayer, en Alemania, en 1978. Del libro se hizo una versión fílmica en 1974, que sería prohibida por aquellos años: La Patagonia rebelde, dirigida por Héctor Olivera, con guión de Bayer y Olivera.
7- En una entrevista realizada en la efímera sección "Patagonia" del diario Página/12.
8- El presidio estuvo en funciones hasta fines de los años '50. El anarquista más famoso que estuvo confinado allí fue Simón Radowitzky, quien había ajusticiado al Jefe de Policía Coronel Ramón Falcón, y quien sería protagonista de dos fugas frustradas. Muchos otros permanecieron años en el lugar. Pero también estaba un preso enloquecido conocido como "El Rey de las Finanzas", quien realizaba rocambolescas e imaginarias especulaciones financieras que le hacían afluir a la celda millones de dólares todos los días para diversión de los turistas ocasionales. La historia del via crucis de Radowitzky fue contada por Osvaldo Bayer en su libro Los anarquistas expropiadores, de Ed. Galerna, Buenos Aires, 1975. Y la historia de la planificación de las dos fugas de Radowitzky, a cargo de Juan Arcángel Roscigna, ha sido llevada recientemente a película, en el Uruguay, en un documental titulado Acratas.
9- Son dos platos tradicionales de la región patagónica, aunque la caza del guanaco, camélido sudamericano, y del avestruz, con cuyo pecho se confecciona la "picana", están actualmente prohibidas.
Restos de viajes a la Patagonia
Por Christian Ferrer
Las expediciones
Cuatro son los puntos cardinales y cuatro los hombres significativos que ingresaron a la Patagonia a fines del siglo pasado. Por el Norte, el General Julio Argentino Roca al mando de un ejército; por el Sur, el anarquista Errico Malatesta junto a otros dos compañeros de ideas; por el Este, doscientos emigrantes galeses que arribaron en un buque llamado Mimosa, una suerte de "Mayflower" para la región del Chubut, en busca de una nueva vida; y por el Oeste, a través de tierras araucanas, el francés Orllie Antoine de Tounens, hidalgo provinciano arruinado que pretende un cetro y una corona. La Patagonia fue invadida por un militar, que sería próximo Presidente de la Argentina; por un rey de opereta; por un anarquista fugitivo del gobierno italiano; y por colonos cuyo líder, Lewis Jones, creía en un vago ideario socialista de índole fabiana. Cada uno de ellos tenía en mente un modelo de organización colectiva: la Comunidad corresponde a los colonos; el Imperio al autoasumido Rey de Araucanía y Patagonia; el Estado-Nación al General Roca, y al fin la Revolución Mundial a los anarquistas. Cada una de estas expediciones patagónicas dejó tras de sí restos históricos, emblemáticos, espirituales, e incluso gastronómicos, que, a excepción de la crónica de la incursión estatal-militar, fueron disolviéndose en el olvido, y resultan ser, para los argentinos de hoy en día, vaporosos; a los sumo, anécdotas. Esos vestigios históricos están enterrados a ras de tierra: sobreviven débilmente en las leyendas populares de la región o en los rumores excéntricos que de vez en cuando alguien rememora. Es lo justo: el Estado se ocupa de promover las gestas unificadoras del territorio y de incrustarlas en los programas curriculares difundidas en escuelas y universidades. Los demás sólo pueden aspirar a la piedad histórica que se transmite de boca en boca, esas cuencas carnales que amparan la historia social de un pueblo. En ocasiones, una sola persona en el mundo recuerda lo ocurrido.
A mitad del siglo XIX la Patagonia era sinónimo de territorios desconocidos, vientos furiosos, espacios gigantes, semidespoblados y nunca mensurados; de tierras de indios Tehuelches y Mapuches. Aún circulaban las leyendas improbables sobre la existencia de El Dorado, la ciudad de oro que buscaron afanosamente los conquistadores españoles, esta vez en uno de los últimos territorios aún inexplorados de Sudamerica. Lejos de su larguísima línea costera, en donde de vez en vez se habían detenido exploradores, balleneros o abastecedores de los escasos puertos allí establecidos, el interior patagónico era tierra de nadie, es decir, de indígenas; era "La Tierra", tal como la llamaban los mapuches, sus pobladores primigenios. Sólo algunos pioneros y los eternos traperos que comerciaban con los indios conocían algunos senderos interiores. El auténtico gobernante de la Patagonia en el siglo XIX era el viento, cuyas borrascas fogosas alcanzaban, en su momento de esplendor, los ciento veinte kilómetros por hora. Al terminar el día, el silencio transparente y la noche austral, espejos simétricos, se fundían suavemente. Patagonia era una palabra escrita en un mapa vacío, al cual los gobernantes argentinos recientemente liberados de su larga guerra civil vigilaban ansiosa y codiciosamente desde Buenos Aires, preocupados por las posibles reclamaciones chilenas o europeas.
Colonos y soldados
Algunos galeses huían de la intolerancia religiosa; de los ingleses, todos. En 1865 los colonos desembarcaron en el Golfo Nuevo y se internaron por el valle del río Chubut. Lucharon contra los elementos y fundaron pueblos a lo largo del río: Madryn, Rawson, Gayman, Trevelyn. Por años, sus vecinos habituales no serían los argentinos sino los indios tehuelches, quienes, pedigüeños por naturaleza, les reclamaban continuamente comida y todo tipo de objetos. El intercambio se hacía en lenguajes intraducibles en Buenos Aires: galés y tehuelche. A poco de llegar murió el primero de los colonos y fue enterrado en un cementerio consagrado, atrás de la capilla protestante. Fue entonces cuando la ciudad de los inmigrantes culmina su primer ciclo. Ese cementerio, ya colmado, fue clausurado en la década de 1930. Aún así, el último de los emigrantes originarios sería enterrado en ese primer cementerio, reabierto exclusivamente para este último de los primeros. Lentamente, los galeses se acriollaron y al tiempo el valle del Río Chubut comenzó a ser compartido con otras corrientes migratorias, incluyendo argentinos.
Años después, en 1878, el gobierno argentino comenzaría la ocupación final de la Patagonia, mediante un movimiento militar de pinzas al cual se llamó oficialmente la "conquista del desierto", es decir, la subordinación de sus dueños originales al Estado argentino. Para acabar con el "problema del indio" se envío un ejército al mando del Ministro de Guerra, Julio A. Roca, cuya misión suponía traspasar la línea de frontera con los indios establecida décadas antes a través de una serie de fortines, y derrotar en forma drástica a las tribus ranqueles, pehuenches, pampas, mapuches y huiliches. Eran 6000 soldados organizados en 5 divisiones de ejército contra 2000 combatientes indígenas dispersos. Eran fusiles y telégrafos contra lanzas y boleadoras. Cuando el 25 de mayo de 1879 el impulso beligerante de ese ejército ya había dejado tierra arrasada detrás de sí y había terminado con el poder del último "capitanejo" indígena, el General Roca da por finalizada la expedición al llegar a los márgenes del Río Negro. Habían muerto 1300 indios, se habían hecho 10500 prisioneros, y 55 millones de hectáreas habían sido incorporados al mapa del estado argentino. Poco después, en esos territorios se funda una ciudad que hasta el día de hoy mantiene su origen toponímico militar: Fuerte General Roca. El destino posterior del Comandante sería la política, de la cual se transformó en el "gran arbitro" durante las décadas siguientes. Militar, político, siempre sería un Hombre de Estado. Aún así, la ocupación definitiva de la Patagonia llevaría diez años más de escaramuzas con los indígenas localizados más al sur.
El Rey
Dos décadas antes, por el este, desde Chile, un hombre solitario que sueña con imperios, cruza la Cordillera de Los Andes. Tiene treinta y cinco años. Había sido procurador en Périgueux, y siendo ávido lector de libros de geografía y de viajes de exploradores, decide viajar a Sudamérica a tentar suerte y conquistar tierras. En 1858 desembarca en el puerto de Coquimbo, Chile. Durante los siguientes dos años, y aún antes de pisar los territorios donde los Araucanos aún vivían ajenos a los designios estatales del gobierno chileno, ya se había pertrechado de una bandera, un escudo y una constitución para su futuro reinado. En 1860, junto a dos comerciantes franceses que solían traficar abalorios y vicios con los indios, y a los que había prometido elevar al rango de ministros, se interna en la Araucanía. Lentamente, a lomo de mula, arribó a la tierra que se había prometido a sí mismo. El 17 de noviembre de 1860, apenas conseguido un tímido y ambiguo apoyo de los caciques indígenas, Orllie Antoine emite un decreto proclamándose a sí mismo Rey de la Araucanía. Acto seguido, envía una comunicación postal dirigida al Presidente de Chile, Manuel Montt, anunciándole la buena nueva; noticia que el gobierno chileno decidió ignorar por completo. Un rey sin ejército no supone un problema, por más que el primer número romano haya sustituido al apellido Tounens. Tres días después, con otro decreto, anexa a la Patagonia argentina entera a su reino, al cual bautiza con el nombre de "Nueva Francia". La primera aventura araucana de Orllie Antoine finaliza abruptamente en enero de 1862, cuando, traicionado por dos de sus guías y lenguaraces chilenos, es atrapado por un destacamento militar. Para entonces, el gobierno del nuevo presidente José Joaquín Pérez estaba medianamente alarmado ante la posibilidad de una sedición indígena soliviantada y liderada por un maniático francés. Dos años de arengas a los indios y de patético reinado se desgranan lentamente en una prisión chilena, donde permanece por nueve meses. Es juzgado, y condenado a ser recluido en la Casa de Orates de Santiago de Chile, humillación de la que es salvado por la oportuna intervención del Cónsul de Francia en Valparaíso, que logra repatriarlo a París. Había sido destronado. En su "destierro" francés, que dura de 1862 a 1869, se volverá objeto de mofa o de curiosidad. Pero el hombre es incansable. Publica un periódico propio, lanza un manifiesto, fatiga al senado francés con una petición tras otra. En 1869, desembarca nuevamente en la costa argentina de la Patagonia, en San Antonio, y atravesando las pampas, desemboca entre las tribus araucanas de Chile. Uno de sus acompañantes se llamaba Eleuterio Mendoza, que bien merecería ser el nombre de un anarquista. Perseguido por el ejército chileno, vuelve a cruzar la cordillera en sentido inverso, y llega al puerto de Bahía Blanca, casi donde había iniciado la reconquista de sus territorios. Era julio de 1871. Embarca a Buenos Aires, donde es entrevistado por varios periódicos. La Tribuna, que sería el órgano político del "roquismo", se sorprende irónicamente de que el gobierno argentino "no le haya hecho la recepción debida a su alto rango". En abril de 1874 intenta por tercera vez llegar hasta sus súbditos. Desde Buenos Aires, y en el barco "Pampita", viaja a Bahía Blanca, donde es reconocido, detenido y expelido rápidamente a Francia. De allí en más vivirá en una corte de mentira, rodeado de ministros sin poder y de aventureros varios que inauguraban las sesiones de la corte cantando el himno del Imperio a voz en cuello. Otorgaba títulos de nobleza y vendía monedas acuñadas de un reino inexistente, de valor únicamente numismático, pues ni siquiera en su falsa corte eran aceptadas como medio de pago. Curioso: mientras compartió las rutas de los mapuches, solo el antiguo método del trueque le permitió sobrevivir. Al fin, corrido por sus acreedores, se refugió en la región de Dordoña, donde se ganó el pan de cada día con el oficio de lamparero público en el Municipio de Tourtoirac. Y así hasta el 19 de septiembre de 1878, cuando el Rey de la Araucanía y la Patagonia es llamado a visitar un reino superior.
El anarquista
Errico Malatesta había nacido un 14 de diciembre de 1853 en Santa María Capua Vetere, una ciudad presidiaria. Sus padres eran modestos terratenientes, de ideas liberales. Cuando Malatesta tenía catorce años escribió una carta, insolente y amenazadora, dirigida al Rey Vittorio Emmanuele II. La policía se tomó la correspondencia muy en serio: fue arrestado y apenas logró salvar la ropa. El pronóstico del padre no fue alentador: "Pobre hijo, me sabe mal decírtelo, pero a este paso acabarás en la horca". Luego de enterarse de la insurrección de París, en 1871, adhiere a las ideas de la Internacional, y con diecisiete años viaja a Suiza a fin de conocer a Mijail Bakunin. De allí en adelante, se transformó en uno de los revolucionarios más famosos de su tiempo. Editó el periódico La Questione Sociale, primero en Florencia, entre 1883 y 1884, luego en Buenos Aires, 1885-1886, y al fin en New Jersey, 1899-1900. Organizó grupos de compañeros, sindicatos y publicaciones, lideró revueltas, escribió algunos libros breves, sobre todo procuró unir a la "familia anarquista" y salvarla de sus tendencias centrífugas. Con el tiempo editaría también los periódicos L'Associazíone, L'Agitazíone, Volontà, Umanità Nova y Pensiero e Volontà. Pasó treinta y cinco años de su vida en el exilio, difundiendo "la idea" por España, Francia, Suiza, Inglaterra, Portugal, Egipto, Rumania, Austría-Hungría, Bélgica, Holanda, Estados Unidos, Cuba y Argentina. En 1874 fue encerrado en la cárcel por primera vez por liderar una insurrección en Apulia. Tres años después, al mando de una banda de anarquistas, Malatesta ocupa la aldea de Letino, donde, en presencia de los campesinos, destituye al Rey Vittorio Emmanuele y ordena quemar los registros fiscales de la región. La bandada anarquista se dirigió luego al pueblo de Gallo, donde rompieron la medida con la que se medía el impuesto en harina. Nuevamente es llevado a juicio y condenado a tres años de prisión, de los que cumple solamente uno. Más adelante pasaría muchas temporadas en la mazmorra. Cuando ya se había hecho un nombre en los ambientes anarquistas, logra sortear una orden de detención impartida en Florencia, introduciéndose en un barco, oculto en una caja que también contenía una máquina de coser. Llegaría a la Argentina munido del pasaporte plebeyo de polizón. Era el año 1885. En Buenos Aires se conecta con anarquistas italianos nucleados alrededor del Círculo Comunista Anárquico, y casi inmediatamente reinicia la publicación de La Questione Sociale, que se repartía gratuitamente y de la cual se editaron catorce números. En esta ciudad trabajó primeramente, junto a su camarada Natta, como mecánico electricista en un taller propio que fracasó, y luego en la elaboración de vinos. Permanecería en Argentina hasta 1889. Durante toda su vida, cuya mitad transcurrió en cárceles, exilios y arrestos domiciliarios, Malatesta se destacó por su sentido práctico y su capacidad organizativa y publicística. Nunca fue un soñador: siempre creyó que la voluntad humana era más importante que la "inevitabilidad histórica" de la revolución y que ninguna acuñación utópica podía sustituir al análisis preciso de las coyunturas históricas. Y sin embargo, también él se internó en la Patagonia.
Geografía espiritual
Brújulas, teodolitos y astrolabios son imprescindibles para cartógrafos y exploradores; también para propietarios de tierras y gobernantes. No obstante, la tierra también ha sido una cuenca hollada por caravanas nómades, expediciones perdidas, errancias, diásporas, odiseas y éxodos. El espacio físico no es un dato material constante; por el contrario, es la arcilla hendida y modificada continuamente por las leyes humanas del espaciamiento, en cuya jurisdicción rigen el esfuerzo y la imaginación tanto como la suerte y la reticencia de la naturaleza. En la conjunción de estas cuatro condiciones se abren paso las expediciones de hombres solos o de tropas organizadas. Así como algunos adivinan el destino sobre un portulano u oteando la rosa de los vientos otros avistan el derrotero en manifiestos o en los rumores que son soltados en las ciudades. Entre los hombres y las regiones han de existir secretas correspondencias a las que el cartógrafo haría bien en atender: paralelos insospechados, y meridianos caprichosos. ¿Dónde ubicar la sección áurea, el "número de oro" de los pintores renacentistas, que ayude a organizar las proporciones de un atlas espiritual? El aire de familia entre humanos y territorios pertenece al orden de los elementos cuya correspondencia puede elevarse a rango de principio cosmogónico. A esa correspondencia "cartográfica" podemos llamarla geografía espiritual. Se trata de una ciencia que, sin renegar de la historia y la economía, permite vislumbrar los pasos perdidos, los senderos olvidados, las rutas desusadas, y sobre todo, hace intersectar los atlas imaginarios (literarios, utópicos, legendarios) y los dramas biográficos. La imaginación se superpone e imprime sobre la materia: sirva de ejemplo la toponimia patagónica, que expone la desbordante creatividad lingüística de exploradores y pioneros: el humor y el delirio se unen al santoral y la simbología estatal. En los mapas de la geografía espiritual no buscamos energías cósmicas ni horizontes turísticos novedosos sino la materia emocional que un historiador atento debería rescatar de los escombros, documentos y relatos orales. El buen cartógrafo debe aprender a desconfiar de las mediciones precisas, pues a cada espacio físico corresponde un atlas simbólico. La geografía paralela bien podría ser la psiquis de la cartografía y también la "anímica" de las naciones. A cada nación les son propios territorios legendarios a cuyos meridianos y paralelos sería inútil determinarlos en forma positivista. Brasil dispone de su Amazonas; Africa del Norte, de su Sahara; Rusia, de Siberia; la India, del Himalaya; Canadá, del Yukon. Argentina tiene su Patagonia. Y a cada una de estas regiones de leyenda corresponden "tipos caracterológicos": el exiliado a la Siberia; el tuareg al desierto; el alpinista al Himalaya; el garimpeiro al Amazonas; el buscador de oro al Yukon y el pionero a la Patagonia. La ciudad no otorga este tipo de visados a las vocaciones de sus habitantes; apenas los tickets imprescindibles para lubricar la circulación urbana. Aún más: la globalización mediática, financiera y tecnológica ha logrado que todas las grandes ciudades del mundo se repliquen mutuamente.
Hombres como Malatesta, Orllie Antoine o los colonos galeses querían confirmar que en las grandes extensiones hay libertad. No una libertad metafísica. Aquí hay que inventariar a beneficio de inventario la geometría defectuosa: falta catastro, frontera, hitos, plaza fuerte, señalización. Pero a la libertad geográfica perfecta, que es polar, la naturaleza no le es propicia. Promover la "lírica" de la libertad expedicionaria o la "nostálgica" de los pioneros y otros hombres de frontera resulta inconducente, pues si estos ejemplos sirven de algo, es para pensar al impulso centrípeto de los últimos cien años, es decir la creciente mengua de la capacidad humana para anhelar e imaginar libertades. Opuestamente, la preferencia por lugares legendarios de índole acéfala pule nuestra mirada de manera de poder avistar la grieta en la armadura, la babera en el yelmo, la mueca grotesca en la cabeza coronada.
Ciertas extensiones del planeta están filiadas entre sí, por guardar recodos, entradas y paisajes que ningún hombre ha visto aún. Sin embargo, no son los primeros hombres los enemigos de las tierras vírgenes, sino el Estado. El explorador siempre ha sido un Adelantado del Verbo: nombra los ríos, clasifica la flora y bautiza los confines; pero el agrimensor, notario estatal, mide, calcula y diagrama el terreno. No obstante, los exploradores, los misántropos y los réprobos llegan antes. La Patagonia, incluso hasta nuestros días, carece de historia; solo dispone de historias, a las que el sistema pedagógico nacional soslaya prolijamente y que solo pueden ser rescatadas de los rumores que el viento se llevó. La de Malatesta es una de tantas. Las dimensiones de la cartografía poblada de historias deben proyectarse a escala humana, tomando en consideración el modo en que la geografía actuó sobre el destino de los que allí incursionaron, no en tanto condición topográfica o económica, sino como "activante" de tareas o como "resolutor" de fuerzas anímicas en tensión. El drama personal y el medio ambiente donde es puesto en obra conforman las dos piernas del compás que traza los arcos espirituales de esta geografía paralela.
Oro y anarquía
El alambrado de púa y los decretos de creación de gobernaciones son las consecuencias forzosas del poblamiento pionero, previo y desordenado, de un territorio. Luego, mucho más tarde, se explotan las riquezas "naturales" de la región. Pero este tipo de soledades, antes de ingresar en los relevamientos estadísticos y en los atlas fiscales de un país, solo ofrecían una riqueza, a la que desde antiguo acuden enjambres de desfavorecidos por la rueda de la fortuna. Aún más que el hambre o que la búsqueda de "oportunidades", más todavía que el éxodo obligado por la guerra civil o por la persecución religiosa, han sido los metales los que desde antiguo han regido sobre las migraciones humanas. Una historia del nomadismo mostraría un mapa de los desplazamientos de herreros y metalúrgicos desde la Edad de Hierro en adelante. En el norte del Canadá como en el sur de la Argentina el oro hibernó durante siglos, pero quien busca la Ciudad de los Cesares tarde o temprano encuentra sus ruinas detríticas. De todas maneras, la historia de las grandes ciudades que han crecido al amparo de una sola explotación es la misma historia de las efímeras fiebres del oro. Esas ciudades se erigen, declinan, caen en el abandono, y son olvidadas. Samarkanda, Petra, Timbuctú, Potosí, Nantuckett, Iquique, Manaos. Pueblos-campamento, pueblos del camino, pueblos factoría, pueblos fantasma.
En 1882 unos colonos galeses habían descubierto oro en un lugar cercano al río Chubut, en el Valle del Tecka. La noticia llega meses después a Buenos Aires. En Chubut solo se había encontrado, en verdad, una sustancia llamada pirita, metal rutilante aunque sin valor alguno, el así llamado "oro de los tontos". No hubo tiempo para organizar una estampida de aventureros hacia la Patagonia, pero mucha gente paró los oídos. Tres años más tarde se anuncia que en el Cabo Vírgenes (actual provincia de Santa Cruz, entonces Territorio Nacional de la Patagonia), mucho más al sur, había oro en cantidad aceptable. Malatesta, anarquista prófugo, se entusiasma con la noticia y junto a dos compinches construye soviets en el aire. Oro: en pos de ese palíndromo viajó Errico Malatesta al extremo sur de la Patagonia. ¿Qué hacían tres anarquistas escarbando la Patagonia en busca de oro? Malatesta había liderado un par de revueltas fracasadas en Italia que, previa destrucción de nóminas fiscales y símbolos municipales, lo forzaron a huir al destierro. En Buenos Aires, al comienzo, había intentado estimular la acción gremial con pobres resultados. Malatesta era todavía un hombre joven que hablaba deficientemente el castellano, estaba varado en éste puerto lejano, y siendo desaconsejable todavía el retorno a Europa, habrá considerado que no perdía nada con viajar a la Patagonia para encontrar su peculiar El Dorado y con el honesto fin de financiar una imponente revolución mundial con lingotes patagónicos. La imaginación de los revolucionarios suele impulsarlos hacia espléndidas auroras tanto como al disparate y la catástrofe. Las aventuras auríferas del siglo XIX cobijaron a numerosos utopistas y carbonarios: a la fiebre del oro de California acudieron no pocos fugitivos de la frustrada revolución francesa de 1848. Pero la fiebre del oro de los tres anarquistas duraría lo que un santiamén: la expedición terminó en un callejón sin salida. Los distritos auríferos estaban mayormente bajo el control de una compañía explotadora, por la noche la temperatura bajaba a 14° bajo cero, había poca esperanza de hallar otra zona de buen rendimiento y llegó el momento en que los tres revolucionarios se hartaron de sobrevivir dando caza a las nutrias de mar. Siete meses después de su llegada, en medio del invierno, los anarquistas deciden abandonar la zona, luego de aventuras nada promisorias: casi mueren de hambre y debieron ser rescatados por un barco en calidad de náufragos y desembarcados en el pueblo de Carmen de Patagones, ya en la provincia de Buenos Aires. Una vez en la ciudad de Buenos Aires, Malatesta se dedica a actividades propagandísticas, y otro de los fallidos prospectores mineros, a falsificar dinero. Esos meses pasados en el sur constituyeron un excéntrico episodio en la vida del por lo demás bastante sensato revolucionario. Cuando Malatesta, medio muerto de hambre, vuelve a Buenos Aires, da conferencias en italiano en la Librería Internationale de E. Piette, en el Círculo de estudios Sociales, y en el salón de actos del Club Vorwärts, En 1886 ayuda a organizar el primer sindicato argentino moderno: el de panaderos (1), al cual le prepara sus reglamentos. En 1888, participaría en la primera huelga de panaderos del país, que duró diez días, y acabó en triunfo. Un año después, parte a Europa, donde más adelante lideraría el movimiento anarquista italiano, luego de sufrir incontables días de cárcel en muchos países. Cuando murió, en 1932, hacia años que sufría arresto domiciliario impuesto por Mussolini.
La fiebre
A veces, la geografía gasta bromas pesadas a los estadistas: el oro del Yukon se halla a escasos kilómetros de Alaska, territorio norteamericano. Pero siempre hay compensación para los ricos: décadas después se descubrió oro negro en Alaska. Y antes aún, los rusos se habían alzado con la carne de la ballena y con las pieles de los grandes roedores y cérvidos. En cambio, al populacho, a los juntapuchos, a los parias y al proletariado solo les resta recurrir a la apuesta y a la ilusión. No pocas veces ello acaba en desvarío: el oro y la fiebre son siameses inescindibles. La quimera del oro, película del comunista Charles Chaplin sobre el rush del oro del Yukon, y el libro del anarquista B. Traven (Rett Marut) El Tesoro de la Sierra Madre, del cual John Houston dirigió su versión, son dos indagaciones desoladoras sobre las consecuencias que trae aparejada esa droga en polvo. Muchos de lo que peregrinaron al Yukon murieron de hambre durante la travesía hacia el norte helado, y los que allí se quedaron debieron retornar al antiguo oficio de la caza y el comercio de pieles. En la Patagonia el oro apenas alcanzaba para sobrevivir y extraerlo costaba un trabajo extenuante. Pero incluso el oro encontrado en las zonas auríferas es "oro de tontos", pues en la historia centenaria de las fiebres del oro muy pocos se hicieron verdaderamente ricos. La mayoría solo encontraba las pepitas suficientes para subsistir ociosos por unos días, para luego volver a trajinar las aguas del río. En el único lugar de la Patagonia donde se encontró oro a raudales fue en la isla de Tierra del Fuego. De allí, en la década de los '80, el extravagante rumano Julius Popper extraerá una buena cantidad, dispondrá de un ejército, emitirá moneda y estampilla hasta que su muerte prematura le evitaría las escaramuzas de rigor con el gobierno argentino. En Santa Cruz el único filón seguro crece en el ganado ovino. Pero el vellocino no es de oro.
Y sin embargo y a fin de cuentas, en los hornos de pan la masa de harina se vuelve dorada.
En la letra de molde
Cada una de las expediciones tuvo su cronista. Al general Roca le corresponde toda la historia oficial, y en particular los partes de guerra de la campaña militar enviados a Buenos Aires. Su partido político dispondrá de un periódico, La Tribuna. Al día de hoy, el nombre de Roca se repite en todas las bocacalles de una de las más importante diagonales de la Ciudad de Buenos Aires, y su rostro ilustra el billete de 100 pesos, la más alta denominación monetaria argentina. No debería sorprender: la toponimia del territorio tanto como la estatuaria urbana y la efigie gráfica obligatoria son privilegios de los estados. Pero la monetaria, al menos, será, sin dudas, una gloria efímera: en Argentina la inflación suele devorar el valor de la moneda con mucha celeridad.
Malatesta dejó un breve testimonio (2)y más tarde su biógrafo, Luigi Fabbri, contará la aventura aurífera en un capítulo de su biografía del revolucionario italiano (3). El Rey Orllie Antoine I se vio obligado a ser su propio notario de actas, engrandeciendo los hechos de su fiasco imperial en francés y en un libro titulado Orllie Antoine I, roi d'Araucanie et de Patagonie. Son avènement au trône. Relation ècrite par lui même (4). Cincuenta años más tarde, el estanciero Armando Braun Menéndez sería el primero en ocuparse de recuperar y ajustar la historia esperpéntica del Rey, y alguien filmaría una película (5). En el tiempo transcurrido entre en su primer retorno obligado a Francia y su segundo viaje a Patagonia Orllie Antoine publicó intermitentemente un periódico en Marsella destinado a defender su causa, La Corona de Acero, que resultaba ser una especie de boletín oficial de un reino inexistente. Lewis Jones, en galés, escribió la historia de los colonos, Una Nueva Gales en América del Sud, traducida al castellano recién en la década de 1960. Pero antes, fundaría el periódico I Dravod ("La Verdad"

, editado en lengua galesa en el Chubut, crónica diaria de la experiencia de los colonos.
Cuando las biografías, los periódicos facciosos y los testimonios ya han sido olvidados, todavía subsisten estas leyendas en otros estilos y formatos. Se sabe que en las mesas de los bares circula un anecdotario curioso sobre personajes y eventos apenas conocidos. Todo eso acaba en un "sociales del rumor" aunque, a veces, se transforma también en papilla literaria, materia prima de escritores. Roberto Arlt debió haber escuchado la historia del fracaso de la expedición de Malatesta en algún bar porteño. Son conocidas sus simpatías por el acratismo. Malatesta, que en su madurez sería conocido como el "Lenin de Italia", nunca se enteró que su anécdota biográfica sería integrada a la novela Los Siete Locos, transmutada bajo la forma de un personaje que se propone financiar la revolución mundial con una cadena de prostíbulos.
Tragedia
En 1921 la Patagonia sería el escenario de uno de los dramas más conocidos de la historia anarquista. Ese episodio trágico le garantizó a la región su ingreso en el atlas histórico de la revolución. En aquellas huelgas y revueltas sucedidas en el Territorio de Santa Cruz morirían más de mil trabajadores. Pero la Patagonia atrae la imaginación libertaria incluso hasta el día de hoy. Osvaldo Bayer, cronista de aquellas gestas anarquistas de 1920 y 1921 (6), reclamó en 1996 la independencia de Patagonia (7), propuesta que le ganó la animadversión del Senado Nacional, donde fue amenazado con ser declarado persona non grata. Pero bien pensado, es inevitable que encontremos anarquistas en todos los arrestos febriles de la historia. En la Fiebre del Oro los había. La tierra prometida es siempre Terra Nova, pero los adelantados que allí llegan pronto descubren que su paso ha ido demasiado rápido y los ha llevado demasiado lejos y que ya es tarde como para volver sobre sus pasos. Irónicamente, los anarquistas, cuando todavía eran peligrosos, solían acabar en el presidio de Usuahia, institución que malafamó a Tierra del Fuego con el mote siniestro de "La Siberia Argentina", la Isla del Diablo fría (8).
Secuelas
El 2 de abril de 1982 el ejército argentino inició abruptamente la conquista de la única porción de suelo patagónico que cien años antes había quedado fuera de sus posibilidades. Apenas comenzada la Guerra de Malvinas la colectividad galesa del Chubut tomó inmediato partido por la causa argentina. No fueron las tres generaciones nacidas en la Patagonia las únicas causas que motivaron esa preferencia política y subjetiva. Los galeses aún recordaban la antigua opresión de Gales a manos de los ingleses, que incluso llegaron a prohibir el uso público de los nombres propios escritos en galés, condición que sólo recuperaron al pisar tierra argentina. A su vez, los escasos grupos anarquistas locales se constituyeron en uno de los poquísimos grupos del arco de la izquierda en manifestarse en contra de la guerra. Por ese tiempo, en el mismo momento en que la armada inglesa navegaba hacia el Atlántico sur, un pequeño buque se deslizó por el Canal de la Mancha en dirección a las Islas del Canal, bajo soberanía inglesa. Por la madrugada, el heredero actual del Reino de Araucanía y Patagonia, junto a un breve séquito, plantó la bandera del Reino en la playa de la Isla Guernsy. El rey en el exilio francés había decidido protestar contra el intento inglés de invadir sus "Illes Malouinas", a las cuales consideraba un apéndice insular de su enorme aunque prohibido imperio.
Mucho antes, el 10 de mayo de 1886 el Presidente Julio Argentino Roca se dirigió caminando, junto a todos sus ministros y seguidos por la escolta militar, hacia el Congreso de la Nación. Poco antes de entregar el mando a su concuñado Miguel Juárez Celman, se encaminaba a inaugurar el XXVI periodo de sesiones del Parlamento Argentino. Allí dirigiría el cíclico y tradicional mensaje al país. Por entonces el Congreso funcionaba en una mansión que había pertenecido a la familia Balcarce y que luego sería la sede del Banco Hipotecario Nacional. Eran la tres de la tarde. En ese momento un anarquista llamado, paradójicamente, Ignacio Monjes, salió de la multitud y se abalanzó sobre Roca, asestándole un golpe en la cara con una piedra. Mientras Roca cae al piso, Carlos Pellegrini, su ministro de guerra y futuro presidente, derriba al atacante. La herida era leve, y ya en el Congreso el ministro de salud, Eduardo Wilde, le practicó las primeras curaciones, y le vendó la herida. A pesar del desaliño ceremonial, Roca dirigió su mensaje al país. La escena fue inmortalizada en un cuadro que hasta el día de hoy puede contemplarse en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso. Ignacio Monjes pasaría diez años de su vida en la cárcel. Sesenta años después, Laureano Riera Díaz, último dirigente anarquista del Sindicato de Panaderos, una vez perdida la conducción del gremio, viajó con varios compañeros de ideas hacia Barcelona. Era el año 1936 y en Cataluña no sólo los panaderos eran anarquistas; la ciudad entera estaba ornamentada de banderas rojinegras.
Gastronomía
Quienes se internan en territorio desconocido han de sobrellevar aún una prueba más, y una de las más básicas: la prueba del hambre. Demasiadas veces comer y sobrevivir se vuelven verbos homónimos. La comida, salvo en el caso del ejército organizado de Roca, no la tenían garantizada ni los pioneros, ni el rey sin corona, ni los tres anarquistas. De cada una de las cuatro expediciones a la Patagonia cabe destacar su deriva gastronómica, que al fin y al cabo sería la única duradera. De antiguos imperios y de lenguajes que alguna vez se hablaron en enormes extensiones hoy sólo restan sus ruinas y sus ininteligibles escrituras. Y sin embargo, sus costumbres culinarias sobrevivieron en posteriores reorganizaciones geopolíticas y en la población que mientras tanto pudo haber cambiado sus dioses, sus tecnologías y su alfabeto. La relación entre una cultura gastronómica y el territorio donde ella se despliega viene determinada por la cuota de animales y vegetales que en el momento de la creación les fuera otorgada en suerte. También de la benignidad del clima y de la voluntad de aprendizaje y cambio de un pueblo. Pero quienes están en marcha dependen de sus provisiones, de la bondad de los extraños, y de la suerte.
Indudablemente, los colonos galeses vivieron de lo que en Chubut sembraron y cosecharon, y sin duda también, Orllie Antoine y los anarquistas debieron verse obligados, en algún momento de su travesía, a recurrir a la caza y la pesca, y han de haber saciado el hambre con un bife de guanaco o con una porción de "picana" de avestruz (9). Sin embargo, todos ellos innovaron en materia de gastronomía. Artemio Gramajo, edecán de campaña del General Roca en su incursión a la Patagonia, le inventó a su jefe el único plato aceptado actualmente en los más finos restaurantes parisinos como auténticamente argentino: el "Revuelto Gramajo", bautizado a partir de su apellido. Mientras los soldados se veían obligados a masticar su ración diaria de charqui, esa carne seca con que se nutría a la soldadesca, Roca se relamía, dentro de lo que las circunstancias permitían, ante un plato superior. El revuelto gramajo, mezcla de papas fritas, huevo, cebolla, ajo, jamón, arvejas y especias es, hasta el día de hoy, un plato gustosamente aceptado por los niños y adolescentes argentinos. La colonia galesa del Chubut transmite aún a la siguiente generación la receta de la Torta Galesa. Originalmente vinculada a la fiesta de casamiento, la torta galesa, de consistencia dura y orlada interiormente de frutas secas, es una de los típicas ofrendas turísticas de la región. Cuando una pareja galesa se unía en matrimonio, probaban apenas un trozo pequeño de la torta y guardaban el resto en una lata cerrada herméticamente, que era nuevamente abierta en los siguientes aniversarios a modo de prueba confirmatoria de la fortaleza y duración del vínculo amoroso. Es una dieta posible para enamorados, pero decididamente insuficiente para un rey. Gustave Laviarde D'Alsena era el nombre de uno de los lugartenientes de Orlllie Antoine I, y primo suyo en segundo grado. Había sido designado como sucesor, y a la muerte del fundador de la dinastía, asumió el cetro adoptando el nombre de Aquiles I. Ya antes se arrogaba otros títulos nobiliarios que le había conferido el Rey de la Patagonia, el de Príncipe de los Aucas y Duque de Kialeú. A pesar de que otorgaba, y a granel, títulos nobiliarios de su imposible reino de ultramar, Aquiles I jamás salió de París. En su "destierro" parisino, alejado de las riquezas explotables de su reino, y mientras denunciaba continuamente la usurpación de sus territorios a manos de los gobiernos de Chile y Argentina, el nuevo monarca se vio obligado a terminar sus días como comensal a sueldo de Le Chat Noir, cabaret de moda de París en la década de 1890, donde oficiaba a modo de oso carolina, es decir, de número "sensacional" para los clientes. Cuando murió, en 1902, ya llevaba un cuarto de siglo reinando sobre un mapa que sólo una secta consultaba, en cuyo centro estaba marcada "Mapú", la aldea indígena que había sido elegida como ciudad capital por su predecesor.
En 1889 Errico Malatesta abandona la Argentina, dejando atrás el combativo sindicato combativo que él había ayudado a organizar, el de Panaderos. Además de pan, en los locales de panadería argentinos despachan también la repostería matinal que más habitualmente desayunan los porteños, las "facturas", de gusto dulce y horneadas a partir de una mezcla de harina, levadura y manteca. Algunas de ellas son de origen europeo, pero en Argentina adquirieron formas singulares y apodos sugerentemente blasfemos. Quizás la más conocida de ellas, la "media luna", permita entender el sentido sarcástico de esos nombres. Cuando en 1529 Viena fue sitiada por largos meses por los ejércitos turcos, los reposteros locales, a fin de animar el alicaído ánimo de la población, tomaron el emblema de los sitiadores, la media luna musulmana que flameaba en las banderolas del campamento enemigo, y las moldearon en sus hornos de pan. Luego, el populacho se asomaba a las murallas de la ciudad y se mostraba ante los irritados soldados turcos masticando su símbolo sagrado. Blasfemia y gastronomía. A su vez, estas muestras de repostería argentina llevan por nombre "cañones", "bombas", "vigilantes", "bolas de fraile", "suspiros de monja" y "sacramentos", para escarnio del ejército, la policía y la iglesia respectivamente. ¿Habrá existido una secreta conspiración de los oficiales panaderos de ideas anarquistas para dar nombres blasfemos a las facturas? Cabe conjeturarlo: el vínculo entre palabra y comida parece haber sido suturado con hilo de coser ideológico. El sindicato de panaderos fue conducido por dirigentes anarquistas por varias décadas.
Los usos gastronómicos que dejaron las cuatro expediciones fueron resultado de la nostalgia (la Tarta Galesa), del fracaso (la viandada semanal en Le Chat Noir), de la urgencia (el Revuelto Gramajo) y de la voluntad de protesta (las Facturas). Ahora ha pasado el tiempo, y los habitantes de Buenos Aires de la actualidad ya no reconocen en los nombres de la repostería que suelen degustar por las mañanas su retintín inquietante, pues rara vez pensamos el vínculo entre nombre y forma, entre palabra y cosa, menos aún la relación entre origen político-lingüístico y costumbre gastronómica. Las palabras suelen osificarse en el uso cotidiano, y lo que en un tiempo fue escándalo, hoy es rutina. Por su parte, el anarquismo argentino ha quedado angostado a un mínimo caudal político, y su audibilidad política es muy escasa. Y sin embargo, cada vez que mordemos una factura, el crujido de lo que en otros tiempos fuera sarcasmo sedicioso popular resuena entre los dientes.
Notas
1- Existía un sindicato de tipógrafos desde la década de 1870, aunque organizado según modalidades más clásicas, a la manera de las organizaciones gremiales que brindaban ayuda mutua y formación profesional.
2- Fue publicado a modo de prólogo del libro de Max Nettlau Errico Malatesta. La vida de un anarquista. Buenos Aires, Ed. La Protesta, 1923.
3- Malatesta. Buenos Aires, 1954.
4- Publicado en París en 1863. Antes de morir volvería a intentar un alegato a favor de su reino, Araucanie, publicado en Burdeos en 1878.
5- El reino de Araucanía y Patagonia. EMECE Editores, colección "Buen Aire", Buenos Aires, 1936. Curioso que Braun Menéndez, miembro de una de las tres familias más ricas de la Patagonia contara la historia del rey menesteroso. La película se llamó La película del Rey, estrenada en 1986, y dirigida por Carlos Sorín, con guión propio y de Jorge Goldemberg.
6- La Patagonia rebelde. 4 volúmenes. Edición revisada y aumentada. Ed. Planeta, Buenos Aires, 1982-2000. La edición original se llamó Los vengadores de la Patagonia trágica, editados en tres volúmenes por Ed. Galerna, en Buenos Aires, 1974-1975, y cuyo cuarto y último volumen fue editado, ya en el exilio de Bayer, en Alemania, en 1978. Del libro se hizo una versión fílmica en 1974, que sería prohibida por aquellos años: La Patagonia rebelde, dirigida por Héctor Olivera, con guión de Bayer y Olivera.
7- En una entrevista realizada en la efímera sección "Patagonia" del diario Página/12.
8- El presidio estuvo en funciones hasta fines de los años '50. El anarquista más famoso que estuvo confinado allí fue Simón Radowitzky, quien había ajusticiado al Jefe de Policía Coronel Ramón Falcón, y quien sería protagonista de dos fugas frustradas. Muchos otros permanecieron años en el lugar. Pero también estaba un preso enloquecido conocido como "El Rey de las Finanzas", quien realizaba rocambolescas e imaginarias especulaciones financieras que le hacían afluir a la celda millones de dólares todos los días para diversión de los turistas ocasionales. La historia del via crucis de Radowitzky fue contada por Osvaldo Bayer en su libro Los anarquistas expropiadores, de Ed. Galerna, Buenos Aires, 1975. Y la historia de la planificación de las dos fugas de Radowitzky, a cargo de Juan Arcángel Roscigna, ha sido llevada recientemente a película, en el Uruguay, en un documental titulado Acratas.
9- Son dos platos tradicionales de la región patagónica, aunque la caza del guanaco, camélido sudamericano, y del avestruz, con cuyo pecho se confecciona la "picana", están actualmente prohibidas.