Las hembras suelen ser las que eligen a los machos en muchos artrópodos. En el caso de las moscas-escorpión, los machos ofrecen «regalos nupciales» en forma de presas a las hembras, unas pijas (asi en el original) que consideran más «atractivos» a los machos que las agasajan con las mejores presas; por otra parte, la hembra de la araña de espalda roja es una devota de los juegos sexuales preliminares que devorará a cualquier macho que no la haya cortejado lo suficiente.
¡Ven pa’cá, cordera!. Ritual de cortejo y apareamiento en la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster). El macho se orienta hacia la hembra [a] y luego la sigue dándole toquecitos y «canta» una canción característica de cortejo vibrando un ala [c]. Finalmente, lame los genitales de la hembra [d] y curva su abdomen tratando de copular con ella
También hay machos que se muestran selectivos con las hembras, aunque las consecuencias adaptativas de este comportamiento no se han estudiado tanto como en el caso de cuando las hembras son las que eligen. En las situaciones en las que son los machos los que deciden con qué hembras aparearse, éstas pueden resultar demasiado «atractivas» para ellos y la «pesadez» de los machos (en forma de cortejo continuo e intentos repetidos de aparearse) puede provocar la muerte o una fertilidad reducida de las hembras.
En la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster), el «atractivo» de una hembra reside en su tamaño: cuanto más grande, más atractiva. Si a un macho se le presentan dos hembras de diferente tamaño, tenderá a cortejar y a aparearse con la de mayor tamaño. Esto se explica en términos de que una hembra más grande puede poner más huevos y, por lo tanto, tiene más descendencia. Sin embargo, ser demasiado «atractiva» tiene sus inconvenientes como ha podido poner de manifiesto el equipo de William R. Rice en la Universidad de California en Santa Bárbara. Dado que los machos muestran preferencia por una hembra grande, todos van a centrar su atención en ella. Con tal cantidad de «moscones» cortejándola e intentando aparearse a todas horas, la hembra no sólo no va a poder buscar comida sino que, además puede sufrir los daños de repetidas copulaciones (los machos tienen unas espinas genitales que sirven para acoplar y asegurar su aparato genital en el de la hembra) y la transferencia del fluido seminal (tiene efectos tóxicos), con lo que disminuye su éxito reproductor.
De este modo, se da la paradoja de que una hembra con un gran potencial reproductor no rinde lo suficiente por culpa de la persistencia de los machos. Este tipo de comportamientos reproductores dañinos que se concentran en las hembras de mayor tamaño provoca que se acumulen menos mutaciones beneficiosas, disminuyendo la capacidad adaptativa de la población. Por ejemplo, si una hembra adquiere una mutación que aumenta su eficiencia metabólica, permitiéndola ser más grande y producir más descendencia, esa mutación debería extenderse con rapidez por la población. Sin embargo, si los machos tratan de aparearse indiscriminadamente con esta hembra más atractiva, la mutación no se extenderá a toda la población debido a que el acoso de los machos provoca una disminución de la su vida reproductora.